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Biodiversidad en América Latina y El Caribe

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Autor Florencia Penna Idioma Español Pais América del Sur Publicado 1 abril 2005 14:37

Soja, transgénicos y monocultura

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Soberanía alimentaria: movimientos campesinos, indígenas y urbanos, junto a organizaciones ecologistas y sociales de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, reunidos en Iguazú

Numerosos movimientos campesinos, indígenas y urbanos, junto a organizaciones ecologistas y sociales de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, se reunieron la semana pasada en un asentamiento del Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) para participar de un Contraencuentro a raíz de la conformación de una mesa redonda del Plan de Soja Sustentable. Luego de talleres y debates sobre los impactos de la soja, los transgénicos y los monocultivos, más de 500 trabajadores, desocupados y líderes rurales se movilizaron hasta el hotel donde se llevaba a cabo la planificación de políticas neocoloniales de producción y agronegocios en el Mercosur. Aquí, la compleja problemática cuya salida, para muchos, es multiplicar a base de organización.

Considerando que los llamados recursos naturales son vitales tanto para la existencia como para la identidad de muchos pueblos, se podrá entender que cultura no sólo refiere a la expresión y manifestación de las bellas artes, o del entretenimiento. En los orígenes de su devenir histórico, el concepto de cultura estaba asociado a la idea de cultivo, estrechamente ligado a la producción en la vida colectiva, es decir, a la praxis material y vital de lo social. Como definió Raymond Williams, “fue el crecimiento y la marcha de las cosechas y los animales y, por extensión, el crecimiento y la marcha de las facultades humanas”.

Los saberes de las comunidades originarias siempre se han relacionado con su hábitat y con la historia que sus raíces dibujaron en la tierra. Los campesinos y campesinas, muchos de ellos indígenas, también han considerado a la naturaleza de modo tal que la convivencia fuese armónica o, en todo caso, duradera. Estas creencias, paganas para la Iglesia, tontas para la razón instrumental, siempre demostraron respeto hacia la vida -y hacia la muerte, como parte del ciclo natural-. Hoy, la mercantilización de la naturaleza, que anula su posibilidad de ser un “otro”, asegura a muchos hombres y mujeres un panteón de chapa en la villa miseria más cercana.

Tierra, trabajo y justicia

Los problemas son varios, pero tal vez el central sea el modelo agrario biotecnológico, basado en la exportación de commodities (productos primarios sin valor agregado) forrajeras, como la soja y maíces transgénicos.

Transgénico significa que un organismo ha sido modificado genéticamente, incorporándosele artificialmente un gen proveniente de otro organismo de una especie diferente. Según el Centro de Estudios sobre Tecnologías Apropiadas de la Argentina (Cetaar), la Argentina se ubica en el segundo lugar entre los países productores de estos cultivos, con casi 15 millones de hectáreas. Si bien a ciencia cierta no se sabe qué efectos a largo plazo podrían ocasionar a la salud los alimentos genéticamente modificados, hay indicios que pueden provocar impacto negativo en la salud, pues sí se sabe que muchos cultivos transgénicos fueron diseñados para resistir a herbicidas y matar pestes. ¿Portan residuos tóxicos, cómo son asimilados o almacenados? No hay indicadores precisos, pero Europa prefiere los alimentos orgánicos y muchas firmas importantes anunciaron dejar de introducir ingredientes transgénicos en sus productos.

Empresas como Monsanto, Syngenta y Cargill venden las semillas transgénicas (las de soja son entre un 30 y 40 por ciento más caras que las convencionales), con su pesticida y fertilizante. El productor además de comprar este paquete biotecnológico, debe pagar por el uso de esa semilla pues está patentada -y, por contrato, no se puede guardar-. Pero más allá de esta inversión en dólares -que no todos los pequeños productores pueden hacer-, no tienen mayores gastos: sólo necesitan una sembradora -por lo general, una carísima maquinaria de siembra directa, para sembrar sin rotar la tierra- y una avioneta para fumigar los cultivos. En el caso de la soja, el herbicida más conocido es el Roundup Ready (RR), de la multinacional Monsanto. Se trata de glifosfato, un agrotóxico de gran espectro que mata todas las plantas (de hojas grandes, leñosas, frutales, pastizales, etcétera), excepto la soja transgénica -diseñada para soportarlo-. Los sojeros pueden rociar sin límites ni precaución, ellos no pierden su cosecha. El problema son los habitantes en los campos lindantes, la tierra, los cursos de agua, el aire, los animales. El glifosfato es cancerígeno, daña el hígado, el sistema reproductor y los ojos, entre otras consecuencias. En síntesis, es un biocida. Además, el monocultivo asegura la pérdida de fertilidad de los suelos, puesto que la soja absorbe numerosos nutrientes y no deja restos para abono; al no haber variedad de cultivos, los suelos agrícolas no se recuperan.

La disminución en la demanda de mano de obra en todas las tareas vinculadas directa o indirectamente con el este proceso agrario, ha sido la causa de que “alrededor de 400.000 personas que dependían de la agricultura no sólo para obtener alimento sino para mantener viva la identidad cultural, han migrado a las grandes ciudades o se mantienen en la pobreza dentro de sus propios predios”, y “más de 150.000 pequeños y medianos productores han desaparecido en los últimos 14 años al no poder adaptarse a esta situación macroeconómica con altos impuestos, elevados precios de los insumos y dependencia de precios internacionales”, informó el Cetaar.

Entre 2001/2002, y debido a la ya inocultable situación de desempleo y pobreza de la mitad del país, surgieron los planes de Soja Solidaria, que se basaron en la donación de un kilo de soja por tonelada exportada, proponiendo a la soja como la reemplazante de los alimentos tradicionales en el país, fuera ya de la capacidad de compra de la mayoría de la población. La soja forrajera y transgénica, exportada a Europa y China para alimentar animales se convirtió en la base de la dieta de miles de comedores escolares, de indigentes y niños. Los nuevos hábitos alimentarios impuestos generaron cursos rápidos de cocina y varios gobiernos provinciales ayudaron a instalar las “vacas mecánicas”, maquinarias donadas por los exportadores para producir jugos (“leches”) y subproductos de la soja.

Análisis Digital, Internet, 25-3-05


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