Suplemento Ojarasca #354
"Ojarasca cumple 37 años abierta a ese sentir la tierra de los pueblos que la habitan y trabajan: originarios, campesinos, jornaleros de temporada en tierra ajena (pero tierra), defensores, guardias y ejércitos comunitarios. A los estudiosos de sus riquezas, los peligros, las luchas a que obligan su cuidado y su defensa: periodistas, activistas, organizaciones independientes, académicos. Al retrato de sus movimientos sociales y autonomías, sus rostros individuales. También de sus paisajes, fauna, vegetación y formidables vestigios de civilizaciones pasadas. A la palabra originaria que todavía sabe a hierba, a humo, a tierra".
UMBRAL | SENTIR LA TIERRA
Sólo ella provee. Nada en el mundo existe sin la participación del suelo, sea maleza, cultivo, bosque, roca, arena, depósitos fósiles, tierra comunes y tierras raras. Cualquier ser o cosa. Ni el neo chip virtual de última generación existiría sin el concurso de la tierra.
La vida en las ciudades ha vuelto abstracta la experiencia en la materia esencial del suelo que lo nace todo. Avenidas, incontables colonias, edificios, mercados populares, fábricas, centros comerciales de alta gama, coches. Allí donde nadie es sin su cel a menos que ande por la calle de la amargura. La población consume comida sin saber de donde viene, y con frecuencia prefiere no saberlo.
¿Por qué, si es tan preciosa e indispensable, las manos que mueven el mundo y dominan la ley y la fuerza se empeñan en explotarla aún al costo de aniquilarla, para extraerle todo el dinero del mundo hasta dejarla exhausta? Matar la tierra es crimen impune y suicidio. La generalizada guerra moderna mata los suelos, el agua y el aire del planeta en general y de los pueblos agredidos en particular. Potentados mayores del minúsculo mundo multimillonario que habita en burbujas doradas, pues nada es mejor negocio que fabricar y vender armas, quienes hacen la guerra apilan cadáveres y ganancias. Y la tierra tiembla.
Ojarasca cumple 37 años abierta a ese sentir la tierra de los pueblos que la habitan y trabajan: originarios, campesinos, jornaleros de temporada en tierra ajena (pero tierra), defensores, guardias y ejércitos comunitarios. A los estudiosos de sus riquezas, los peligros, las luchas a que obligan su cuidado y su defensa: periodistas, activistas, organizaciones independientes, académicos. Al retrato de sus movimientos sociales y autonomías, sus rostros individuales. También de sus paisajes, fauna, vegetación y formidables vestigios de civilizaciones pasadas. A la palabra originaria que todavía sabe a hierba, a humo, a tierra.
Hace 30 años, para nacer, el Congreso Nacional Indígena (CNI) recorrió el sur de México y llevó al centro la vibración directa de la insurrección indígena de Chiapas iniciada dos años antes. La comandanta Ramona, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, encarnó el significado profundo de estos pueblos y el territorio donde no dejan de vivir aunque los maten por defenderlo. Un lustro después, en 2001, el andar colectivo del sur hacia el centro político llevó a la capital la Marcha del Color de la Tierra, luego de una histórica asamblea del CNI en Nurío, Michoacán. No traía conotaciones etnicistas, tan sólo reivindicaba el derecho a tener en el cabello, los ojos y la piel los colores del suelo en un país y una cultura dominante que han privilegiado durante ya medio milenio los colores del cielo y el color del dinero.
El que nazca y el que muera pertenecerá a la tierra. De ella viene, de ella come, en ella ama y sufre, por ella resiste, bajo ella descansa y se disuelve. Se le ofrecen fiestas, sacrificios, ceremonias graves para peticiones vitales.
Las mujeres que buscan lo hacen en la tierra. Las que localizan. Por milenios lo han hecho los que aran, los y las que marchan, se rebelan, determinar por sí mismos los destinos comunitarios y regionales. Los que pastorean o patean un balón en los llanos, corren descalzos por las sierras, trotan libres en reñidas parejeras. Los voladores totonacas y tenek descienden como ángeles, como águilas. Quienes moldean con su barro cazuelas, ollas y comales. Roturan con bueyes, abren con la coa, podan con el machete.
El Suplemento Ojarasca en La Jornada intenta ser recipiente y foro para quienes sienten la tierra donde viven, comparten aquí su palabra, sus reclamos, sus historias, sus creaciones, y nos guían por las veredas. De su mano sentimos la tierra.
Aquí transitan voces y asuntos de los pueblos originarios, llámense indígenas, de toda América: la Araucanía, la Amazonía, las cordilleras andinas, las montañas mayas de Guatemala, las dispersadas naciones nativas y aborígenes de Estados Unidos y Canadá, y sobre todo los numerosos pueblos de México. Gracias a centenares de colaboradores por escrito y gráficos, este suplemento en línea (signo de los tiempos) lleva casi cuatro décadas acompañando a los hijos de la tierra, aprendiendo de ellos raíz y fruto. Como dicen los arrieros, por el camino andamos y seguimos.
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Fuente: Suplemento Ojarasca, La Jornada