Un Tribunal Permanente de los Pueblos para nuestra relación inmemorial con las semillas

"Hoy inauguramos un proceso de defensa de esa relación con las semillas pidiendo la compañía y la interlocución del Tribunal Permanente de los Pueblos, con quienes ya hemos trabajado antes con maravillosos y luminosos resultados".

En este espacio he escrito varias veces sobre las semillas, porque nuestra relación con ellas, nuestra relación mutua, es crucial para la historia no contada de la humanidad y es también crucial para el futuro de ésta y de la biodiversidad general del planeta.

En algún momento varios de mis amigos y amigas hemos llegado a alarmarnos de la privatización y acaparamiento de las semillas, de su desfiguración transgénica, como algo que merece ser visto como la más atroz ciencia-ficción pues es un acto que afrenta a la humanidad y a la vida en su conjunto, y su ataque se normaliza década tras década sin que nadie parezca escandalizarse por algo de tanta gravedad.

Hoy inauguramos un proceso de defensa de esa relación con las semillas pidiendo la compañía y la interlocución del Tribunal Permanente de los Pueblos, con quienes ya hemos trabajado antes con maravillosos y luminosos resultados, como en el proceso que se instauró en México entre 2011 y 2014 para juzgar lo que llamamos Libre comercio, Impunidad, Violencia y Derechos de los Pueblos, donde centralmente analizamos como sociedad civil mexicana junto con el Tribunal, las relaciones que el capitalismo busca imponer afectando de un modo no sólo central y fundamental sino brutal, la vida de los pueblos, la vida de nuestra diversidad biológica y social, política, ontológica, epistemológica.

Fue un proceso donde se establecieron diversas reuniones/sesiones que configuran un flujo de sistematizaciones que van del núcleo más abajo y local hasta el ámbito internacional.

En la numeralia del Capítulo México, por citar ese ejemplo, todo comenzó con un taller previo en 2011 y después se desató una audiencia de instalación Ciudad Universitaria y luego una introductoria inicial en Ciudad Juárez, buscándole tres pies al gato porque en ese momento Juárez era una ciudad sitiada de crímenes, asesinatos y desapariciones más el hostigamiento de violencia cotidiana. De ahí ocurrieron en el lapso de 3 años 35 preaudiencias y 2 post-audiencias a partir de 150 talleres en diferentes estados de la república que conjuntaron a unas 430 organizaciones y más de mil colectivos. Si a eso le sumamos 6 foros sobre desinformación, censura y violencia contra los comunicadores, el proceso se configuró con 8 audiencias iniciales (8 senderos por donde transcurrían y se detallaban conflictos concretos que había que atender): a saber, 1. Violencia de género y feminicidios. 2. Trabajo y represión laboral. 3. Maíz, soberanía alimentaria y autonomía. 4. Devastación ambiental. 5. Desinformación y control de los medios. 6. Migración. 7. Educación. 8 Guerra Sucia.

Estas sesiones se complementaron con 3 audiencias transtemáticas: una sobre represión entre 1968 y 2014, otra sobre educación y la inicial ocurrida en Ciudad Juárez. Además, se lograron llevar a cabo dos preaudiencias en Estados Unidos, debido a la cantidad e importancia de los migrantes en ese país: una en Nueva York y otra en Seattle.

El proceso implicó según nuestros cálculos a más de 20 mil personas, a 196 dictaminadores que servían de espejo en las preaudiencias, más 85 jurados para las audiencias. Unos 526 casos concretos se vincularon abriendo una complejidad que hoy todavía nos impacta, porque para nosotros, un nosotros/nosotras que es la sociedad civil mexicana y latinoamericana, lo central de este proceso lo marcó la propuesta del Tribunal a partir de sus hallazgos, de sus consideraciones, que eran mutuas, y que implicaron siempre una crítica al estado de Derecho “realmente existente”, en el nivel nacional e internacional, un cuestionamiento del marco jurídico internacional y a todas las instancias del derecho que son subsumidas por los intereses económicos de las empresas.

Hay que insistir en que el proceso del Tribunal termina siendo un proceso autogestionario donde la gente sistematiza sus agravios a partir de su problemática con sus colectivos, desde sus localidades y regiones, desde sus procesos activos y propone una cocina de todos los casos donde lo hallado va contribuyendo a configurar las dinámicas y las violencias sistémicas.

Estas violencias sistémicas, que pueden llegar a genocidio y ecocidio, que como bien apunta uno de los estudiosos del genocidio más acuciosos que conozco, Daniel Feierstein “no son una anomalía coyuntural o un fenómeno histórico azaroso, fruto de irracionalismos, o nacionalismos”, sino fenómenos con “persistencia tendencial, complejidad concreta y agravamiento”.

Entonces tenemos que mirar la problemática que afecta en diversos grados a los pueblos y a sus cultivos o semillas como un fenómeno de “causalidad profunda, no sólo cultural, sino económica, política, institucional y funcional, tanto local como general, coyuntural e histórica”.

En el caso que nos ocupa, la historia ya ha sido contada en todo el proceso de acercamiento con el Tribunal, y abreva de los trabajos personales y colectivos de gente como Pat Mooney, Henk Hobbelink, Renée Velvée, Camila Montecinos, Carlos Vicente, Ingrid Kossman, Jack Kloppenburg, Hope Shand, Kathy-Jo Wetter, Silvia Rodríguez Cervantes, Silvia Ribeiro, Germán Vélez, Elizabeth Bravo, Leonardo Melgarejo, Mariajose Guazzelli, Marielle Palau, Fernanda Vallejo, José Godoy y Evangelina Robles, que han impulsado todo un ámbito de convivencia de varias organizaciones a las que pertenecen o pertenecieron estas personas, y que hoy día han logrado conjuntar una serie de razones, argumentos, testimonios, relatos, informaciones, datos, e investigación de todo tipo, desde la más local y/subjetiva hasta la más sofisticada y compleja de nivel mundial “científico”, de todo tipo de ramas del saber. La complejidad promovida por todas estas personas y sus organizaciones cuestiona seriamente las divisiones artificiales entre ciencia natural y ciencias sociales y está rompiendo desde hace por lo menos treinta años todas las premisas que las corporaciones acumularon en su favor para ejercer los controles con los que arrinconan y a la vez excluyen a núcleos campesinos, de todo el planeta. Lo paradójico es que esos núcleos campesinos que han logrado mantener e impulsar, desde el fondo de los tiempos, su relación con sus cultivos, con sus semillas al punto de que “absolutamente todos los cultivos, sin excepción alguna, son obra campesina e indígena”, una obra colectiva de millones de campesinas (sobre todo) y campesinos que fueron transformando incluso los cultivos tóxicos o potencialmente venenosos en cultivos alimentarios. Esto requirió miles de años y pueblos enteros actuando en colectividades cuidadosas y atentas. Es crucial reivindicar que esta labor no se ha detenido”.

En la Petitoria que se presentó ante el Tribunal Permanente de los Pueblos para dar curso a este proceso, se expresa también: “Pedimos entonces al Tribunal Permanente de los Pueblos que nos acompañe en el reconocimiento de la urgencia de defender la libertad responsable de usar y cuidar nuestras semillas campesinas, indígenas, en todo el mundo, base de nuestros sistemas alimentarios y nuestra subsistencia, reconociendo plenamente la relación que guardan pueblos y conglomerados desde el principio de los tiempos con sus cultivos, con sus semillas, fundamental para su existencia como pueblos y para el futuro de la biodiversidad en nuestro planeta”.

“Comunidades y organizaciones libran una dura lucha por defender, mantener y expandir las semillas campesinas e indígenas contra los intentos de empresas y gobiernos por apropiarse de ellas y por conseguir que los pueblos del campo las abandonen buscando imponer sus semillas industriales, que responden a matrices de vida y economía muy diferentes que las semillas de los pueblos. Pero la gente resiste este proceso porque desde siempre entiende que las semillas campesinas, indígenas, son literalmente el corazón de la vida y a la vez son la memoria profunda, el horizonte de futuro, que es vital defender. Tienen muy presente lo que significan las semillas en la producción propia de alimentos junto con el agua y la tierra: pero siendo fruto de saberes ancestrales y siglos de trabajo y relaciones comunitarias con los territorios particulares implican saberes y crianzas mutuas que se nombran desde el fondo de la historia hasta el día de hoy —según la inmensa variedad de lenguas del planeta”.

Este proceso es entonces la búsqueda de una visibilidad para racimos de procesos que parecen subsumidos en la normalización de la opresión y la deshabilitación: la unidad de los “pueblos de las semillas”, comunidades que han insistido en hermanarse con sus cultivos y que han mantenido una “integralidad ontológica” que las empata con esos cultivos con los que navegan la historia y afrontan el futuro.

Esta crianza mutua, tan entrañable, trasciende el oficio de sembrar para ganarse el sustento, porque su vida se va en ello.

Su pertinencia última, su urgencia extrema, está expresada como nadie en la frase proferida por Xua Luis, comunero ñuhú de la Sierra Norte de Veracruz cuando dice: “en eso de sembrar, no hay ni que hacer cuentas, porque… qué tal que nadie sembrara…” Nombrando así una responsabilidad que no transige por nada. Este proceso del Tribunal apela a defender esa responsabilidad.

Fuente: Desinformémonos

Temas: Semillas

Notas relacionadas:

Canadá: Lxs agricultorxs instan a Ottawa a proteger los derechos de conservación de semillas

Canadá: Lxs agricultorxs instan a Ottawa a proteger los derechos de conservación de semillas

La soberanía alimentaria y de las semillas están en riesgo: no se adhiera al Convenio de la UPOV de 1991

La soberanía alimentaria y de las semillas están en riesgo: no se adhiera al Convenio de la UPOV de 1991

Comentarios