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Autor GRAIN Idioma Español Pais Internacional Publicado 1 junio 2016 12:02

Palma africana: Las comunidades pagan lo costoso de un aceite “barato”

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"La expansión mundial de las plantaciones de palma se concentra en regiones de Asia, África y América Latina con estas condiciones. Son los territorios de comunidades campesinas locales y pueblos originarios en plenos bosques tropicales de los que dependen, por lo que la expansión de las plantaciones de palma aceitera es la historia del brutal desplazamiento de las poblaciones y de la destrucción de sus bosques y tierras agrícolas, para dar lugar a su monocultivo."

Por GRAIN

El aceite de palma es omnipresente en nuestros sistemas alimentarios. Si examinamos la información de los ingredientes en cualquier paquete de alimentos, hay gran probabilidad de hallar que el aceite de palma es uno de ellos. Es barato y abundante, y las empresas de alimentos procesados lo utilizan cada vez con mayor frecuencia.

En la medida que se establecen acuerdos de libre comercio se espera que el crecimiento de la demanda continúe, puesto que cada vez es más fácil importar aceite de palma y sustituir los aceites de origen animal o vegetal. Las multinacionales agroalimentarias y los grandes supermercados están en plena expansión especialmente en África, Asia y América Latina fomentando el consumo de alimentos procesados y empacados con base en aceite de palma. Las cuotas impuestas en materia de agrocombustibles, en particular en Europa, están creando nuevos mercados para los aceites vegetales, lo que aumenta en forma indirecta la demanda de aceite de palma.

No sólo la demanda impulsa la expansión. Las plantaciones de palma aceitera son un objetivo candente para los inversionistas, se trate de grandes empresas agroalimentarias, de fondos de pensión o de magnates corruptos en busca de un medio seguro y rentable para lavar fondos. En los últimos tiempos el dinero ha llenado las cuentas bancarias de las empresas de aceite de palma y éstas utilizan su liquidez para aumentar sus reservas de tierra.

En realidad la producción de aceite de palma barato tiene un precio muy alto: la destrucción de los bosques tropicales, la explotación en plantaciones con mano de obra local barata y el acaparamiento brutal de la tierra no son sino consecuencias deplorables de las plantaciones de palma aceitera. Con el crecimiento de la demanda, otras regiones del planeta se ven afectadas por estas consecuencias.

La expansión mundial de las plantaciones de palma aceitera tiene límites inevitables. Ésta no puede ser cultivada de modo rentable fuera de las regiones tropicales, cerca del ecuador, con lluvias importantes. La expansión mundial de las plantaciones de palma se concentra en regiones de Asia, África y América Latina con estas condiciones. Son los territorios de comunidades campesinas locales y pueblos originarios en plenos bosques tropicales de los que dependen, por lo que la expansión de las plantaciones de palma aceitera es la historia del brutal desplazamiento de las poblaciones y de la destrucción de sus bosques y tierras agrícolas, para dar lugar a su monocultivo.

África ocupa un lugar central dentro de esta dinámica expansiva de las plantaciones de palma. Pero la palma aceitera no es una novedad en el continente. En África comenzó su historia. Por generaciones los africanos utilizaron el aceite de palma para fabricar aceites compuestos, vino, medicamentos y numerosos otros productos que tienen un papel esencial en sus economías y su vida diaria. Las grandes potencias europeas han insistido en transformar este cultivo en actividad industrial de exportación basada en grandes plantaciones. Pero casi todos sus esfuerzos han fracasado y la producción industrial sólo ha florecido en Malasia e Indonesia, donde introdujeron la palma aceitera a la vuelta del siglo XX. En África la producción y la transformación del aceite de palma aún se mantiene en pequeña escala y está en manos de millones de campesinos, en su mayoría mujeres campesinas.

Esta situación está a punto de cambiar radicalmente. Las empresas aceiteras tienen cada vez más dificultades para comprar tierras en Indonesia y Malasia, y vuelcan su atención a África central y occidental, nueva frontera agrícola para producir aceite de palma de exportación barato. En los últimos quince años, firmas extranjeras lograron más de 60 contratos por casi 4 millones de hectáreas, para establecer plantaciones de palma aceitera en África. Los acaparamientos de tierra ya suscitan violentos conflictos en varios países.

Este desarrollo brutal del aceite de palma no se reduce a un problema de tierras. Es una lucha más global, centrada en los sistemas alimentarios y los modelos de desarrollo.

¿Será producido este aceite por los campesinos o por las corporaciones multinacionales? ¿Será producido por los campesinos dentro de las explotaciones familiares con cultivos asociados y palmeras semi-silvestres? ¿Serán expulsados los campesinos para dejarle el lugar a las extensas plantaciones industriales? Las respuestas tienen consecuencias mucho más allá de África. Si el continente se convierte en una nueva frontera a conquistar por el aceite de palma barato, las exportaciones africanas tendrán impacto sobre agricultores que cultivan oleaginosas en otros países, como India y México. Existe una resonancia objetiva entre las luchas de los campesinos cameruneses contra las plantaciones de palma aceitera y las luchas de los productores de coco en la India contra las importaciones de aceite de palma. Esta solidaridad existe igualmente con los campesinos del valle del Aguán en Honduras, que se enfrentan a los grandes acaparadores de tierra para impedir la absorción brutal de pequeñas explotaciones y de las cooperativas de aceite de palma que abastecen los mercados locales.

Aceite barato. Hace cincuenta años habría sido difícil encontrar alimentos con base en aceite de palma a menos que se viviera en África central u occidental de donde es originaria. Hoy, el aceite de palma está por todas partes, sobre todo en los alimentos procesados. Los estudios sugieren que está presente en cerca de la mitad de los productos alimentarios envasados y a la venta en los supermercados, sea que compren en Shangai, en Durban o en Santiago. Se encuentra ya en la mayor parte de jabones, cosméticos y lociones. La demanda es insaciable. El consumo aumentó en casi un millón 500 mil toneladas por año desde mediados de los ochenta, y hoy alcanza más de 50 millones. Ahora el aceite de palma representa más de la mitad del consumo mundial de aceites y de grasas.

Entre los principales cultivos oleaginosos (palma aceitera, soja, colza y girasol), el aceite de palma es el más barato, por lo que tiende a prevalecer.

No hace mucho, los mercados nacionales de aceite vegetal eran dominados por los proveedores de materias grasas locales y las políticas y las reglamentaciones nacionales protegían a los productores de aceite vegetal contra las importaciones baratas. En los últimos 15 años, la Organización Mundial de Comercio (OMC) y una serie de acuerdos bilaterales de libre comercio eliminaron la mayor parte de estas protecciones abriendo la puerta a la importación de aceite vegetal.

Las empresas malayas aprovecharon la oportunidad. Expandieron su producción, primero en Malasia, luego en Indonesia. Hoy, los bosques y las tierras agrícolas de Malasia están tapizados de plantaciones de palma aceitera, así como varias islas del archipiélago indonesio. Estos dos gigantes del aceite de palma representan ahora un 90% de la producción mundial y de sus exportaciones, cifra enorme si uno tiene en cuenta que el aceite de palma representa casi dos tercios del total de exportaciones de aceite vegetal a nivel mundial.

Las exportaciones de aceite de palma golpean duramente a los agricultores en países importadores como India. Durante los ochenta y comienzos de los noventa, el gobierno indio tuvo que restringir las importaciones y recurrir a programas gubernamentales para mantener la autosuficiencia nacional de la producción de aceite vegetal. Precios decentes alentaron a los agricultores a desarrollar las oleaginosas, lo que estimuló la producción de cultivos tradicionales de aceite vegetal, como el coco, por lo que se duplicó en la primera mitad de los noventa. La elaboración local del aceite también permitió la creación de miles de empleos en este país.

En 1994, por la presión del Banco Mundial y como parte de sus obligaciones con la OMC, India comenzó a suprimir las restricciones sobre la importación de aceite vegetal. De inmediato el país fue inundado por el aceite vegetal importado, mientras la producción de oleaginosas tradicionales se desplomó. Hoy, los aranceles para el aceite de palma fluctúan en torno a cero, e India es el importador y el consumidor más grande de aceite de palma del mundo.

China sigue un camino similar. Sus importaciones de aceite de palma oscilaron cerca del millón de toneladas al año, hasta que el país redujo drásticamente las restricciones a la importación en el año 2000, como parte de sus obligaciones vinculadas a su entrada a la OMC. Las importaciones alcanzaron 5 millones de toneladas en 2005. Ese año, China comenzó a aplicar un acuerdo de libre comercio con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, al cual las industrias malayas de aceite de palma atribuyen un nuevo aumento de 34% de las importaciones de aceite de palma entre 2005 y 2010.

El cuarto mercado a las importaciones de aceite de palma del mundo, Pakistán, también es producto del libre comercio. Los representantes de la industria de aceite de palma malaya aseguran que el acuerdo de libre comercio de 2008 entre Malasia y Pakistán explica la duplicación en la importación de aceite de palma desde Pakistán entre 2007 y 2010.

Hace veinte años, China, India y Pakistán no eran más que consumidores marginales de aceite de palma. Hoy representan más del 40% del total de las importaciones mundiales y un tercio del consumo mundial.

Los alimentos procesados. Las políticas comerciales no son la única causa. La explosión de las importaciones de aceite de palma en India y en China y en numerosos otros países del Sur como Venezuela y Bangladesh, coincide con las grandes transformaciones de sus sistemas alimentarios. Las multinacionales agroalimentarias, las cadenas de restaurantes y los supermercados se están expandiendo rápidamente en el Sur, lo cual acrecenta el consumo de alimentos procesados. El crecimiento anual de las ventas de productos alimentarios procesados es cercano a 29% en los países de ingresos bajos y medios, en comparación con solamente un 7% en los países de ingresos altos.

El aumento del consumo de alimentos procesados viene acompañado de un aumento del consumo de materias grasas, y por lo tanto de aceite de palma, hoy la fuente de materias grasas más económica en el mundo. Se calcula que el aceite de palma está presente en la mitad de los alimentos envasados que se venden en los supermercados. En China, donde los supermercados progresan más rápidamente que en cualquier otra parte del mundo, el consumo anual por habitante de aceites vegetales pasó de 3 kilos en 1980 a 23 kilos en 2009, equivalente a unos 64 gramos por día, casi dos veces el consumo de grasa necesario para responder a las necesidades nutricionales de una persona. El aceite de palma representa hoy un tercio del aceite vegetal consumido en China, casi tres veces de lo que era en 1996.

En México, las ventas de alimentos procesados han aumentado anualmente de 5 a 10% desde que el país comenzó a aplicar el Acuerdo de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá, que ha abierto el camino a un aumento de las inversiones extranjeras por las multinacionales agroalimentarias. Hoy México es uno de los diez principales productores de alimentos procesados en el mundo. La tasa de obesidad sube muy rápido; el porcentaje de personas obesas en México es más elevado que en Estados Unidos. El consumo medio de aceite de palma por habitante aumenta igual de rápido, ya que se duplicó entre 1996 —cuando representaba un 11% de los aceites vegetales dentro del régimen alimenticio de un mexicano— y 2009, cuando representaba un 28%.

Aun en Estados Unidos, las empresas agroalimentarias comienzan a utilizar aceite de palma. Desde el año 2000, el consumo de aceite de palma en Estados Unidos se multiplicó casi por seis.

El consumo de Estados Unidos es todavía muy inferior al de Europa, donde se elevaba a 5 millones 800 mil toneladas en 2012, el doble del año 2000. El crecimiento del consumo de aceite de palma en Europa no es tanto el resultado de los cambios en los sistemas alimentarios sino de las políticas en materia de agrocombustibles. En los últimos diez años, las cuotas de agrocombustibles en los países europeos reforzaron la demanda por aceite de palma, utilizada como materia prima para el biodiesel y como aceite vegetal para reemplazar a las oleaginosas europeas utilizadas en producir agrocombustibles. Las importaciones de aceite de palma podrían aumentar todavía si se sigue una propuesta de la Comisión Europea que obligaría a los 27 países de la Unión Europea a cubrir, al menos, 5% de su consumo nacional de combustibles mediante agrocombustibles que sustituyen cultivos alimentarios. La legislación exigiría 21 millones de toneladas de agrocombustibles, equivalentes a petróleo, de aquí al 2020. Medido en aceite de palma, esto equivale a unos 5 millones 500 mil hectáreas de nuevas plantaciones de palma aceitera.

Cultivo comercial. El crecimiento de la demanda mundial de aceite de palma permite que las empresas del sector obtengan beneficios excepcionales y las ha convertido en inversiones muy buscadas por los bancos, los fondos de pensión y otros actores financieros que buscan sacar provecho del auge en el sector. Todas las grandes compañías productoras de aceite de palma utilizan este nuevo maná financiero para crear más plantaciones, tanto así que es difícil decir si la expansión de las plantaciones está inducida por la demanda mundial o la búsqueda de ganancias.

Tan sólo en Indonesia, 12 mil 500 millones de dólares fueron invertidos en desarrollar palma aceitera entre 2000 y 2008, y estas cifras siguen en alza. Gran parte del dinero viene de Singapur, donde los magnates indonesios pusieron sus fortunas mal habidas para escapar a la represión que tuvo lugar luego de la caída de la dictadura de Suharto. Estos magnates utilizan el dinero y su antigua influencia política para construir emporios en toda Indonesia, y en otros países como Filipinas y Liberia. Las plantaciones de palma aceitera son un objetivo favorito para las empresas malayas con estrechas relaciones con las élites dirigentes. Las empresas forestales ligadas al Primer Ministro del Estado malayo de Sarawak son activas en constituir bancos de tierra destinados a plantar palma aceitera en Borneo, Papúa y África.

En Colombia y en Honduras, los grupos paramilitares y los barones de la droga tienen estrechos vínculos con la expansión de la palma aceitera.

Algunas de las empresas más grandes de aceite de palma han recurrido recientemente a ofertas públicas en el mercado bursátil para recaudar fondos de las instituciones financieras y de los inversionistas institucionales que deseen participar en los beneficios de este lucrativo mercado. En 2012, Felda, la compañía de aceite de palma del Estado malayo, se reestructuró y se abrió parcialmente al mercado bursátil. Recaudó 3 mil 300 millones de dólares en lo que fue la tercera mayor emisión de acciones en el mundo durante ese año. Esta venta permitió que Felda reuniera 2 mil millones de dólares en efectivo que, desde entonces, le permitió comprar tierras para las plantaciones de palma aceitera y caucho fuera de Malasia.

En el transcurso del mismo año, una de las mayores empresas con plantaciones de palma aceitera de Indonesia entró en la bolsa. Bumitama Agri, controlada por el millonario indonesio Lim Hariyanto Wijaya Sarwono, recaudó unos 177 millones de dólares en la Bolsa de Singapur; el gigante del aceite de palma Wilmar y varias sociedades financieras asiáticas, europeas y estadounidenses compraron acciones de la sociedad por millones de dólares. Buritama anunció que destinaría 114 millones de dólares, obtenidos por la incorporación a la bolsa, al desarrollo de su banco de tierras actualmente no cultivadas.

La arremetida sobre las tierras. Con todo este dinero que fluye hacia las empresas de aceite de palma en el mundo, sobre todo en Asia, las tierras que pueden establecer plantaciones de palma aceitera alcanzan niveles récord, dónde sea que se encuentren. Sin embargo, sólo se pueden establecer plantaciones de palma aceitera en una estrecha banda de tierras en zona tropical, que se extienden 7 grados al norte y al sur del ecuador y que se benefician de lluvias abundantes y bien distribuidas. La zona que potencialmente recibe nuevas plantaciones de palma aceitera es limitada. La mayor parte de estas tierras son bosques y tierras agrícolas ocupados por poblaciones locales y campesinos, y algunos ya cultivan palma aceitera para los mercados locales.

La expansión de las plantaciones de palma aceitera depende entonces de la capacidad de las empresas de convencer a las poblaciones que cedan sus tierras. La tarea no es fácil, teniendo en cuenta los pocos empleos y pocos beneficios aportados por una plantación de palma aceitera en comparación con la destrucción que ésta arrastra y el valor que los pueblos atribuyen a sus tierras.

Una plantación clásica de palma aceitera no necesita más que un solo trabajador mal pagado para 2.3 hectáreas, mientras que las comunidades vecinas a la plantación pagan un alto costo por la deforestación, la utilización del agua, la erosión del suelo y la contaminación por los abonos químicos y los pesticidas. Las empresas que tratan de obtener tierras de las comunidades se enfrentan también a las formas tradicionales de gobernanza de la tierra que no permiten vender la tierra en parcelas.

El medio más fácil para estas empresas de superar estas dificultades es asegurarse de que las comunidades ni siquiera sepan que sus tierras les fueron arrebatadas. Es muy común en África, por ejemplo, que las empresas acuerden transacciones de tierras directamente con el gobierno nacional, sin el conocimiento de las comunidades involucradas. En numerosos casos, las empresas que firman los contratos son sociedades oscuras, registradas en paraísos fiscales donde los reales dueños están ocultos. Los directivos de estas empresas provienen generalmente del sector minero o de otras industrias de extracción y están implicados desde hace tiempo en transacciones dudosas en África. En Papúa-Nueva Guinea e Indonesia, las transacciones de tierras son, por lo general, negociadas entre las élites locales y los inversionistas extranjeros, y a menudo mediante oscuras estructuras de propiedad registradas en paraísos fiscales.

Estas pequeñas sociedades ficticias no se ocupan del desarrollo de las plantaciones. Una vez que los contratos de tierra son firmados, de inmediato buscan revenderlos a grandes empresas que disponen la capacidad técnica y los recursos financieros para crear las plantaciones. Y es en este punto en el que las comunidades se enteran que sus tierras fueron vendidas.

En la mayoría de los casos, se llega a una situación en la que una gran empresa multinacional de plantaciones, fortalecida por el respaldo de un gobierno nacional y de un contrato de varios millones de dólares, se enfrenta a una comunidad pobre que trata, desesperadamente, de aferrarse a las tierras y bosques que necesita para sobrevivir. Es increíblemente difícil para las comunidades defenderse de estos grandes poderes, y las que lo hacen se exponen a una respuesta violenta, ya sea de parte de los paramilitares en Colombia, de la policía en Sierra Leona o del ejército en Indonesia.

Las comunidades son las grandes perdedoras. Con esta nueva ola de acaparamiento de tierras destinadas al aceite de palma las comunidades pierden el acceso a la tierra y el agua, vitales para ellos y para las generaciones futuras. Deben hacer frente a todos los impactos resultantes de estas extensas plantaciones de monocultivos en su territorio: contaminación por pesticidas, erosión de suelos, deforestación y migración de la mano de obra. Los empleos creados por las plantaciones son más frecuentemente ocupados por personas externas a la comunidad y la mayor parte de estos empleos son estacionales, mal pagados y peligrosos.

Los sistemas de sub-contratación de plantaciones, llamados “programas plasma” en Indonesia o “fincas núcleo” en África, no son la solución. Se ha convertido en una práctica común de las empresas el proponer sistemas de subcontratación en una parte de las tierras ubicadas al interior de sus concesiones, en el marco de sus acuerdos con los gobiernos anfitriones. Los agricultores asociados a estos programas tienen poco control sobre la producción o las modalidades de pago, dictadas por la compañía por lo que están expuestos a todo tipo de abusos. Los programas de sub-contratación de plantaciones son, sobre todo, un medio para que las empresas capten la producción y aplaquen a las poblaciones locales que se oponen a abandonar el control de sus territorios.

Esto no significa que la producción aceitera a pequeña escala no puede asegurar una fuente de ingresos para la población. Honduras y el África Occidental y Central ofrecen excelentes ejemplos en que los pequeños agricultores de palma aceitera desarrollan mercados u organizan cooperativas que les proporcionan un precio justo para su producción. En estos casos, los campesinos controlan sus tierras y sus fincas y no están a merced de una empresa extranjera o nacional, debido a que la venta de sus productos sea su única entrada. La tendencia actual de plantaciones constituye una amenaza directa para estos campesinos porque les priva de sus tierras y sus mercados locales.

El mercado mundial en pleno crecimiento del aceite de palma no tiene nada que ver con el alivio del hambre en el mundo. Esto es sobre todo el resultado de las nuevas obligaciones relacionadas con la producción de agrocombustibles y con la sustitución de grasas animales o vegetales producidos localmente, por un aceite de palma barato importado, utilizado por las multinacionales para la producción de alimentos procesados. Los pueblos no tienen necesidad de nuevas plantaciones de palma de aceite, son las multinacionales las que las requieren.

Otra cara del aceite de palma. En África, la cuna de la palma aceitera, decenas de millones de personas, en su mayoría mujeres, alimentan a sus familias y se ganan la vida gracias a los frutos de este árbol. Ahí no es no es sinónimo de deforestación y de plantaciones, donde no es un producto de exportación, sino un ingrediente esencial en la cocina local, y donde su producción beneficia a los campesinos y no a los banqueros.

Para estos pueblos, su palma aceitera y sus sistemas de producción tradicionales se enfrentan a un riesgo enorme de acaparamiento de tierras destinadas a las plantaciones modernas de palma aceitera. Resistir, para ellos, no se reduce sólo a la defensa de sus tierras y sus bosques. Es una lucha por sus medios de subsistencia, sus cultivos, su biodiversidad y su soberanía alimentaria.

Ya sea que estén en las grandes plantaciones de Malasia o las pequeñas explotaciones agrícolas de Honduras, todas las palmas aceiteras tienen su origen en África. En alguna parte de las regiones occidental y central del continente, los campesinos comenzaron a utilizar esta planta en el pasado. Descubrieron docenas de usos y rápidamente llegó a ser parte integral de sus sistemas alimentarios y de sus economías y cultivos locales. En los cantos tradicionales de numerosos países de África occidental y central, el aceite de palma es llamada “el árbol de la vida”.

En África, las plantaciones no ocupan más que un pequeño porcentaje de las tierras cultivadas con palma aceitera. La mayor parte de las palmas aceiteras aún son cultivadas en las zonas forestales. Se pueden encontrar palmeras semisilvestres en extensas zonas de África. La superficie más grande de palmeras silvestres o semisilvestres del continente está en Nigeria, con más de 2.5 millones de hectáreas. Las palmas aceiteras también son cultivadas en fincas campesinas. Los campesinos de África occidental y central cultivan la palma aceitera junto con bananas, cacao, café, maní y pepinos.

En los mercados locales africanos, la calidad de un aceite de palma es generalmente juzgada en función de su color. Las mujeres africanas dicen que el aceite de palma extraído de la palma aceitera tradicional es mejor, porque es más rojo que el que se extrae de las variedades modernas. En Benín, el aceite de palma tradicional se vende de 20 a 40% más caro en los mercados que el aceite proveniente de las variedades modernas. Las mujeres africanas dicen también que sus salsas tradicionales preparadas a base de semillas de palma hervidas, tienen una textura más suave, y en consecuencia mejor que aquellas que son hechas con las semillas de palma moderna. Es enorme la importancia económica que tiene para África la palma aceitera, especialmente para las mujeres. Ellas manejan casi toda la producción, de la cosecha al procesado del aceite de palma, y la venta del aceite y otros productos de palma en los mercados locales. Estas entradas son una contribución crucial para todas las fincas. En el sur de Benín, por ejemplo, cerca de una cuarta parte de las mujeres ganan algo de su ingreso a partir del procesado y la venta del aceite de palma.

Pero la palma aceitera tradicional ofrece mucho más que los frutos y el aceite de palma de alta calidad. Contrariamente a lo que ocurre con las palmas aceiteras modernas, las comunidades africanas utilizan todas las partes de la palma aceitera para producir vinos y sopas, jabones y ungüentos, medicamentos tradicionales y artesanales, textiles y materiales de construcción.

El acaparamiento de tierras para plantar palma aceitera en África. La carrera desenfrenada por establecer plantaciones de palma aceitera en África es un golpe doble para el continente. Por una parte, la campaña masiva de acaparamiento de tierras y recursos alimentarios de las poblaciones y la destrucción directa de los medios de subsistencia de millones de personas: el sector tradicional del aceite de palma en África.

Durante la ocupación colonial del continente, las potencias europeas se interesaron en el aceite de palma para fabricar lubricantes industriales y velas. Las familias africanas fueron obligadas a pagar a las autoridades coloniales un impuesto en aceite y semillas de palma, conocido bajo el nombre de takouè en Benín. El rey Leopoldo II de Bélgica obligó a todos los agricultores de la provincia de Equateur del Congo a plantar 10 palmeras por año.

Con la Independencia, casi todas las plantaciones y estaciones de investigación fueron nacionalizadas y los nuevos gobiernos africanos redinamizaron el desarrollo de la producción nacional.

A fines de los ochenta, el Banco Mundial y sus financiadores impusieron programas de ajuste estructural y forzaron a los gobiernos africanos a privatizar sus compañías estatales de aceite de palma y a vender sus plantaciones y sus fábricas de aceite. Mientras numerosas empresas nacionales se derrumbaban, empresas europeas con antiguos lazos coloniales se apoderaron de las actividades más lucrativas.

Hoy existe una segunda arremetida extranjera para tomar posesión de las plantaciones de palma aceitera en África. Como es cada vez más difícil y costoso adquirir tierras para plantar palma aceitera en Malasia e Indonesia, las empresas y los especuladores están buscando nuevos espacios para la producción y exportación. Algunos capitales se han dirigido a la región de Papuasia y a América Latina, pero su principal objetivo es África. Las corporaciones, de los gigantes asiáticos del aceite palma los establecimientos financieros de Wall Street, compiten por el control de tierras en el continente con condiciones favorables para el cultivo de la palma aceitera, en particular en el Oeste y el Centro.

Una resistencia se levanta. Frente a las empresas palmicultoras que buscan acaparar sus tierras, las comunidades están sometidas a enormes presiones de las empresas, del gobierno, de los jefes locales e incluso, del ejército y fuerzas paramilitares. Aquellos que resisten se exponen al encarcelamiento, el acoso y la violencia. A pesar de ello, las comunidades en África y en el mundo, las de Papúa Nueva Guinea, las de Sarawak, las de Camerún, las de Guatemala, continúan luchando contra la llegada de las grandes empresas de aceite de palma a sus tierras.

En el sur de Camerún las comunidades luchan con el fin de impedir que Herakles Capital establezca una plantación de palma aceitera en su región. Pese al apoyo recibido del presidente de Camerún, Herakles no avanza con su proyecto gracias a la unión de las comunidades (en su total oposición a la plantación) y a las acciones creativas realizadas con el apoyo de sus socios nacionales e internacionales, para obligar a la empresa a retirarse.

La empresa y el gobierno vuelven a la carga con más estrategias; la última fue un decreto presidencial que reduce la tierra concedida a Herakles de 73 mil hectáreas a 20 mil y aumenta el alquiler que la empresa debe pagar. Aunque los dirigentes comunitarios fueron arrestados y encarcelados como resultado de procesos judiciales, las comunidades han mantenido su demanda fundamental: no a las plantaciones de palma aceitera en sus tierras.

Camerún también está en la mira de la corporación luxemburguesa SOCFIN, propiedad de los multimillinorarios Vincent Bolloré, de Francia, y Hubert Fabri, de Bélgica. Durante los últimos quince años, la SOCFIN se apoderó de tierras destinadas al aceite de palma y a otros cultivos en la mayoría de los países africanos incluyendo, Camerún, RDC, Guinea, Nigeria, Santo Tomás y Príncipe y, Sierra Leona. Esta corporación es conocida por las violaciones a los derechos humanos y los conflictos de tierra que acompañan su actividad y por sus tácticas agresivas contra aquellos que se le oponen. En los últimos años, la empresa demandó por difamación a varias organizaciones y periodistas que se han expresado en su contra, en África y Europa.

El 5 de junio de 2013, las comunidades afectadas por las plantaciones de la SOCFIN en cuatro países africanos organizaron acciones simultáneas de protesta contra la corporación, mientras que una delegación de la diáspora de esos países, apoyados por un grupo francés —Réseaux d’Action Transnationale (ReACT)— entregó en París una carta firmada por diferentes comunidades a la Asamblea General del grupo Bolloré, accionista importante de SOCFIN

“Esta primera acción internacional no es más que el principio. Estamos determinados a hacer respetar nuestros derechos y M. Bolloré deberá terminar por entenderlo”, declaró Emmanuel Elong, portavoz de Synaparcam, el sindicato de campesinos vecinos de la Socapalm, en Camerún.

Una resistencia fuerte de la comunidad local combinada con una presión nacional e internacional bien enfocada, puede hacer retroceder las tentativas de acaparamiento de tierras. Desde que la sociedad británica Equatorial Palm Oil comenzó a realizar prospecciones en tierras del Clan Jogbhan de Liberia, las comunidades se movilizaron para detener los equipos de trabajo. En seguida, organizaron una marcha a las oficinas de las autoridades locales para expresarles que ellos nunca fueron consultados y que jamás abandonarían sus tierras. En el camino, algunos fueron apaleados, arrestados y encarcelados, pero las comunidades no cedieron. Las ONG locales e internacionales se unieron a su batalla y dieron a conocer al mundo su situación. En marzo de 2014 los dirigentes comunitarios se reunieron con la presidenta liberiana, Ellen Johnson Sirleaf, obteniendo de ella el compromiso de impedir que la empresa se extendiera a sus tierras. Ahora, los grupos liberianos esperan reproducir estas acciones con otras comunidades en el país.

Numerosos casos de resistencia contra el acaparamiento de tierras y la implantación de la palma aceitera seleccionada, tanto en África, como en Asia y en América Latina, muestran hasta qué punto las comunidades locales están dispuestas a mantener el control social sobre sus tierras ancestrales y la biodiversidad local para las generaciones actuales y futuras.

Este artículo es un extracto del libro El Gran robo del clima, de GRAIN. El texto completo en inglés con notas puede consultarse en: https://www.grain.org/e/5031.

Fuente: Biodiversidad, sustento y culturas 88


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