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Biodiversidad en América Latina y El Caribe

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Autor Nazaret Castro Pais Europa Publicado 15 junio 2017 12:21

Otros modos de distribución y comercialización son posibles

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"Si el consumo es un acto político, las formas alternativas de consumo ayudan a visibilizar el entretejido de dependencias mutuas y las estructuras de poder que están por detrás del sistema de producción capitalista, y que, en la actual fase de la globalización, tiene como protagonistas a las grandes transnacionales, tanto en la producción como en la distribución."

Por Nazaret Castro

El ensayo ‘La dictadura de los supermercados’, publicado por la editorial Akal, repasa cómo el oligopolio de la gran distribución -supermercados, hipermercados, grandes almacenes, cadenas de distribución de libros, textil o cosméticos- determina no sólo cómo, sino también qué compramos. Sin embargo, hay alternativas. Sigue un extracto del capítulo final, dedicado a estas últimas.

Si el consumo es un acto político, las formas alternativas de consumo ayudan a visibilizar el entretejido de dependencias mutuas y las estructuras de poder que están por detrás del sistema de producción capitalista, y que, en la actual fase de la globalización, tiene como protagonistas a las grandes transnacionales, tanto en la producción como en la distribución. Al mismo tiempo, estas propuestas desde la Economía Solidaria avanzan caminos posibles hacia un mundo más allá del capitalismo y de las ideas hegemónicas de progreso y desarrollo. Considerando que, como señala el economista argentino José Luis Coraggio, “la Economía Social y Solidaria es una propuesta transicional de prácticas económicas de acción transformadora, en dirección a otra economía, superadora de la acumulación de capital como principio organizador”.

Pero, ¿hay alternativas al modelo hegemónico de la gran distribución? O, en otras palabras, ¿cómo convencer a los ciudadanos, que ya han sido convencidos de las ventajas de comprar en un supermercado, de que busquen alternativas de consumo más sostenible y más justo, sea en las tiendas de barrio de toda la vida o en las iniciativas y experiencias de todo tipo que están surgiendo desde la Economía Solidaria?

Los grupos de consumo (1)

Cada vez son más personas las que van percibiendo los efectos perversos del modelo de distribución hegemónico y comienzan a buscar canales alternativos. Las cooperativas o grupos de consumo, que llevan años funcionando pero cuya aceptación es cada vez mayor, establecen relaciones de confianza entre consumidores y agricultores o productores; se eliminan intermediarios y se venden cestas de comida directamente a los hogares. El mecanismo es muy sencillo: un grupo de personas se autogestiona y contacta con una serie de productores agroecológicos de la región. Se coordinan con otros grupos a través de coordinadoras de ámbito más amplio para acceder a una mayor lista de productos de consumo (miel, lácteos, huevos, embutidos, vino, etc.).

Al tratarse de productos ecológicos y de proximidad, se evitan los costos socioambientales de los alimentos kilométricos, posibilitan una alimentación más saludable y ayudan a sostener o generar tejido productivo local. Pero van mucho más allá de eso: visibilizan a los productores, rompen así con el fetichismo de la mercancía y favorecen relaciones sociales de confianza y solidaridad, que rompen con el enfoque utilitarista propio del sistema capitalista y crean comunidad y tejido social. Las reuniones del grupo pueden responder inicialmente a la motivación particular de acceder a alimentos saludables, pero a menudo terminan siendo un espacio de discusión política sobre el consumismo o sobre la vida barrial. Además, ayudan al consumidor urbano a acercarse al campo y a forjar otro tipo de relación con la naturaleza; por ejemplo, al recordar que las frutas y verduras no están disponibles en cualquier época del año, sino sólo durante unos meses. Estas relaciones de confianza con el productor significan, de un lado, que el consumidor puede conocer la trazabilidad del producto -es decir, puede obtener información sobre cada etapa del ciclo de vida de ese alimento-; y del otro lado, que el consumidor paga un precio justo.

Algunas veces, cada unidad de consumo del grupo escoge una serie de productos de los que facilita el productor; otras veces, se trata de una bolsa fija en que el productor selecciona alimentos disponibles en esa temporada. Una tercera opción es la llamada cooperativa unitaria: a través de una cuota fija al mes, que asegura cubrir costes de la producción anual, se recibe una bolsa de productos equitativa entre los/las cooperativistas. Supone una mayor implicación pues se comparten los riesgos que puedan surgir con el agricultor.

Tal vez el proyecto de referencia dentro de la agroecología autogestionada y asamblearia es Bajo el Asfalto está la Huerta (BAH). Se Se trata de una cooperativa en la que se producen, distribuyen y consumen los alimentos ecológicos por los socios de forma colectiva. Se financia a través de las cuotas de los y las socias, que se diferencian entre trabajadores, que suscriben un compromiso anual para planificar y producir verdura suficiente para la cooperativa durante todo el año recibiendo un salario por su trabajo y consumidores, que se comprometen a través de una cuota fija semanal, a consumir los productos de la huerta durante todo el año.

El Mercado Social y sus monedas alternativas

Un paso decisivo en la construcción de otra economía pasa por la creación de mercados sociales. Las organizaciones sociales, articuladas a través de la Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS), entienden el mercado social como “un espacio alternativo de producción, comercialización, financiación y consumo” que pretende “poner en práctica los principios de la Economía Solidaria e interconectar” diferentes, según relata Carlos Askunze, coordinador de REAS Euskadi2, quien define el mercado social como “una red de producción, distribución y consumo de bienes y servicios que funciona con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios, constituida por empresas y entidades de la Economía Social y Solidaria (ESS) junto con consumidores y consumidoras individuales y colectivos”, con el objetivo de “que esta red permita cubrir una parte significativa de las necesidades de sus participantes” y, en esa medida, sea posible substraerse, al menos en cierta medida, de la economía capitalista hegemónica.

La construcción de un mercado social supone necesariamente una construcción local, territorial, que en el propio proceso de creación y consolidación del mercado va desarrollando sus propios instrumentos de difusión y comercialización; al mismo tiempo a nivel estatal la REAS y el resto de organizaciones sociales involucradas han creado un portal web de sensibilizacion en consumo crítico y responsable que permite además el acceso al mapa de esos mercados. Entre las características básicas de la propuesta está la apuesta por la soberanía alimentaria, la pretensión de que los productores y productoras vuelvan a controlar la venta y distribución de sus mercancías, y la creación de “un espacio donde la ciudadanía pueda ejercer una opción de consumo con compromiso social”, escribe Carlos Askunze.

Parte de esa creación en movimiento es la utilización, en estos mercados sociales, en ferias autogestivas, etcétera, de monedas sociales y otras alternativas a la moneda de curso legal. Como señala Askunze, “la moneda social es un instrumento para conseguir relaciones económicas más igualitarias”: es una moneda local, que no tiene sentido acumular y que promueve los intercambios dentro de una comunidad, de forma más democrática y descentralizada. En el Estado español existen experiencias consolidadas, como el Puma en Sevilla o el Zoquito en Jerez de la Frontera. Otras iniciativas, como el Boniato en Madrid y Ecosol en Cataluña, han nacido ligadas al desarrollo de los mercados sociales. Así, por ejemplo, el Mercado Social de Madrid señala en su página web que la moneda complementaria que se ha creado en ese circuito permite “fidelizar clientes y aumentar ventas, con el objetivo de ampliar la incidencia de la economía solidaria y crear redes amplias que puedan funcionar con una moneda basada en criterios económicos no capitalistas”.

Esta iniciativa, como sucede con todas las experiencias de la ESS, tiene dos dimensiones. La primera se despliega a corto plazo, y tiene que ver con un interés inmediato y muy concreto: el de los productores que no consiguen comercializar sus productos en el sistema hegemónico de la gran distribución moderna; y el de los consumidores críticos que se niegan a contribuir con sus compras al engranaje de un sistema profundamente injusto e insostenible. Pero una segunda dimensión desborda hacia el medio y largo plazo, y tiene que ver con ir moldeando las subjetividades, con ir enseñando a consumidores y a los productores -o, como diría el argentino José Luis Coraggio, a los prosumidores- que otras formas de producir, distribuir, comercializar y consumir no sólo son posibles, sino que ya existen. Sólo se trata de usarlas y, en ese hacer, contribuir a crearlas entre todas y todos, porque en el ámbito de la ESS toda construcción es colectiva y está necesariamente en movimiento.

* Extracto publicado por la revista Píkara. Adaptado de un capítulo del libro ‘La dictadura de los supermercados‘, de la periodista Nazaret Castro y editado por Akal.

Notas

1) Seguimos en este epígrafe la información extraída de ConsumeHastaMorir. Aquí mapeo de los grupos de consumo en Madrid: http://www.consumaresponsabilidad.org/map/

2) En Carlos Askunze, “Más allá del capitalismo: alternativas desde la Economía

Fuente: Carro de Combate, 5 de junio, 2017


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