«Arrasan nuestras vidas ante nuestros ojos»
Entre los frentes en los que el Ejército israelí se muestra más activo está el pueblo de Al-Mansouri, cerca de la costa mediterránea: dañado durante la guerra, está siendo borrado metódicamente del mapa en pleno «alto el fuego«. Los vecinos, desplazados, asisten a este terrible espectáculo.
Casi todos los días, los habitantes de la gran ciudad costera de Tiro observan las mismas escenas: tras unas detonaciones perfectamente audibles, columnas de humo se elevan desde el pueblo de Al-Mansouri, situado unos kilómetros más al sur. Encaramado en una de las colinas del sur de Líbano, este pueblo de 5.000 habitantes había sido ya parcialmente destruido durante la guerra israelí; hoy está siendo dinamitado metódicamente, casa por casa.
La localidad, que el ejército israelí presenta como un bastión operativo de Hizbulah, se encontraba inicialmente fuera de la llamada Línea Amarilla, esa demarcación «de seguridad» impuesta por el Estado hebreo poco después de la entrada en vigor del último alto el fuego. Ya entonces, los habitantes con los que hablamos temían que esa zona terminara engullendo su localidad. Ahora lo hace, aunque solo en parte: Al-Mansouri está literalmente atravesada por esa Línea Amarilla, que la divide en dos.
Sobre el papel, claro está: todos los habitantes que habían regresado a la zona no tuvieron más remedio que huir de nuevo el pasado verano bajo el fuego de la aviación israelí, que continúa sus operaciones. El alcalde del pueblo denunció «ataques contra los habitantes de la localidad con artillería, así como granadas de mano y granadas aturdidoras lanzadas por drones». Él mismo sobrevivió milagrosamente tras resultar herido.
«Casa por casa»
La carretera verde que lleva al pueblo de Al-Haniya, todavía accesible en coche para los libaneses, huele a miedo: este minúsculo pueblo, también encaramado en una colina fuera de la Línea Amarilla, ofrece una vista completamente despejada de Al-Mansouri. Las tropas israelíes han tomado posiciones al otro lado, dejando a los vecinos al alcance de sus disparos.
Y aunque la mayoría de los habitantes de Al-Haniya han preferido continuar su exilio hacia el norte, por la localidad desfilan cada día decenas de habitantes de Al-Mansouri, que contemplan consternados cómo destruyen su pueblo.
En el arcén, escondido detrás de un árbol, Ahmad, de 47 años, ha colocado su teléfono sobre un trípode. Está retransmitiendo en directo por Facebook, donde intenta documentar las destrucciones en curso para unas pocas decenas de espectadores. «¡Miren! La casa amarilla es la mía. Es la única que sigue en pie; todas las de alrededor han sido destruidas», proclama a quien quiera escucharle.
La escena es escalofriante, distópica. Él mismo lo admite: ver cada día cómo destruyen su pueblo, esperando a que llegue el turno de su propia casa, tiene algo profundamente perturbador. Como si la guerra y el caos israelí en Líbano se hubieran convertido en un espectáculo.
A su lado, Ali, habitante de Al-Mansouri cuya casa quedó destruida durante la guerra, comenta: «Sí, es una humillación presenciar esto. Es peor que cualquier cosa. Ya no tengo trabajo, tenía un olivar en la parte baja del pueblo. Miren, sale humo de allí: están quemando mis tierras».
A unos cien metros, una treintena de personas, hombres y mujeres, han colocado sillas y a veces fuman narguile. Son, en su mayoría, vecinos, amigos de toda la vida. Ellos también asisten a lo indecible, comentando las escenas de estos últimos días. Hoy, sin trabajo y sin acceso a sus viviendas, matan el tiempo al ritmo de las operaciones israelíes.
Yousif, uno de ellos, muestra un vídeo grabado en los últimos días: se distingue cómo un dron israelí hace descender muy lentamente unos explosivos, sujetos verticalmente a un cable, y los deposita sobre un tejado. Las imágenes son impactantes: unos minutos más tarde, la zona explota.
De repente se hace el silencio. Una columna de humo avanza por una de las arterias del pueblo. Son vehículos israelíes que, al descender, levantan una nube de polvo. Con prismáticos, uno de ellos asegura ver un tractor que se dispone a retirar los escombros de una vivienda que pronto dejarán paso a un terreno baldío. «Hoy no hemos visto tanques Merkava; deben de estar descansando», ironiza un hombre de unos sesenta años.
Ibtissem, una mujer de 38, continúa: «Todos los días pasa algo. Un día bombardean, al siguiente mandan bulldozers; a veces explotan cargas que han colocado dentro de nuestras casas. Es una tortura».
Abandonados
Evidentemente, la inacción de la comunidad internacional, pero sobre todo la del Gobierno libanés, aparece una y otra vez en todas las conversaciones. Aquí, el Ejército libanés es invisible; peor aún, los habitantes de Al-Mansouri, al igual que los de los 63 pueblos situados en la zona ocupada por el Ejército israelí al sur de la Línea Amarilla -unos 460 km²-, dicen sentirse completamente abandonados a su suerte. Este verano, los habitantes organizaron una sentada pacífica cerca del puesto de control del Ejército libanés en Al-Amiriya, bajo el lema “Al-Mansouri no está ocupada”, exigiendo el fin de los bombardeos y el regreso del Ejército libanés al pueblo, y asegurando que estaban dispuestos a marchar junto a él en cuanto decidiera entrar en Al-Mansouri.
«No pasó nada, nos abandonaron a nosotros y a nuestro pueblo. Y desde entonces nadie nos ayuda, absolutamente nadie, mientras seguimos desplazados y ya nadie tiene trabajo», suspira un habitante, que admite, además, que Hizbulah, que durante mucho tiempo, guerra tras guerra, ayudó a la población damnificada, ya no tiene hoy medios para hacer prácticamente nada.
Hoy, Al-Mansouri, al igual que Tallouseh o Mais el-Jabal, más al este, es uno de los principales escenarios de operaciones del Ejército israelí. Muchos libaneses ven en ello una voluntad de «terminar el trabajo», es decir, destruir cualquier posibilidad de regreso a la zona para consolidar de forma duradera su presencia sobre el terreno.
Una dinámica que continúa a espaldas del acuerdo marco del 26 de junio, que preveía poner a prueba otro dispositivo en el sur. En Froun, Srifa y Zawtar el-Gharbiyeh, tres «zonas piloto», el Ejército libanés debía recuperar progresivamente el control sobre el terreno, asegurar los pueblos e impedir allí cualquier presencia armada no autorizada, bajo la coordinación del MCG4L, el mecanismo militar encargado de supervisar el acuerdo.
La realidad es, en cualquier caso, distinta: en Zawtar el-Gharbiyeh, soldados israelíes fueron acusados recientemente de haber abierto fuego cerca de militares libaneses durante su despliegue. El 18 de septiembre, en Deir Mimas, el acercamiento de una fuerza israelí a un puesto libanés y el lanzamiento de granadas aturdidoras provocaron un nuevo cara a cara, desactivado in extremis gracias a la mediación del MCG4L.
Desde Al-Haniya, Abbas, de 26 años, concluye con lágrimas en los ojos: «Ya no confiamos en nadie para que venga a ayudarnos. Mi sueño es recuperar mi tierra, a mis vecinos, reconstruir mi casa. Pero hoy ya no tenemos mucha esperanza, aunque todo el mundo diga lo contrario. Para tener esperanza, haría falta que el Ejército libanés fuera capaz de controlar el terreno, y mientras la comunidad internacional no presione a Israel, corremos el riesgo de no volver a ver nunca nuestras tierras».
Fuente: Rebelión
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