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Biodiversidad en América Latina y El Caribe

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Autor Peter Rosset Publicado 24 junio 2004 18:31

El hambre en el tercer mundo y la ingeniería genética: ¿una tecnología apropiada?, por Peter Rosset

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El propósito de este ensayo es dar algunas respuestas a esta pregunta: ¿las variedades genéticamente modificadas pueden ser una tecnología útil, importante o deseable para enfrentar los problemas de pobreza, hambre y baja productividad que sufren los campesinos y campesinas del Tercer Mundo? La industria, las instituciones oficiales y muchos investigadores quieren hacernos creer que eso es así

(Council for Biotechnology Information, s.f.; Pinstrup-Andersen, 1999; McGloughlin, 1999a,b). Es necesario analizar sus argumentos críticamente.

Me referiré principalmente a la producción agrícola de alimentos para el consumo nacional. Cuando hablamos de mercados nacionales encontramos que los agricultores familiares y los campesinos1, a pesar de su posición desventajosa en la sociedad, son los principales productores de alimentos básicos, siendo los responsables de elevados porcentajes de la producción nacional en la mayoría de los países del Tercer Mundo. Este sector que es tan importante para la producción de alimentos, paradójicamente se caracteriza por vivir en la pobreza y padecer hambre, teniendo en algunos casos una productividad muy baja. Para saber si la solución que propone la ingeniería genética es capaz de acabar con esos problemas, tenemos que comenzar por entender con claridad cuáles son las causas de la pobreza y el hambre. Si estas causas se debieran al uso de tecnologías inadecuadas, sería posible una solución tecnológica, al menos en teoría. Por lo tanto, empezaremos por el análisis de las condiciones que enfrentan los campesinos que producen alimentos básicos en la mayoría de los países del Tercer Mundo.

Antecedentes históricos

Desde los inicios del colonialismo, la historia del Tercer Mundo ha sido la historia del desarrollo insostenible. La apropiación colonialista de las tierras desplazó a las sociedades productoras de alimentos de las mejores tierras para cultivo, de las tierras aluviales o volcánicas relativamente llanas, con lluvias suficientes pero no excesivas, o con agua para riego. En la nueva economía global, dominada por las potencias coloniales, esas tierras fueron convertidas en productoras para la exportación. En lugar de producir los alimentos básicos para la población local, se volvieron extensas haciendas ganaderas o plantaciones dedicadas a la explotación de añil, cacao, coco, caucho, azúcar, algodón y otros productos de alto valor mercantil. Mientras los productores tradicionales de alimentos habían desarrollado, a través de millares de años, prácticas agrícolas y ganaderas en consonancia con la fertilidad de las tierras locales y las condiciones ambientales; las plantaciones coloniales, con una miopía exacerbada por su afán de lucro, decidieron extraer los máximos beneficios con los mínimos costos, usando con frecuencia la mano de obra esclava y prácticas de producción que descuidaron la sostenibilidad de la producción en el largo plazo (Lappé et al., 1998).

Entre tanto, los productores locales de alimentos fueron sometidos a través de régimenes esclavizantes o fueron desplazados hacia suelos marginales poco aptos para la producción. Las sociedades precoloniales habían usado las tierras áridas y desérticas únicamente para pastoreo nómada de baja intensidad, los terrenos de ladera sólo habían albergado una población de baja densidad, con cultivos intercalados y largos períodos en barbecho (o en algunos casos, con sofisticadas terracerías), usando los bosques lluviosos ante todo para la caza y la recolección (con alguna producción agroforestal). Todas estas prácticas, en esas condiciones, son sostenibles a largo plazo. La gente estaba acostumbrada a producir de manera continua cultivos anuales en tierras fértiles, con buenos drenajes y suficiente acceso al agua. Pero el colonialismo desplazó masivamente a las familias de agricultores a las áreas marginales ya mencionadas. Aunque las culturas precoloniales nunca habían considerado que esas regiones podían ser adecuadas para una población densa y cultivos anuales intensivos, de allí en adelante, en muchos casos tuvieron que adaptarse a ambas cosas. Como resultado, estos agricultores recién desalojados y desplazados, talaron los bosques y sometieron a muchos habitats frágiles a prácticas productivas insostenibles, mientras las mejores tierras disponibles, en manos de los europeos, fueron siendo degradadas por las continuas cosechas para la exportación (Lappé et al., 1998).

Las independencias nacionales del colonialismo significaron poco en el alivio de los problemas ambientales y sociales generados por la dinámica anteriormente descrita, y en verdad empeoraron la situación en una buena parte del Tercer Mundo. Las élites nacionales post-coloniales llegaron al poder con fuertes vínculos con las economías orientadas a la exportación, de hecho vinculadas en muchos casos con los antiguos poderes coloniales. El período de las independencias nacionales, que duró más de un siglo, correspondió con la expansión a escala global del mercado y las relaciones capitalistas de producción y, en particular, con su penetración en las economías de los países del Tercer Mundo y las áreas rurales. Pasaron a primer término nuevos productos de exportación, incluyendo café, banano, maní, soya, aceite de palma y otros; mientras surgían nuevas élites agroexportadoras, más capitalistas, opuestas a las antiguas élites coloniales. Este período llamado "modernización", se basaba en la ideología de que lo grande siempre es mejor. En las zonas rurales eso significó la consolidación de las tierras agrícolas en grandes latifundios que podían mecanizar sus labore, y la noción de que el campesinado "retrógrado e ineficiente" debía dejar la agricultura y migrar a las ciudades, donde proporcionaría la fuerza de trabajo para la industrialización. Esto desembocó en un nuevo ciclo de concentración de la propiedad territorial en manos de los opulentos y en un aumento considerable de campesinos y campesinas sin tierra en las zonas rurales. Los campesinos sin tierra pronto se volvieron los más pobres de los pobres, subsistiendo parcialmente como trabajadores agrícolas por temporada, peones contratados por día, recolectores de cosechas o migrantes hacia las fronteras agrícolas a talar bosques para los hacendados. En esta masa de desposeídos también estaban los "campesinos pobres": aparceros, arrendatarios de pequeñas parcelas, ocupantes precarios, minifundistas, propietarios legales de parcelas tan pequeñas o con suelos tan infértiles que no servían para mantener a sus familias (Lappé et al., 1998).

Por lo tanto, en la actualidad las zonas rurales en el Tercer Mundo se caracterizan por desigualdades extremas en el acceso a la tierra, en la seguridad de la tenencia y en la calidad de la tierra laborada. Estas desigualdades producen desigualdades igualmente extremas de riqueza, ingresos y niveles de vida. La mayoría desposeída está marginada de la vida económica nacional, en la medida en que sus magros ingresos se traducen en un poder de compra insignificante (Lappé et al., 1998).

Esto crea un círculo vicioso. La marginación de la mayoría conduce a la existencia de mercados nacionales muy limitados en cantidad y variedad, de modo que las élites de los agronegocios orientan su producción a mercados de exportación, donde los consumidores sí disponen de poder de compra. Al hacer esto, las élites pierden todavía más su interés en el bienestar o poder adquisitivo de los pobres en su país, debido a que estos no constituyen un mercado para ellos, sino más bien costos en términos de salarios que tratan de mantener lo más bajo posible. Y al mantener bajos los salarios y los niveles de vida, los mercados nacionales jamás surgirán con fuerza, lo cual refuerza su orientación exportadora.

El resultado es una espiral descendente que hunde a la población en una pobreza y una marginación cada vez mayor, independientemente de que las exportaciones nacionales se vuelvan más "competitivas" en la economía global. Una de las ironías de nuestro mundo actual es que los alimentos y otros productos agrícolas fluyen desde zonas de hambre y necesidades básicas insatisfechas hacia zonas donde se concentra el dinero, en los países industrializados (Lappé et al., 1998).

La misma dinámica produce también degradación ambiental. Por una parte, la población rural fue históricamente reubicada desde áreas apropiadas para la agricultura a otras menos convenientes, lo que condujo a la deforestación, desertificación y erosión de las tierras en los ambientes más frágiles. El proceso continúa en la actualidad, en la medida en que nuevos grupos sin tierras migran hacia las fronteras agrícolas.

En las tierras más productivas, la situación no es mejor. Aquí, las mejores tierras de labranza en la mayoría de las naciones se han concentrado en grandes empresas agrícolas dedicadas a la producción mecanizada de unos pocos cultivos de exportación, con uso intensivo de fertilizantes químicos. Muchas de las mejores tierras de nuestro planeta – que los agricultores tradicionales precoloniales habían administrado de modo sostenible durante milenios – se han ido degradando rápidamente, y en algunos casos, han tenido que ser abandonadas por completo, debido a la búsqueda cortoplacista de ganancias y competitividad en la exportación. La capacidad productiva de esas tierras está descendiendo rápidamente debido a la compactación de la tierra, la erosión, la explotación forestal y la pérdida de fertilidad, aunadas a la resistencia cada vez mayor de las plagas contra los plaguicidas y la pérdida de biodiversidad funcional, tanto en el suelo como aérea. Muchas agencias internacionales reconocen actualmente que el problema en aumento de la disminución de productividad de las cosechas, es una importante amenaza subyacente en la producción global de alimentos (Lappé et al., 1998).

Los programas de ajuste estructural y otras macropolíticas Como si lo anterior no fuese suficiente, las últimas tres décadas de historia mundial han presenciado una serie de cambios en los mecanismos de gobierno nacional y global, cuya suma ha desgastado considerablemente la capacidad de los gobiernos de los países del Sur, para orientar el desarrollo nacional teniendo en cuenta la seguridad humana de sus ciudadanos en sentido amplio. Sus posibilidades de asegurar el bienestar social de la gente pobre y vulnerable, alcanzar la justicia social, garantizar los derechos humanos y proteger y administrar de modo sostenible sus recursos naturales, se ha debilitado críticamente. Esos cambios en los mecanismos de gobierno se han producido en el marco de un paradigma que considera al comercio internacional como el recurso clave para promover el crecimiento económico en las economías nacionales, y la solución para todos los males (Lappé et al., 1998; Bello 1999).

Con la finalidad de abrirle campo a las actividades de importación/exportación, así como a las inversiones extranjeras promotoras de las exportaciones, tanto los programas de ajuste estructural (PAE), como los acuerdos regionales y bilaterales de comercio, y las negociaciones del GATT y luego de la Organización Mundial del Comercio (OMC), han desplazado la preeminencia de los gobiernos en la conducción de las economías nacionales hacia los mecanismos de mercado y organismos de regulación global, como la mencionada OMC. De manera progresiva, los gobiernos de los países del Sur han ido perdiendo la mayoría de las herramientas administrativas para orientar sus políticas macroeconómicas. Se han visto obligados a: cortar drásticamente las inversiones gubernamentales debido a las exigencias de reducir sus déficits presupuestarios, unificar tasas de cambio, devaluar y dejar en flotación sus monedas locales, eliminar prácticamente todas las barreras arancelarias y no-arancelarias, privatizar los bancos estatales y otras empresas y cortar o eliminar los subsidios de todo tipo, incluyendo servicios sociales y precios de apoyo para los pequeños agricultores. En la mayoría de los casos -como preparación para ser admitidos en un acuerdo comercial, o con fondos y/o asesoramiento proveniente de alguna institución financiera internacional, como el Banco Mundial- el ajuste ha estado seguido de arreglos sobre la tenencia de la tierra, siendo preponderantes los mecanismos de privatización y formación de mercados de tierra, buscando con eso una inversión mayor en los sectores agrícolas (Lappé et al., 1998; Bello 1999).

Si bien, esos cambios han creado en algunos casos oportunidades novedosas para que gente de bajos recursos explote nuevos nichos de mercado en la economía global (por ej. café orgánico), la mayor parte de las veces lo que han hecho es socavar tanto las redes de seguridad social provistas por los gobiernos, como la cooperación y gestión comunitaria de recursos, tradicionalmente usada para enfrentar las crisis. La mayoría de la gente pobre sigue viviendo en zonas rurales, y los cambios mencionados han profundizado en muchos de ellos la crisis, incapacitándoles para obtener su sustento. Cada vez son más los que han sido arrojados a espacios dominados por las fuerzas económicas globales, donde los términos de la participación han sido establecidos de acuerdo con los intereses de los más poderosos. Los agricultores y agricultoras ven como los precios de los alimentos básicos que producen caen por debajo de los costos de producción, al enfrentar importaciones baratas libres de aranceles y cuotas (y producidos con altos subsidios en sus países de origen, nota de la compiladora). Crecientemente deben enfrentar la falta de créditos, acopio y comercialización, y precios subsidiados que anteriormente apoyaban su producción, mientras los sistemas tradicionales de gestión de tierras comunales siguen siendo atacados por las reformas legales y por los inversionistas del sector privado. Como resultado, la productividad de los campesinos y agricultores familiares, responsables de los alimentos para el consumo nacional está disminuyendo, en especial en regiones como los países Africanos Sub-saharianos (Lappé et al., 1998).

Disminución de la productividad

No es entonces por carecer de semillas 'milagrosas' que contienen su propio insecticida y toleran dosis muy grandes de herbicidas, que los productores de alimentos del Tercer Mundo muestran una productividad en descenso, sino por el hecho de que han sido desplazados a tierras marginales, con suelos empobrecidos y en las que dependen exclusivamente de la lluvia para el riego, al tiempo que tienen que enfrentar estructuras y políticas macroeconómicas multifáceticamente hostiles a que los agricultores familiares y campesinos sean productores de alimentos. Cuando los programas de ajuste estructural (PAE) privatizan los bancos para el desarrollo, los agricultores de pequeña escala, quedan sin créditos. Cuando los PAE cancelan el subsidio a ciertos insumos (abonos, fertilizantes, etc.) estos agricultores ya no pueden usarlos. Cuando ya no se subsidian los precios y los mercados nacionales se abren a los excedentes de alimentos de los países industrializados (dumping), caen los precios y la producción local de alimentos deja de ser rentable. Cuando las agencias estatales para la comercialización de granos básicos son sustituidas por comerciantes privados, quienes prefieren importaciones baratas o comprar a los hacendados ricos, los pequeños agricultores ya no encuentran compradores para lo que producen. Estas son por tanto las verdaderas causas de la baja productividad. De hecho, en muchas partes del Tercer Mundo, en especial en Africa, hoy los campesinos están produciendo mucho menos de lo que podrían producir con la tecnología y el conocimiento que ya tienen, porque no hay incentivos para que lo hagan: los precios son demasidado bajos y hay pocos compradores. Ninguna semilla nueva, buena o mala, puede cambiar eso, por lo cual resulta poco probable que sin los cambios estructurales que se necesitan urgentemente en materia de acceso a la tierra y políticas agrícolas y comerciales, la ingeniería genética pueda tener algún impacto en la producción de alimentos entre los agricultores más pobres (Lappé et al., 1998; también el debate entre McGloughlin, 1999b y Altieri y Rosset, 1999a,b).

Visto desde esa perspectiva, debería quedar claro que en el mejor de los casos la ingeniería genética es tangencial a las condiciones y necesidades de los campesinos y agricultores familiares que dice que se propone ayudar, ya que de ninguna manera se dirige a los principales obstáculos que enfrentan. Pero que sea tangencial no quiere decir que sea 'mala'. Por eso, es necesario dilucidar la cuestión siguiente: ¿los cultivos manipulados por la ingeniería genética son simplemente irrelevante para los pobres o pueden de hecho significar una amenaza para ellos? Primero debemos tener claro las actuales circunstancias en que se lleva a cabo la producción campesina.

Una agricultura compleja, diversa y expuesta a riesgos Debido a que los campesinos y agricultores familiares, tal como ya he descrito, han sido históricamente desplazados a zonas marginales caracterizadas por estar en terrenos quebrados, en cuestas y laderas, con lluvias irregulares, poca irrigación y/o poca fertilidad del suelo; y porque son víctimas de políticas nacionales y globales contra los pobres y los campesinos, su agricultura necesariamente es compleja, diversa y expuesta a muchos riesgos (Chambers, 1990). Para poder sobrevivir en semejantes circunstancias, y mejorar su nivel de vida, deben ser capaces de adaptar las tecnologías agrícolas a sus propias circunstancias específicas, en términos de: microclimas, topografía, tierras, biodiversidad, sistemas de cosecha, inserción en el mercado, recursos, etc. Por esa razón, a través de los siglos, los agricultores han desarrollado complejos sistemas de cultivo y de sustento que contrapesan los riesgos – sequías, falta de mercados, plagas, etc. – con factores como más disponibilidad y aporte de mano de obra, menor necesidad de inversión, diversidad de fuentes para cubrir las necesidades nutricionales, adaptación a la variabilidad en cada estación, etc. Sus sistemas de cosechas se caracterizan, generalmente, por múltiples cultivos anuales y permanentes, incluyendo: forrajes, cría de animales, hasta pescado y diferentes productos silvestres recolectados (Chambers, 1990).

Repitiendo los errores de la investigación verticalista desde arriba

Ese tipo de agricultores rara vez se ha beneficiado de la investigación formal desde arriba que hacen las instituciones y de las tecnologías de la 'revolución verde' (Chambers, 1990; Lappé et al, 1998). Cualquier nueva estrategia para abordar de manera efectiva el problema de la productividad y la pobreza rural, tiene que satisfacer sus necesidades en múltiples variedades apropiadas. Por lo general, los campesinos y pequeños agricultores siembran en su tierra muchas variedades diferentes, adaptando su elección a las características de cada parcela, si tiene buen o mal drenaje, si es más o menos fértil, etc. Sin embargo, no es fácil desarrollar tales variedades con los actuales métodos de investigación y de extensión agrícola – que son las mismas estructuras que los proponentes de la biotecnología quieren usar para introducir las variedades genéticamente modificadas.

Los métodos de investigación formal no son capaces de manejar la vasta complejidad de condiciones físicas y socioeconómicas existentes en la mayor parte de la agricultura del Tercer Mundo. Esto proviene de la discrepancia entre investigación jerárquica y sistemas de extensión, por un lado – que valoran la producción del monocultivo por encima de todas las demás cosas – y la complejidad de las realidades rurales, por otro. El resultado de ese desajuste es que al producir nuevas tecnologías se reducen de la óptica numerosas variables muy importantes para los campesinos. Medidas en unas pocas variables, los investigadores sacan la conclusión de que las nuevas semillas son mejores que las antiguas, y se sienten desconcertados cuando ven que son pocos los agricultores que se entusiasman con ellas (Chambers, 1990).

La verdad es que las semillas tienen múltiples características que no se pueden captar simplemente midiendo el rendimiento, por muy importante que sea esta medida. Por su parte, los agricultores familiares tienen múltiples requerimientos específicos para sus semillas, según el lugar donde las usan, y no únicamente el alto rendimiento prometido en condiciones controladas que en general ellos no disponen. Esa multiplicidad de variables y sistemas de adaptación que tienen en cuenta al elegir y criar sus semillas, es el polo opuesto de los procedimientos formales de selección genética, donde las variedades son seleccionadas en forma individual por ciertos rasgos aislados, y luego son cruzadas para combinar esos rasgos individuales. De acuerdo con Jiggins et al. (1996), los ensayos con variedades de alto rendimiento en los países Subsaharianos, muestran "variaciones mayores, tanto en semillas 'tradicionales' como 'mejoradas', entre agricultores y entre diferentes años, que las diferencias medias observadas entre semillas 'tradicionales' y 'mejoradas' en un mismo año. De hecho, hay abrumadora evidencia en toda el Africa al sur del Sahara en el sentido de que la respuesta de rendimiento a los fertilizantes y a las variedades mejoradas, el manejo de suelos y otras prácticas, dependen en gran medida del lugar, las tierras, la estación y el agricultor a cargo."

Dadas esas experiencias, la conclusión inevitable es que es esencial tomar un camino diferente: la selección participativa de semillas organizada por los mismos campesinos, que tenga en cuenta las múltiples características, tanto de la variedad de semilla como de agricultores y agricultoras. Sencillamente, no se puede diseñar semillas milagrosas en laboratorios y centros de investigación, y luego distribuirlas sin más entre los campesinos (Chambers, 1990). La ingeniería genética es la antítesis de una investigación participativa dirigida por los agricultores. Quienes proponen las variedades genéticamente modificadas están repitiendo el mismo error verticalista que hizo que la primera generación de variedades de semilla de "alto rendimiento", producidas por la 'revolución verde', encontrara poca aceptación entre los agricultores más pobres.

No obstante, muchos podrían argumentar que la posibilidad de reforzar la calidad nutricional de los pobres, pesa más que las preocupaciones expuestas. Por ejemplo, en el caso del famoso 'arroz dorado' que fue manipulado genéticamente para contener un beta-caroteno adicional, precursor de la vitamina A.

El arroz dorado

El arroz enriquecido con vitamina A fue presentado en sociedad por la revista Science, en su edición de agosto de 1999. Esta variedad de arroz manipulado genéticamente produce beta-caroteno en su endosperma, dándole la pigmentación amarilla característica que le ganó el nombre de 'arroz dorado'. Toda la investigación y desarrollo de esta variedad se realizó con fondos de la Fundación Rockefeller y la Unión Europea y, puesto que se hizo fuera del ámbito empresarial privado, el 'arroz dorado' se ha convertido en la herramienta perfecta y oportuna de relaciones públicas que tanto necesitaban los promotores de la ingeniería genética.

La desnutrición, ocasionada por insuficiencias de ciertas vitaminas y minerales, afecta aproximadamente al 40% de la población mundial, particularmente a las mujeres y los niños. Paradójicamente, la mayor parte de la población que sufre desnutrición por insuficiencia de micronutrientes vive en el sur del Asia, donde existe gran variedad de fuentes naturales de micronutrientes en las frutas y verduras de origen local. La insuficiencia de vitamina A (IVA) constituye una de las causas principales de la desnutrición por insuficiencia de micronutrientes en los países en vías de desarrollo. La importancia de la vitamina A en la prevención de la ceguera está históricamente reconocida y, más recientemente, se ha descubierto el papel que desempeña en apoyo al combate de las infecciones. La vitamina A ayuda a prevenir enfermedades como la diarrea, las enfermedades respiratorias, la tuberculosis, la malaria, las infecciones a los oídos, y también ayuda a prevenir la transmisión del SIDA de madre a hijos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay cerca de 2.8 millones de niños menores de cinco años en el mundo que presentan síntomas clínicos de una insuficiencia severa de vitamina A denominada xeroftalmia. A pesar de toda la publicidad, las promesas del 'arroz dorado' [de terminar con la IVA] aún están lejos de cumplirse. Un tema que prácticamente no ha trascendido en los debates en la prensa es el de los derechos de propiedad intelectual. Los creadores del ‘arroz dorado’ afirman que probablemente le entregarán semilla a los agricultores sin cargo alguno, pero la materialización de esa promesa todavía está en el aire debido a que todavía debe sortear en el camino las patentes. A pesar de haber sido financiado con fondos del sector público, el 'arroz dorado' es en gran medida un producto de las empresas privadas. Hay por lo menos seis patentes involucradas en el desarrollo de esta variedad de arroz transgénico que cubren procesos, genes y promotores ya previamente patentados. Además, los equipos de investigación del Instituto Tecnológico Suizo, Zurich, y de la Universidad de Friburgo, Alemania, ya presentaron una solicitud de patente que cubre el proceso de inserción de la vía metabólica para producir el beta-caroteno en las semillas. Los científicos en cuestión argumentan que lo hicieron para evitar que otras partes interesadas (léase empresas) patentaran esa tecnología, pero si realmente hubiera sido así, habría bastado con que hicieran pública la información pertinente. Esa solicitud de patente convierte potencialmente a la Fundación Rockefeller y a la Unión Europea en instituciones con fines de lucro. Según el Dr. Peter Beyer de la Universidad de Friburgo, la solicitud de patente que presentaron cubriría la inserción de la nueva vía metabólica en cualquier cultivo, no solamente en el arroz, pero este será el único a ser distribuido gratuitamente entre los agricultores, y sólo bajo ciertas condiciones que aparecen especificadas en el contrato entre los 'inventores' y los Centros Internacionales de Investigación Agrícola que se encargarán de transferir los genes del 'arroz dorado' a las variedades tropicales.

Fuente: GRAIN: Biotecnología: El caso de la vitamina A: ¿Ingeniería genética para combatir la desnutrición? www.grain.org/sp/publications/biodiv232-sp.cfm, marzo de 2000.

¿Mejor nutrición?

La propuesta de que el arroz genéticamente alterado es la manera correcta de enfrentar la condición en que se encuentran dos millones de niños con riesgo de padecer ceguera inducida por una deficiencia de vitamina A, revela una tremenda ingenuidad acerca de la realidad y las causas de la desnutrición de vitaminas y micronutrientes. Si reflexionamos sobre los modelos de desarrollo y nutrición, con facilidad nos damos cuenta de que la deficiencia de vitamina A no debe catalogarse tanto como un problema, sino más bien como un síntoma, una advertencia si se quiere. Nos advierte que hay una insuficiencia alimentaria más amplia, asociada tanto con la pobreza, como con el cambio de sistemas agrícolas basados en diversos cultivos al monocultivo del arroz. La gente no padece una deficiencia de vitamina A porque el arroz contenga poca vitamina A, o poco beta-caroteno, sino porque su dieta se ha reducido al arroz y casi a nada más, por lo que sufren otra serie de deficiencias vitamínicas y alimentarias, que no pueden ser subsanadas por el beta-caroteno, pero que sí pudieran ser subsanadas, junto con la deficiencia de vitamina A, por una dieta más variada. La rápida solución mágica que introduce beta-caroteno al arroz – con potenciales riesgos de salud y ecológicos – mientras deja intacta los problemas de pobreza, dietas insuficientes y el monocultivo, no parece poder hacer una contribución durable al bienestar de los afectados. Para usar las palabras de la Dra. Vandana Shiva: tal aproximación evidencia ceguera ante las sencillas soluciones disponibles para evitar la ceguera inducida por la deficiencia de la vitamina A, que incluyen muchas frondosas plantas fáciles de encontrar, que si se introducen o reintroducen en la dieta proporcionan tanto el beta-caroteno requerido, como otras vitaminas y micronutrientes faltantes (Altieri and Rosset, 1999a,b; ActionAid, 1999; Mae-Wan Ho, 2000).

No obstante, está claro que el armatoste biotecnológico está avanzando a toda velocidad. ¿Cuáles son, entonces, los riesgos asociados con la introducción 'forzosa' de variedades transgénicas (generadas por la ingeniería genética) en circunstancias complejas, diversas y expuestas a los riesgos?

Riesgos para los campesinos y agricultores familiares

Cuando las variedades transgénicas se emplean en sistemas agrícolas diversificados, los riesgos son mucho mayores que los que se corren en los sistemas a gran escala de la revolución verde, propiedad de agricultores ricos, o en los sistemas agrícolas de las naciones industrializadas. El fracaso conocido de las cosechas transgénicas (por ej. quiebre de tallos, desprendimiento de vainas, etc.) plantea riesgos económicos que pueden afectar mucho más severamente a los agricultores pobres que a los ricos. Si los consumidores rechazan sus productos, los riesgos económicos son más elevados mientras más pobre sea el productor. Asimismo, los altos costos de los cultivos genéticamente modificados introducen en el sistema una desventaja adicional para los agricultores pobres (Altieri and Rosset, 1999a,b).

Las variedades transgénicas más comunes de que se dispone en la actualidad son las tolerantes a herbicidas patentados y las que contienen genes insecticidas. Para los campesinos, los cultivos tolerantes a herbicidas tienen poco sentido, ya que siembran diversas mezclas de cultivos y especies de forrajes, de modo que tales químicos destruirían componentes claves de sus sistemas de cultivo (Altieri and Rosset, 1999a,b).

Las plantas transgénicas que producen sus propios insecticidas – usando por lo común el gen 'Bt', se basan en el mismo paradigma que los plaguicidas, que rápidamente está fracasando debido a la resistencia que las plagas crean ante éstos. En lugar del modelo "una plaga - un ingrediente químico", que ha fracasado, los ingenieros genéticos proponen el modelo "una plaga - un gen", cuyo fracaso se ha mostrado una y otra vez en las pruebas de laboratorio, debido a la rapidez con que las distintas especies de insectos se adaptan y desarrollan resistencias al plaguicida que encuentran en las plantas. Los cultivos con Bt violan el principio básico y ampliamente aceptado del "manejo integrado de plagas" (MIP), que asegura que cualquier tecnología basada en el manejo de una sola plaga, tiende a desencadenar cambios en las especies de plagas o a desarrollar resistencias, a través de uno o más mecanismos. En general, mientras más grande sea la presión selectiva en tiempo y espacio, más rápida y profunda será la respuesta evolutiva de las plagas. Por eso, la estrategia MIP utiliza múltiples mecanismos de control de las plagas, y únicamente usa un mínimo de plaguicidas como último recurso. Una razón obvia para adoptar este principio es que reduce la exposición de las plagas a los plaguicidas, retardando la evolución de las resistencias. Pero cuando el producto se introduce genéticamente en la misma planta, la exposición de las plagas crece de un mínimo y de algunas ocasiones, a una exposición máxima, masiva y continua, acelerando en forma dramática las resistencias. La mayor parte de los entomólogos están de acuerdo en que muy pronto el gen Bt se va a volver inservible, ya que las plagas rápidamente se vuelven resistentes. En los Estados Unidos, la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) ha ordenado que los agricultores dejen una cierta proporción de sus campos donde no se deben sembrar variedades Bt, como 'refugio', con el fin de hacer más lento el ritmo de evolución de la resistencia de los insectos. Sin embargo, parece improbable que los campesinos y pequeños agricultores del Tercer Mundo, puedan mantener esos refugios, lo cual significaría que en tales circunstancias la resistencia al Bt podría producirse mucho más rápidamente (Altieri and Rosset, 1999a,b).

Al mismo tiempo, el uso de cultivos con Bt afecta a organismos y procesos ecológicos que no son el objetivo para el que han sido diseñados. Hay evidencias recientes que muestran que la toxina Bt puede afectar a insectos depredadores benéficos, que se alimentan de insectos plagas presentes en los cultivos con Bt, y que otros insectos no dañinos también pueden morir como resultado de la diseminación de polen de plantas con Bt por el viento hacia la vegetación silvestre presente en los alrededores de los campos transgénicos. Los pequeños agricultores dependen de una rica variedad de depredadores y parásitos benéficos, asociados a sus sistemas de cultivos intercalados, para el control de los insectos plagas. Pero el efecto sobre estos enemigos naturales levanta serias preocupaciones acerca del daño potencial que puede causar la ruptura del control natural de las plagas, en la medida en que los depredadores polífagos, que se mueven dentro de los límites de los cultivos mixtos y entre dichos cultivos, encontrarán a lo largo de toda la temporada presas no-dañinas que hayan ingerido Bt. La ruptura de los mecanismos de control biológico natural puede conducir a pérdidas crecientes de la cosecha debido a las plagas, o a un incremento en el uso de plaguicidas por parte de los agricultores, con sus correlativos riesgos de salud y ambientales. (Altieri and Rosset, 1999a,b).

El Bt conserva sus propiedades insecticidas después de que los residuos de la cosecha han sido reincorporados a la tierra arada, quedando además protegido contra la degradación microbiana por encontrarse metido dentro de partículas del suelo. Puede persistir de esa manera en diversos suelos hasta por 234 días. Este hecho produce una honda preocupación entre los agricultores pobres, que no pueden comprar fertilizantes químicos caros y que, por el contrario, cuentan con los residuos locales, materia orgánica y microorganismos de la tierra (invertebrados, especies fúnguicas y bacterianas) para mantener la fertilidad de la misma. Esta puede ser afectada por la toxina que queda impregnada en el suelo (Altieri and Rosset, 1999a,b). ¿Qué podrían hacer los campesinos en caso de que fallaran los genes Bt? Es muy posible que tuvieran que enfrentar una reactivación seria de las poblaciones de plagas, liberadas del control natural debido al impacto del Bt en los depredadores y parasitoides, así como una reducción de la fertilidad de la tierra debido al impacto de los residuos de las cosechas tratadas con Bt en la tierra arada (Altieri and Rosset, 1999a,b). Se trata de agricultores que ya están expuestos a riesgos, y los cultivos con Bt aún los aumentarían aún más.

Es característico de muchas partes del Tercer Mundo que exista un número mayor de plantas silvestres sexualmente compatibles con los cultivos agrícolas, lo que hace más probable que las propiedades de los insecticidas, la resistencia a los virus y otras particularidades creadas por la ingeniería genética, se transmitan por el polen a poblaciones de malezas, teniendo posiblemente impactos en la cadena alimentaria y causando super-malezas. Con el lanzamiento masivo de cultivos transgénicos, se espera que esos impactos se multipliquen aceleradamente, en particular en los países del Sur que constituyen centros de diversidad genética. En estos ambientes agrícolas biodiversos, es de esperarse que sea mayor la transferencia de genes de los cultivos transgénicos a poblaciones silvestres, así como a sus parientes cercanos y a las variedades criollas del mismo cultivo. En los agroecosistemas tradicionales es común el intercambio genético entre los cultivos y sus parientes silvestres, por lo que es seguro que los cultivos genéticamente modificados encontrarán con frecuencia plantas emparentadas que son sexualmente compatibles. El potencial de "contaminación genética" resulta inevitable cuando se trata de variedades locales del mismo cultivo (Altieri and Rosset, 1999a,b) tal como se ha visto con el caso del maíz en México.

Hay posibilidades de recombinación vectorial que produzca nuevas cepas muy agresivas de virus, especialmente en plantas transgénicas que han sido manipuladas con genes virales para volverse resistentes a los virus. En plantas que contienen genes de la capa proteínica de los virus, existe la posibilidad de que dichos genes sean ocupados por virus no emparentados que infecten la planta. En tales situaciones, el gen extranjero cambia la estructura de la cobertura de los virus, y le puede conferir propiedades tales como un rango de huéspedes distinto o más amplio. Otro posible riesgo es que la recombinación entre un virus ARN y un ARN viral dentro del cultivo transgénico, pueda producir un nuevo patógeno que provoque problemas patológicos más severos. Algunos investigadores han demostrado que en las plantas genéticamente modificadas ocurre recombinación y que en determinadas condiciones producen una nueva familia viral, con un rango distinto de hospederos (Altieri and Rosset, 1999a,b). Las pérdidas de cosechas causadas por nuevos patógenos virales tendrían un impacto más significativo en la vida y sustento de los campesinos, que en la de los agricultores ricos cuya amplitud de recursos les permite sobrevivir las malas cosechas. En suma, estos y otros riesgos parecen pesar más que los beneficios potenciales para los campesinos y agricultores familiares, y particularmente cuando consideramos los factores que usualmente limitan sus posibilidades de mejorar sus niveles de vida, y las alternativas agroecológicas, participativas y de empoderamiento de que disponen (Altieri et al., 1998).

La parábola del Caracol Dorado

Lo que frena a esos agricultores no es la falta de tecnología, sino más bien injusticias marcadas y desigualdades que obstaculizan su acceso a los recursos, incluyendo el acceso a la tierra, al crédito, a mercados, etc., y otras parcialidades de las políticas anti-pobres. En esas condiciones pareciera que los dos enfoques con más sentido son los siguientes: 1) la adopción de tecnologías que favorezcan una economía de pequeña escala en favor de los pobres, como la agroecología (Altieri et al., 1998); y 2) la organización de movimientos sociales que sean capaces de ejercer suficiente presión en las instituciones que impulsan las políticas parcializadas a favor de los ricos. Los organismos genéticamente modificados no parecen poder desempeñar en esto un papel útil.

Hace poco se le preguntó a un grupo de campesinos y campesinas de las Filipinas lo que pensaban del arroz creado por la ingeniería genética: uno de sus dirigentes respondió con lo que se podría llamar la 'Parábola del Caracol Dorado'. Desde hace mucho tiempo los campesinos que cultivan arroz tienen en sus dietas un complemento proteínico al alimentarse con caracoles que viven en los arrozales. En la época de la dictadura de Marcos, su esposa, Imelda Marcos, tuvo la idea de introducir de América del Sur un caracol que se decía era más productivo y, por tanto, un medio para terminar con el hambre y la desnutrición proteínica. Pero a nadie le gustó el sabor, y el proyecto tuvo que ser abandonado. Mientras tanto, los caracoles lograron escapar de sus criaderos y llevaron a las especies locales de caracoles al borde de la extinción, eliminando de esa manera la principal fuente tradicional de proteínas, obligando a que los campesinos aplicaran plaguicidas tóxicos, para evitar que los caracoles se comieran las plantas de arroz jóvenes. "De manera que cuando nos preguntas qué pensamos del nuevo arroz creado por la ingeniería genética, la respuesta es fácil", dijo el dirigente. "Son otro caracol dorado" (Rosset, 1999; Delforge, 2000). La próxima vez que oigamos hablar del último 'descubrimiento mágico' para beneficio de los pobres, desarrollado altruistamente en laboratorios de los consorcios privados, haríamos bien en recordar esta parábola, y tener en mente las verdaderas causas del hambre, la pobreza y la disminución de la productividad agrícola en el Tercer Mundo.

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Peter Rosset Asociado, Centro para el Estudio de las Américas (CENSA) www.globalalternatives.org


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