El Gigante: la cueva que no era de gigantes, sino uno de los archivos más antiguos de Honduras
Bajo un techo de roca volcánica, un abrigo rocoso en Marcala guarda la secuencia de ocupación humana más antigua documentada en Centroamérica. No la habitaron gigantes, sino cazadores-recolectores que dejaron huellas de manos, textiles y mazorcas de maíz domesticado hace más de 10,000 años.
Un refugio que el tiempo no quiso borrar
A unos 500 metros de la cascada La Estanzuela, en el municipio de Marcala, departamento de La Paz, se abre una cavidad de roca volcánica que los vecinos conocen desde siempre como la Gruta del Gigante. Sus dimensiones imponen: unos 30 metros de alto, 25 de ancho y 8 de profundidad, según estimaciones divulgadas.
Su verdadera magnitud no está en el tamaño, sino en lo que guarda en su interior: una estratigrafía prácticamente intacta que ha permitido reconstruir miles de años de presencia humana en el centro de Honduras. Imagen: Honduras.com
La cueva fue descubierta arqueológicamente en 1994 por el estadounidense George Hasemann, entonces jefe de la Sección de Arqueología del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH), con el apoyo del también arqueólogo Timothy Scheffler. Lo que encontraron superó cualquier expectativa: las condiciones de sequedad del abrigo —protegido del viento y la lluvia directa— habían conservado no solo herramientas de piedra, sino también fibras textiles, cuerdas, cestería, cuero, huesos humanos y restos de fauna en un estado excepcional.
Los números del origen
Las investigaciones posteriores, lideradas por Scheffler en el marco del Proyecto El Gigante, establecieron una secuencia cultural que arranca en el Paleoindio. Las fechas de radiocarbono calibradas sitúan la ocupación más antigua entre 12,000 y 11,500 años antes del presente (AP), según los datos recogidos por la antropóloga Gloria Lara-Pinto en su estudio sobre los abrigos de la zona central de Honduras. En términos de cronología absoluta, otras publicaciones académicas fijan el inicio de la secuencia en 9,480 a.C. (equivalentes a unos 11,430 años AP).
El artículo científico publicado en Latin American Antiquity por Scheffler, Kenneth Hirth y el propio Hasemann identifica tres horizontes culturales claramente diferenciados:
Fase Esperanza (Arcaico Temprano): entre 10,040 y 9,100 años AP.
Fase Marcala (Arcaico Medio): entre 7,350 y 6,050 años AP.
Fase Estanzuela (Formativo a Clásico): entre 3,900 y 1,500 años AP.
Durante las dos primeras fases, El Gigante funcionó como residencia habitual de grupos de cazadores-recolectores. En la fase Estanzuela se convirtió en un campamento temporal utilizado por poblaciones ya ceramistas y agricultoras, que dejaron en el sitio una
De hecho, el conjunto de mazorcas, granos, tallos y hojas de Zea mays –nombre científico del maíz– recuperado en El Gigante es uno de los más grandes de Mesoamérica para el período prehispánico, con más de 9,600 fragmentos. Imagen: Honduras Tips
Las paredes hablan: manos y aves
El arte rupestre de El Gigante no compite en cantidad con otros abrigos de la región —como Santa Elena o Yaguacire, con escenas antropomorfas complejas—, pero su repertorio es inconfundible. Los estudios documentan 33 pinturas en las paredes del abrigo, entre las que destacan impresiones de manos (positivas y en negativo) y figuras zoomorfas que recuerdan a aves de cuello largo, como cisnes y gansos.
Las manos pintadas aparecen también en al menos otros 15 abrigos y cuevas de la Sierra de La Paz, lo que sugiere una tradición simbólica compartida por los grupos que habitaron esta franja de tierras altas. Investigadores como Scheffler y Alejandro Figueroa han señalado paralelismos con motivos similares en contextos mayas y en arte rupestre de otras regiones de América, aunque la vinculación directa con los ocupantes paleoindios de El Gigante sigue siendo materia de debate.
El mito de los gigantes
El nombre de la cueva no proviene de ningún hallazgo científico de restos humanos de estatura colosal. La tradición oral local —recogida por los arqueólogos desde 1994— cuenta que los primeros habitantes eran tan grandes que “solo daban uno o dos pasos y ya estaban en el lugar”. Durante las excavaciones se encontraron huesos de gran tamaño que inicialmente alimentaron la leyenda, pero los análisis posteriores determinaron que pertenecían a animales grandes, presas habituales de los cazadores paleoindios. No hubo gigantes; hubo, en cambio, una megafauna que hoy solo conocemos por sus restos.
Un sitio excepcional… y vulnerable
La relevancia de El Gigante no es solo hondureña. Como señala el artículo de Lara-Pinto, el sitio es único en Centroamérica por la longitud de su secuencia y por la conservación de materiales orgánicos, lo que lo convierte en una ventana sin igual a los procesos de colonización inicial del istmo y transición hacia la agricultura. El Gigante es, hasta la fecha, el sitio con ocupación humana más antigua verificada por radiocarbono en Honduras y uno de los más antiguos de Centroamérica.
Sin embargo, su protección dista mucho de estar garantizada. El mismo estudio de Lara-Pinto advierte que el abrigo ha sufrido saqueo oportunista —visitantes que extraen fragmentos de textil, obsidiana o hueso como “trofeo”— y que la construcción de infraestructura turística sin supervisión del IHAH ha comprometido la integridad del paisaje. Un mirador abandonado y convertido en basurero frente a la gruta es el ejemplo más visible del daño. A ello se suma la presión de proyectos de desarrollo —como la instalación de aerogeneradores en la zona— que no contemplan la antigüedad excepcional de estos vestigios.
*** Este texto se basa en los artículos académicos de Gloria Lara-Pinto (IIS-UNAH, 2015), Oscar Neill Cruz (Yaxkin, 2010), Timothy Scheffler, Kenneth Hirth y George Hasemann (Latin American Antiquity, 2012), así como en la tesis doctoral de Scheffler (Penn State, 2007) y reportes del IHAH.
Fuente: Criterio.hn