Los campesinos mexicanos, nuestros genetistas

Idioma Español
País México

De la inutilidad y posible peligrosidad de los transgénicos en el país

Pichátaro y Pátzcuaro, Michoacán - Los campesinos mexicanos son grandes genetistas que llevan generaciones mejorando el maíz, base de nuestra alimentación. México, cuna de la planta gramínea y hogar de la mayor diversidad de este alimento, es punta de lanza en esta profunda investigación que millones de campesinos llevan a cabo en sus parcelas temporada tras temporada, y que ha resultado en entre 40 y 60 razas y un sinnúmero de "poblaciones nativas" del grano. De la mano del hombre, el maíz ha logrado adaptarse a los distintos tipos de suelo de toda la República y ha resistido plagas, granizadas, calores extremos.

La cuenca del lago de Pátzcuaro y sus alrededores goza de una rica variedad de ambientes, que ha propiciado que los campesinos, después de miles de años, cultiven más de 10 variedades de maíz. Esa enorme riqueza es la que está en riesgo debido a la presencia de maíz transgénico que, además de perjudicial, es inútil

Don Ramón Magaña está muy esperanzado. Acaba de intercambiar mazorcas con un campesino wirárika. Con orgullo, este purépecha de 60 años presume las largas mazorcas blancas y coloradas, y describe lo que el ojo urbano no percibe: "Este colorado va a salir bueno para el atole, y este blanco lo quiero como forraje, porque le sale mucho grano".

Magaña –de San Andrés Tziróndaro, municipio de Quiroga– está en Pátzcuaro como invitado a la feria del maíz criollo, iniciativa del Grupo Interdisciplinario de Tecnología Rural Apropiada (Gira). Vino a mostrar ejemplares de sus parcelas y a intercambiar algunos de éstos con campesinos de la región y de Nayarit.

La inquieta curiosidad de Magaña por ver qué ocurrirá cuando siembre estas semillas que vienen de lejos –de otro suelo, otra altura, otro clima, otros cuidados– recuerda la del científico al hablar de su próximo experimento.

Y es que Magaña es genetista que heredó los conocimientos y el material genético –las semillas– de innumerables generaciones. En esta suerte de caminar científico lo acompaña su esposa, María Guadalupe Méndez Damián, en quien recae una enorme responsabilidad en el proceso de mejora del cultivo: "La mujer es la que sabe: ella desgrana y hace la labor más importante: escoger los granos para la siguiente cosecha". Gracias a la pareja, por ejemplo, han logrado conservar un maíz rosado casi extinto.

Esta herencia de siglos ha permitido que los maíces criollos hayan evolucionado de ser una raquítica mazorca de unos 10, 15 granos, a una espléndida planta que tolera las heladas de la región y su suelo volcánico, y que multiplicó su valor nutricional. Esta es la herencia que estaría en riesgo de desaparecer si semillas transgénicas llegaran a contaminar los cultivos de la región, dice Víctor Manuel Toledo, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM.

Demasiado libre para ser encarcelado

La ley de bioseguridad, recién aprobada por el Senado de la República, establece que se mantendrá un régimen especial para el maíz, sin especificar más. También abre la posibilidad de que existan "zonas libres de organismos genéticamente modificados (OGM)".

¿Qué opinan los especialistas?

El doctor Rafael Ortega Paczka, subdirector general de Investigación en la Universidad Autónoma de Chapingo, es escéptico: "La diversidad está tan expandida y hay tantas regiones en las cuales han nacido maíces criollos (aquellos que son nativos de un lugar) que tendría que establecerse una sola zona libre: México". Especialistas consultados coinciden en que si un poblado quisiera establecerse como libre de OGM, tendría que librar una enorme cantidad de obstáculos económicos y burocráticos. Además, señala el investigador Peter Rosset, "el polen transgénico puede cruzar grandes distancias", lo cual pone en duda la funcionalidad de una zona libre.

El otro obstáculo, la realidad misma, queda en evidencia al mirar la sonrisa de Magaña cuando recibe el maíz de su "hermano huichol", su alegría por poder experimentar en su parcela para ver qué tipo de maíz crecerá de esas semillas venidas de lejos. Es absurdo, parece decir, pretender encarcelar al maíz.

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¿Y qué si se contamina? ¿Qué no se supone que el maíz transgénico es mejor?

Los maíces modificados más comercializados hoy son el resistente al barrenador europeo (conocido como "maíz Bt") y uno que tiene resistencia a un herbicida. "Ambos fueron elaborados pensando en las necesidades del maíz estadunidense. Nuestro grano no requiere de estas características", explica Marín Gallardo Valdez, ingeniero agrónomo del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP). Además de innecesario, el cultivo de maíz transgénico hace a los agricultores dependientes de las compañías biotecnológicas (cinco trasnacionales controlan los OGM a escala mundial y Monsanto tiene 90% del mercado, informa Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC).

En vez de que el campesino experimente con sus cultivos cada temporada, en el caso de los OGM, la empresa obliga al campesino a comprarle la semilla –al tratarse de un grano que es la base de nuestra alimentación, podría poner en peligro nuestra autosuficiencia alimentaria. También, las compañías exigen que la semilla se use en una sola cosecha, acabando así con miles de años de experimentación y mejoramiento del maíz.

Además de innecesario y creador de dependencia, no hay suficiente información acerca de los efectos de los OGM al contaminar los cultivos y sobre el consumo humano. Por si fuera poco, como señala Toledo, pone en riesgo la supervivencia de una inmensa variedad de maíces criollos.

El doctor Ortega sugiere que si bien no se debe permitir la entrada de maíz transgénico, sí se debería fomentar la investigación sobre OGM, pero bajo una estricta vigilancia. El argumento es, en pocas palabras, que de todos modos los estadunidenses y europeos están avanzando en sus investigaciones, y que además lo hacen con estudios de científicos mexicanos y con material genético mexicano. Mejor hacerlo nosotros, pero con una "política de Estado que proteja la autosuficiencia alimentaria, la soberanía nacional y el desarrollo comunitario". Sobre todo, enfatiza, habría que hacerlo por una cuestión de bioseguridad nacional: "¿Cómo vamos a vigilar si no tenemos técnicos preparados para hacerlo?"

Víctor Toledo, en cambio, afirma que no hay razón que justifique romper las leyes de la naturaleza e introducir genes de un ser vivo de una especie a otra. "Es una cuestión básica de ética", dice.

El debate, pues, está abierto.

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Los maíces criollos ya están contaminados en algunas regiones del país y el peligro de que sigan contaminándose es real.
Cuando salió a la luz que, a pesar de la moratoria para su siembra, el maíz en la Sierra Norte de Oaxaca estaba contaminado (Masiosare, 15/09/01), el gobierno ofreció como explicaciones que los migrantes habrían traído semilla de Estados Unidos, o bien que las tiendas Diconsa estaban distribuyendo maíz importado.

Sin embargo, al preguntar a campesinos de esta región de alta migración si quienes regresan de Estados Unidos traen consigo semillas, sueltan la carcajada. Les parece una idea absurda.

Además, Magaña asegura que nunca sembraría semillas del otro lado. "No son criollas, o sea, no son nativas de este lugar".

–Pero va a sembrar las de Nayarit.
–Sí, porque sé que son criollas.

Ante el peligro de contaminación, habitantes de varios poblados en la cuenca de Pátzcuaro buscan conservar sus maíces criollos y evitar la entrada de transgénicos.

Los datos a escala nacional sobre maíces criollos –con un par de excepciones– son de hace unos 20 años, como señala el doctor Rafael Ortega, así que lo primero que se plantea es actualizar el mapa de esta planta gramínea en México.

Hacia allá apunta el estudio de maíces criollos en la cuenca del lago de Pátzcuaro, elaborado por Gira, con el que en unos meses se podrá tener un mapa del cultivo en esta zona. El estudio es parte de un proyecto integral que busca desde "sensibilizar a los consumidores", hasta "certificar el maíz como orgánico criollo" para que así tenga un mayor valor en el mercado.

El año pasado el Instituto Nacional de Ecología (INE) hizo un estudio en algunas regiones del país para averiguar si el maíz estaba contaminado. En Michoacán escogieron Pichátaro, municipio de Tingambato, en la meseta purépecha.

El resultado fue negativo. Ahora, los campesinos solicitan que el INE regrese anualmente a corroborar que no se hayan contaminado las gramíneas de la comunidad.

Esta es una de las medidas de un grupo de agricultores en Pichátaro, que forma parte de una estrategia mayor para conservar los maíces criollos.

Los habitantes de este pueblo cada vez se dedican menos a los cultivos: "Hace 20 años había más de 700 agricultores y hoy son sólo 200; su edad promedio es de 50 a 60 años", dice la doctora Marta Astier, investigadora de agroecología del Gira.

"En 1994 la comunidad se entregó a la madera", narra un agricultor de Pichátaro. Ante los bajos precios de los cultivos, los pobladores optaron por la tala (la mayoría clandestina) del bosque y, en mucho menor proporción, por la albañilería. La carpintería permitió que, a diferencia de otros pueblos de la región, la migración a Estados Unidos fuese relativamente baja (el investigador Narciso Barrera –del Instituto de Geografía de la UNAM y que desde hace 20 años trabaja en Pichátaro– calcula que cerca de 15% de la población está del otro lado).

Pero luego, cuenta el ingeniero agrónomo Heriberto Rodríguez, originario de Pichátaro, "los que se dedicaron a lo forestal se dieron cuenta de que ya no era redituable" y comenzaron a trabajar las tierras de nuevo, aunque fuera para autoconsumo.

Sin embargo, ¿cómo hacer para que más jóvenes le entren a la agricultura?

"Que tuviéramos un mercado", coincide un grupo de campesinos de Pichátaro.

El agrónomo Gallardo Valdez propone "mejorar los maíces criollos con los mismos agricultores en su propia parcela", a través de buscar alternativas para mejorar el suelo y de asesorías en técnicas de cultivo.

Además de mejorar los cultivos, aseguran los campesinos, "hay que darle mayor valor al maíz". Actualmente les pagan el kilo a un
peso.

Como experimento piloto sembrarán de dos a cuatro hectáreas de maíz criollo orgánico en distintos agroambientes. El investigador Barrera trabaja con la comunidad analizando distintas opciones para aumentar el valor de esta cosecha, ya sea haciendo artesanías con las mazorcas, los granos o las hojas; o tortillas para vender en ciudades como Pátzcuaro, Morelia o Uruapan, promocionándolas como orgánicas y libres de transgénicos. En esta última opción, la comunidad recibe la asesoría de Astier.

El poblado también planea realizar una fiesta del maíz el próximo 19 de marzo. Invitaron a comunidades aledañas a celebrar la riqueza de maíces y de platillos que se elaboran con ellos, y a intercambiar semillas de esa planta.

Como parte de esta misma estrategia de conservación, un grupo de mujeres en Pichátaro libró todo tipo de obstáculos para finalmente montar una clínica de medicina natural que comparte terreno con la clínica del IMSS. Ahí, las mujeres recetan, entre un abanico de curaciones con plantas, té de cabello de elote y atole blanco sin cal para lavar los riñones; pinole de maíz amarillo para mujeres recién paridas; y atole de espiga para los dolores de espalda. Este grupo de mujeres también está metido en la creación de huertos familiares, donde se abona con aserrín y estiércol y se da de comer a los pollos el desperdicio, el maíz molido.

Todo esto se circunscribe en una aspiración mayor, explica el agrónomo Heriberto Rodríguez: "Ir construyendo la autonomía, crear un municipio indígena".

Diversidad vs. supermaíz

Más allá de que los transgénicos que hay en el mercado resulten inútiles para la mejora de los maíces mexicanos, ¿por qué no aspirar a un supermaíz, más resistente y nutritivo, y que se adapte a cualquier ambiente?

"Dentro de una región puede haber un mejor maíz, pero no hay un mejor maíz para todas las regiones", responde Marín Gallardo, del INIFAP.

Y es que el maíz es un cultivo que con mucha facilidad sufre modificaciones en su estructura genética. Se acopla a la acidez del suelo, al cuidado de su agricultor, al clima. De una temporada a otra ya cambió.

Pero, sobre todo, una reducción en la cantidad de maíces criollos vaciaría la mesa mexicana: los agricultores reunidos, a coro, van describiendo distintos maíces que se dan en la comunidad: el amarillo criollo para el contamal, y tostado y molido, para el pinole; el ranchero blanco para las tortillas y el atole; el azul para las corundas; el negro para los uchepos y las tortillas

Nuestro país es, pues, el que goza de mayor variedad de maíces criollos, base de nuestra gastronomía, una de las más ricas y variadas del mundo. También es el que goza de una mayor riqueza de platillos basados en este grano.

Además, hay maíces que se utilizan en ceremonias sagradas.

Sin mencionar numerosas otras propiedades de los maíces: de los colorados se extrae pigmento, comenta el doctor Ortega; el apalote chico tiene una sustancia que repele a los insectos; los maíces criollos son más resistentes a las plagas; el maíz toluqueño puede ser cultivado en lugares extremadamente fríos.

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"Con cada campesino que deja de sembrar, se muere una población nativa de maíz", dice Heriberto Rodríguez. El agrónomo compara la pérdida del purépecha con la del grano: "Se acaba la lengua, se acaba el maíz, y nos morimos, ya no tenemos identidad. El maíz es el parteaguas, es el punto de partida para recuperar lo nuestro".

Magaña lo plantea así: "El maíz es nuestra herencia. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin maíz? ¿Qué comeríamos? No habría atole de grano, ni uchepos, ni tortillas. ¿Qué haríamos? Sin maíz no habría San Andrés (su comunidad).

"Simplemente, saborear algo creado con tu trabajo no tiene precio; es algo tan sencillo, pero tiene un valor incalculable."

La Jornada, México, 6-3-05

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