Cada vez compro menos cosas en el supermercado: Supermercados públicos, control de precios y otras herejías
La autora ejemplifica que "cuando mi mamá dice que la carne está por las nubes, lo que hay detrás es un mercado donde un puñado de empresas se puso de acuerdo para cobrarnos de más. Cada peso que sube y no baja cuando los costos ceden pasa, intacto, de tu bolsillo al de un accionista. Lo llamamos inflación, como si fuera el clima, pero buena parte es un peaje".
Tomo el queso, miro el precio y lo devuelvo a la repisa. El salmón hace rato que no. Las frambuesas quedaron para una fecha que nunca llega. El café ahora lo compro del más barato y el aceite de oliva salió de mi lista hace meses. Avanzo entre los pasillos restando, y el carro llega a la caja más liviano de lo que me gustaría admitir.
Esa semana llamo a mi mamá, en Talca. Le cuento medio en broma que cada vez compro menos cosas en el súper. Se ríe, pero no de gusto. “Acá igual”, me dice, “la carne está por las nubes y las verduras ni te cuento.” Doce mil kilómetros entre las dos y el mismo gesto diminuto de dejar algo de vuelta en el estante porque no alcanza.
Pensé un tiempo que era yo, que no sabía administrarme. Después miré los números. En Chile los alimentos son de lo que más empuja la inflación por encima de la meta del Banco Central, con la carne y las verduras a la cabeza. En España, donde vivo, la comida subió cerca de un tercio en cuatro años, bastante más que los sueldos y los huevos cuestan casi el doble que antes. No es que sea mala sacando cuentas. Es que la góndola se aleja mientras mi sueldo sigue clavado en el mismo punto.
Para ver adónde lleva esto, miremos a Argentina, donde el experimento va más adelantado. Milei repite que el salario real ya se recuperó y que el poder de compra le ganó a la inflación. Los datos lo desmienten: el salario mínimo perdió cerca del 40% de su poder de compra desde fines de 2023, y el consumo de comida no para de bajar. La Universidad Católica Argentina lo dijo: 6 de cada 10 asalariados se saltan comidas por falta de plata. Gente con pega, con sueldo fijo, que cambia el almuerzo por un mate cocido con galletas porque hasta ahí le da el día.
Siempre se dice que los sueldos no suben y es cierto. Lo que casi nunca se dice es la otra mitad: mientras los sueldos no se mueven, las grandes cadenas suben los precios y ganan como nunca. La distribución española (Mercadona, Carrefour, Lidl) cerró 2024 con los mayores beneficios de su historia, cerca de 7.500 millones de euros y con márgenes más anchos que antes de la pandemia, justo en los años en que a las familias no les alcanzaba para la cesta. Cuando el Gobierno les pidió congelar el precio de una canasta básica, dijeron que no, que ya hacían un esfuerzo extraordinario, aunque el dueño de Mercadona había reconocido meses antes que subió sus precios “una barbaridad”.
En Chile la trama es todavía más desnuda. Tres cadenas, Cencosud, Walmart y SMU, controlan cerca del 92% del rubro. Y esas mismas tres fueron condenadas por coludirse para fijar el precio del pollo durante años, hasta que la Corte Suprema les subió la multa. Cuando mi mamá dice que la carne está por las nubes, lo que hay detrás es un mercado donde un puñado de empresas se puso de acuerdo para cobrarnos de más. Cada peso que sube y no baja cuando los costos ceden pasa, intacto, de tu bolsillo al de un accionista. Lo llamamos inflación, como si fuera el clima, pero buena parte es un peaje.
Para estas empresas, comer es una línea en un balance. Cuando un partido socialdemócrata propuso en la Asamblea de Madrid una red de supermercados públicos, la derecha española la tumbó. Pero en ese debate quedó una frase que lo resume: estas cadenas controlan desde la granja hasta el súper y convirtieron la comida en un activo financiero.
Frente a eso asomó una idea que hasta hace poco sonaba a chiste: el supermercado público. En Nueva York, Zohran Mamdani ganó la alcaldía prometiendo tiendas municipales que vendan barato sin perseguir ganancia, pagadas con la misma plata que la ciudad ya le regala a las cadenas privadas. Barcelona, donde hago mis compras, anunció que ensayará algo parecido. Imaginarlo nos cuesta un mundo. Damos por natural que alimentarse le deje ganancia a alguien y la idea de una tienda que no corra detrás de la plata nos suena utópica. Mark Fisher le puso nombre a esa parálisis: nos resulta más fácil imaginar cinco cadenas de súper nuevas que una sola tienda sin fines de lucro. El mercado como único paisaje, hasta para el pan.
Ya escucho la respuesta: que eso fracasa, que miren los anaqueles vacíos de la Unión Soviética. Algo de eso es verdad: en Kansas City una tienda municipal cerró el año pasado tras tragarse dieciocho millones de dólares, casi ninguno de los supermercados públicos anunciados ha abierto todavía y los que funcionan son chicos, de pueblo. El Estado no garantiza el tomate perfecto ni el precio bajo para siempre. Y seamos honestas con lo nuestro: cinco tiendas municipales no le hacen ni cosquillas a ese 92%, y el súper público, por sí solo, no rompe un oligopolio.
Por eso el súper público es apenas un comienzo. Si de verdad queremos pelear el precio de la comida, hay que volver a tratarla como bien de primera necesidad y no como mercancía financiera. Para empezar, topar el precio de lo básico y encarar a un oligopolio que ya se coludió una vez para cobrarnos de más. Y, como insinuó aquella propuesta madrileña, meter al Estado en la cadena entera: que abra tiendas y de paso, le dispute la logística que hoy esas empresas controlan de punta a punta. La alternativa, por lo demás, la conocemos de toda la vida: la feria, la vega, el almacén de la esquina, la verdulera que te fía. Lugares donde el precio no lo fija un directorio a mil kilómetros de tu cocina. El supermercado público es pariente de eso, pero con el Estado entrando en los barrios que las cadenas ya abandonaron.
Silvia Federici escribió sobre ese trabajo que nunca se cuenta, el de sostener la vida, el de llenar la olla, cargado durante siglos sobre las mujeres y después entregado entero al mercado. Comer es la base de que cualquier otra cosa sea posible y esa base la fuimos privatizando de a poco, convencidas de que no había otro camino.
Convencidas, pero no del todo resignadas. En Chile, cuando estalló la colusión, hubo quienes llamaron a dejar las cadenas y volver a la feria y al almacén de barrio. En Argentina, familias enteras se sumaron a boicots para dejar las góndolas vacías un día entero. El cansancio de que todo cueste más no es de izquierda ni de derecha. Lo que falta es coraje para tocar a los que lucran con él.
Cuelgo con mi mamá. Al rato vuelvo al súper, con la lista más corta que el mes pasado. Tomo el queso, lo miro y lo dejo donde estaba. La imagino a ella haciendo lo mismo, a doce mil kilómetros, las dos frente a una góndola que se aleja mientras, en alguna oficina con vistas al mar, alguien anota otro trimestre récord.
Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
Fuente: Resumen
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