Un viaje a García Rovira con el maestro Mario Mejía Gutiérrez

Idioma Español
País Colombia

Durante casi dos décadas, el maestro Mario Mejía Gutiérrez acompañó el proceso campesino Agrovida, que surgió de la defensa del páramo El Almorzadero. Censat Agua Viva, de la que somos parte, empezó a trabajar allí hace tres décadas con las comunidades de Cerrito y Concepción buscando frenar un proyecto carbonífero. En uno de los primeros viajes a la Provincia de García Rovira, lugar en el que se asienta el páramo, viajamos él y yo en bus desde Bogotá hasta Málaga, capital de la provincia. Este texto recuerda ese recorrido que me permitió acercarme a Mario y empezar una bella amistad.

Si no estoy mal, viajamos un domingo, porque el lunes empezaba una agenda convenida entre Agrovida y Censat Agua Viva para toda la semana, con gente de la región. El campesinado tenía inmensas expectativas, igual que Censat. La actividad central era un taller teórico-práctico sobre Agriculturas para la Vida que habíamos acordado hacer tanto para quienes vivían allá, como para las personas que laborábamos en Bogotá, pero, finalmente, por cuestiones de las múltiples tareas, solo María Stella Sandoval, responsable del trabajo de García Rovira, y yo asistimos al taller.

Para llegar a Málaga, viajamos por tierra. Los vuelos en avioneta, que existieron años antes, se habían cancelado para esa época. Le expliqué a Mario, quien inicialmente viajaría solo, que no podría hacerlo por vía aérea y que lo mejor sería salir por tierra desde Bogotá directamente y no llegar primero a Bucaramanga en avión y de ahí tomar carretera. Que el trayecto se haría en unas 10 horas. Mario aceptó, siempre y cuando alguien lo acompañara y que el viaje se hiciera durante el día. Le dije que lo acompañaría.

Lo recogí en la casa del maestro y geógrafo Joaquín Molano. Salimos temprano del Terminal de transportes de Bogotá en una de las líneas de buses que viajan Bogotá – Cúcuta por la ruta de Duitama. Recuerdo que los días previos al viaje, algunas personas que lo conocían me contaron que Mario era un hombre malgeniado y cascarrabias y que, seguramente, el viaje con él sería difícil. Aun así, estaba muy emocionada de poder compartir con él esta experiencia.

Durante el viaje, fui conversando con él sobre los municipios boyacenses y el trabajo que años atrás había hecho Censat Agua Viva en algunas de las regiones carboneras de Cundinamarca y Boyacá denunciando la presencia de niños y jóvenes en las tareas mineras. Le conté de los páramos y lugares que recorríamos en nuestro viaje, de la experiencia en García Rovira, de los años que llevaba viajando por esta carretera para llegar a la provincia, de lo mucho que me gustaba observar las aguas deslizándose por la montaña, de la alegría que me daba observar la sierra nevada del Cocuy cuando se dejaba ver entre el horizonte. Él me contó sobre su familia, sobre sus épocas de agrónomo convencional, sobre cómo se había “torcido” para el mundo de las agriculturas para la vida, de su relación con las semillas. Hablamos y hablamos, hasta que el cansancio nos derrotó. Entonces, se puso serio, lo noté molesto. El viaje, sin duda, era fuerte para él. Luego de atravesar el páramo de Guantiva entre Cerinza y Susacón, su genio empezó a cambiar. Llevábamos casi 5 horas viajando, por una carretera pesada, con curvas y, en algunos trechos, destapada. Nuestros cuerpos sentían el rigor del viaje, de estar tantas horas sentados. Pero ahí, de en medio de la nada, antes de llegar a Soata, surgieron una señora y un niño que se subieron al bus. Su rostro se transformó, el niño dejó ver la dulzura de su ser, estuvieron casi una hora en el bus. En ese rato, se entretuvo hablando con ella y el niño . “Este país no tiene futuro si no cuida y protege a sus niños y niñas” me dijo.

En Soata, me advirtió categóricamente: “si no llegamos antes de las 8 de la noche a Málaga, no sé qué vas a hacer Tatiana Roa”. Le dije que no se preocupara, que ya nos estábamos acercando y que iba a conocer uno de los lugares más maravillosos de Colombia: el Cañón del Chicamocha. Pasamos por Tipacoque, hablamos de la novela de Eduardo Caballero Calderón Siervo Sin Tierra, de los retos que tiene el campesinado colombiano no sólo para acceder a la tierra sino para transformar la relación con ella y construir autonomía alimentaria, de las diversas experiencias agroecológicas de Colombia y América Latina, de la necesidad de transformar el sistema agroalimentario. Empezamos a descender por el cañón hacia Capitanejo y él, maravillado por la inmensidad de ese lugar, olvidó por un rato su cansancio. Luego, en voz alta me dijo: “ahora entiendo la dureza de ustedes en Santander, se tiene que ser fuerte para enfrentar la aridez de estas tierras. Hoy puedo comprender mejor a la gente de estos lugares”.

Llegamos a Capitanejo casi a las seis de la tarde, el bus se detuvo un rato y salimos de él a caminar. Necesitábamos estirar las piernas. Podía notar la fatiga de Mario, su rostro la reflejaba y volvió a recordarme: “Tatiana, no sé cómo usted me va a garantizar que a las 8 de la noche pueda estar ya durmiendo en el hotel”. Le respondí que tuviera la certeza de que antes de esa hora llegaríamos.

En las casi dos horas de viaje entre Capitanejo y Málaga, rogaba para que no le sucediera nada al bus y para que llegáramos a tiempo. Un poco después de las 7:30 p.m. llegamos a Málaga. Allá nos esperaba María Stella. Él no quiso comer, solo quería ir al hotel y descansar. Conversamos brevemente sobre la agenda de trabajo. Yo estaba cansada, pero también maravillada de nuestro viaje y ansiosa por estar en su taller.

Al siguiente día, muy temprano, estaba listo para empezar. Nos fuimos a la finca de Édgar, un campesino de Concepción que se había regresado de la ciudad al campo y que había comprado una tierra sin suelo, pero al que él y su familia, con infinita paciencia, habían recuperado y lo habían puesto a producir. Al llegar, Mario nos dijo: “este Édgar es un berraco, puso a producir esta roca, porque es una roca lo que tiene” y nos mostró la delgada capa de suelo recuperado sobre unas lajas, que era su pequeña finca. En la medida que iban llegando campesinas y campesinos, el rostro del maestro se iluminaba y su alegría y dulzura estaban más presentes.

Con ese viaje, empezó para él y para mí una linda amistad que pervivió por casi dos décadas. Hoy, agradezco a la vida haber conocido a Mario y haber podido compartir tantos momentos y aprendizajes. Su sencillez, sabiduría, espiritualidad, radicalidad, amor con la niñez, el valor que daba a las semillas y a la autonomía generada por producir nuestros propios alimentos son algunas de sus muchas enseñanzas.

Hoy sembramos a Mario, él estará en las muchas semillas que regó durante su comprometida vida.

¡Buen viaje, Mario!

Temas: Saberes tradicionales

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