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Autor Alfredo Jalife Rahme Idioma Español Pais Internacional Publicado 18 febrero 2011 11:57

La globalización financierista intensifica la hambruna global y sus revueltas

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"El caso geopolítico de Egipto adquiere mayor dramatismo debido a que uno de sus detonadores inmediatos derivó del alza de los alimentos en un país que era autosuficiente durante la etapa de Nasser y cesó de serlo con el defenestrado Mubarak debido a su adopción de medidas neoliberales suicidas bajo las recomendaciones del siempre siniestro FMI"

La secuencia es exquisitamente nítida: la detonación de la crisis financiera del 15 de septiembre de 2008 (la extraña quiebra de Lehman Brothers –que ya sabían un año antes los bancos centrales anglosajones–) provocó una reacción en cadena cuyos efectos son las múltiples crisis en curso: crisis económica (que prosigue su ineluctable marcha y durará alrededor de 10 años), crisis energética (que se intensifica) y crisis alimentaria (que golpea en pleno rostro a la periferia del G-7 que se ha autocalificado de "inmune") con efectos geopolíticos de doble vía que regresan vengativamente a su punto de partida en Wall Street, donde la política doméstica se ha polarizado como nunca desde su guerra civil.

Se trata de una crisis multidimensional que ha puesto en tela de juicio el ominoso modelo de la globalización financierista, eminentemente especulativa, impotente para crear empleos a los jóvenes tanto del G-7 como de la periferia, lo que, a nuestro juicio, significa una grave crisis de la civilización occidental.

El reciente "efecto Bernanke" –impresión masiva de dólares por más de 600 mil millones por la Reserva Federal– provocó la hiperinflación de las materias primas donde destaca el alza estratosférica de los alimentos con los que lucran los cárteles anglosajones (“El meganegocio de los cárteles alimentarios anglosajones”, Contralínea, Radar Geopolítico, 30/1/11).

El caso geopolítico de Egipto adquiere mayor dramatismo debido a que uno de sus detonadores inmediatos, acumulado a otros agravios sedimentados durante 52 años de gobernación militarista, derivó del alza de los alimentos en un país que era autosuficiente durante la etapa de Nasser y cesó de serlo con el defenestrado Mubarak debido a su adopción de medidas neoliberales suicidas bajo las recomendaciones del siempre siniestro FMI, lo cual desembocó en la devaluación de su moneda, tasa de desempleo de 30 por ciento y empobrecimiento generalizado (40 por ciento de la población pletóricamente juvenil con ingresos menores a dos dólares al día), pero benefició en última instancia a la clepto-plutocracia local y global.

El suicidio alimentario de Egipto, el mayor importador mundial de trigo (17 por ciento del total) se amplifica teóricamente cuando en su frontera sur se encuentra Sudán (el país más extenso tanto de África como del mundo árabe y la segunda población más numerosa de éste), con el que comparte el vital río Nilo y que tiene el potencial de convertirse en el granero del continente negro, lo que ha impedido su balcanización teledirigida –sin contar sus pletóricas reservas de petróleo en el ya separado "Sudán del Sur" como en su provincia de Darfur, en la mira de los balcanizadores.

William Pesek, columnista neoliberal de la globalista agencia Bloomberg (13/2/11), le da vuelo a la opinión del economista Nouriel Roubini, uno de los heraldos favoritos del establishment globalizador –anterior funcionario del FMI, la Reserva Federal, el Banco Mundial y el banco central de Israel–, quien comenta que "el incremento abrupto de los costos de los alimentos y la energía nutren la inflación en los mercados emergentes que son lo bastante serios para derrocar gobiernos". ¡Qué novedad!

Pesek estima que hay que considerar los "efectos colaterales" cuando "la ONU reconoce que los países gastaron por lo menos un millón de millones (un trillón en anglosajón) en importaciones de alimentos en 2010, con los países pobres pagando 20 por ciento más que el año anterior".

¿Se convirtió la venta de alimentos en el cuarto mejor negocio del mundo después del petróleo (primero), el narcotráfico (segundo), la venta de armas (tercero) y empatado en el cuarto lugar con los negocios del desagüe y los caños del crimen organizado tolerado subrepticiamente por los hipócritas gobiernos (trata de blancas, contrabando de órganos, etcétera)?

Sin contabilizar sus abusos en derechos humanos y ambientales, la trasnacional estadunidense Cargill –empresa familiar que ni siquiera necesita cotizar en la Bolsa– acapara 25 por ciento de las exportaciones de granos de Estados Unidos y 22 por ciento de su mercado doméstico de carne, y obtuvo ingresos por 116 mil 600 millones de dólares en 2009. Con el disparo reciente, ¿habrá rebasado ya los 200 mil millones?

Cargill opera con una importante rama financiera para "riesgos" en los mercados de futuros y cuenta con su propia firma de hedge funds ("fondos de cobertura de riesgos"): Black River Asset Management, con activos por 10 mil millones de dólares. ¡Viva la especulación!

Tal especulación ha sido tolerada en forma masoquista por los países hambreados como el itamita "México calderonista" que pretende ridículamente haber "blindado" la tortilla mediante futuros financieros especulativos que solamente abonan más ganancias a los activos de las trasnacionales alimentarías (carecen de imaginación: lo mismo hacen con los futuros del petróleo con los que han perdido fortunas).

Esto apenas comienza con las alzas descomunales de enero pasado en los "costos de lácteos, azúcar y granos", según Pesek, quien culpa de forma absurdamente reduccionista a la "occidentalización (sic) de la dieta en Asia" de encontrarse "parcialmente (¡súper-sic!) detrás del alza en los costos de alimentos". No dice ni pío sobre la especulación financierista (el meganegocio de la banca israelí-anglosajona) que ha contribuido en forma determinante, más que otros factores, al alza descomunal de los alimentos.

Pesek aduce que la crisis alimentaria "llevará a otra: la de la deuda, ya que los países asiáticos aumentarán abruptamente los subsidios y recortarán los impuestos a las importaciones".

¿Los cárteles anglosajones decretaron la "guerra alimentaria" contra los países asiáticos, primordialmente contra China e India, los exitosos competidores geoeconómicos del agónico G-7?

Ahora a todo el mundo le ha dado por opinar, sin saber mucho al respecto, sobre los "riesgos geopolíticos", y el economista Nouriel Roubini no es la excepción, quien plagia mi concepto del "G-0" (ver Bajo la Lupa, 23/1/11) para avanzar una imagen lúgubre de un mundo acéfalo y a la deriva: "Nuestro Mundo G-Cero", en un artículo para Project Syndicate (11/2/11), el conglomerado mediático del megaespeculador George Soros.

Hay que ir a las raíces de la crisis multidimensional, que ya es civilizatoria: la crisis financierista (la causal de la crisis y/o guerra alimentaria, a nuestro juicio), como espléndidamente demuestra el "Informe Angelides" –la bipartidista "Comisión de Investigación de la Crisis Financiera" (FCIC, por sus siglas en inglés) del Congreso de Estados Unidos–, de 600 páginas, publicado el pasado 27 de enero, que exhibe tanto el fracaso de la nefaria globalización financierista como la miseria conceptual de los organismos internacionales de control local y global (v.gr la Reserva Federal y el globalista FMI): "la crisis era evitable (sic) y fue causada", en primer lugar, por "los amplios fracasos en la regulación financiera"; en penúltimo lugar, por la "ausencia de un pleno conocimiento (¡súper-sic!) del sistema financiero que vigilaban"; y, en último lugar, por "violaciones a la contabilidad y la ética a todos los niveles", lo cual amerita un artículo especial de disección.

La Jornada, México, 16-2-11


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