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Biodiversidad en América Latina y El Caribe

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Autor Bilaterals.org Idioma Español Pais Internacional Publicado 11 julio 2017 10:58

¿Qué responderán los movimientos sociales a las políticas comerciales actuales?

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En los últimos 30 años, la gente ha respondido a los impactos económicos, sociales y políticos de la globalización capitalista organizándose en colectivo, mediante fuertes movimientos sociales, y promoviendo un pensamiento progresista radical.

(Foto: Jason McHuff/Flickr)

Están también los levantamientos críticos contra los llamados tratados de libre comercio e inversiones, incluido el movimiento zapatista en Chiapas, México, que rechazó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). En todo el mundo, las personas que en otros países se enfrentan a iniciativas similares se organizaron y movilizaron para detener estas iniciativas. [1]

Estos amplios movimientos sociales no sólo han enfrentado e intentado bloquear las negociaciones comerciales con las grandes potencias como Estados Unidos, China o Europa en lugares tan diversos como Colombia, Ecuador, Perú, Tailandia, Marruecos, Corea del Sur y Taiwán. En muchos casos, su proceso de movilización tuvo un profundo efecto en dichas sociedades, pues lograron un fuerte entendimiento de estas iniciativas como instrumentos de control imperialista y expansión capitalista.

Hoy enfrentamos nuevos desafíos. La última ola de políticas nacionalistas, racistas y de una derecha con retórica “popular” juegan con la vulnerabilidad y los temores de diferentes tipos de personas. Buscan dividir y gobernar comunidades ya fracturadas por años de agitación social y económica, represión y creciente desigualdad. En muchos países, la clase política se dirige directamente a sus simpatizantes afirmando representarles y prometiendo defender a “la gente común”, la “soberanía nacional” y los “valores” nacionales frente a la globalización. Sin embargo, casi todos estos políticos pertenecen a élites políticas o económicas que se han beneficiado enormemente de la globalización. Piensen en Thaksin, Farage, Trump, Wilders o Le Pen.

Estas agendas políticas desvían la atención de las verdaderas causas de los problemas sociales y económicos de ahora. Deliberadamente, ocultan que los gobiernos de casi todas las orientaciones políticas protegen la obtención de ganancias privadas usando dinero público, mediante el rescate de los bancos o aumentando los gastos masivos en defensa y seguridad a expensas de los fondos dedicados a la salud pública y la educación. En vez de ayudar a las personas a entender cómo es que las relaciones económicas de poder benefician al capital, se buscan chivos expiatorios para todos los impactos sociales negativos del mercado en las economías globalizadas: inmigrantes, trabajadoras y trabajadores migrantes y la gente que busca refugio. Los acuerdos comerciales juegan un papel central en esta política de distracción, y hacen dudar a los movimientos sociales y activistas sobre cómo posicionarnos.

Déjà vu

A medida que la administración Trump despliega su política de “América primero /Lo militar primero”, y los medios informan sobre la revitalización en Estados Unidos del aislamiento y el proteccionismo, es oportuno recordar que los ataques del 11 de septiembre de 2001 y la “guerra contra el terrorismo” fueron utilizados para justificar una renovada militarización, una guerra, y diversas formas de intervención estatal en la economía estadounidense durante el mandato de George W. Bush. La política comercial estadounidense buscó vincular más directamente sus intereses económicos con la seguridad nacional, como cuando se impusieron aranceles a las importaciones de acero o se bloquearon las inversiones de los Estados del Golfo.

Mucho antes de que Trump asumiera la presidencia, las represivas legislaciones domésticas de seguridad nacional e inmigración se habían endurecido y normalizado tanto en Estados Unidos como en otros países. Apenas días después del 11 de septiembre, el entonces representante de Comercio de Estados Unidos (y más tarde presidente del Banco Mundial), Robert Zoellick, intentó difamar a los activistas por la justicia global con un comentario en el Washington Post titulado “Contrarrestando el terror con comercio” donde afirmó: “la gente se pregunta” si hay “conexiones intelectuales” entre los “terroristas” y los movimientos de oposición contra el neoliberalismo, insistiendo en que una mayor liberalización del comercio y las inversiones (al menos las de los socios comerciales de Estados Unidos), era la forma más efectiva de combatir el “terrorismo”. [2]

Este tipo de agresiva retórica oficial tuvo consecuencias a nivel mundial para el espacio político donde se mueven las ONGs y los movimientos de justicia global. Algunos grupos y coaliciones, particularmente en América del Norte y Europa, instaron a la gente a que abandonara posiciones y acciones políticas de mayor confrontación, debido al ambiente de cautela y autocensura que se instauró tras el 11-S. En el Norte, se profundizaron las divisiones entre las ONGs que sumadas a ciertos sindicatos exigían una reforma moderada del sistema, por un lado, y la gente con posturas anticapitalistas y anti-imperialistas que buscaba cambios más radicales.

En 2001, la Movilización por la Justicia Global canceló las masivas manifestaciones masivas planeadas contra el Banco Mundial y el FMI en Washington DC, por “respeto” a las víctimas de los ataques del 11-S. Algunas ONGs instaron a que los grupos abandonaran las tácticas de acción directa y las posiciones de confrontación. Quienes impulsaban las importantes movilizaciones contra las reuniones del G8, la OMC, la Cumbre de las Américas, el Foro Económico Mundial y otras conferencias de las élites económicas y políticas, principalmente en el Norte, vacilaron.

Sin embargo, fuera de Europa y América del Norte, a medida que por todo el mundo proliferaban los acuerdos bilaterales de libre comercio e inversiones, eran muchos los movimientos masivos de oposición a los TLC. Éste fue el caso de gran cantidad de países latinoamericanos, entre ellos resaltan Colombia y Ecuador, y muchos otros en Asia.

Hoy, encontramos paralelismos con este periodo anterior. La derecha a menudo señala con el dedo los pactos de libre comercio como la fuente de muchos problemas que afrontan las personas a las que pretenden convocar: “habrá pérdida de soberanía y de puestos de trabajo”, dicen. Algunos líderes políticos amenazan con renegociar los acuerdos, tal como hace Narendra Modi con los tratados bilaterales de inversiones de la India, o simplemente los rompen, como hizo Trump al “retirarse” de la Asociación Transpacífica (TPP).

Esto no significa necesariamente que los viejos acuerdos desaparecerán —nada más lejos de la realidad. En muchos casos, es más probable que los acuerdos cambien de forma o de países signatarios, o que las negociaciones procedan con más lentitud.

Sería un error creer que estos líderes políticos están contra tales acuerdos. Es sólo que quieren irlos remodelando de modo más y más favorable a los negocios y los intereses financieros con los que están más estrechamente alineados. Que Trump diga que en vez de TPP o TLCAN quiere acuerdos “bilaterales”, deja claro que apoya los acuerdos de libre comercio e inversión. Los bandazos de otros líderes, como el ex presidente de Ecuador Rafael Correa ante un acuerdo comercial con la Unión Europea, ejemplifican el caso líderes que son vistos como progresistas, pero que fundamentalmente no están contra la globalización corporativa.

La derecha reaccionaria con retórica “popular” está resurgiendo en un contexto donde, país tras país, el capitalismo de libre mercado se ha vuelto el único juego posible para gran parte del espectro político. Con pocas excepciones, tiende a dominar una especie de “sentido común” centrista y neoliberal, tanto entre quienes afirman pertenecer a la izquierda o a la derecha, como entre los que, de hecho, están en partidos más nuevos que afirman no ser ni de derecha ni de izquierda.

La política de resistencia genuina tiene que ser muy cautelosa ante los taimados centristas neoliberales que presentan su compromiso con la economía de mercado y la liberalización como antídoto cosmopolita y democrático —y una alternativa real— ante la retórica “populista” excluyente de la derecha. A estos (neo)liberales les conviene asociar políticamente a quienes se oponen al capitalismo global con tipos como Trump y Le Pen.

Estos ataques superficiales a los acuerdos de libre comercio e inversión consiguen que ciertos grupos de la sociedad civil se impliquen en discusiones sobre la necesidad de reformar diferentes acuerdos. Se habla de impulsar agendas comerciales “en pro de las personas”, que incluyan la protección de los derechos laborales, la implementación de convenciones de derechos humanos, la promoción de normas ambientales y la reducción de las protecciones y privilegios del capital.

Pero es posible argumentar que esto supone una malinterpretación: la explotación de trabajadoras y trabajadores, la destrucción del medio ambiente, no son desafortunados subproductos del capitalismo de libre mercado —son la condición necesaria en la que éste se asienta. ¿Por qué invertir esperanza alguna en estos instrumentos de profundo control geopolítico y opresión económica?

Tal y como lo expresó en su sentencia final el Tribunal Permanente de los Pueblos en su sesión en México, basado en los testimonios de decenas de miles de personas, los TLC son instrumentos para desviar el poder y sacarlo del control de las leyes que establecen los Estados, con el fin de garantizarle a las empresas carta blanca para prosperar, incluso mediante la impunidad. [3] No hay conexión alguna entre este régimen y los derechos humanos o la democracia, y tratar de construir alguna —desde dentro, mediante estos tratados— sería en vano. En virtud de estos tratados, están cerrados todos los canales legales que pudieran proteger a la población.

“¿Qué queremos?” ¿Comercio justo? ¿En serio?

En vez de contentarnos con formas de capitalismo más “incluyentes”, debemos reclamar y construir una visión política y económica clara y radical. Estamos dejando que la derecha y los centristas salgan impunes de reforzar el sistema actual. Ni los grupos que presionan de manera educada para que los acuerdos de comercio e inversiones sean “más justos”, ni las fervientes declaraciones de las ONGs nos van a sacar de este lío. En realidad, pueden terminar siendo una distracción que impide que nos organicemos para generar alternativas reales e imaginar algo diferente y fuera del cajón del capitalismo.

Consideremos las luchas que se libran en torno a la alimentación y la agricultura. Cuando las finanzas globales y las élites del agronegocio (a las que los TLC consagran tanto poder) pujan por un control más profundo del sector rural, hay quienes buscan “reformular los términos”.

Algunos grupos se organizan para cambiar los procesos de producción y comercialización para que se acepten normas ambientales y etiquetas sociales. Crean nichos de mercado y cambian algunas de las reglas de las actuales cadenas de valor de los alimentos, etiquetándolas de “comercio justo”. Pero en esencia están reformando los mercados, negociando precios y creándose un sitio para sí mismos sin que necesariamente cambien las relaciones de poder.

El resultado es que las corporaciones transnacionales pueden incorporarse y asumir el control con rapidez, como lo hemos visto en el caso de los alimentos “orgánicos” (véase la reciente adquisición de Whole Foods por parte de Amazon), los alimentos “sostenibles” y “locales” (comercializados por Walmart y Carrefour) o incluso esa “agroecología” (adoptada sólo para impulsar el vigente status quo). ¿Es esto muy diferente de la realidad del “libre comercio”, donde las élites del agronegocio fijan “estándares” con tal de lograr mayor control del sector agroalimentario?

Los grupos implicados en la lucha por la soberanía alimentaria, sin embargo, tienen un enfoque diferente. Para estos grupos, el comercio no tiene que ver con precios o estándares ni con asegurar un espacio en los procesos globales de producción y comercialización. Se trata de hacer valer el poder para construir y asegurar sistemas alimentarios basados en las culturas y derechos de los pueblos y en los derechos de las comunidades a decidir, controlando el proceso para sus fines, con justicia. Esta visión requiere ciertamente el buen funcionamiento de los mercados locales, y excluye a las corporaciones transnacionales y al capital al no otorgarles rol alguno. El papel del comercio en las visiones y realidades de la soberanía alimentaria es (o terminará siendo), menor o incluso inexistente.

Hoy, la militancia en las ramas más críticas de la lucha por justicia climática —en particular el liderazgo colectivo de la inspiradora resistencia de los pueblos originarios, basada en políticas y visiones anticoloniales—, ofrece una esperanza real de resolver la crisis climática, más allá del reformismo liberal pragmático.

La resistencia ante el capitalismo y el racismo proviene también de trabajadoras y trabajadores migrantes que se organizan en todo el mundo, a menudo con gran riesgo. Ni siquiera es posible entender la migración sin considerar la explotación imperialista y el menoscabo de muchas sociedades en el Sur global bajo el colonialismo. El colonialismo y el imperialismo han creado las condiciones estructurales de despojo, deshabilitación, pobreza y desigualdad —y a menudo conflicto— que empujan a muchas personas a emigrar en busca de trabajo y supervivencia.

Por todas estas razones, debemos de cuidarnos de proponer alternativas comerciales “en pro de las personas” que se adaptan al capitalismo en vez de confrontarlo. Rememorando los años en que había vibrantes y masivos movimientos y movilizaciones en diferentes partes del mundo, que educaban y actuaban contra los acuerdos de libre comercio y de inversiones y contra el capitalismo global de libre mercado, hoy cabe preguntarse qué enseñanzas se han desprendido. Y lo más importante: sin formas serias de organización no podemos construir movimientos, y no tendrán lugar los cambios. Es crucial un compromiso con la organización a largo plazo para lograr un cambio sistémico.

En segundo lugar, la tendencia a dividir o compartimentar las temáticas en campañas de comercio e inversiones puede socavar el trabajo de educar y organizar para el cambio sistémico, al aislar partes de los acuerdos que pueden ser manipuladas y aparentemente resueltas técnicamente.

Necesitamos ir más allá de la compartimentación que entrañan las campañas sobre partes de los acuerdos (por ejemplo, servicios, propiedad intelectual, etcétera), que no reconocen que estos acuerdos son sobre todo instrumentos integrales que promueven y afianzan el imperialismo y el poder del capital global, cumpliendo sus objetivos geopolíticos.

En tercer lugar, aunque sean herramientas útiles, Internet y las redes sociales no pueden sustituir las maneras en que se construyen movimientos fuertes a partir de lentos procesos de organización política de base, de construcción de relaciones y confianza, y de luchas colectivas llevadas a cabo por las personas en el terreno, donde ocurren los hechos.

A pesar de la continua represión y criminalización de los movimientos sociales, las alteraciones y distracciones políticas causadas por la derecha con retórica “popular” y los centristas neoliberales por todo el mundo abren espacio para afirmarnos más en relación a nuestras luchas. Necesitamos una imaginación política radical. ¡No nos conformemos con menos!

Notas:

[1] Para más información, ver Biothai, bilaterals.org y GRAIN, “Fighting FTAs”, 2008 aquí

[2] Robert Zoellick, “Countering terror with trade”, Washington Post, 20 de septiembre, 2001, aquí

[3] Tribunal Permanente de los Pueblos, “Libre comercio, violencia, impunidad y derechos de los pueblos en México”, Sentencia de la Audiencia Final, 15 de noviembre, 2014, aquí (pdf)

Fuente: Bilaterals.org


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