La capacidad regenerativa del planeta

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A un mes de que se inicie en Cancún otra reunión cumbre sobre el clima se divulgan nuevos informes que muestran la manera en que la población consume los recursos del planeta y las consecuencias que ello tiene en la producción de los gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático

Recientemente la prestigiosa New Economics Foundation presentó los resultados de un estudio en que analiza la relación que existe entre la población y el medio ambiente. Para mejor comprensión de los alcances y resultados del estudio, podemos comparar los recursos naturales del planeta con el dinero que una persona deposita en un banco para vivir de los intereses que le pagan.

 

Por ejemplo, si depositó mil pesos al 10 por ciento anual, recibirá 100 pesos y éstos serán lo que podrá gastar si quiere conservar su capital. Si gasta 150 pesos, será a costa del capital. Su inversión bajará a 950 y de intereses recibirá 95. Si desea seguir gastando como el año anterior, tendrá que afectar nuevamente el capital. Y así sucesivamente.

 

Algo semejante sucede con los recursos que produce el planeta, como los agrícolas, la carne, el pescado, el agua, el petróleo. Es el gran capital que tenemos para vivir y cada año se debe reproducir si sabemos administrarlo. Pero la creciente demanda, el consumo más allá de lo necesario, el desperdicio, superan la capacidad regenerativa del planeta. Nos comemos poco a poco el gran capital con que contamos para vivir de lo que produce.

 

Los datos de la New Economics Foundation muestran, además, cómo estamos rompiendo el equilibrio ecológico, de qué manera el modelo económico, la desigualdad, el saqueo de recursos por parte de los grandes centros que controlan la producción, impiden que el gran capital natural tenga tiempo de regenerarse, de que se reproduzca.

 

Como era de esperarse, las naciones más ricas son las que consumen más capital natural, muchas veces a costa de la que poseen en su territorio los países pobres.

 

A la cabeza de las devoradoras figuran los Emiratos Árabes y Qatar. Dos lugares donde el lujo y el dispendio de sus gobernantes y de quienes están a su servicio va más allá de lo que dicta la sensatez. Les siguen Dinamarca, Bélgica, Estados Unidos y Holanda. Estos países consumen cinco veces más que los que gastan menos: Haití, Afganistán, Bangladesh.

 

Destaca el caso de Afganistán, que podría salir de la pobreza, producir todo lo que necesita para que su población viva dignamente, si el dinero invertido por las grandes potencias presentes allí militarmente para luchar contra Al Qaeda se dedicara a fines pacíficos, al mejoramiento social y económico.

 

Otro dato: si todas las personas del mundo vivieran como una de Estados Unidos, se necesitaría cuatro veces la actual capacidad de producción de alimentos y energía del mundo.

 

Eso muestra las grandes diferencias que existen en consumo y uso irracional de recursos. En cuanto a México, si bien no figura entre los que más consumen el capital natural del planeta, sí recurre al propio para cubrir la demanda de su población.

 

En efecto, perdemos unas 300 mil hectáreas de bosques y selvas cada año, la erosión y la desertización avanzan cada día sobre las tierras agrícolas por mal uso y falta de políticas para conservarlas; contamos con 300 cuencas hidrográficas, algunas de enorme dimensión, pero no las utilizamos racionalmente; crece todos los días la demanda por hidrocarburos y carbón, pero también cada día disminuyen las reservas de estas fuentes energéticas. Y además, perdemos biodiversidad, indispensable al hablar del capital natural de un país o del mundo.

 

Para no seguir devorándonos el planeta, la New Economics Foundation exige energías no contaminantes, limpias, una dieta alimenticia con menos carne, especialmente en los países ricos, impulso al transporte público eficiente y anticontaminante en vez del automóvil, y mejor distribución del ingreso y la riqueza.

 

Todo lo anterior se puede lograr siempre y cuando se cambie el actual modelo económico, depredador de recursos, que beneficia a los que más tienen y todos los días se come parte del capital natural que, bien administrado, alcanzaría para todos.

 

La Jornada, México, 1-11-10

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