Las primaveras más tristes de la historia mapuche

Idioma Español
País Argentina
Imagen del lonco Inakayal reimpresa por Sebastian Hacher en la estepa de Patagonia.

En la manera mapuche de entender el transcurso del tiempo no se utilizaba la división en meses que trajo consigo la colonización. La primavera era y es el tiempo de los brotes: pewüo pewüñen, según el espacio territorial del que se trate. Como es el período que sucede al riguroso pukem o invierno, que en el sur del hemisferio occidental sabe de prolongada oscuridad, nevadas, heladas e intensas lluvias, es comprensible que se reciba con alegría y buen ánimo. Siempre es y fue así, salvo en unas ocasiones.

Para septiembre de 1884, hacía cinco años que waizufche y williche habían perdido la posibilidad de comerciar en Carmen de Patagones (Argentina) o Valdivia (Chile). La primera denominación hace referencia a la gente de la cordillera y la segunda, a la del sur. En el contexto de Puelmapu, es decir, el territorio que en el presente ocupa el primero de los Estados, así se designaba a lxs mapuche que residían en las cercanías de las montañas en la actual provincia de Neuquén y a lxs que vivían en áreas sureñas respecto del lago Nahuel Huapi y el río Limay (provincias de Río Negro y Chubut), respectivamente. Además, también se había interrumpido el flujo de ganado y otras mercaderías que, como consecuencia de los tratados, el gobierno argentino había remitido impuntualmente durante décadas hacia la ruca de los grandes loncos. Para rematar la guerra de recursos, los rebaños se convirtieron en blanco de los ataques militares, que con énfasis desde 1881, se produjeron sobre sus poblados. A la fuerza, los hombres tuvieron que intensificar su faceta cazadora en desmedro de la mercantil y ganadera para alimentar a sus familias. El comercio solo era posible con las colonias galesas que, desde la década de 1860, se habían levantado a unos pasos del océano Atlántico.

Katrülaf hacia 1902 en La Plata

Cuando aflojaron los grandes fríos, Katrülaf contaba con aproximadamente 16 años. Fue entonces que comenzó a escuchar en los multitudinarios encuentros (trawün) presididos por Sayhueque, Inakayal y Foyel que se barajaba la posibilidad de “presentarse” ante los jefes militares, es decir, rendirse. En los últimos cinco años, la mortandad que había provocado el Ejército era enorme y miles de mapuche languidecían en los campos de concentración de Valcheta, Chichinales, Carmen de Patagones, Mendoza y otras ubicaciones. Ya habían capitulado otros iconos de la resistencia, como Namunkura y Reukekura. Otros habían caído en combate, como el lonco Keupü, mientras que Purran y Pincén sufrían prisión en la isla de Martín García o bien, en Buenos Aires. Como sucede en toda guerra, llevaban la peor parte las mujeres, la niñez y lxs ancianos.

No más “nación india”

La “nación india”, a la que se había referido Namunkura en una carta a Sayhueque en los primeros meses de 1880, se había desmoronado. Fue entonces que los más tenaces entre los tenaces evaluaron la chance de abandonar la lucha. Según el recuerdo de Katrülaf, el trawün en cuyo transcurso se resolvió la presentación tuvo lugar en Tünkengiyeu, “cerca de las montañas grandes”, es decir, de la cordillera. “Allí no era posible pasar por el bosque” de tan frondoso. Al decidirse que Sayhueque y su gente se presentarían en el Collon Cura, sus primos evaluaron hacer otro tanto en las colonias galesas, donde ya existía un fuerte argentino.

No fue una rendición incondicional e inicialmente, tampoco abarcó a la totalidad de la población. Hombres prudentes, Inakayal y Foyel fueron en búsqueda de su destino con otros 200 jinetes, aproximadamente, pero “a muchos de sus capitanes y a sus amigos los dejaron aquí en sus tierras”, evocó Katrülaf, 18 años después de los sucesos. Tampoco formaron parte de la gran comitiva sus familias. Dos días antes de arribar a la posición militar, los loncos enviaron mensajeros para anticipar su llegada. “Laciar era el apellido de ese wingka comandante”, puntualizó el sobreviviente de la Campaña al Desierto. Hasta ese momento, Katrülaf nunca había visto un soldado. Al producirse el arribo, los uniformados aparentaron recibir de buen grado al considerable contingente, que se alojó dentro de “un gran corral”, es decir, una fortificación. Tanta fue la cordialidad que nada hacía pensar el posterior desenlace.

La versión que legó el mapuche en sus charlas con el investigador alemán Robert Lehman Nitzche en 1902, no coincide con la que se tuvo como válida durante más de 100 años. Resumió el relato hegemónico Juan Carlos Walther, un historiador militar que en 1946-1948 se hizo acreedor del Premio Nacional de Historia, Arqueología y Filología. Por entonces, gobernaba el peronismo en la Argentina. Según su relato, Sayhueque, Inakayal y Foyel lideraban “restos de salvajes” que se ocultaban sobre la cordillera. Ante hostilidades con los galeses, el general Lorenzo Vintter había ordenado al teniente coronel Lasciar el levantamiento de un fuerte en Corral Charmata, denominación que luego cedió ante la nueva: Fortín Villegas. Walther fraguó un intento de ataque por parte de los loncos a cuyos jinetes se había sumado el joven Katrülaf, ofensiva que se habría frustrado al advertir los guerreros que la dotación del estaba lista para la defensa. Se supone que el autor elaboró su diatriba con la Memoria del Departamento de Guerra y Marina a la vista, que, a su vez, recogió los informes de los oficiales que participaron de las acciones. O sea, una mentira tras otra.

Ningún ataque

Si Inakayal y Foyel hubieran querido atacar el fuerte, ¿para qué enviaron mensajeros dos días antes? Si su viaje tuviera finalidades bélicas, ¿para qué dividieron sus fuerzas y dejaron “capitanes” a retaguardia? Con esa expresión, se designaba a lxs mapuche que tenían habilidades guerreras y aptitudes de liderazgo. Además, Katrülaf había participado de los trawün que se habían celebrado antes de decidir la marcha y no mencionó que se discutiera la chance de ataque alguno. Por otro lado, hacía cinco o seis años que el Ejército Argentino se valía de fusiles de retrocarga, incorporación que volvía casi suicida un ataque frontal de caballería contra una posición fortificada. Inclusive, el joven pensó durante buena parte del recorrido que el acercamiento tenía como finalidad comerciar con los pulperos galeses e intentar una reanudación del régimen de raciones. Inclusive, el teniente coronel Lasciar alimentó hasta último momento esa suposición.

En la fantasía de Walther, el oficial decidió mantener como rehén a Inakayal y su gente, mientras Foyel y otros jinetes fueron en búsqueda de las familias, con la custodia de una partida que se conformó con 20 efectivos, al mando del teniente Insay. Según Katrülaf, las cosas sucedieron de otra forma. Un mes permanecieron lxs mapuche dentro de la empalizada y durante ese período, fueron atendidos de mil maravillas por la guarnición. Hasta cigarros y pan recibieron. El intercambio con los galeses fue fructífero para ambas partes y hasta se puso una fecha para el retorno. Tanta cordialidad hizo que los loncos bajaran la guardia, pero el día previsto para partir amaneció más temprano, a gritos se ordenó a los adormilados visitantes que entregaran sus cuchillos, boleadoras y que se quitaran sus ropas. De inmediato comenzaron los castigos corporales, las amarras y otras humillaciones.

Tres días después, los militares separaron a los hombres que tenían pareja de los solteros. Los segundos permanecieron en el cautiverio, mientras los primeros fueron a buscar a sus familias en cercanías del arroyo Genoa, un afluente del Senguer que aparece en crónicas antiguas como Henno o Heno. Katrülaf contó 10 efectivos más en la custodia de los que consignó el historiador, es decir, otros 10 rémington. Permanecieron en el fuerte 70 jóvenes, a quienes sus captores liberaban momentáneamente de las ataduras para comer. Después, accedieron a un breve período de libertad vigilada, hasta que volvieron los rigores. Según se les informó, Inakayal y Foyel habían resistido de palabra la presentación, intento que fue repelido por un fusilamiento preventivo.

Este es nuestro lugar, nuestra tierra. Xilografía de Adrián Pandolfo.

Una de las hijas de Inakayal, iluminada y bordada por el artista Sebastián Hacher.

La barbarie de la civilización

El oficial informó a sus superiores: “aun cuando éstas (las tribus) opusieron alguna resistencia por el excesivo número de hombres que tenían sobre nuestra pequeña fuerza, muy luego cuando vieron caer una treintena de su gente, empezaron a desbandarse siendo perseguidos por nuestras tropas sellando con este hecho sobre esas tribus el último choque de armas de la civilización contra la barbarie y en el Sud de la República”.

Katrülaf aportó que la situación de cautividad se prolongó durante seis meses, hasta que se dispuso el traslado de las familias prisioneras al campo de concentración de Valcheta. Al final de un penoso periplo, en Buenos Aires fue separado de Inakayal, Foyel y otros sobrevivientes. Nunca los volvió a ver. Después de pasar unos años en las mismas Fuerzas Armadas que habían terminado con la libertad de su pueblo, recuperó la suya personal y se quedó a vivir en La Plata. Quizá recordara la primavera del Willimapu cada vez que la noche cediera espacio ante el avance del día. Cuatro años después de aquella trampa en el valle del Chubut, Inakayal dejó de existir en el plano sensible. El calendario de los wingka indicaba 24 de septiembre de 1888. Otra triste primavera.

Fuente: Desinformémonos 

Temas: Pueblos indígenas

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