Cultura mapuche se enfrenta a hidroeléctrica: La batalla es en Curarrehue

Idioma Español
País Chile

Hace un par de años, en vista de las amenazas, los comuneros que se oponían al proyecto hidroeléctrico crearon el Consejo Ecológico y Medioambiental Lof Trankura. Según Simón Crisóstomo, va más allá de la lucha contra el proyecto Añihuarraque. Es una pugna por identidad y cambio cultural: “El desarrollo winka es más bien trabajo y pobreza. El cambio, para nosotros, es que la gente acá siga con sus emprendimientos agrarios y culturales”.

Curarrehue es una comuna fronteriza localizada en la zona cordillerana de la región de la Araucanía. Se llega desde Freire por la Carretera 5 Sur, pasando por Villarrica y luego Pucón, atravesando ríos y lagos de asombrosa belleza así como enclaves vacacionales y minifundios campesinos. Para los mapuches, Kurarrewe desde siglos fue uno de los corredores entre Ngulumapu y el Puelmapu, la tierra del oeste y el este, por donde se trasladaba ganado vacuno y caballar. Hasta aquí llegaban incluso desde el lejano Lafkenmapu , la costa, a intercambiar pescados y cochayuyo con los habitantes del Winkulmapu , las tierras altas, como consigna el historiador Héctor Nahuelpan, en el libro colectivo Ta Iñ Fijke Xipa Rakizuameluwün (Historia, colonialismo y resistencia desde el país Mapuche, Ediciones Comunidad de Historia Mapuche, 2013).

Oscuro y silencioso, el río Trankura atraviesa pequeños valles apretados por cerros. Si se mira en derredor se pueden nombrar: El Millalipen (Camino a la riqueza), el Purruwe (Lugar de purrun , danza), el Weñioragne (Que termina en punta), incluso un cerro que está allende la demarcación fronteriza, el Awelñanco (Grito y vuelo de águila), más conocido como volcán Lanín. Dos montes cercanos son muy significativos para las comunidades mapuche: el Peñewe (Mirador) y el Punowemanke (Donde pisa el cóndor). Como nos relatan Alejandro Coñoequir y Simón Crisóstomo Loncopan, lonko y werken -respectivamente- del lof Trankura, estas moles de piedra revestidas de coigües, ñirres y pewenes, representan la dualidad fundacional mapuche, las serpientes Txeg Txeg y Kai Kai. Un río tributario desciende entre ambos, el Pichitrankura llamado también Añihuarraqui.

Unos metros más allá, en una pampa, se localiza el nguillatuwe , donde las comunidades realizan periódicamente su nguillatun . Es uno de los corazones de este territorio. La empresa chilena GTD Negocios S.A., en alianza con la española Enhol, lo considera de otra manera porque pretende instalar en sus inmediaciones la casa de máquinas de su proyecto hidroeléctrico Central Añihuarraqui, aprobado controversialmente por la comisión regional de evaluación medioambiental, en julio pasado. El proyecto no es el único de su tipo que ha puesto sus ojos en la comuna. Hace meses fue aprobado uno sobre el río Panqui. Otro, el Puesco-Momolluco fue rechazado por la Corema en marzo pasado.

Los comuneros que se oponen al proyecto interpretan lo que aquí ocurre como un choque entre dos formas de desarrollo. De modos de mirar el mundo. De vivir la vida.

LA RECUPERACIÓN

DE LA IDENTIDAD

Cuando Curarrehue no era tal, a principios del siglo XX, regresaba desde Puelmapu, usando este paso, un lonko llamado Lloftunekul que debió huir años antes junto a su familia desde lo que las fuerzas de ocupación llamaban Chile. El hombre poseía singulares capacidades de conducción. Como era un líder reconocido, el Estado chileno le entregó título de merced para que se instalara en las orillas del río Trankura, en ese momento deshabitadas. Hoy, el lonko Coñoequir y Simón Crisóstomo, el joven werken del lof , reivindican al antepasado con la denominación de su comunidad: Camilo Coñoequir Lloftunekul. “Hemos reconstruido nuestro árbol genealógico, nuestro küme mongen (buen vivir), nuestra identidad”, cuentan.

Simón tiene 21 años y estudia geografía en la Universidad Católica de Temuco. Rememora que cuando era niño, los profesores le decían que desde el liceo técnico de Curarrehue no tenía opción de entrar a la universidad. Pero cuando tuvo oportunidad, ingresó a la educación superior, “a una carrera que me permitiera regresar y aportar a mi comunidad”. Además, realiza senderismo y forma parte del grupo de guías de esta disciplina con una mirada ancestral. “No hacemos trekking sino que llevamos a la gente por lugares que para nosotros son importantes, por ejemplo, la cima del Peñewe, donde existe un rehue (altar), pidiendo permiso a los ngen (fuerzas, energías) del lugar, mediante un ngellitun o un ngellipun ”, aclara. Donde los inversionistas ven un negocio, ellos quieren mantener un desarrollo sustentable y con identidad mapuche. Uno que les permita niveles crecientes de autonomía.

Cada sitio de Curarrehue posee una historia. Aquí también ha habido usurpaciones de tierras; lunares que salpican los dominios mapuches. Incluso la cima del Peñewe está en manos de privados. La punta del Punowemanke es tierra fiscal, pero sin resguardo como Area Silvestre Protegida (ASP), declaran los dirigentes.

“Durante mucho tiempo estuvimos tranquilos pero había que despertar”, dice Simón. “Hoy preferimos denominarnos como lof (la antigua forma de ordenamiento territorial mapuche). La iglesia evangélica fue muy divisoria; nuestra feyentun (creencia) no se estaba respetando. Esto es grave porque fue de la mano con la pérdida de la lengua. El nguillatun aquí dejó de hacerse durante 10 años; los ngenpines (personas sabias a cargo del ritual) fueron muriendo. Lo que vivimos hoy son las consecuencias de malos pasos de nuestros peñi anteriores. Quizás si no hubiera llegado la hidroeléctrica hubiéramos seguido ese camino”, señala el werken .

Hace un par de años, en vista de las amenazas, los comuneros que se oponían al proyecto hidroeléctrico crearon el Consejo Ecológico y Medioambiental Lof Trankura. Según Simón Crisóstomo, va más allá de la lucha contra el proyecto Añihuarraque. Es una pugna por identidad y cambio cultural: “El desarrollo winka es más bien trabajo y pobreza. El cambio, para nosotros, es que la gente acá siga con sus emprendimientos agrarios y culturales”. En este punto, es necesario indicar que nuestra charla transcurre en la Ruka Trankura, a un costado de la vivienda del lonko . Este es uno de los sitios donde los comuneros reciben turistas. Muchos son jóvenes y estudiantes; no pocos extranjeros. “Ellos vienen para conocer la cultura y la resistencia, pero este no es un estereotipo”, dice el werken . “Hemos ganado muchos apoyos, mapuches y no mapuches. Hay gente que viene y nos pregunta: ‘¿Ustedes son hostiles?’. Viven una experiencia que se aleja de esa visión creada por los medios: que somos terroristas”.

Este tipo de prácticas productivas se extiende por toda la comuna. Conforman lo que el werken llama “un plan de ordenamiento territorial de acuerdo al admapu ” (la normativa mapuche).

LA DIVISIÓN

El proyecto Añihuarraqui consiste en una central hidroeléctrica de pasada, sin interrupción de flujo, en el río Pichitrankura, con una potencia estimada de 9 MW y generación anual de 50 GWh. La inversión asciende a 22 millones de dólares.

Como fue extensamente informado por los medios, el 15 de julio pasado la Comisión Regional del Medio Ambiente de La Araucanía (Corema) aprobó por siete votos a favor (y tres en contra) el proyecto propiedad de GTD Negocios S.A. y Enhol. No bastaron los argumentos de los comuneros mapuches contrarios a la hidroeléctrica y su lema “Ríos Libres”. Tampoco que, sólo en enero pasado, en Curarrehue se llevara a cabo la Consulta Indígena, ni las promesas de ciertas autoridades. Días después de la votación, una marcha por el centro de Temuco para exteriorizar el repudio se zanjó con escaramuzas frente a la Intendencia. La policía reprimió a los manifestantes.

Junto a la denuncia por la intervención en espacios significativos para la espiritualidad mapuche que el proyecto acarrea, la división al interior de las comunidades es otro de los puntos que los comuneros opositores resaltan. Como ejemplo: el día de la votación en la Corema, también tuvieron derecho a voz los representantes de un “Comité de Salud Trankura”, de una agrupación de pequeños agricultores, así como de representantes de la vecina comunidad Juanita Pichun, todos defensores de la Central Añihuarraqui. La penetración en las conciencias de las personas ha sido un fenómeno que data de hace poco más de un lustro, reclaman el lonko Coñoequir y el werken Crisóstomo Loncopan. Hay ofrecimientos de compra de televisores, mesas de pin pon o un tractor. Hasta millones de pesos para las comunidades que acepten el proyecto. Sobre los mapuches a favor del proyecto el werken indica: “Lamentablemente esa gente se crió con los estereotipos de violencia y alcohol, pero no son nuestros enemigos. No podemos desquitarnos con ellos; es la empresa nuestra enemiga”.

Y añade: “Nosotros aplicamos la cultura mapuche en nuestro modo de organizarnos. Hacemos trawun (encuentro). Hemos sido criticados por eso, pero la política winka es la del lobby . Acá vino gente a decir que el proyecto no se iba a aprobar pero eso no fue así. Al señor (Francisco) Huenchumilla lo conocimos bien pues estuvo acá, en noviembre del año pasado. Le mostramos nuestra lucha, nuestros emprendimientos para decir que el proyecto no iba pero cuando fue la votación en la Corema, él andaba de vacaciones”.

Lo de la Central Añihuarraqui no es aislado. Son decenas los proyectos hidroeléctricos en la zona cordillerana de La Araucanía. En tiempos donde las alertas están puestas en la escasez de agua, adquiere peso lo señalado por Simón Crisóstomo Loncopan. Lo que pase en el río Trankura y sus afluentes, tiene repercusiones hasta en Toltén, centenares de kilómetros más abajo.

CONTRA EL ASISTENCIALISMO

A un costado de la carretera internacional, cercano a uno de los accesos a la pequeña área urbana de Curarrehue, se levanta la cocinería mapuche de Anita Epulef. Su apellido significa “Dos Carreras” un nombre que revela la rapidez y vivacidad de quien lo detenta. Anita reconoce en sí esa característica, pese a que algunos también alaban su paciencia. “Mi segundo apellido es Panguilef que es un puma veloz”, dice, lo que redobla la idea del talante ágil de esta mujer nacida hace 47 años de parto natural (“mi mamá nunca fue al hospital”, señala) en Kürra-Kürra, una serranía nevada que puede verse a la distancia.

No es de extrañar pues que ella haya sido una de las impulsoras de la Feria Walüng, grupo de productores agrícolas, recolectores y artesanos que nació en 2002, y que es uno de los ejemplos del desarrollo sustentable y con identidad que puede encontrarse en este territorio.

La Feria Walüng es la estación de la abundancia, parecido al verano occidental. Surgió en Curarrehue en un contexto especial. Ana Epulef recuerda las conversaciones a propósito de la Ley Indígena, de las nociones de desarrollo vertidas desde el Estado, o las ofertas de progreso que a cada tanto llegaban por vía de salmonicultoras y proyectos hidroeléctricos. “La cosmovisión mapuche es amplia. Entonces hablábamos de artes y oficios, de la lengua, de cocina...”, dice. En ese mismo periodo surgió la Aldea Intercultural Trawupeyüm, en el centro de Curarrehue, que alberga un museo, salas para talleres y cocinerías. “Al principio éramos trece mujeres. Cada una realizaba diversos trabajos; una era recolectora, una hacía platos, otras eran cocineras, otra hacíamuday ”, recuerda. La primera muestra las reunió.

El propósito de estas mujeres fue realizar ferias estacionales o según los ciclos de la luna pero, además, trafkintuwes (jornadas de intercambio, de semillas, por ejemplo), trawunes (encuentros) de cocinerías y fogones, desde diversos puntos del territorio: buen espacio para nutram (conversaciones).

Sobre el proyecto hidroeléctrico, Anita Epulef opina: “La gente se acostumbró al corto plazo. Acá en Curarrehue somos muy pocos, estamos todos vinculados familiarmente; entonces yo veo que lo político y el asistencialismo han hecho mucho daño. No le das herramientas a la gente, y los mal acostumbras. Cuando hablábamos entre las mujeres de la Feria sobre las semillas que nos entregaba la municipalidad o Prodesal (Programa de Desarrollo Local, del Instituto de Desarrollo Agropecuario, Indap), nos hacíamos la pregunta: ‘¿No será un modo asistencialista?’ De ese modo comenzamos nuestros trafkintuwe . Es un arma, es sabiduría mapuche. Es nuestra propia política. Ser mapuche es la gran lucha que estamos dando”.

Hoy la Feria Walüng une a 36 familias y convoca también a hombres, algunos no mapuches. Uno es Eduardo Madriaga, artesano en madera originario de Santiago y residente hace tres años en la comuna cordillerana. A su lado, Araucario Arenas, joven terapeuta natural, hijo de uno de las fundadoras de la Feria, analiza el complejo momento por el que atraviesa su territorio. “Es posible lo sustentable pero para expandirlo requerimos más recursos, más organización, capacitación”, señala. Madriaga complementa: “Hablemos del turismo... La gente hoy busca lugares como Curarrehue. Además, en el pueblo mucha gente tiene huertos familiares, produciendo de un modo orgánico. Esto convoca a la gente interesada. Pero el joven quiere dinero rápido, y en cambio esto es lento”. Noelia Catriquir, otra socia de Walüng, quien produce maqui, café de trigo y harina de piñón, entre otros alimentos, desde su tierra concluye algo parecido: “El mayor problema es para los jóvenes de Curarrehue. Las promesas (de las empresas) son para ellos. Y ellos pagarán las consecuencias”.

“Esta sociedad muestra un modelo de felicidad en un auto, en una tele; y la gente deja los campos, abandona las huertas. Se pierden las costumbres. Llegan las empresas y encuentran a los viejos solos en el campo. Además, en las escuelas no se enseñan los daños a la salud que significa detener un río; o cómo un cable eléctrico disminuye la floración”, remata Araucario Arenas.

Felipe Montalva, Publicado en “Punto Final”, edición Nº 839, 23 de octubre, 2015

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Fuente: Rebelión

Temas: Megaproyectos, Pueblos indígenas

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