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Autor RALLT Idioma Español Pais América Latina y El Caribe Publicado 20 febrero 2014 13:56

Boletín 556 de la RALLT - Violencia contra el maíz, la soberanía alimentaria y la autonomía

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"En diferentes ciudades y pueblos de México se están desarrollando actividades en defensa del maíz nativo y de las técnicas tradicionales de cultivo, como parte de un movimiento de resistencia contra la aprobación del cultivo comercial del maíz transgénico, el despojo de los territorios de las comunidades indígenas y campesinas y el avasallamiento de la soberanía alimentaria."

RED POR UNA AMÉRICA LATINA

LIBRE DE TRANSGÉNICOS

BOLETÍN 556

Contenido:

Violencia contra el maíz, la soberanía alimentaria y la autonomía

La ciencia es un loco que ya mató a Dios. Pero ahora dicta: natura ha muerto.

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VIOLENCIA CONTRA EL MAÍZ, LA SOBERANÍA ALIMENTARIA Y LA AUTONOMÍA

Sábado, 14 de diciembre de 2013

Por Alicia Massarini y Andrés Carrasco *

En diferentes ciudades y pueblos de México se están desarrollando actividades en defensa del maíz nativo y de las técnicas tradicionales de cultivo, como parte de un movimiento de resistencia contra la aprobación del cultivo comercial del maíz transgénico, el despojo de los territorios de las comunidades indígenas y campesinas y el avasallamiento de la soberanía alimentaria.

Mesoamérica es la cuna del maíz, que fue obtenido en todas sus variedades como resultado de un largo proceso de domesticación practicado ininterrumpidamente desde hace 8000 años mediante las prácticas agrícolas de 330 generaciones de agricultores de los pueblos originarios de la región. El maíz es el tercero entre los 4 más importantes cereales que sostienen la alimentación de la humanidad y en Mesoamérica ha sido y aún es la base de la alimentación de la población y raíz de una cultura que lo tiene como principal sustento y centro de su identidad. Diversos estudios genéticos poblacionales, biogeográficos y arqueológicos muestran el valor estratégico del territorio mesoamericano como fuente de variabilidad de este cultivo, ya que allí aún están presentes las variedades silvestres de Teocintle –ancestro del maíz– y más de 60 variedades actuales de maíz que fueron largamente domesticadas para adaptarlas a diferentes climas, suelos y requerimientos de las tradiciones culturales, que incluyen comidas regionales, fiestas y ceremonias.

Como el maíz es una planta de fertilización abierta, el cultivo de maíces transgénicos en su centro de origen involucraría inevitablemente la contaminación genética de las variedades locales, ocasionando un daño irreversible que puede conducir a la destrucción de variedades que son resultado de miles de años de mejoramiento. Y estos daños ya no constituyen una especulación en torno de un riesgo potencial, sino que actualmente ya pueden apreciarse en milpas –cultivos de maíz nativo– que han sido intencionalmente contaminadas con maíces transgénicos, en las que los campesinos han detectado una buena proporción de plantas con serias malformaciones, por ejemplo, la inhibición del desarrollo de la mazorca. Estudios de biología molecular iniciados por el trabajo pionero de Ignacio Chapela en 2001 y más recientemente por el estudio realizado por Elena Alvarez Buylla, han revelado reiteradamente que en todo México existe contaminación genética de los maíces criollos con variedades transgénicas. Esta contaminación producida por prácticas ilegales es aún acotada y, sin duda, el daño sería infinitamente más grave si se aprobara legalmente el cultivo comercial de maíz transgénico.

En la voz de los campesinos, ésta es una forma de “guerra biológica” llevada a cabo en México por las grandes corporaciones semilleras como Monsanto, con la complicidad de funcionarios y organismos públicos. Juntamente con el problema de la contaminación genética aparece el despojo de los territorios de las comunidades indígenas que cultivan las variedades locales con la intención de liberar territorios agrícolas comunitarios y reemplazarlos por cultivos industriales de maíz transgénico, con la consecuente pérdida de diversidad y avasallamiento de los derechos de los colectivos humanos. El peligro no sólo está latente en el cultivo de maíz transgénico, sino también en la introducción del cultivo extensivo de soja transgénica. En Yucatán, por ejemplo, ya se explotan 14.000 ha con este cultivo y se ha aprobado la siembra de 260.000 ha, situación que atenta igualmente contra la soberanía alimentaria y la preservación de la agrobiodiversidad.

En virtud de estas amenazas, las comunidades indígenas y campesinas, junto con organizaciones ambientalistas como Grain, la Red Nacional en Defensa del Maíz y el grupo ETC, entre otros, juntamente con científicos muy reputados que conforman la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS), están resistiendo desde hace tiempo para rechazar de plano la introducción de maíz transgénico en México. Estas organizaciones y numerosos movimientos sociales han realizado una serie de audiencias en el marco del Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP), organismo internacional no gubernamental de gran prestigio, continuador del Tribunal Russell, cuyo objetivo es hacer visible las violaciones masivas a los derechos humanos y a los derechos de los pueblos, que no encuentran respuestas institucionales a nivel nacional, continental o internacional. Estas audiencias asumen un marco general de análisis de la problemática que comprende tres ejes: “Devastación ambiental, soberanía alimentaria y represión contra los movimientos sociales”. Cada uno de estos tres ejes ha dado lugar a una audiencia y, a su vez, cada una de ellas se sustenta en varias preaudiencias que se han realizado previamente en diversas ciudades de México. Todas estas instancias se basan en la presentación de casos, que son expuestos por las comunidades locales agredidas, perjudicadas, despojadas y en peligro de ser exterminadas, que se están defendiendo con estrategias de resistencia para preservar la producción de alimentos conforme a sus saberes y tradiciones. Durante el desarrollo de las preaudiencias y audiencias los casos son expuestos ante tribunales internacionales compuestos por juristas, ambientalistas, científicos, representantes de comunidades originarias, dirigentes campesinos e intelectuales reconocidos por su contribución y compromiso con las resistencias de los pueblos frente a este modelo económico mercantil, devastador e inhumano. En general, las audiencias duran varios días, donde los casos expuestos son considerados y articulados en sus aspectos comunes por el jurado, que finalmente se expide, emitiendo un dictamen. Estos dictámenes son documentos muy ricos, que integran muchas miradas y permiten apreciar y dimensionar la complejidad e importancia de estos temas.

Una de las preaudiencias se desarrolló en Maní, un pequeño pueblo de Yucatán, en el ámbito de una escuela de agroecología emplazada en la selva, cuyo propósito es recuperar, fortalecer y multiplicar los conocimientos agrícolas, alimentarios, arquitectónicos del pueblo maya que habita la región y constituye buena parte de la población (alrededor de un 40 por ciento de los 3 millones de habitantes de Yucatán habla la lengua maya). Los temas de esta preaudiencia, organizada localmente por la agrupación indígena TAAN U XU’ULSAJ K-KUXTAL (“Están acabando con nuestra vida”), fueron las políticas de despojo y exterminio del pueblo maya. Durante su desarrollo se expusieron diez casos ocurridos en comunidades, todos muy significativos, algunos muy penosos, otros fuertemente esperanzadores. Varios expositores presentaron sus casos en su lengua y sus testimonios fueron traducidos por compañeros bilingües. La diversidad de problemáticas presentadas abarca desde el arrebatamiento del territorio hasta la contaminación de las mieles con polen de soja transgénica y todas ellas reflejan el dolor de las comunidades indígenas por la presión y la violencia que ejercen las corporaciones y las políticas públicas para imponer la privatización y el despojo del territorio, arrasando con los modos de producción tradicionales. Alvaro Mena, representante del pueblo maya, denunció que este modelo económico, promovido por el gobierno y las grandes empresas semilleras conduce a un genocidio en Yucatán, ya que “acabar con el maíz es acabar con el pueblo maya”. Fue un rasgo muy significativo la calidez y fraternidad de la convivencia durante el encuentro, el intercambio fuera de sesiones, la constante presencia de la dimensión afectiva y espiritual además de la claridad política que atraviesan y motorizan esta causa.

Otra de las preaudiencias, que se desarrolló en el auditorio de la Facultad de Ciencias de la UNAM, se centró en los aspectos científicos involucrados en este tema. Se presentaron varios casos por parte de investigadores críticos que desarrollaron estudios sobre la contaminación del maíz nativo –entre ellos el propio Ignacio Chapela– y diversas investigaciones orientadas al mejoramiento de las técnicas tradicionales y a la creación de opciones agroecológicas que se articulen con ellas, con el objetivo de conservar la diversidad local de maíz y garantizar el autoabastecimiento (actualmente México debe importar 1/3 de las 33 toneladas de maíz que consume como alimento). En varias exposiciones, particularmente en la del suscripto, Andrés Carrasco, además del tema específico se enfatizó la problemática de la mercantilización y la corrupción de la tecnociencia y su papel como promotora y legitimadora de paquetes tecnológicos. Además se señaló la falacia epistémica existente en la supuesta rigurosidad científica de la tecnología transgénica. Varias de las investigaciones presentadas fueron ilustrativas de la existencia de modos alternativos de hacer ciencia, en estrecha vinculación con las necesidades de las comunidades. Quedó claro que debido a las múltiples dimensiones involucradas en este problema, la contribución que puede hacer una ciencia crítica en diálogo con otros saberes es sólo una de las miradas que deben tenerse en cuenta. En relación con ello, uno de los miembros del jurado, Luis Macas, representante de la comunidad quechua de Ecuador junto con Andrés Carrasco que presentó el caso de efectos de los agrotóxicos y riesgos e incertidumbres de la tecnología transgénica, enfatizaron la necesidad de “no dejarle la última palabra a la ciencia”.

Estas dos preaudiencias, juntamente con las realizadas en otras regiones de México, confluyeron en la audiencia temática “Violencia contra el maíz, la soberanía alimentaria y la autonomía”, que se desarrolló en el local del Sindicato de Trabajadores de la UNAM (Stuman) entre el 19 y el 21 de noviembre. En ella participaron unas 300 personas que son miembros de comunidades originarias, ONG y organizaciones sociales y un tribunal formado por 8 miembros de Francia, México, Ecuador, Argentina, Chile y Canadá.

Como una peste, como una maldición, apenados campesinos y campesinas indígenas, en ocasiones quebrados por la emoción y por la rabia, relataron cómo sus milpas, que consideran la herencia sagrada de sus abuelos que ellos deben custodiar, han sido contaminadas con maíces transgénicos por prácticas ilícitas de las que son responsables el gobierno y las empresas. Claudio Ramírez Pascual, campesino zapoteco de Oaxaca, expone en un pausado, solemne y dificultoso español que no es su lengua materna:

“Me siento triste por ver mi maíz contaminado al igual que el de los compañeros de mi comunidad. El maíz es nuestra vida, nuestra sangre. Por el maíz vivimos y es la base principal de nuestro hogar. Además de comerlo se lo damos de comer a nuestros animalitos, con los que también nos alimentamos. Por eso vengo a pedirle al gobierno que no permita la siembra de maíz transgénico, porque es nuestra muerte como hombres y mujeres del maíz. Lo exijo esto porque quiero que mis hijos y nietos y las demás generaciones tengan vida y salud”.

El escenario perfila el avance de una política devastadora que podría no tener retorno, pero también expresa la profundidad y la potencialidad de los movimientos comunitarios que comprenden muy bien lo que se está jugando y están firmes en la defensa de su sustento y su identidad. Los diversos testimonios de las comunidades, las evidencias científicas y la experiencia acumulada hasta el presente confirman que, sin duda alguna, la preservación del tesoro que representa el reservorio genético, el patrimonio cultural y el territorio de los pueblos indígenas de Mesoamérica es un desafío para toda la humanidad.

* Investigadores del Conicet.

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LA CIENCIA ES UN LOCO QUE YA MATÓ A DIOS. PERO AHORA DICTA: NATURA HA MUERTO

Andrés Carrasco

23 diciembre, 2013

Por primera vez en la historia los humanos se encuentran técnicamente habilitados para intervenir el genoma, alterando, modificando, agregando, o retirando información de la base genética de los organismos vivos. Estamos ante un salto revolucionario de imprevisibles consecuencias, no solo en la diversidad biológica del planeta sino en relación con el equilibrio evolutivo.

El discurso científico que legitima el uso de los Organismos Genéticamente Modificados (OGM) pertenece esencialmente a la biología molecular, por ser el cuerpo de conocimiento que permite la manipulación de la estructura de los genes con el objeto de producir ciertos efectos deseados en los fenotipos. Pero el marco teórico de la investigación que produce OGM no está en condiciones de decir nada acerca de las modalidades de su uso, ni de los ”efectos colaterales” sobre la salud y el medio ambiente.

Nos estamos ahorrando la reflexión social capaz de determinar si vale la pena aplicar esta tecnología, si es deseable alterar los tiempos evolutivos naturales de las especies, y si estamos dispuestos a violar el derecho de la naturaleza introduciendo cuerpos extraños en ella.

el Big relato

Después de la segunda guerra mundial hubo “avances” enormes en química, metalurgia y aviación, entre otros, y se configuraron los programas denominados Big Science, como la NASA o el Proyecto Manhattan. Estos megaproyectos corporativos del complejo tecnológicomilitar generaron las condiciones para el descubrimiento de la estructura del ADN y el desarrollo técnico de su manipulación. De allí al programa del Genoma Humano, casi sin discontinuidad. El énfasis, la competencia y la adrenalina que circulaba en estos planes de investigación globales permitían a las grandes corporaciones jugar con el control tecnológico del desarrollo químico, molecular, atómico y espacial, sustentados en campañas que invocaban nobles principios de mayor bienestar, avances médicos o producción más barata y segura de energía.

En los años setenta comienza la manipulación genética de organismos vivos, justificada en el hambre de cientos de millones de seres humanos en el mundo, de tal manera que aseguró a los países triunfantes el derecho a ejercer el poder del dominio tecnológico. El poder de diseño fue transferido, desde los individuos y la academia a los planes estratégicos delcombinado Estado-corporación.

El viaje del átomo al gen fue uno de los pilares fundantes de lo que hoy conocemos como globalización. Nunca más la Big Science encaró proyectos que no estuvieran en línea con demandas corporativas. Nunca más la ciencia fue creíble en su prédica de neutralidad, custodia de la verdad y autonomía de sus desarrollos. La ciencia entonces orientó en forma creciente su mirada y exploración hacia ciertos conocimientos estratégicos, mecidos por los intereses y la competencia de los Estados, y mediados por los concentrados corporativos privados. Desde entonces cada vez es más difícil encontrar desarrollos de investigaciones que no estén previamente enmarcados en megaproyectos tecnológicos asociados a ese mercado global. La introducción de los organismos transgénicos, que puede aparecer como una técnica promovida por la curiosidad individual o como un paso en la aventura humana por dominar a la naturaleza, no es sino un instrumento de control territorial, político y cultural que ha neutralizado al pensamiento crítico.

¿los transgénicos alimentarán al mundo?

La revista Nature abordó esta pregunta en pleno debate sobre los efectos de la contaminación de los agrotóxicos. En su editorial del 29 de julio de 2010, describió el fracaso de los OGM aludiendo que no habían servido para disminuir el hambre, que despertaron una percepción social negativa sobre la privatización de territorios, la contaminación ambiental y el agotamiento de los suelos y los recursos hídricos. La causa del hambre según Nature, no es la falta de alimentos sino la pobreza.

En el mundo de hoy se calcula que hay 1500 millones de hectáreas cultivadas y 170 millones están sembradas con transgénicos, de las cuales 152 millones corresponden solo a cinco países: EEUU, Brasil, Argentina, Canadá e India. A la demostración del impacto ambiental sobre el suelo, flora y fauna de los tóxicos usados en estos territorios, se agregan los efectos indeseados sobre la salud de la población, y más recientemente, las limitaciones de la seguridad biológica implícitas en el propio procedimiento tecnológico (por la mentira implícita en el concepto de equivalencia sustancial, pues no está demostrado la equivalencia alimentaría entre transgénicos y no transgénicos).

El agravamiento de la situación en los países productores parece un hecho, con la llegada al mercado de las nuevas semillas donde se “apilan” las modificaciones genéticas que exigen

otro tipo de herbicidas para compensar la progresiva impotencia de los OGM (debido a la resistencia de las malezas y el descenso del rendimiento por agotamiento de los suelos). Todo lo cual sucede en un complejo escenario: Europa mira con renuencia la aceptación de los transgénicos y plantea incrementar la importación de soja convencional ante la creciente presión del consumidor, que exige el etiquetado informativo de los productos. Al mismo tiempo, China también reacciona, rechazando o restringiendo el uso de agrotóxicos, a la vez que desarrolla políticas voraces con compras y acaparamiento de tierras (land grabbing) en

África, Asia y América Latina. El rumbo del mercado internacional es por lo tanto incierto, y reclama una urgente y postergada discusión sobre la autonomía en los países periféricos. Ese debate, sin embargo, no reemplaza la acción política de resistencia ni la ética de poner el cuerpo. Las palabras de denuncia generan abstracciones sobre las fuerzas materiales que sostienen la producción de alimentos (y la explotación de otros bienes comunes), si no se entrelazan en los lugares del conflicto concreto donde se palpa la simiente de la política. El negocio global de alimentos agota recursos no renovables por cuenta y necesidad de un modelo depredador que necesita el control de toda la cadena para ejercer hegemonía y asegurar la rentabilidad. Es un sistema de saqueo e iniquidad que no contempla el bien común o la felicidad del pueblo, que destruye vida, naturaleza y autonomía y que genera más hambre y exclusión.

esto recién empieza

Advertidas de las consecuencias colaterales, las empresas biotecnológicas están empeñadas en la futura generación de tecnologías usando modificaciones genéticas que eviten la transgénesis. Sin embargo, estos desarrollos “novedosos” siguen siendo intervenciones en el genoma que involucran un alto grado de incertidumbre en cuanto a su viabilidad y efectos inesperados. Al igual que sucede con la inserción de genes de otras especies (transgénesis), o de la misma especie (cisgénesis), la edición de genes con las nuevas técnicas usando nucleasas como Talens o factores de transcripción Zinc Finger, son verdaderas intervenciones en el material genético que no respetan su integridad ni los cursos temporales requeridos en la naturaleza para generar y estabilizar variantes fenotípicas. Y más allá del fragmento incorporado o editado por la manipulación genética, estos procedimientos no pueden asegurar una mejora global de la variante.

La distancia entre la práctica experimental y las pruebas de campo, que según la revista Nature actualmente es considerable, obliga a las corporaciones responsables de los OGM a eludir la discusión sobre si la manipulación genética brindará seguridad definitiva en los cultivos comerciales. Por lo tanto, nunca dejará de ser un experimento genético hecho por el ser humano, como lo es la clonación, con un grado de incertidumbre directamente proporcional a la disrupción de la complejidad biológica y de su comportamiento en el medio natural. Ninguna de estas técnicas contempla las propiedades emergentes de los cambios que la tecnología introduce en la estructura del material genético. Menos aún los que provocarán nuevas técnicas como la biología sintética, que pretende transformar las plantas en fábricas de productos naturales o sintéticos (como plásticos).

La tecnociencia biológica promueve la idea de que el genoma es un mecano de piezas inertes ocultando de este modo lo que realmente es: un sistema integrado y complejo de regulaciones, con reglas adquiridas durante millones de años que tienden a mantener un equilibrio conservador. La liviandad con que la biología experimental y la biotecnología impregnadas por el mercado conciben los OGM es francamente incomprensible, dado los datos disponibles sobre la limitación de nuestro conocimiento y sobre la complejidad del funcionamiento del genoma.

La modificación genética experimental de nuevas variedades lanzadas en la naturaleza ”comprime” el tiempo evolutivo y “linealiza” la dinámica de los ciclos naturales de la vida. Por lo tanto, en el marco de los ecosistemas naturales donde se insertan, los OMG son verdaderos cuerpos extraños y su efecto en la naturaleza, irreversible e impredecible. Esas variantes artificiales generadas por el ser humano en laboratorio tendrán todavía que mostrar su verdadera capacidad, eficacia y persistencia de los rasgos fenotípicos inducidos durante el procedimiento genético, cuando sean sometidas al medio ambiente. Pero, sobre todo, deben demostrar sin ambigüedades que su presencia es inocua para el resto de las especies o las variedades no manipuladas del cultivo a la que pertenece. Algo imposible de probar a priori, por los tiempos de la industria biotecnológica y por la escala temporal y espacial requerida. Estas nuevas tecnologías pueden ser exitosas en lo inmediato, pero también pueden ser un fracaso y un peligro en el mediano plazo. Y en la defensa del ”virtuosismo” de un avance tecnológico, no hay nada más perverso que recurrir a la “autoridad” de la ciencia, descartando de antemano la sospecha de daño, en detrimento de la noción de incertidumbre presente en el principio de precaución.

barones de lo poshumano

El actual productivismo tienta a los “barones” de la tecnociencia a legitimar tecnologías acríticamente, proclamando que el “ambientalismo” es de derecha. Otros más sinceros, como Federico Trueco (CEO de INDEAR-Bioceres) o Néstor Carrillo (Instituto Biología de Rosario, IBR-COM-CET), sostienen que el progresismo “ataca por ignorancia” la tecnología OGM. Lo que ellos silencian es que con los criterios de comprobación de que disponemos, lo aceptable en los laboratorios es muchas veces intolerable para el medio ambiente y la salud humana.

La ontogenia (estudio del desarrollo de los organismos) y la filogenia (historia del desarrollo evolutivo de organismos y sus continuidades y discontinuidades) nos muestran la inmensacomplejidad de una vida que puede compararse con un iceberg oculto, para comprender la importancia de la diversidad biológica amenazada por los OGM. Pero la negación de la incertidumbre es consustancial a un canon reduccionista, atrincherado en la carrera por proveer mercancías para el mercado global, destinadas a un consumo infinito e irrestricto.

Subordinada al mercado, la ciencia tiene cada vez menos preguntas que apunten a desarrollar conocimiento para el bienestar y felicidad humana, a la vez que atiende necesidades superfluas o suntuarias a las que muchos jamás tendrán acceso. La ciencia contemporánea hace añicos el valor simbólico de convivir con lo natural, aportando imitaciones más manipulables, en su afán por controlar la evolución sin saber casi nada acerca de su devenir. La velocidad de las propuestas de cambio tecnológico amplían indefinidamente la frontera de lo posible y reducen al mismo tiempo el campo de lo pensable, introduciendo de este modo un espacio enorme desprovisto de sentido.

La “desobediencia epistémica” es la estrategia de guerra descolonial que la humanidad tiene por delante. Especialmente en aquellos espacios del planeta donde la oscuridad es sinónimo de dependencia.

Los países sometidos a esta lógica tienen que revisar sus modos de producción de conocimiento, revisando con urgencia las nociones de desarrollo y progreso.

Los países centrales deberán examinar su conciencia colonizadora, porque los procesos de resistencia en curso tenderán a profundizarse, y la insistencia en la apuesta globalizadora comienza a ser suicida.

Revista Crisis nro.16 – Nov / Dic de 2013

www.revistacrisis.com.ar

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