MANIFIESTO NEO-CONSUMISTA
Curitiba, 28 de marzo de 2006
Puede el mercado global quedarse sin consumidores? Definitivamente, no; aunque parece que la relajación de las reglas en el mercado globalizado ofrece ventajas excesivas a los grandes productores. La balanza del mercado necesita de los dos platos: productores y consumidores. El viejo Henry Ford ya sabía eso cuando intuyó que debía pagar a sus asalariados el dinero suficiente para que pudiesen comprar sus coches. Sin embargo, la vertiginosa velocidad con la que la nueva revolución tecnológica (el desarrollo inexorable de las “nano-bio-tecnologías”) amenaza la estabilidad social de significativos grupos de la sociedad global, nos hace pensar que la supervivencia de los grandes grupos empresariales también estaría en entredicho si realmente se pretendiese mantener y desarrollar el modelo de democracia de mercado occidental.
Sin entrar en los riesgos ecológicos y geoestratégicos de una desordenada carrera industrial hacia la sustitución vertiginosa de modelos de producción tradicionales (por ejemplo, con simientes transgénicas o desarrollo de nuevos materiales en la escala atómica), podemos imaginar las numerosas y profundas transformaciones que alumbrará el siglo XXI en las que millones de pequeños productores y operarios industriales y agrícolas se verán excluidos del juego del mercado tal y como lo conocemos desde hace varias generaciones. Las concentraciones de capital en macrocorporaciones transnacionales barrerán del mapa a todos los que no entren dentro del paradigma de relaciones con el omnipresente poder económico pero... es ese paradigma el único posible?
No queda más remedio que rendirse a la evidencia de que los interlocutores políticos, con los que los diferentes grupos de la sociedad se aprestaban a dirimir sus diferencias y que eran ratificados o relevados por medio de las urnas, se han ido transformando (con el creciente desmantelamiento del tejido público) en sombra del poder que una vez ejercieron, abdicando, cada vez más, de sus responsabilidades y convirtiéndose tan sólo en un señuelo para distraer la atención de los desavisados y dejar campo libre a los actuales amos del poder mundial que no han sido escogidos democráticamente: las macrocorporaciones transnacionales y, más concretamente, sus consejos de administración. Son estos consejos de administración los que han de ser vistos como responsables de las cuotas de poder que el poder público deja de ejercer.
Los consumidores, por tanto, han de alcanzar el lugar de los ciudadanos, sin que los individuos pierdan esta última condición, y ejercer su contrapoder en la parte de la balanza del mercado que todavía ocupan: el plato de la demanda. La votación, el derecho de votar, no se queda limitado al campo político y se traslada también al campo del consumo, que es donde consigue una renovada influencia.
Reconociendo la validez de este poder -que siempre estuvo ahí-, liberando a la sociedad del discurso “inmediatista” y publicitario que promete un status privilegiado a todos los que no aún no se identifican como subordinados del paradigma, transformando los billetes de banco que podamos tener en nuestros bolsillos en las nuevas papeletas de voto, entramos en un proceso en el que las condiciones del mercado se vuelven a flexibilizar para transformar definitivamente el paradigma. Es en este punto cuando la opinión pública, la otra gran superpotencia como dice José Saramago, -transmutada en votantes económicos, en usuarios del consumo responsable, en el cuerpo social que refrenda o sustituye un producto o una marca por motivos políticos- está en condiciones de exigir que el juego del mercado se realice desde una nueva perspectiva. Las macrocorporaciones que pretendan ocupar los puestos preferenciales del mercado deberán aceptar un “handicap” para jugar en igualdad de condiciones con el resto de los actores sociales o serán castigados en las urnas del supermercado.
Cómo se perfecciona este nuevo paradigma? Sólo serán privilegiados por los neo-consumidores aquellas megaempresas que acepten de buen grado las limitaciones que señala “el principio de precaución” y que destinen un importante porcentaje de sus beneficios -que los observadores sociales considerarán adecuado y razonable- a equilibrar los efectos perversos de su revolución tecnológica o de su relación con ella. Cuando las macrocorporaciones que se resistan a aceptar su “handicap” no estén al alcance de los consumidores porque su campo de actuación está en el comercio con grupos de consumo específicos o con otras grandes corporaciones el neo-consumidor dejará de votar económicamente a las macrocorporaciones relacionadas o a las macrocorporaciones de su mismo país para disminuir el poder de negocio de la primera.
El temor a enfrentar el sistema capitalista por ejercer el derecho a consumir con pleno conocimiento, pierde su sentido ante la amenaza real de ser excluido del mismo sistema por la incorporación de las nuevas tecnologías a los medios de producción dado que el derecho se ejerce sin violencia, anónimamente y con el fruto inalienable de la fuerza de trabajo. Es tan sencillo como entender que nadie puede ser condenado por cambiar de marca de champú, de coche o de refresco.
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