No mi­res arri­ba, mira a tu cos­ta­do…

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Una película que está circulando actualmente ha llamado la atención, a través del grotesco, so­bre los re­le­van­tes im­pac­tos que la es­pe­cie hu­ma­na en­fren­ta en esta mis­ma ge­ne­ra­ción. Es decir, la nuestra. Pero que parece no darse por aludida. El referido meteorito del tamaño del Everest puede existir, no así su trayectoria actual inmediata. Pero la tierra tiene su historia.

Hace 65 millones de años, la extinción de los dinosaurios se dio por el impacto de un meteorito del tamaño indicado y que provocó la desaparición del 75 por ciento de las especies del planeta, entre ellos los dinosaurios. Impactó en la península de Yucatán y nos dejó un cráter de alrededor de 200 kilómetros de extensión y casi 20 de profundidad. 

Los as­te­roi­des en­con­tra­dos por la NASA anual­men­te lle­gan a los más de 3000, su­man­do unos 28.000 as­te­roi­des cer­ca­nos a la tie­rra, como informa el Center for Near Earth Objet Studies, de la NASA. Es decir, el radar planetario está en alerta y monitoreando lo que viene desde arriba, que a ojos vista, no parece implicar un riesgo inmediato.

No obstante, la película alerta claramente – en forma indirecta – sobre una realidad contundente, que muchos científicos y científicas en el mundo vienen poniendo sobre la mesa de discusión social con escaso o moderado éxito. No es ne­ce­sa­rio mi­rar ha­cia arri­ba, in­clu­so como si fue­ra un cas­ti­go di­vino, sino es­pe­cial­men­te ha­cia los cos­ta­dos.

El Antropoceno

El drama principal que la humanidad enfrenta hoy está representado por el enorme poder que los propios humanos tenemos y ejecutamos sobre el propio planeta tierra. Es más seguro que el An­tro­po­ceno nos impacte en esta misma generación o amenace en forma directa y final al andarivel de la civilización tal como la conocemos.

Varios indicadores globales y regionales así lo están demostrando. Observamos con preocupación indicadores que pueden llevarnos a enormes transformaciones en el sistema terrestre y no sólo afectar la vitalidad de la naturaleza sino la existencia de civilización, por lo menos, como la conocemos. 

La ciencia hace ya más de una década sigue de cerca estos procesos que nos brindan información sobre cuestiones relevantes como la aci­di­fi­ca­ción de los océa­nos, la con­ta­mi­na­ción quí­mi­ca, la car­ga at­mos­fé­ri­ca, el ago­ta­mien­to de la capa de ozono, la pér­di­da de bio­di­ver­si­dad, el cam­bio en el uso de la tie­rra, el con­su­mo mun­dial del agua dul­ce, el ci­clo del fós­fo­ro o la cas­ca­da de ni­tró­geno has­ta por su­pues­to el cam­bio cli­má­ti­co.  

Revisando no sólo en forma individual sino en forma integrada estos indicadores, hecho que ahora comienza a hacerse, nos imponen una necesidad de cambio, que parece igualmente no ser leída con la misma seriedad por la opinión pública general.

Sin embargo, a pesar de estar como “la rana en la olla”, parece que es más fuerte en algunos sectores intentar y hasta forzar el transmitir buenos mensajes o soliviantarlos antes que evocar la necesaria o inminente necesidad de transformación de todo nuestro modelo socioeconómico, desde la forma en que usamos los recursos naturales, transformamos los ecosistemas y especialmente “los consumimos”. El con­se­cuen­te men­sa­je ali­via­na­do es un mal men­sa­je.  

No obstante – si bien, no todos – los científicos están tratando de transmitir de una manera más directa, y hasta intensa, un serio mensaje que llega lamentablemente hasta ahora de forma parcial, o bien atenuado luego por los propios responsables de los medios o las políticas. Cuando se llega.  

El film aludido inicialmente resalta el papel de los grandes grupos corporativos de comunicación, la estupidez mediática, la relatividad del buen mensaje, lo fugaz, lo superfluo, lo intrascendente. 

Similar actitud remite a la clase política – a veces mediática y hasta oportunista – y a la que podemos agregar la falencia de perspectiva y relativización de los riesgos. Una política ambiental anquilosada, no limitada por la edad – pues los más jóvenes emulan a sus políticos mayores – cuya falencia principal es la mirada de largo plazo.

Observan al mundo y su geopolítica global de los recursos, como si estuviéramos en el siglo XIX. Tanto los líderes globales de los países desarrollados como los regionales. A ello se suma el papel de una sociedad de todo pelo y color que más que asumir el crecimiento del riesgo, lo disimula, diluye y hasta se burla, quizás más por temor a lo desconocido que por su propia certidumbre. 

No obstante, en los medios independientes, en la política, en la sociedad, en la ciencia, comienzan a encontrarse otro tipo de alertas. Na­die po­drá de­cir a la cien­cia que no está avi­san­do con el tiem­po su­fi­cien­te so­bre los pro­ce­sos que, ba­sa­do en su co­no­ci­mien­to y aná­li­sis, po­dre­mos es­tar en­fren­tan­do.  

Antes unos pocos hablábamos en una clase intrascendente para 30 personas, no mucho más. Hoy la cuestión está cambiando y se dirime hasta en las calles. Una parte al menos de la sociedad, de la nueva política, de las miradas de largo plazo, empiezan a revolucionar el sistema alertando, proclamando y demandando un cambio transicional y una aceleración en la trasformación socioambiental, que igualmente deberá ser inédita y a escala humana planetaria. 

Miramos entonces ahora mismo, no hacia arriba. Sino al costado

Allí, los que quieren ver, encuentran algo muy distinto a la mirada normal que intenta transmitir lo general de las políticas y sus medios. El mundo está mal. O al menos, esta parte de la civilización occidental y consumista que lleva adelante. 

Hemos destacado en notas previas de Plumas NCC la necesaria mirada sobre las formas en que se utilizan los recursos, impactamos el ambiente u observamos el proceso a través de la ciencia postnormal. En “ La vida en un hilo” re­fle­já­ba­mos re­cien­te­men­te los se­rios im­pac­tos so­bre la bio­di­ver­si­dad que como es­pe­cie es­ta­mos ge­ne­ran­do.

Más de 1.000.000 especies en el planeta están en riesgo – y deberíamos incorporarnos también nosotros, ¿sí?, o al menos nuestra civilización – y estamos enfrentando lo que ya algunos grupos científicos preanuncian como la “sexta extinción”.

El cam­bio am­bien­tal glo­bal y el cam­bio cli­má­ti­co es­tán aho­ra mis­mo ca­mi­nan­do al lado nues­tro. Y sus impactos, brutales, en respuesta a nuestras acciones, serán transcendentes. 

Un Atlas interactivo que acaba de lanzar el IPCC muestra las transformaciones referidas a la temperatura si esta aumentara en 1,5 grados, 2, 3 o hasta 4 grados centígrados, sobre nuestros Fu­tu­ros Cli­má­ti­cos Po­si­bles. Más allá del cambio de coloración de la tierra, lo que ello representa es alarmante y también se hace evidente que esto no se soluciona solamente pensando en el papel de tecnologías renovables o un reverdecimiento menor del sistema socioproductivo. 

Los datos en este Pri­mer In­for­me Mun­dial de la Sex­ta Ron­da del IPCC hablan especialmente sobre las transformaciones físicas del sistema. Lo que tie­ne como co­rre­la­to im­pac­tos so­cia­les y hu­ma­nos. En este año se conocerán los dos siguientes Reportes.

Lo socioeconómico, es decir nosotros, está hoy en el centro de todo. El ase­sino de pla­ne­tas del film referido, es en realidad un ase­sino del pla­ne­ta, que es claramente la forma en que nosotros, como especie, tratamos a la tierra y a nosotros mismos. 

Posiblemente, el consumo exacerbado de materiales nos está llevando a una materialización de la economía y la sociedad sin precedentes. En un reciente In­for­me Mun­dial so­bre los Re­cur­sos (Resource Panel), se destacaba que el PBI global se duplicó desde 1970 pero “nuestro consumo y nuestra cultura del usar y tirar han tenido efectos devastadores en nuestro planeta: el 90 por cien­to de la pér­di­da de di­ver­si­dad bio­ló­gi­ca y del es­trés hí­dri­co se debe a la ex­trac­ción y la trans­for­ma­ción de los re­cur­sos na­tu­ra­les”.

La transformación de estos recursos producen aproximadamente la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. Desde 1970, a diferencia de lo que muchos argumentan en términos de eficiencia, el uso de los recursos naturales se ha triplicado y continúa aumentando.

Sobreexplotación de recursos naturales

La sobreexplotación de los recursos naturales y la degradación planetaria que les acompaña permite asegurar que en el marco de esta “eco­no­mía ma­rrón” que llevamos adelante (a pesar de los anuncios marketineros de la economía circular, verde o bioeconomía) son totalmente insostenibles y sus consecuencias pueden llegar a ser graves. Por supuesto, existe un muy desigual uso de recursos y prácticamente una expoliación de los mismos del Norte sobre el Sur global. 

Entre 1970 y 2017 la ex­trac­ción mun­dial de ma­te­ria­les pasó de 27 mil mi­llo­nes a 92 mil mi­llo­nes de to­ne­la­das anua­les, tri­pli­cán­do­se en ese tiem­po y con­ti­nuan­do su as­cen­so. Desde el año 2000 el crecimiento en las tasas de extracción se ha acelerado hasta llegar a un 3,2 por ciento anual, impulsado en gran medida por grandes inversiones en infraestructura y por niveles de vida materiales más altos en países en desarrollo y en transición, especialmente en Asia. 

La ex­trac­ción con­ti­núa y cla­ra­men­te una par­te del mun­do se está co­mien­do a la otra. Las llamadas fron­te­ras de ex­trac­ción, ubicadas en los territorios (generalmente países en vías de desarrollo) que proveen a las economías más poderosas del mundo y a China, hoy día siguen avanzando, con una intensificación también tecnológica que per­mi­te ex­traer más y más tan­to en la tie­rra como en el mar. 

Este Open-pit Mining no sólo avanza sobre las tierras sino sobre los mares, de la mano de procesos tecnológicos – que aún están en discusión – pero que ya tienen a la nación oriental entre los principales países avanzados en estos procesos extractivos. Los espacios comunes del mar no tienen las restricciones territoriales que tienen los países en términos fronterizos. Ya lo vivimos con la pesca, tanto en el Atlántico como en el Pacífico Sur. 

Entre 2000 y 2010 el área total de tierras para cultivos en el mundo aumentó de 15,2 millones de km² a 15,4 millones de km². El área de tierras de cultivo disminuyó en Europa y Norteamérica (¿se ha­cen más eco­ló­gi­cos?, ¿a cos­ta de quién?), pero aumentó en África, Latinoamérica y Asia. 

¿Será para alimentos, o para biomasa? El tonelaje total de la demanda de biomasa aumentó de 9 mil millones a 24 mil millones de toneladas entre 1970 y 2017, principalmente en las categorías de cultivos y pastoreo.

El consumo de materiales se acompaña de una demanda creciente de energía

Esta energía, mal que les pese a los promotores de la transición verde, no proviene justamente de fuentes renovables. Pareciera que estamos aún lejos de metas relevantes al car­bono neu­tro y la obli­ga­to­ria des­car­bo­ni­za­ción de la economía global. El uso de carbón, petróleo y gas natural aumentó de 6 mil millones de toneladas en 1970 a 15 mil millones en 2017, pero la proporción de la extracción mundial total disminuyó del 23 al 16 por ciento.

En este punto, China a diferencia de otros, está reduciendo sustancialmente su dependencia del carbón mineral por energías renovables. No obstante, en Amé­ri­ca La­ti­na, la úl­ti­ma fron­te­ra de ex­trac­ción pe­tro­le­ra (en tie­rra y en el mar), ame­na­za con au­men­tar. La matriz energética de los principales países de Latinoamérica parece aún sostenerse en una economía carbonizada. 

Desde la extracción petrolera en el Golfo de México hasta la ya famosa Vaca Muer­ta en el Sur de la Ar­gen­ti­na, la “producción petrolera” sigue creciendo. Argentina – que otrora parecía comenzar a incursionar en energías renovables – ha iniciado una exploración petrolera que incluso pone en riesgo otras actividades económicas relevantes (de menor impacto al menos), como el turismo, la pesca o ambientes clave para el ciclo de vida de especies relevantes al ecosistema marino y grandes mamíferos como la ba­lle­na fran­ca aus­tral (Eubalaena australis), monumento natural desde 1984. 

La muy reciente autorización para la ex­plo­ra­ción off-sho­re al sur de ciu­da­des tu­rís­ti­cas im­por­tan­tes en la pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res no deja de llamar la atención y pone en tensión la creciente productividad de un nuevo conflicto socioambiental difícil de destrabar, cuando la licencia social parece que no se logrará fácilmente.

El llamado “Atlanticazo” (enero 2022) en las ciudades bonaerenses costeras de la Argentina – en pleno período de vacaciones estivales – comienza a llamar la atención de una sociedad que parece no estar ni aletargada ni displicente. Petroleras cuestionadas en el Mar del Norte y cerca del Ártico logran acuerdos entre bambalinas con los gobiernos de turno, impensados para los Mares del Sur de la Argentina. 

Un nue­vo green­wa­shing Nor­te-Sur, muy distinto a la necesidad de una real transición energética y más cerca de necesidades coyunturales de algunos Estados por capturar algún fondo económico, junto a la falta de conocimiento y miradas de largo plazo.

En definitiva, el colapso civilizatorio está como una amenaza, pero no debe ser porqué éste un andarivel definitivo. Reiteraré aquí que tenemos la mejor ciencia y tecnología conocida hasta ahora para construir y no destruir. Quizás los científicos y los investigadores estemos fallando en la comunicación sobre los impactos del devenir y las necesidades urgentes de cambiar por otro estilo civilizatorio. 

Es posible que necesitemos mucha ayuda para lograr transmitir de manera llana por un lado y construir lazos con el conocimiento ancestral que también nos dice mucho sobre lo que se debe hacer por el otro, en un diá­lo­go de sa­be­res en­tre cien­cia y sa­bi­du­ría por un bien común mundial, tremendamente necesario para resolver lo complejo.

El problema no es la ciencia ni la tecnología sino el humanismo y el manejo social en la resolución de los conflictos y tensiones globales. Cuando hablamos en estas mismas páginas sobre ciencia postnormal (Ver NCC), avanzamos en la ne­ce­si­dad de men­su­rar in­te­gral­men­te los ries­gos y apren­der a ma­ne­jar­nos en la in­cer­ti­dum­bre. Justamente no para repetir las mismas recetas sino encontrar otros procesos que sean nuevos, originales, transformadores de una sociedad que está enfermando.

La película ha despertado amores y odios. Es normal. Pero también quizás, al menos un poco, ha lla­ma­do un rato a la con­cien­cia co­lec­ti­va. Aprender a evaluarnos en capacidades y detectar oportunidades conjuntas para la transformación. 

Es claro que son muchas las amenazas que se yerguen sobre todas las especies desde sí, algunos meteoritos hasta los supervolcanes – esto no originado por nosotros – pero por otro lado, amenazas que tenemos más cerca y hemos generado, como la aparición de pandemias postmodernas, el cambio ambiental global y el mencionado cambio climático.

El impacto lo tenemos al lado

Por eso, no es si­quie­ra ne­ce­sa­rio mi­rar ha­cia arri­ba, sino a su cos­ta­do.  En la película el meteorito impacta y nos morimos todos (junto al planeta) (disculpe el spoiling), de una forma u otra. En nuestra realidad, el impacto lo tenemos al lado, promovido por nuestro actual sistema productivo y las pautas de consumo de una sociedad energívora, que “come carbono y recursos”.

Pero en la realidad tenemos oportunidades y, quizás, hasta varias salidas, si nos transformamos como sociedad global. La salida es colectiva y humana. Hace años, a inicio de los setenta, el Mo­de­lo Mun­dial La­ti­noa­me­ri­cano (MMLA) nos alertaba, analizando integralmente la situación del mundo, que esto no se solucionaba sólo con más ciencia sino con políticas y participación social. Años más tarde, el Dr. Gil­ber­to Ga­llo­pín, uno de sus autores, nos destacaba nuevamente que hay oportunidades, si avanzamos ha­cia una nue­va sus­ten­ta­bi­li­dad, similar a las demandas planteadas en el modelo mundial. 

Es la sociedad la que lo debe asumir. Tanto los jóvenes como los mayores, los que tienen el poder económico y los que deciden políticas. Los que profesan algún culto y los que no lo hacen. Los que hoy valoran poco el futuro como los que sí lo hacen. Por ello, no se puede achacar a la ciencia, aquello por lo que la propia sociedad global, de forma completa, no se ha hecho cargo.

La cien­cia avi­sa, lo he­mos di­cho, con mu­cho tiem­po de an­te­la­ción. Se­gui­da y es­cu­cha­da a ve­ces, más por la cien­cia fic­ción que por las po­lí­ti­cas pú­bli­cas. Y sino, fíjense, con cuanto tiempo de antelación se lanzó otro film, llamado Contagio (Steven Soderbergh, 2011), y que desde la ficción contrasta claramente su realidad actual confrontando al COVID-19, para lo que no estábamos preparados…Y la sociedad debió aggionarse rápidamente a la nueva complejidad.  Es claro que podremos cambiar.  Pero si miramos seriamente hacia los costados, donde están realmente los problemas…

Fuente: Noticiero Científico y Cultural Iberoamericano

Temas: Crisis climática

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