Migración maya sin fronteras y muros: cuatro historias en la ciudad de Guatemala
Cada año, miles de jóvenes mayas, hombres y mujeres, migran hacia la ciudad de Guatemala sin cruzar ninguna frontera internacional.
Cada año, miles de jóvenes mayas, hombres y mujeres, migran hacia la ciudad de Guatemala sin cruzar ninguna frontera internacional. Dejan atrás montañas, comunidades y territorios donde la vida se organiza alrededor de la familia, el idioma y la vida comunitaria, para habitar una ciudad marcada por el tráfico, el anonimato y las desigualdades históricas del país.
Esta crónica reconstruye las experiencias de juventudes de distintos pueblos indígenas o mayas que han llegado a la capital en busca de estudio y trabajo, revelando una migración silenciosa que transforma sus identidades, pone a prueba sus vínculos con el territorio y, al mismo tiempo, está cambiando lentamente el rostro cultural de la ciudad.
Por Alex PV
Las fronteras no siempre tienen aduanas o muros. A veces se levantan en una mirada, en un gesto de desconfianza o en una pregunta lanzada al azar dentro de un Transmetro lleno: “¿De dónde sos?”. En ese instante, una línea invisible separa a quienes pertenecen de quienes apenas están llegando.
En Guatemala, miles de juventudes cruzan cada año una frontera que no aparece en los mapas. No cambian de país, pero sí cambian de mundo. Dejan comunidades rodeadas de montañas, ríos, volcanes y milpas para llegar a una ciudad hecha de concreto, tráfico interminable y prisa constante. Migran dentro de su propio territorio, pero la experiencia se parece demasiado a un exilio cultural.
Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), con base en la ENCOVI 2023, en Guatemala existen aproximadamente 1.2 millones de personas en situación de desplazamiento interno, lo que equivale a cerca del 7 % de la población total. De este grupo, el 53 % son mujeres, evidenciando una mayor exposición femenina al fenómeno, mientras que el 62.2 % corresponde a personas menores de 30 años, lo que confirma un impacto predominante en población joven. En términos territoriales, los mayores flujos de migración interna se originan principalmente en los departamentos de Guatemala, Alta Verapaz, Huehuetenango, Izabal y Escuintla, destacando municipios con altos niveles de pobreza y población indígena como Cobán y Chisec (Alta Verapaz), Santa Cruz Barillas (Huehuetenango), Puerto Barrios (Izabal) y municipios rurales de Escuintla, desde donde las personas se desplazan hacia la ciudad de Guatemala y su área metropolitana en busca de empleo, educación y acceso a servicios básicos.
Diversos informes del Banco Mundial (BM) y organismos internacionales como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) señalan que las áreas rurales indígenas concentran algunos de los indicadores más altos de pobreza, con estimaciones que indican que más del 75 % de la población indígena vive en condiciones de pobreza, una proporción considerablemente mayor que en la población no indígena.
En ese contexto, la migración interna en Guatemala se ha convertido en una estrategia de sobrevivencia y, al mismo tiempo, en una posibilidad de movilidad social. Para muchos óvenes, la capital representa la oportunidad de estudiar en la universidad, encontrar trabajo o ampliar sus horizontes. Sin embargo, la ciudad también impone sus propias reglas.
Este fenómeno implica el desplazamiento de personas dentro del territorio nacional, principalmente desde áreas rurales hacia centros urbanos, como resultado de profundas desigualdades estructurales. Más que una decisión voluntaria, suele tratarse de un desplazamiento condicionado por la falta de oportunidades: la pobreza, el acceso limitado a educación, la escasez de empleo y las condiciones territoriales obligan a miles de personas —especialmente jóvenes— a abandonar sus comunidades.
Las trayectorias no son iguales. Mientras la mayoría migra para trabajar, una menor proporción lo hace para estudiar, lo que evidencia una diferencia fundamental: trabajar responde a una urgencia inmediata, mientras estudiar sigue siendo una posibilidad restringida.
Estas desigualdades se reflejan con claridad en el acceso a la educación superior. En la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), aunque la población maya representa cerca del 44 % del país, solo el 12 % del estudiantado se autoidentifica como maya, lo que evidencia una exclusión estructural persistente según estudios del Instituto de Estudios Interétnicos y de los Pueblos Indígenas (IDEIPI) de la USAC. A nivel nacional, esta brecha se profundiza aún más: únicamente el 3.8 % de la población indígena accede a la educación superior, frente al 17.5 % de la población no indígena, lo que confirma la desigualdad en el acceso según el origen identitario y territorial de acuerdo con investigaciones de la Universidad del Valle de Guatemala.
Factores como la centralización de la oferta académica en la capital, los costos de traslado y la capacidad económica familiar determinan quiénes pueden estudiar y quiénes no. Así, más que una elección individual, las trayectorias están marcadas por el territorio: no siempre se elige lo que se quiere, sino lo que se puede.
Esta crónica reconstruye las experiencias de cuatro jóvenes mayas que han llegado a la ciudad de Guatemala desde distintos territorios del país. Sus historias revelan una migración silenciosa: una que rara vez aparece con claridad en las estadísticas oficiales o en los grandes debates políticos, pero que está transformando de manera profunda tanto a la capital como a las comunidades de origen.
La ciudad promete oportunidades, pero también exige adaptaciones profundas. Adaptarse puede significar cambiar el idioma que se habla en público —en un país donde más de 6.5 millones de personas hablan al menos un idioma maya—, modificar la indumentaria para evitar comentarios o discriminación, ajustar el acento, aprender nuevas formas de moverse por la ciudad y, en algunos casos, ocultar o simplificar la propia identidad.
Para muchos jóvenes indígenas, migrar dentro del país implica aprender a habitar un territorio donde la identidad se vuelve visible y cuestionada al mismo tiempo. En los mercados, en las aulas universitarias, en los buses o en los trabajos informales, su presencia desafía imaginarios históricos sobre quién pertenece a la ciudad y quién no.
La frontera, entonces, no está en la geografía. Está en las relaciones cotidianas, en las oportunidades desiguales y en las formas en que una sociedad reconoce —o niega— su propia diversidad.
(Capítulo I): Jun K’loj – Salir de casa
En Guatemala se habla con frecuencia de la migración hacia Estados Unidos. Las historias de quienes atraviesan México rumbo al norte ocupan titulares, debates políticos y discursos gubernamentales. Las cifras también reflejan esa atención: sólo en 2023, más de 250 mil guatemaltecos fueron detenidos en la frontera sur de Estados Unidos, según datos del Departamento de Seguridad Nacional de este país norteamericano.
Sin embargo, existe otra migración que ocurre todos los días dentro del país y que rara vez aparece en las noticias o en la agenda pública: la migración interna.
Llegar a la capital significa ingresar a un espacio urbano donde predominan otras dinámicas sociales, lingüísticas y económicas. Para muchos jóvenes indígenas, la ciudad implica aprender a moverse en un entorno donde el español domina los espacios públicos, donde los ritmos de vida son más acelerados y donde las formas de interacción social responden a códigos distintos a los de sus comunidades.
Las investigaciones sobre etnicidad urbana en Guatemala muestran que la presencia indígena en la capital no es reciente. Desde hace décadas, la ciudad ha sido un espacio de movilidad, comercio y reconstrucción identitaria para los pueblos indígenas. Mercados, barrios periféricos, centros educativos y espacios laborales se han convertido en escenarios donde diferentes pueblos mayas interactúan, negocian y transforman sus identidades en contextos urbanos.
La antropóloga Manuela Camus, en sus estudios sobre migración indígena y ciudad, describe este proceso como parte de una transformación social más amplia. Según Camus, la presencia indígena en la capital no solo refleja procesos de movilidad económica, sino también cambios profundos en las formas de entender la identidad, el territorio y la pertenencia. En su obra Ser indígena en ciudad de Guatemala (2002), señala que la ciudad se convierte en un espacio donde las identidades indígenas se transforman, se reinventan y se hacen visibles en nuevos contextos sociales.
Lejos de desaparecer, la identidad indígena se reorganiza en el entorno urbano. Se adapta a las exigencias del mercado laboral, se negocia en los espacios educativos, se oculta en algunos momentos para evitar discriminación y se reafirma en otros como forma de resistencia cultural.
Esta adaptación cotidiana no siempre es sencilla. Diversos estudios del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y de instituciones académicas guatemaltecas han documentado que la población indígena continúa enfrentando brechas importantes en acceso a educación superior, empleo formal y servicios públicos. Aun así, miles de jóvenes continúan migrando hacia la ciudad cada año con la expectativa de ampliar sus oportunidades.
La ciudad, entonces, no es únicamente un destino laboral o educativo. Es también un espacio donde se redefinen las relaciones entre cultura, identidad y modernidad.
Para muchos jóvenes indígenas, la capital funciona como un laboratorio social donde se reconfiguran las identidades. Allí se mezclan idiomas, formas de vestir, aspiraciones profesionales y proyectos de vida. La ciudad se convierte en un territorio donde se experimentan nuevas formas de ser indígena en el siglo XXI: entre la memoria comunitaria y las posibilidades que ofrece el mundo urbano.
(Capítulo II) Kab’e K’loj – El encuentro con la ciudad
Alex Petzey recuerda con claridad su primer día en la ciudad. Tiene 25 años y proviene del territorio maya Tz’utujil, en el municipio de Santiago Atitlán, a orillas del lago de Atitlán. Llegó a la ciudad de Guatemala con un objetivo que comparten miles de jóvenes indígenas en el país: estudiar, trabajar y ampliar sus oportunidades.
“Fue caótico”, dice. “Mi ser y mi energía no podían encontrarse en este territorio. Yo vengo de vivir entre volcanes, lago, bosque y comunidad. Aquí todo es diferente”, agregó.
La sensación de desajuste que describe Alex no es una experiencia aislada. La ciudad de Guatemala y su área metropolitana concentran una parte significativa de la población nacional y constituyen el principal centro económico, educativo y administrativo del país. Según el XII Censo Nacional de Población y VII de Vivienda 2018 del INE, el departamento de Guatemala alberga más de 3 millones de habitantes, lo que representa cerca del 20% de la población total del país. Muchos de ellos provienen de otras regiones de Guatemala y migran hacia la capital en busca de empleo, educación y acceso a servicios.
En la comunidad de Alex, los espacios de encuentro forman parte de la vida cotidiana. Las personas se saludan al caminar por las calles, conversan en los mercados o en los caminos que rodean el lago, y participan colectivamente en actividades comunitarias, celebraciones o procesos de organización local.
En la ciudad, en cambio, la dinámica es distinta.
“Acá no hay lugar donde las personas se reúnan”, explica. “Todos van en modo automático”.
El territorio del pueblo Tz’utujil es reconocido por sus fuertes tradiciones comunitarias, su historia de organización social y su resistencia frente a distintas formas de imposición política o económica. En distintos momentos de su historia reciente, las autoridades comunitarias y dirigentes locales han protagonizado procesos de defensa del territorio, del sistema de gobierno local y de la autonomía comunitaria. Sin embargo, estas luchas también han implicado conflictos con estructuras estatales o actores externos, lo que en algunos casos ha derivado en procesos de criminalización de liderazgos comunitarios.
Alex mantiene una conexión visible con su territorio de origen. Utiliza la indumentaria tradicional de su pueblo: sombrero, camisa roja con rayas negras en las mangas y pantalón blanco bordado a mano con pequeños diseños de aves. La indumentaria, además de ser una expresión estética, funciona como un marcador de identidad cultural y pertenencia territorial.
En Guatemala, la indumentaria maya tiene un fuerte significado social. Cada diseño, color y patrón puede identificar la comunidad de origen, el estado civil o incluso el estatus social dentro de la comunidad. En el contexto urbano, sin embargo, estos símbolos adquieren nuevas interpretaciones: pueden ser motivo de orgullo, pero también de discriminación.
Durante sus primeras semanas en la ciudad, Alex se hacía una pregunta constante:
¿Dónde están los jóvenes?
La respuesta llegó de forma inesperada.
“Los encontré en el Transmetro”, dice. “A las cinco o seis de la tarde, después del trabajo. O a las siete de la mañana, yendo al trabajo. Todos aplastados en un bus lleno de gente, cansados”.
La imagen que describe no es casual. La movilidad diaria en la capital refleja las condiciones de vida de gran parte de la población trabajadora. El sistema de transporte urbano moviliza diariamente a cientos de miles de personas entre sus lugares de residencia y los centros de trabajo o estudio. El Transmetro, uno de los sistemas de transporte público más utilizados en la ciudad, registra más de 300 mil usuarios diarios según datos de la Municipalidad de Guatemala.
Para muchos jóvenes migrantes, la rutina urbana se organiza alrededor de largos trayectos de transporte, jornadas laborales extensas y un tiempo limitado para la vida social o comunitaria.
Esa imagen —jóvenes cansados dentro de un bus lleno al final del día— resume una parte importante de la experiencia migratoria en la ciudad.
La ciudad promete oportunidades: universidades, empleo, acceso a tecnología y redes profesionales. Pero también exige adaptaciones constantes. Adaptarse significa aprender nuevas rutas de transporte, comprender códigos sociales urbanos, moverse en espacios donde las relaciones comunitarias tradicionales no siempre tienen lugar.
Migrar dentro del país puede parecer más sencillo que migrar al extranjero. No hay fronteras físicas que cruzar ni idiomas completamente desconocidos que aprender. Sin embargo, para quienes viven este proceso, las diferencias culturales, sociales y emocionales pueden sentirse igual de profundas.
Para jóvenes como Alex, el primer día en la capital no es solo el inicio de una nueva etapa. Es también el comienzo de un proceso de adaptación donde se entrelazan la memoria del territorio, la búsqueda de oportunidades y la construcción de nuevas formas de identidad en la ciudad.
(Capítulo III): Oxe K´loj – También esto es racismo
En alguna ocasión estaba haciendo compras en un centro comercial de la Ciudad de Guatemala. Desde que empecé a estudiar en la universidad, muchas cosas en la ciudad me resultaron nuevas: espacios, dinámicas de consumo, formas de interacción que no existían en mi pueblo. Con el tiempo, y también gracias al acceso a las redes sociales, fui familiarizándome con ciertos códigos urbanos.
Aquel día, mientras subía por las escaleras eléctricas del centro comercial, observé una escena que me quedó grabada. Un grupo de mujeres indígenas —probablemente provenientes de alguna comunidad rural— intentaba subir por las escaleras mecánicas. Era evidente que no sabían cómo usarlas. Dudaban, retrocedían, se tomaban de las manos. Había miedo en sus gestos.
Para ellas, quizás era la primera vez en un espacio así.
Sin embargo, lo que más llamó mi atención no fue su dificultad, sino la reacción de las personas alrededor. Nadie se acercó para ayudarlas. Nadie explicó cómo subir. Algunas personas se detenían a observar, otras sacaban sus teléfonos para grabar, y varias comenzaron a reír.
Esa escena aparentemente simple revela una frontera social que atraviesa la vida cotidiana en Guatemala.
No es una frontera marcada por aduanas ni muros, pero se manifiesta en pequeños gestos: en una mirada que recorre el cuerpo desde los caites hasta el sombrero, en una risa dentro del bus cuando alguien habla con acento indígena, en un comentario aparentemente inocente: “¿De qué pueblo sos?”.
Estos gestos cotidianos construyen una forma de discriminación que muchas veces pasa desapercibida, pero que marca profundamente las experiencias de quienes migran desde comunidades indígenas hacia la ciudad.
Alex lo resume en una frase que repite varias veces durante la entrevista:
“Migrar dentro del país tiene los mismos matices que migrar a otro país”.
El racismo urbano en Guatemala no siempre se expresa mediante insultos directos. Con frecuencia aparece de manera más sutil: en dudas sobre la capacidad profesional de una persona indígena, en bromas sobre el idioma que habla o en cuestionamientos sobre su forma de vestir.
La antropóloga Camus señala que, en la ciudad de Guatemala, la presencia indígena ha generado nuevas tensiones sociales. Los indígenas urbanos suelen ser percibidos como sujetos “fuera de lugar”, porque rompen con la idea histórica de que la población indígena pertenece exclusivamente al mundo rural. Esta situación produce lo que la autora describe como una constante negociación de identidad dentro de espacios urbanos marcados por jerarquías raciales y sociales.
Jun Kanek, arquitecto maya Mam originario de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango, ha vivido estas experiencias en espacios laborales de la ciudad.
Todos Santos Cuchumatán se encuentra en la región norte del departamento de Huehuetenango, a aproximadamente 350 kilómetros de la Ciudad de Guatemala, lo que implica un viaje de entre 8 y 9 horas por carretera. El municipio es reconocido por su fuerte identidad cultural y por conservar una de las indumentarias masculinas más emblemáticas de los pueblos mayas.
Kanek recuerda que, en distintos momentos de su carrera profesional, ha tenido que enfrentar cuestionamientos sobre su formación.
“Muchas veces me preguntan si realmente soy arquitecto”, cuenta. “Piensan que por venir de una comunidad rural e indígena no podemos tener cierta profesión”.
Este tipo de dudas revela cómo persisten imaginarios raciales que asocian la profesionalización y el conocimiento técnico exclusivamente con los sectores urbanos y ladinos.
La discriminación también aparece en eventos sociales u ejecutivos. Kanek recuerda haber asistido a actividades profesionales donde se exigía un código de vestimenta de gala.
“Yo llevo mi indumentaria”, explica. “Para mi pueblo eso es ir de gala”.
La indumentaria tradicional de Todos Santos Cuchumatán forma parte de la vida cotidiana de la comunidad. Los hombres utilizan pantalones rojos con franjas blancas y sombreros característicos que se han convertido en un símbolo de identidad local. Uno de los elementos ceremoniales más importantes es el sobrepantalón, utilizado por jinetes y guías espirituales durante las festividades del 1 de noviembre.
Ese día se celebra una de las prácticas culturales más significativas del pueblo Mam: el Sq’ech Koya, una carrera de caballos que forma parte de las ceremonias comunitarias para honrar la memoria ancestral y reafirmar la identidad del pueblo frente a la historia colonial. En la actualidad, líderes comunitarios y organizaciones culturales del municipio trabajan para que esta práctica sea reconocida como patrimonio cultural intangible de la nación.
Kanek participa activamente en estos procesos de preservación cultural y memoria comunitaria.
Sin embargo, incluso en espacios profesionales o académicos de la ciudad, su vestimenta genera interpretaciones equivocadas. En más de una ocasión, recuerda que le preguntaron si había llegado así porque se trataba de un “evento cultural”.
Para muchos sectores urbanos, la indumentaria indígena continúa siendo percibida como un elemento folclórico o turístico, más que como una forma cotidiana de vestir y expresar identidad.
Esta percepción refleja una tensión persistente en la sociedad guatemalteca: mientras la diversidad cultural del país es celebrada en discursos políticos y eventos turísticos, en la vida cotidiana muchas personas indígenas continúan enfrentando miradas de sospecha, dudas sobre sus capacidades o comentarios que cuestionan su presencia en espacios profesionales.
(Capítulo IV): Kyaje K´loj – El silencio del idioma
Uno de los cambios más silenciosos —y para muchos jóvenes migrantes uno de los más dolorosos— es el abandono temporal del idioma materno.
Cuando llegan a la ciudad, muchos descubren que ya no tienen con quién hablar su idioma que aprendieron desde la infancia. El idioma que en su comunidad es cotidiano, natural y compartido se convierte en algo que solo vive en la memoria o en llamadas telefónicas con la familia.
Jun Kanek lo describe con una frase breve, pero cargada de nostalgia:
“Extraño estar en mi casa, porque aca no puedo hablar mi idioma”.
En Guatemala, el idioma es mucho más que una herramienta de comunicación. Es también una forma de pertenencia cultural y territorial. El 6.5 millones de personas hablan al menos un idioma maya, además de los idiomas Xinka y Garífuna. En total, el país reconoce 25 idiomas nacionales, incluyendo el español.
Sin embargo, esta diversidad lingüística no se distribuye de manera uniforme en el territorio.
Mientras que en muchas comunidades rurales las lenguas mayas siguen siendo el idioma principal de la vida cotidiana, en los espacios urbanos —especialmente en la capital— el español domina prácticamente todas las interacciones públicas.
En oficinas, universidades, centros comerciales, instituciones del Estado y espacios laborales, el español funciona como idioma obligatorio.
Para muchos jóvenes indígenas que migran hacia la ciudad, esto significa reducir o incluso suspender el uso público de su idioma materno.
La pérdida del idioma no ocurre necesariamente por decisión propia. En muchos casos es una estrategia para evitar situaciones incómodas o discriminación. En otros casos es simplemente una consecuencia de vivir en entornos donde nadie más habla la misma lengua.
En Guatemala, el racismo lingüístico ha sido ampliamente documentado por investigaciones académicas y organizaciones de derechos humanos. Estudios realizados por PNUD señalan que el idioma continúa siendo uno de los marcadores más visibles de desigualdad cultural en el país. Hablar una lengua indígena en espacios urbanos puede provocar burlas, estigmatización o cuestionamientos sobre el nivel educativo de una persona.
Frente a estas experiencias, muchos jóvenes desarrollan estrategias para adaptarse al entorno urbano. Algunos dejan de hablar su idioma en público. Otros reservan su uso únicamente para conversaciones familiares o encuentros con personas de su misma comunidad.
Pero incluso cuando el idioma no se habla en voz alta, sigue presente en el pensamiento.
Alex lo explica:
“Cuando me hablan en español, yo primero lo traduzco en mi idioma y luego lo digo en español”.
Ese proceso invisible revela una carga cognitiva constante. Pensar en dos lenguas, pero utilizar solo una en público.
En la lingüística y en los estudios sobre bilingüismo, este fenómeno se conoce como traducción mental o procesamiento bilingüe interno. Las personas que crecen en contextos multilingües suelen organizar su pensamiento en más de una lengua, incluso cuando solo utilizan una de ellas en determinados contextos sociales.
Para jóvenes indígenas que migran a la ciudad, ese proceso se vuelve parte de la rutina diaria: escuchar en español, traducir internamente, responder en español.
El idioma materno permanece activo, pero muchas veces en silencio.
Guatemala posee una de las mayores diversidades lingüísticas de América Latina. Sin embargo, esa diversidad convive con profundas desigualdades en el acceso a educación bilingüe, servicios públicos y espacios institucionales donde los idiomas indígenas sean utilizados de manera plena.
Aunque el país reconoce oficialmente las lenguas mayas a través de instituciones como la Academia de Lenguas Mayas de Guatemala (ALMG), en la práctica gran parte de la vida urbana continúa funcionando exclusivamente en español.
Esto crea una paradoja para muchos jóvenes indígenas migrantes: pertenecen a una de las culturas lingüísticas más ricas del continente, pero en la ciudad sienten que deben guardar silencio sobre esa parte de su identidad.
El idioma, entonces, no desaparece.
Se transforma en un murmullo interior.
En pensamientos que viajan entre dos lenguas.
En palabras que esperan el momento de regresar a casa para poder decirse en voz alta.
(Capítulo V) Jwe´ K´loj – La ciudad como máquina de adaptación
Para María Amparo Gómez, originaria del departamento de Quiché, la llegada a la ciudad de Guatemala marcó el inicio de una etapa completamente distinta de su vida. Migró siendo joven para continuar sus estudios en la Universidad de San Carlos de Guatemala, la única universidad pública del país, y desde entonces han pasado más de diez años viviendo en la capital. Aun así, cuando recuerda aquellos primeros días, la sensación que describe sigue siendo la de un cambio abrupto, casi violento, entre dos formas de vida que parecían no tener nada en común.
“El tráfico, el flujo de personas, la inmensidad de no conocer a nadie”, recuerda.
En su comunidad, explica, la vida se mueve de otra manera. Los vínculos sociales se tejen en lo cotidiano: los vecinos se reconocen al caminar por las calles, las conversaciones surgen en los mercados o en los caminos, y las celebraciones comunitarias reúnen a familias enteras que comparten una historia y un territorio común. La comunidad no es solo un espacio geográfico, sino una red de relaciones que organiza la vida social.
La ciudad, en cambio, funciona bajo otras reglas. En ella predominan el movimiento constante, la prisa y el anonimato. Las personas comparten el mismo espacio físico sin necesariamente conocerse, y la vida cotidiana se organiza alrededor del trabajo, el transporte y los horarios
“Sentís que dejás tu lugar de origen y que estás en un sitio donde no pertenecés”, dice María Amparo.
La experiencia que describe no es aislada. La ciudad de Guatemala concentra una gran parte de las instituciones educativas, las universidades, las oficinas públicas y las oportunidades laborales del país, lo que la convierte en el principal destino de la migración interna.
La migración hacia la capital suele convertirse en la única alternativa para continuar la formación académica. Muchos adolescentes dejan sus comunidades para cursar el nivel medio o para ingresar a la universidad, iniciando así un proceso de adaptación que transforma no solo su rutina diaria, sino también sus relaciones sociales y su sentido de pertenencia.
Salir de la comunidad implica, en muchos casos, distanciarse de la familia, de los amigos de infancia y de los ritmos sociales que marcaron los primeros años de vida. Durante el tiempo que permanecen en la ciudad, los jóvenes se adaptan a nuevas dinámicas: horarios académicos exigentes, largas jornadas de transporte, trabajos de medio tiempo y una vida urbana que se mueve a un ritmo distinto al de sus territorios de origen.
Con el paso de los años, ese proceso de adaptación genera transformaciones profundas. Algunos jóvenes adquieren nuevas habilidades, conocimientos técnicos o profesionales que amplían sus perspectivas. Sin embargo, cuando llega el momento de regresar a la comunidad, muchos descubren que el lugar que dejaron ya no es exactamente el mismo.
Los amigos que formaban parte de su vida cotidiana quizá migraron también o tomaron otros caminos. Las dinámicas comunitarias cambiaron. Las oportunidades laborales continúan siendo escasas y, en ocasiones, los conocimientos adquiridos en la ciudad no encuentran un espacio claro donde aplicarse.
A esto se suma otro desafío menos visible pero igualmente importante: la dificultad de traducir ciertos saberes académicos o técnicos al idioma y a las formas de vida de la comunidad. Muchos jóvenes se forman profesionalmente en español, pero al regresar descubren que ciertos conceptos aprendidos en la universidad no tienen una traducción directa en su idioma originario o en los contextos comunitarios donde crecieron.
Esa sensación de desajuste puede generar una especie de fractura interior: la experiencia de sentirse entre dos mundos.
Ni completamente de la ciudad, ni completamente de la comunidad de origen.
Ante esta tensión, algunos jóvenes deciden volver nuevamente a la capital, donde al menos existen oportunidades laborales o educativas. Otros consideran una migración aún más lejana: la salida hacia Estados Unidos. Durante las últimas décadas, la migración internacional se ha convertido en una estrategia económica para miles de familias guatemaltecas. Según el Banco de Guatemala, las remesas familiares enviadas desde el extranjero superan los diecinueve mil millones de dólares anuales, reflejando la magnitud de este fenómeno.
Pero antes de cruzar fronteras internacionales, muchos jóvenes ya han experimentado un proceso profundo de desplazamiento dentro de su propio país.
La ciudad se convierte así en una especie de máquina de adaptación. Un espacio donde las personas reorganizan su vida, ajustan sus expectativas y aprenden a moverse dentro de un sistema urbano que exige rapidez, flexibilidad y resistencia.
Mientras tanto, la nostalgia por el territorio de origen convive con el cansancio de la vida urbana y con la presión económica de mantenerse en la capital. Muchos jóvenes migrantes viven en habitaciones compartidas para reducir gastos de alquiler. Otros combinan sus estudios con trabajos informales o jornadas laborales que se extienden hasta altas horas de la noche.
La ciudad exige sacrificios, para quienes llegan desde comunidades rurales o indígenas, ese proceso de adaptación no ocurre de un día para otro. Es una transformación lenta que atraviesa la identidad, las relaciones sociales y la manera de entender el propio lugar en el mundo.
En ese camino, muchos descubren que migrar dentro del país no significa únicamente cambiar de territorio. Significa aprender a reconstruir la vida en un espacio que, al principio, parece ajeno.
(Capítulo VI): Qaq K´loj – Trabajo y supervivencia
Llegar a la ciudad no solo implica adaptarse a un nuevo ritmo de vida. También significa enfrentarse a una realidad económica donde el trabajo disponible rara vez coincide con las expectativas con las que llegaron.
La inserción laboral suele comenzar en los márgenes del mercado formal. Muchos encuentran empleo en el comercio informal, en la construcción, en restaurantes, ventas ambulantes, guardias de seguridad o en el trabajo doméstico. Son sectores donde la estabilidad laboral es limitada y donde las jornadas suelen extenderse más allá de los horarios establecidos.
Conseguir un empleo formal no siempre es sencillo, especialmente para quienes llegan sin redes de contacto o sin experiencia laboral previa en la ciudad. En muchos casos, el primer trabajo aparece a través de conocidos, paisanos o familiares que ya han recorrido el mismo camino migratorio.
Pero incluso cuando se consigue un empleo, el desafío principal comienza después: sobrevivir en la ciudad.
Durante el proceso de investigación se realizó un pequeño mapeo de los gastos básicos que enfrentan los jóvenes migrantes en la capital. Los resultados revelan con claridad el peso económico de vivir en la ciudad. Un apartamento pequeño, de aproximadamente seis metros cuadrados, puede costar alrededor de 4,500 quetzales mensuales o más, dependiendo de la zona. A este gasto se suman la alimentación, el transporte público, el teléfono y otros servicios básicos, lo que puede elevar el costo de vida mensual hasta 8,000 quetzales aproximadamente.
Ante estos precios, muchos jóvenes optan por compartir vivienda. Dividir el alquiler entre dos personas reduce los gastos a cerca de 4,000 quetzales por persona, aunque esto implica adaptarse a espacios reducidos y a una convivencia constante. Otros optan por alquilar habitaciones más pequeñas, de aproximadamente cuatro metros cuadrados, muchas veces con sanitarios compartidos. En esos casos el alquiler puede rondar entre 1,500 y 2,000 quetzales, lo que, sumado a los gastos de transporte, alimentación y comunicación, representa un gasto mensual cercano a 3,500 quetzales.
Estas cifras adquieren otra dimensión cuando se comparan con el ingreso promedio de muchos trabajadores. En 2024, el salario mínimo en Guatemala se situó alrededor de Q4,252.28 mensuales para actividades no agrícolas, según el Ministerio de Trabajo. Esto significa que, incluso con un empleo formal, una gran parte del ingreso se destina únicamente a cubrir los gastos básicos de supervivencia.
La situación es aún más compleja para quienes trabajan en el sector informal. Según estimaciones del INE, más del 70 % de la población económicamente activa en Guatemala trabaja en condiciones de informalidad, lo que implica ingresos variables, ausencia de seguridad social y una mayor vulnerabilidad frente a crisis económicas o enfermedades.
Después de pagar renta, transporte y comida, queda poco o nada.
La vida en la ciudad se convierte en un ejercicio permanente de cálculo: cuánto gastar, cuánto ahorrar, cuánto enviar a la familia que permanece en la comunidad. Cada decisión económica forma parte de una estrategia diaria de supervivencia.
En este contexto, el trabajo no siempre representa movilidad social inmediata. Más bien se convierte en el mecanismo que permite sostener la vida en un entorno urbano que, aunque ofrece oportunidades, también impone costos elevados.
En medio de ese equilibrio frágil entre ingresos y gastos, la mayoría de jóvenes aprende a adaptarse.
(Capítulo VII): Wuq K´loj – Redes “invisibles”
A pesar de las dificultades que implica llegar a la ciudad, con el tiempo, muchos jóvenes indígenas que se establecen en la capital comienzan a construir redes de apoyo que funcionan como pequeñas extensiones de sus comunidades dentro del espacio urbano.
Quienes llegaron primero suelen convertirse en los primeros puntos de referencia para quienes vienen después. A veces ofrecen información sobre dónde alquilar una habitación más barata, otras veces ayudan a encontrar empleo o simplemente comparten consejos sobre cómo moverse dentro de la ciudad. En algunos casos, incluso comparten el mismo espacio de vivienda mientras el recién llegado logra estabilizarse.
Estas redes informales son fundamentales para sobrevivir en un entorno que al principio puede resultar abrumador.
Katerin Beb, originaria de Panzós, Alta Verapaz, describe con claridad la importancia de estos vínculos. Para ella, la ciudad dejó de ser un lugar completamente ajeno cuando encontró un círculo de confianza formado por otras jóvenes indígenas que también habían migrado desde distintos territorios del país.
“Las personas cercanas y mi grupo seguro en la ciudad son las mismas compañeras de diferentes pueblos indígenas que también, por varios motivos, viven aquí”, explica. “Es un círculo seguro para poder movernos en distintos espacios de la ciudad”.
Ese sentimiento de comunidad compartida surge en parte de experiencias similares: haber dejado el territorio de origen, adaptarse a un entorno urbano desconocido y enfrentar, muchas veces, las mismas formas de discriminación o exclusión.
Katerin proviene de un territorio con una historia marcada por la violencia política. El municipio de Panzós fue escenario de uno de los episodios más recordados de represión estatal durante el conflicto armado interno en Guatemala. El 29 de mayo de 1978, una manifestación campesina q’eqchi’ que reclamaba por el acceso a la tierra fue reprimida por el ejército en la plaza central del municipio. Decenas de personas fueron asesinadas en lo que posteriormente sería conocido como la Masacre de Panzós, uno de los hechos que evidenció la violencia estructural contra las comunidades indígenas durante las décadas de conflicto armado.
Entre 1960 y 1996, el conflicto armado interno dejó más de 200 mil personas asesinadas o desaparecidas, según el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH). El mismo informe documenta que más del 80 % de las víctimas pertenecían a pueblos indígenas, especialmente en regiones del altiplano y del norte del país.
Estos procesos históricos también afectaron las prácticas culturales de muchas comunidades. En algunos territorios, el uso de la indumentaria indígena fue restringido o abandonado durante años debido al miedo, la persecución o las transformaciones sociales provocadas por el conflicto.
Katerin explica que, en su comunidad, muchas personas dejaron de utilizar la indumentaria tradicional durante ese periodo.
“Por varios contextos históricos y políticos de Panzós, a muchas personas ya no se les permitió seguir usando su indumentaria”, cuenta. “Sin embargo, gracias a mi formación académica pude reconstruir esa historia y seguir portando mi indumentaria y hablando mi idioma en los distintos espacios donde participo”.
Para ella, usar la indumentaria y hablar su idioma en la ciudad no es solo una expresión cultural, sino también una forma de reivindicar una historia que durante años fue silenciada.
En la capital, las redes de jóvenes indígenas provenientes de distintos territorios —q’eqchi’, mam, k’iche’, kaqchikel, tz’utujil, entre otros— comienzan a encontrarse en espacios académicos, organizaciones sociales, colectivos culturales o simplemente en círculos de amistad que surgen de manera espontánea.
A través de estos encuentros se comparten experiencias, se construyen vínculos de confianza y se generan nuevas formas de comunidad dentro de la ciudad.
Son comunidades que no siempre son visibles para el resto de la sociedad. Pero funcionan como espacios de cuidado, acompañamiento y resistencia.
En ellas, muchos jóvenes encuentran algo que parecía haberse perdido al migrar: un lugar donde hablar su idioma sin temor, compartir historias del territorio de origen y reconstruir un sentido de pertenencia en medio de la vida urbana.
La migración, en ese sentido, no es únicamente una decisión individual. Es también una estrategia colectiva que se sostiene en la solidaridad entre quienes comparten trayectorias similares.
En una ciudad donde el anonimato suele dominar la vida cotidiana, estas redes invisibles permiten que muchos jóvenes migrantes encuentren una forma de sostenerse mutuamente mientras construyen una nueva vida lejos de casa.
(Capítulo VIII): Wajxaq K´loj – Dos mundos
Con el paso del tiempo, muchos jóvenes indígenas que migran hacia la Ciudad de Guatemala aprenden a habitar una especie de territorio intermedio. No se trata de abandonar la identidad que traen desde sus comunidades ni de adoptar completamente las dinámicas de la vida urbana, sino de aprender a desplazarse entre dos formas de entender el mundo que a veces parecen opuestas. La ciudad exige adaptarse a códigos nuevos: horarios estrictos, ritmos acelerados, transporte saturado, espacios donde el español domina las conversaciones y donde las relaciones sociales suelen ser más distantes. Poco a poco, quienes migran incorporan estas dinámicas como parte de su rutina diaria. Aprenden a moverse entre el trabajo, los estudios y la vida urbana, ajustando sus hábitos y expectativas a un entorno que funciona con lógicas muy distintas a las de sus comunidades de origen.
Sin embargo, ese proceso de adaptación no implica necesariamente una ruptura con el territorio del que partieron. Para muchos jóvenes, la comunidad sigue siendo el lugar donde permanecen las raíces más profundas de su identidad: la familia, el idioma, las prácticas culturales y la relación con el territorio. Por esa razón, el regreso periódico al pueblo se convierte en una necesidad que trasciende la simple visita familiar. Volver significa reencontrarse con un espacio donde el tiempo se mueve de otra manera y donde las relaciones humanas conservan una cercanía que la vida urbana muchas veces diluye.
Jun Kanek lo explica con una claridad que resume la experiencia de muchos migrantes. Después de varios meses viviendo en la ciudad, comienza a sentir una sensación difícil de describir, una especie de vacío que aparece cuando el contacto con su comunidad se prolonga demasiado en el tiempo. “Cuando paso mucho tiempo sin regresar a mi comunidad empiezo a sentirme vacío”, dice. Para él, regresar no es solamente un acto de nostalgia, sino una forma de recuperar equilibrio frente al desgaste que produce la vida urbana.
El trayecto hacia su comunidad puede tomar varias horas. Dependiendo del territorio, el viaje desde la Ciudad de Guatemala puede extenderse entre ocho y diez horas por carretera, atravesando montañas, valles y caminos que conectan la capital con los distintos departamentos del país. A pesar de la distancia, ese desplazamiento se convierte en parte fundamental de la experiencia migratoria. Muchos jóvenes organizan sus visitas a la comunidad cada dos o tres meses, aprovechando fines de semana largos, celebraciones familiares o festividades comunitarias que les permiten reencontrarse con su gente.
Durante esos regresos, la relación con el territorio adquiere un significado distinto. El idioma vuelve a escucharse en cada conversación cotidiana, la comida tiene los sabores que marcaron la infancia y los paisajes recuerdan que existe un lugar donde el sentido de pertenencia no necesita explicarse. Para quienes pasan gran parte del año en la ciudad, estos momentos funcionan como una forma de recuperar energía emocional y espiritual antes de volver al ritmo urbano.
“Regreso para recargar energía”, dice Kanek.
Esa necesidad de regresar refleja una dinámica que se repite en muchas experiencias de migración interna en Guatemala. A diferencia de otros procesos migratorios donde la distancia termina rompiendo los vínculos con el lugar de origen, muchos jóvenes que se trasladan a la capital mantienen una relación constante con sus comunidades. Participan en celebraciones importantes, envían apoyo económico a sus familias o regresan periódicamente para fortalecer los lazos que siguen definiendo su identidad.
En ese ir y venir entre la ciudad y el territorio se va construyendo una identidad particular. Los jóvenes migrantes aprenden a navegar entre dos mundos que, aunque diferentes, forman parte de su propia historia. En la ciudad adquieren herramientas, conocimientos y experiencias que amplían sus horizontes personales y profesionales. En la comunidad mantienen las prácticas culturales, el idioma y las relaciones familiares que sostienen su sentido de pertenencia.
Este tránsito constante no siempre está libre de tensiones. En ocasiones surgen preguntas sobre el lugar al que realmente se pertenece o sobre cómo reconciliar las expectativas de la vida urbana con las dinámicas de la comunidad. Sin embargo, para muchos jóvenes migrantes, esta experiencia también abre la posibilidad de construir nuevas formas de identidad que no están limitadas a un solo territorio.
Más que elegir entre la ciudad o la comunidad, aprenden a vivir entre ambas, reconociendo que su historia personal se encuentra precisamente en ese movimiento continuo que conecta dos mundos distintos, pero profundamente vinculados.
(Capítulo IX): B’elaj K´loj – El deseo de regresar
A pesar de los años que muchos jóvenes pasan viviendo en la Ciudad de Guatemala, la idea de regresar a sus comunidades de origen permanece como una presencia constante en sus pensamientos. Guatemala es un país profundamente marcado por la desigualdad territorial: mientras gran parte de las instituciones del Estado, las universidades y el empleo formal se concentran en el área metropolitana, muchos municipios del altiplano y del norte del país continúan enfrentando condiciones de pobreza estructural, escaso acceso a educación superior y limitadas oportunidades laborales. En este contexto, la migración interna hacia la capital se convierte en una estrategia de movilidad social para miles de jóvenes indígenas que buscan continuar sus estudios o mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, migrar hacia la ciudad no significa únicamente cambiar de lugar; implica habitar un espacio donde los ritmos de vida, las relaciones sociales y las formas de convivencia funcionan bajo códigos profundamente distintos a los de la vida comunitaria.
María Amparo Gómez, con el tiempo aprendió a adaptarse a esa dinámica, a organizar su vida entre trabajo, estudios y vivienda compartida con otras jóvenes migrantes, pero el contraste con la vida comunitaria nunca desapareció del todo. Para ella, la ciudad sigue siendo un lugar que ofrece oportunidades, aunque también exige un alto costo emocional. El ritmo de la capital, explica, es demasiado rápido y muchas veces agotador. Por esa razón, la idea de regresar a su comunidad sigue presente como una posibilidad que algún día quisiera concretar.
Esa tensión entre oportunidad y desgaste aparece también en la experiencia de Jun Kanek, la ciudad le permitió desarrollarse profesionalmente, trabajar en proyectos de arquitectura y participar en espacios donde su formación académica encuentra nuevas posibilidades. Sin embargo, el vínculo con su territorio sigue siendo una necesidad profunda que no desaparece con el tiempo. Cada dos o tres meses intenta regresar a su comunidad. Aun así, reconoce que el regreso definitivo no siempre es sencillo. Muchos de sus compañeros de estudios expresaron el mismo deseo de volver a sus comunidades, pero con el paso de los años terminaron construyendo su vida en la ciudad. Esa posibilidad también lo inquieta. A pesar de ello, insiste en que no se imagina viviendo permanentemente en la capital, porque lo que realmente extraña son las montañas, los nacimientos de agua, la comida, la espiritualidad de su pueblo y la posibilidad de participar nuevamente en la vida comunitaria.
La experiencia de Katerin Beb, refleja otra dimensión de este proceso migratorio. Desde muy joven tuvo que desplazarse a distintos lugares del país para continuar sus estudios, y actualmente vive en la Ciudad de Guatemala por motivos laborales. En la capital ha encontrado oportunidades profesionales en espacios vinculados con la academia, la defensa de los derechos de las mujeres y la traducción del idioma q’eqchi’ al español. Sin embargo, la vida urbana también implica renunciar a muchas de las prácticas cotidianas que formaban parte de su vida en la comunidad. En su pueblo, su madre cultiva alimentos, mantiene animales y participa en dinámicas comunitarias que permiten una relación más directa con la tierra. En la ciudad, en cambio, los espacios son reducidos, el tiempo está fragmentado por el trabajo y la alimentación cambia radicalmente. Incluso las tortillas, que en su comunidad se preparan a mano en el hogar, se sustituyen por productos industrializados. Para Katerin, esa transformación cotidiana revela una ruptura entre la vida comunitaria y la vida urbana. Aun así, mantiene la idea de regresar algún día. Aunque reconoce que la ciudad le ha abierto oportunidades académicas y laborales que difícilmente habría encontrado en su municipio, el vínculo con su territorio sigue presente en su vida cotidiana. Con frecuencia piensa en el momento en que podrá volver definitivamente a su comunidad.
La inserción de poblaciones indígenas en el entorno urbano ha generado nuevas bases materiales y culturales para la reconstrucción de la identidad indígena fuera del territorio comunitario. Este proceso desafía la idea tradicional de que lo indígena pertenece exclusivamente al mundo rural y revela que las identidades étnicas continúan reinventándose en espacios urbanos complejos.
En ese sentido, la capital no sólo transforma a quienes llegan desde distintos territorios del país; también se transforma con su presencia. La creciente llegada de jóvenes indígenas ha comenzado a modificar el paisaje cultural de la ciudad. En mercados y espacios públicos es cada vez más común escuchar idiomas mayas como el Poqomam,Q’anjob’al, Tz’utujil, k’iche’, el q’eqchi’, el mam o el kaqchikel. En universidades y organizaciones sociales surgen redes de jóvenes indígenas que comparten experiencias similares de migración, estudio y trabajo. Restaurantes, mercados y espacios culturales empiezan a reflejar la diversidad territorial que caracteriza al país. Estos cambios no siempre son visibles para quienes observan la ciudad desde fuera, pero forman parte de una transformación profunda que está redibujando el mapa cultural urbano de Guatemala.
Sin embargo, este proceso también ocurre en medio de tensiones históricas que atraviesan a la sociedad guatemalteca. Durante siglos, las categorías sociales de “indio” y “ladino” han estructurado jerarquías culturales, económicas y simbólicas que continúan influyendo en la vida cotidiana del país. En la ciudad, estas jerarquías muchas veces se manifiestan en formas sutiles de discriminación, estigmatización o exclusión social. Alex Petzey lo describe como una experiencia que revela las fronteras invisibles que atraviesan la capital.
A pesar de estas dificultades, los jóvenes indígenas que migran hacia la capital continúan construyendo nuevas formas de vida urbana. En medio del tráfico, los edificios y el ruido constante de la ciudad, crean redes de apoyo, reinventan sus identidades y mantienen vínculos activos con sus comunidades de origen. Algunos logran regresar definitivamente, mientras que otros terminan construyendo su vida en la ciudad, aunque el deseo de volver nunca desaparezca del todo.
En medio de ese movimiento constante entre la ciudad y la comunidad, se va formando una generación que habita entre dos mundos. Son jóvenes que han aprendido a desplazarse entre la vida comunitaria y la vida urbana, entre el idioma materno y el español, entre las prácticas tradicionales y las exigencias del mercado laboral moderno. Su experiencia revela que la migración interna no es únicamente un proceso económico, sino también un proceso cultural que transforma la manera en que se entiende la identidad, el territorio y la pertenencia.
Quizá por eso, aunque muchos de ellos sueñan con regresar a sus comunidades, su presencia ya ha dejado una huella profunda en la capital. Cada señorita o joven que llega trae consigo algo más que una historia personal: trae un idioma, una memoria colectiva, una forma distinta de entender la relación con la tierra y una manera particular de imaginar el futuro. En medio de la prisa urbana, esas historias continúan caminando por la ciudad todos los días, mezclándose con el ruido del tráfico, los mercados y las estaciones de bus.
Y mientras lo hacen, están transformando lentamente la ciudad.
Porque la historia de los jóvenes indígenas en la Ciudad de Guatemala no es solamente una historia de migración. Es también la historia de cómo una ciudad entera comienza, poco a poco, a reconocerse en la diversidad que durante siglos intentó mantener en sus márgenes.
Esta crónica ha sido realizada con el apoyo de la beca “Historias en Movimiento”, de la Fundación Gabo y Fundación Avina.
Con edición de Francisco Simón, Javier De León y Beatriz Lix
SOBRE EL/LA AUTOR/A
Alex Perez Ventura
Alex PV, su nombre artístico, es un cineasta maya Mam conocido por su compromiso con proyectos centrados en la memoria histórica, los derechos humanos y territoriales. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y Producción Audiovisual por la Universidad Panamericana de Guatemala (UPANA) y forma parte de la red de periodistas comunitarios de Prensa Comunitaria.
Fuente: prensacomunitaria.org
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