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Autor Walter Alberto Pengue Idioma Español Pais Argentina Publicado 18 abril 2008 18:10

Energía y alimentos en el mundo de hoy: aportes para un debate abierto

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"Lo que estamos percibiendo es que los dos tipos de agricultura mencionados anteriormente, la de base industrial y el modelo de la “revolución verde” hoy están llegando a una situación de plateau y los rendimientos no son tan adecuados como se podría esperar. Tampoco hay alternativas para el incremento de esos rendimientos que sean demasiado importantes; ni siquiera con la agricultura transgénica, que muchos promueven como una posible alternativa: Ninguno de los transgénicos que existen en el mundo han sido pensados para aumentar la productividad... Por otra parte, la tierra agrícola es cada día más escasa, la población mundial es creciente y el deterioro de los suelos es una cuestión prioritaria para tener en cuenta en las décadas venideras. Estamos en un planeta finito, donde la tierra es cada vez menos, donde el avance de los desiertos es importante y donde la recurrencia de estas presiones sobre el sistema agrícola genera impactos..."

Energía y alimentos en el mundo de hoy: aportes para un debate abierto

Dr. Walter A. Pengue

Presentación del Dr. Walter A. Pengue en el seminario "Agrocombustibles en la Argentina" (organizado por el IADE junto al GEPAMA y la Fundación Heinrich Böll). Dicho seminario se basó en los impactos de las transformaciones del modelo rural sobre el ambiente, la economía y la sociedad, en estos últimos tiempos. Nuestra intención es enriquecer y promover el debate desde un enfoque multidimensional, a partir de estas intervenciones a cargo de especialistas en el tema.

Nota: en primer lugar, se encuentra la presentación al seminario de Walter Pengue y al final de ésta se adjuntan las restantes intervenciones completas

Esta actividad está convocada y organizada por el GEPAMA (Grupo de Estudios del Paisaje y del Medio Ambiente de la Universidad de Buenos Aires) con el apoyo del IADE y de la Fundación Heinrich Böll, para tratar un tema que hoy “está en boga” pero cuya discusión está abierta en cuanto a los impactos positivos y negativos del mismo, y es el de los agrocombustibles en la Argentina, buscando ampliar esa discusión hacia sus efectos en la agricultura, la energía en general y el territorio.

PRESENTACIÓN

Voy a hacer una breve presentación, quizás un poco rápida, respecto de todo lo que tenía preparado, para no ocupar el tiempo y dejar el espacio para un debate posterior.

Luego vamos a tener una presentación de Jorge Morello, cuyo título es “La agroecología y el saqueo del bosque nativo en la Argentina”, una ronda de preguntas que creo que es una cuestión interesante para un seminario-taller como el que está planteado aquí. Nos interesa muchísimo el intercambio de ideas, y lo que estamos tratando también de hacer es aprender en conjunto todo lo que hace al tema que estamos abordando. Luego vamos a tener una presentación de Gonzalo Bravo, de la Fundación Bariloche, quién también colabora con nosotros en el posgrado de Economía Ecológica que organiza el GEPAMA en la Universidad de Buenos Aires; a continuación otra presentación mía, un poquito más extensa, intentando discutir temas relacionados con el uso de recursos naturales y algunas metodologías un poco nuevas o no tan nuevas, en algunos casos, que tienen que ver con la apropiación de biomasa y una discusión que pretendemos hacer en cuanto a la construcción de indicadores físicos o biofísicos de sustentabilidad.

Como para empezar, creo que una cuestión interesante es ver qué está pasando con la producción neta agraria a nivel mundial. Lo que deberíamos tener en cuenta es que la agricultura en el mundo no es una sola, sino que hay distintos tipos de agricultura, pero que de alguna manera existe, a grandes rasgos, una preeminencia de una sobre otra, en distintos escenarios, en distintos países, en distintas economías. Dentro de esos grandes grupos que nosotros podemos encontrar o pretendemos identificar, diferenciamos claramente a tres: uno, que es el que hoy está creciendo más fuertemente, que es el conocemos o identificamos como el de la “agricultura industrial”; un segundo grupo, que es aquel que está derivado o proviene de la “revolución verde”, que todos hemos conocido o de la que hemos escuchado hablar desde los años sesenta. Esta “revolución verde” todavía sigue vigente; no es una cuestión que haya sido superada ni mucho menos: África, hoy en día, tiene un gran proceso de expansión relacionado con la “revolución verde”, como también se da en algunos países de América Latina. Pero los países del grupo OCDE están mucho más avanzados, o potenciados, si se quiere hacia este esquema de la agricultura industrial que vamos a ver aquí, un poquito por arriba.

Hay un tercer grupo, que es el que llamamos de “agricultura alternativa” o tradicional, que a pesar de la fuerte presión sobre él, tiene una incidencia importante a escala global, como vamos a notar. Si se quiere, la agricultura industrial pretende transformar al campo en algo distinto, no sé si bueno o malo, pero sí diferente. Es un proceso de cambio en el cual la cuestión biológica pasa por el hecho de la transformación de la materia, sean granos, animales o lo que fuera, para la producción de elementos demandados por una sociedad o por un tipo de sociedad. Allí aparece la agricultura de base transgénica, pero solamente como la punta de un iceberg de transformación mucho más intenso, que viene acompañado por la nanotecnología en la agricultura, con los nuevos modos de desarrollo de la transgénesis, con la tercera generación de transgénicos que no son el futuro sino que ya están hoy en día en el campo.

Los sistemas industrializados responden a los sistemas de cultivo de los países desarrollados y de quienes siguen sus pautas de producción en los enclaves subdesarrollados. Esto quiere decir que hay modelos de agricultura industrial en países en vías de desarrollo, por ejemplo en la República Argentina, en Brasil y en otros territorios de América Latina. Este sistema depende en gran medida de permanentes inputs, de ingresos energéticos muy grandes, y de un flujo de materiales también muy importante. Son sistemas productivos muy sensibles a cambios de todo tipo, empezando por los climáticos, los provocados por distintos tipos de estrés, etc. En el momento en que esa productividad se manifiesta plenamente está por encima de las otras alternativas, pero en un momento de crisis o de impacto sobre el cultivo en producción, la caída es abrumadora. Dentro de este modelo agrícola hay aproximadamente 1.200 millones de personas que viven o dependen, o se alimentan con productos provenientes de él.

El segundo modelo es el de la “revolución verde”, que se expande en los países en vías de desarrollo y muy crecientemente en la India y en China. Se caracteriza también por utilizar inputs externos, quizá de otro tipo, y se aplica generalmente en tierras de buena a mediana calidad, con uso de fertilizantes y agroquímicos y buena disponibilidad de agua y de infraestructura, o bien en proceso de construcción de esta última para un proyecto de transformación. De estos sistemas de “revolución verde” dependen de una u otra manera 2.300 a 2.600 millones de personas en el mundo. Hay un tercer modelo, o tercera alternativa, al que podríamos identificar como “agricultura de base campesina o indígena”, para el autosustento, que lamentablemente ha sido relegada en muchas situaciones a las áreas más hostiles desde el punto de vista ambiental, pagando altos costos, pero que es una agricultura que existe, que como se puede demostrar en muchos de los trabajos que se están presentando en distintos encuentros, para el caso de América Latina, es una agricultura que todavía tiene un 40 o 45% de peso dentro de la producción, siendo relevante para la producción de alimentos de entre 1.900 a 2.200 millones de personas en el mundo. Su relación con esta población es directa, es decir que existe una fuerte incidencia o relación directa con ella, y la ausencia, pérdida o daño sobre este tipo de agricultura involucra inmediatamente un problema de crisis alimentaria, una inaccesibilidad de los alimentos y un problema grave respecto de la disponibilidad de los alimentos para nutrirse.

Hay dos conceptos que venimos tratando: producción y productividad. Hasta hoy lo que se ha venido aprovechando es la transformación del rendimiento potencial de los cultivos hacia lo que sería el rendimiento real, es decir una igualación de este tipo de rendimientos, tratando de vincular o maximizar la respuesta del pool genético hacia lo que sería el ambiente. Este es un proceso que en los cultivos más extensivos y más reconocidos a escala mundial viene creciendo, pero comienza a llegar a un determinado plató, como vamos a ver. En la historia de la revolución verde, el aumento de un 70 a un 90% del rendimiento en los cultivos extensivos se explicaba por un incremento en los rindes y no tanto por el aumento del área de producción, y a pesar de eso el área de avance de la frontera agropecuaria en el mundo ha venido creciendo recurrentemente, pese a los incrementos de la productividad de los principales cultivos. Hoy en día estamos llegando a una situación en la que el rendimiento potencial y el rendimiento real se igualan bastante, y el aumento en la productividad de los cultivos está llegando a un plató. Esto nos permite inferir que se necesita por un lado el agregado de nuevos elementos para la resolución de ese problema, no necesariamente encontrados en forma fácil o sencilla, y por otro lado una acumulación creciente de externalidades, que nosotros llamaríamos “costo ambiental” o “costo social” derivado del uso intensivo de esos modelos agrícolas.

Lo que estamos percibiendo es que los dos tipos de agricultura mencionados anteriormente, la de base industrial y el modelo de la “revolución verde” hoy están llegando a una situación de plateau y los rendimientos no son tan adecuados como se podría esperar. Tampoco hay alternativas para el incremento de esos rendimientos que sean demasiado importantes; ni siquiera con la agricultura transgénica, que muchos promueven como una posible alternativa: Ninguno de los transgénicos que existen en el mundo han sido pensados para aumentar la productividad. La mayoría tiene relaciones de resistencia o tolerancia a herbicidas o insecticidas, pero casi ninguno de ellos tiene características de incremento de la productividad, justamente porque los genes de productividad no tienen una relación de uno a uno, sino que son genes estaqueados, vinculados con una necesidad de mayor conocimiento desde el punto de vista genético, y eso hasta ahora no se ha alcanzado.

Estamos comprobando aquí, la teoría de Justus von Liebig (el padre de la nutrición mineral en la agricultura): a un problema una solución, desde el punto de vista de la “revolución verde”, y en muchos casos hasta ahora no puede ser resuelto como alternativa.

Existen pocas posibilidades de continuar incrementando la productividad de los dos primeros sistemas; los elevados rendimientos de los cereales y las oleaginosas están llegando a su máximo, por lo que los incrementos de la producción para satisfacer la demanda global se explicarán por una expansión sobre el territorio. Solamente si se revisa la situación de producción de alimentos – ni siquiera estamos pensando en la hipótesis de la energía - la demanda de nuevo territorio es importante, justamente por esta brecha o limitación existente en la productividad de los principales cultivos del mundo.

Los sistemas alternativos, por otro lado, tienen un potencial de duplicar o incluso triplicar su productividad de hoy en día, con la utilización de prácticas vinculadas con los cultivos orgánicos o de base agroecológica.

Hoy un agricultor campesino puede triplicar el potencial de sus cultivos desde su visión y el uso de su propia tecnología. Si hoy estábamos diciendo que la agricultura alternativa está apuntando a unos 2.000 millones de personas, se pueden generar excedentes para poder suplir las limitaciones que van a tener los dos sistemas anteriores.

Si agregamos a la hipótesis de la limitación de la producción de alimentos para el mundo la situación de la llegada de los nuevos elementos para la producción de biocombustibles, podemos encontrar dos escenarios planteados en un interesante artículo por el Dr. Reynaldo Muñoz, del INTA: una hipótesis sería que la agricultura de base industrial, o la de los países con una fuerte tradición agrícola, tiene la capacidad de producir materia prima para combustibles renovables y a su vez atender la generación de alimento para los animales y para el hombre. La otra hipótesis dice que se basaría en la consideración de la existencia de un fuerte conflicto entre dichos objetivos, sea considerando una oferta insuficiente para la expectativa de los agrocombustibles o profundas restricciones a la producción de alimentos respecto de las necesidades mundiales. Hoy en día todavía la cuestión está en discusión, pero ya estamos viendo algunas cosas bastante más claras, por ejemplo que la demanda de granos para combustibles está haciendo crecer rápidamente los precios de los granos que apuntan al mercado de los alimentos.

Por otra parte, la tierra agrícola es cada día más escasa, la población mundial es creciente y el deterioro de los suelos es una cuestión prioritaria para tener en cuenta en las décadas venideras. Estamos en un planeta finito, donde la tierra es cada vez menos, donde el avance de los desiertos es importante y donde la recurrencia de estas presiones sobre el sistema agrícola genera impactos, como vamos a ver en las presentaciones siguientes.

La demanda de la agricultura mundial se relaciona de una forma básica con el consumo de raciones por parte de los animales apesebrados, lo que se conoce como feedlot, que se está promoviendo de manera bastante fuerte en la Argentina, para pastura implantada, raciones para las granjas avícolas y de porcinos, producción piscícola intensiva – hoy las demandas de China y la India apuntan hacia eso -, y finalmente, el consumo humano industrializado o directo. Hay una competencia por distintas fuentes de alimentación respecto de la producción de alimentos en el mundo. No todo el mundo, por ejemplo, va a poder comer carne como comemos los argentinos (más de 70 kilogramos por cápita al año). Pero, si el mundo quiere comer carne como lo hacemos los argentinos o los uruguayos, de alguna manera la demanda de producción de esta biomasa original para esa producción pone una presión directa muy fuerte sobre los precios internacionales.

Sólo en granos, para el ciclo 2006-2007 se llegó a un récord: la demanda mundial llegó a 2.380 millones de toneladas. ¿Qué pasa con la energía? Si transformamos la demanda de petróleo en toneladas equivalentes estaríamos alcanzando los 4.370 millones de toneladas al año. Si toda la producción de granos apuntara a la producción de biocombustibles y se transformara podríamos estar supliendo sólo un porcentaje muy bajo de esa demanda en el proceso de transformación. La demanda energética prima por sobre los alimentos, superándola prácticamente en un 80%, y según las proyecciones, en lugar de disminuir, el consumo de petróleo aumentará hasta 2015 en un 4% anual por encima incluso de la actual demanda de alimentos, que seguirá siendo de un 2%, siempre que los guarismos respeten su destino comprendido hacia los alimentos o hacia la energía, competencia que hoy en día se está revisando.

En países como la Argentina se vislumbra que existirá una competencia muy fuerte entre las distintas industrias: la industria molinera, la alimenticia para los animales o la agroenergética, lo que encarecerá el costo de estos alimentos, por un lado, y la demanda por la apertura de nuevas tierras para la producción, por el otro. Es imposible hoy ver, porque estas cuestiones no provienen del mercado sino desde el Estado, restricciones correctas o adecuadas para el uso de la tierra o la disponibilidad de nuevas tierras en la Argentina. La presión del mercado internacional sobre este proceso en particular es muy fuerte. Me voy a meter con algunas cuestiones que me parecen interesantes de la economía ecológica, que es importante que pensemos en seminarios de este tipo: ¿Qué está pasando?

Estamos viendo dos ciclos distintos: uno es el de los materiales y el otro es el de la energía. Uno es un ciclo cerrado y el otro es un ciclo abierto. El ciclo de la energía de alguna manera hace fluir o funcionar al sistema planetario. Es un ciclo abierto: entra energía de una calidad y sale energía de otra calidad.

Esto está sustentado por autores como Nicholas Georgescu Roegen (patriarca científico de la económica ecológica), David Pimentel, por supuesto Howard Odum, y después tenemos un ciclo de materiales, donde los materiales fluyen y se transforman dentro del mismo planeta, en lo que podríamos considerar un ciclo un poco más cerrado.

En algunos casos, como podemos discutir más adelante respecto del tema de los nutrientes u otro tipo de cuestiones, no es tan cerrado, porque de alguna manera los nutrientes que se van de un lado terminan acumulándose en el otro, pero genera costos en el lugar donde se realiza el proceso de transformación: se extrajo y no se recupera, pero esto no hace a la discusión del caso de hoy.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que en todo lo que estamos discutiendo en este Seminario se enfrentan dos ciclos distintos: el de los materiales y el ciclo abierto de la energía, donde se pretende entender algo más sobre la calidad de la energía que estamos revisando o enfrentando.

Hay algunas cuestiones vinculadas con los agronegocios. Un tema, que no es menor es el encapsulamiento del proceso tecnológico: hay una pretensión de apropiación de todo el conocimiento vinculado a las nuevas tecnologías. El caso de los transgénicos es uno, pero es simplemente la punta de un iceberg mucho más profundo, que generará impactos más que crecientes.

Otra relación tiene que ver con la intensidad en el uso de las tecnologías y los procesos de respuesta de esas tecnologías hacia la sociedad. Se avanza y se promueve, se habla muchísimo de la importancia del nuevo desarrollo tecnológico, pero no se discute para nada lo que se conoce como “efectos de las tecnopatogenias”, los impactos producidos por el desarrollo de una nueva tecnología. Avanzamos bastante en muchísimos procesos de desarrollo de nuevas tecnologías, pero el proceso acompañante, de ver si esa tecnología generará algún tipo de impacto, es mucho menor, y creo que en la discusión de las nuevas tecnologías, en la producción de agrocombustibles, en la nueva agricultura que estamos enfrentando, esta es una cuestión importante para tener en cuenta.

Algunas cuestiones que creo que pueden ser también importantes: recurrentemente se está hablando de lo que es importante para que el país, o el mundo, que se “salga adelante” en el crecimiento económico. “Necesitamos crecer permanentemente”, pero mucho menos se discute respecto a la acumulación y a la distribución de ese crecimiento. Muchos tenemos la experiencia de la “teoría del derrame” que nos han pretendido vender. Una pregunta que podemos hacernos, parados en la economía ecológica, es si es necesario crecer (?), y no solamente la discusión del desarrollo sostenible. ¿Es necesario seguir creciendo en estos términos, para satisfacer la demanda de producción de energía de un mundo voraz, o de alguna manera podemos empezar a pensar entre todos la posibilidad de un decrecimiento económico con alegría, o con posibilidades de menor demanda hacia un mundo de consumo como el que hoy tenemos? ¿Qué podría pasar en la Argentina si en lugar de convertirnos en exportador básico de materias primas con escaso valor agregado, exportamos mucho menos y con más valor? ¿Qué capacidad habría en ese nuevo escenario, si se quiere, piramidal en cuanto a la capacidad de defensa del trabajo propio respecto del trabajo ajeno?

La postura del decrecimiento económico da como para una discusión, creo que muy amplia, pero me parece que plantearlo desde esta posición, como país aislado, es utópico, porque un país no puede decrecer si todos los otros crecen en términos de demanda. Por eso una discusión importante sería ver si podemos poner límites a este tipo de crecimiento para poder hacer mucho más sostenible todo nuestro proceso de vida dentro del planeta.

Otra pregunta sería: ¿para qué crecer?, si para acumular elementos, bienes o servicios. Esta es una imagen de un museo inglés (se refiere a un slide de su presentación en powerpoint, donde se muestra una señora con un carro de supermercados repleto de paquetes, marcas comerciales, fumando, algo excedida en peso, N.del E.), el de la señora de cera, y lo que pretende mostrarnos es este consumo loco al que estamos enfrentando, y por otro lado una enorme población pauperizada o sin acceso. Pensemos en estas posibilidades o en estas situaciones: crecer para esto es una cuestión bastante compleja, y por otro lado estamos viendo que vamos hacia un consumo extremo. Una parte importante de la sociedad vive cambiando los celulares todos los días. ¿Qué pasa con la colocación de estos pasivos, derivados de un mundo que crece y un mundo que no crece tanto? ¿Dónde se colocan esos pasivos? Podemos ver una cita del Dr. Sachs, que dice: “La distribución del nuevo poder económico viene aparejada de un cambio en la distribución geográfica y de cambios en el medio ambiente. Desde el punto de vista ecológico, se define al poder como la capacidad de internalizar ventajas ambientales y externalizar los costos ambientales”. Hoy día, son mucho más verdes los europeos que nosotros, pero la transferencia de ese costo se hace directamente a las economías en vías de desarrollo, es decir nuestros países, inclusive por ejemplo, cuando vemos lo que implica la legislación actual sobre agrocombustibles. Por una parte, Europa pretende avanzar hacia la discusión sobre la producción de agrocombustibles, pero no quiere que se piense si la demanda de esos agrocombustibles está produciendo, de alguna forma, un impacto sobre las economías en vías de desarrollo, como estamos viendo o veremos en la discusión que vamos a tener en el día de hoy. Hay impactos que no se ven en la Europa supradesarrollada, pero que inciden directamente sobre las economías en vías de desarrollo, a pesar de la nueva discusión que tenemos sobre la “economía verde”, de la discusión Norte-Sur que de alguna manera enfrentamos.

Si se quiere, como se manifiesta por ahí, la victoria sobre el comunismo, no lo es del capitalismo, sino más bien, del consumismo. Hay que ver que el consumismo, es lo que está impulsando el nuevo desarrollo tecnológico, pero no para el beneficio de los millones de personas que estuvimos viendo, sino para acelerar los procesos de transformación de bienes y recursos provenientes de la naturaleza, para quienes deciden gastar sus ingresos en ello. Algunos números: la sociedad de consumo está integrada por 1.800 millones de personas. Cuando se piensa en la economía china, no son miles de millones los que van a entrar de lleno en eso, sino unos 250 millones los que van a ingresar directamente en ese mercado de consumo, y todo lo demás es economía pauperizada.

En el caso que estamos hablando del consumismo mundial, esos 1.800 millones de personas representan el 28% de la población mundial, de los cuales 242 millones viven en Estados Unidos, 349 millones viven en Europa Occidental, 120 millones en Japón, 240 millones en China, 122 millones en la India, 61 en Rusia, 58 en Brasil, 34 en África. En total, en los países industrializados viven 816 millones de consumidores, el 80% de la población, y 912 millones en los países en desarrollo, que son sólo el 17% de la población de esos países.

¿De qué hablamos cuando hablamos de consumo?

A veces es interesante ver los números; entre 1950 y 2006 el consumo de agua se triplicó en el mundo; el de los combustibles fósiles se quintuplicó; el de la carne creció un 550%; las emisiones de dióxido de carbono crecieron un 400%; el PBI mundial aumentó un 716%. Crecemos, ¿y qué? El comercio mundial creció un 1.568%; el gasto mundial en publicidad, un 965%; los turistas que andan por el mundo, un 2.860%; los automóviles pasaron, en la década de 1950, de 53 millones a 800 millones. Hay un artículo muy interesante de Víctor Toledo, que se llama “La civilización del automóvil”. Se puede leer gratuitamente en la revista Ecología Política, y manifiesta bastante este proceso, es decir: o vamos a la bicicleta o vamos hacia el automóvil. Hoy se está promoviendo que los chinos, que vivieron toda la vida con las bicicletas, vayan hacia el automóvil. ¿Alguien piensa en los costos ambientales de todo ese proceso? El consumo de papel creció un 423%; la importante ganancia en eficiencia se ve rápidamente absorbida por este aumento. Las viviendas son cada vez mayores y los automóviles, cada vez más potentes.

¿Cómo se distribuye la energía y cuál es la demanda de energía en el mundo?

Estamos trabajando y se piensa seguir trabajando para ese proceso. Vean (se muestra un planisferio, con los puntos más destacados de consumo energético mundial) los Estados Unidos, vean la brillantez de la Unión Europea, pero vean las nuevas potencias emergentes, especialmente la India y una buena parte de China, en términos de demanda energética, que debería hacer pensar si realmente la distribución de esa energía es racional. Hay algunos comentarios vinculados a cosas de las que algunos de ustedes ya me habrán escuchado hablar: el tema de la “huella ecológica” es uno, el de la apropiación privada de biomasa es otro. Para el tipo de consumo actual necesitamos casi tres planetas y tenemos uno solo. A partir de septiembre de cada año estamos viviendo de prestado, y seguimos acumulando pasivos ambientales.

La discusión parada en la ecoeficiencia, como lo vamos a ver, no es una cuestión que resuelva de manera importante este problema. Esta gráfica es de Betty Odum (se refiere al postulado de Howard Odum, “a prosperous way down”, N.del E.), y lo que plantea es que hay que desacelerar el consumo planetario de energía. Odum lo manifestaba, y Pimentel lo vuelve a repetir: la única alternativa que tenemos es avanzar hacia una disminución en la demanda energética, y no hacia un aumento o una búsqueda alternativa, porque si no estaríamos ante la paradoja de Jevons, que bajo mi visión quedaría así: “Cada vez me hago más verde. Me pinto de verde. Hago una empresa verde.

Pero lo que la empresa necesita son materiales, como lo vimos en el ciclo. Si cada vez yo demando más materiales y vendo más materiales ecológicos, y TODO el planeta quiere materiales ecológicos (con estos mismos y crecientes parámetros de CONSUMO), no hay planeta que aguante”.

Tampoco, por más que nos hagamos cada vez más ecológicos, lo que no estamos logrando además, es un reciclado más perfecto de todos esos procesos, lo que significa que estamos acumulando pasivos o residuos. Estamos acumulando EXTERNALIDADES. Este es un impacto importante para tener en cuenta dentro del crecimiento económico de los próximos años. Lo vemos a Gore pataleando sobre los problemas del mundo; más allá de sus intereses personales para llegar a la presidencia, lo que podemos preguntarnos nosotros es si no les podemos pedir a los Estados Unidos y a los países que más demandan energía que bajen sus niveles de consumo. Me encantaría poder escucharlo hablar a él del crecimiento económico. En el caso nuestro es bueno, porque no nos postulamos para ningún cargo político (hace alusión, a lo poco atractiva que puede ser la idea de disminuir el consumo, en una sociedad que ha sido educada para el consumismo y vota por ello), pero creo que más o menos importante es esa discusión. La desaceleración del crecimiento económico en términos de materiales y de energía es un proceso interesante.

Otra cuestión que tal vez no se dice y que puede apuntar hacia las generaciones más jóvenes es la instalación del debate sobre la educación ambiental, del que ellos deberían participar activamente. La educación será ambiental o no será nada.

No podemos formar gente que no conozca lo que es el ambiente o la demanda por el uso de recursos más sostenibles del ambiente. Los jóvenes son una alternativa muy importante y hay que instalar ese proceso en la formación de ellos, no como una materia más, donde las maestras cuenten que la ecología es juntar adecuadamente los papeles y su reciclado, sino que forma parte de la vida, y para eso necesitamos ayudar a todos nuestros educadores a que se formen con mucha fuerza en la educación ambiental, para evitar hablar como loros de “desarrollo sostenible” (muestra una imagen sobre los funcionarios políticos, hablando de desarrollo sostenible) sin poder alcanzar las soluciones a los problemas reales que enfrentamos.

Fuente: IADE / Publicado el 10/4/2008


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