Argentina: el vaciamiento de las pampas, intensificación, agroexportación y degradación de recursos

El sustancial aumento de la producción agropecuaria argentina va unido a un creciente deterioro ambiental y a una fuerte concentración económica. El costo de la subvaluación y sobreexplotación de los recursos naturales –que debería incluirse en la contabilidad macro y microeconómica– pone en duda la eficiencia y sostenibilidad del modelo de producción agrícola “moderno”, tanto nacional como internacional

“El subdesarrollo no es una etapa del desarrollo. Es su consecuencia…” Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina

La promocionada nueva gran cosecha argentina, estimada en casi 70.600.000 toneladas, con ingresos por encima de los 10.000 millones de dólares, oculta externalidades (costos) ambientales y sociales escasamente evaluadas. De continuar, esta producción agrícola intensiva y recurrente, que sólo apunta al mercado externo, pondrá en serio riesgo la base productiva para las próximas décadas.

La presión por alcanzar el sugerido techo de los “100 millones” es significativa. Cabe preguntarse para qué, de qué manera y a quiénes alcanzarán estos beneficios. ¿Llegarán al conjunto social argentino? Las cosechas se vienen incrementando año tras año, pero los resultados no se tradujeron en una mejora generalizada, sino en beneficios sectoriales cada día más centralizados (ver página 10).

Esta intensificación en el uso de los recursos naturales enfrenta al país a un paulatino deterioro ambiental. “Resulta extraño que se despierten nostalgias de un modelo agroexportador, exitoso en ciertos aspectos, pero limitado e irrepetible, que Argentina no supo superar para equipararse a las sociedades industrializadas modernas”, acota un analista (1).

En realidad, el nuevo esquema productivo ha supuesto una tremenda desindustrialización, que responde a una “crisis estructural de largo plazo” (2), y ha arrastrado a la economía a una primarización concentrada en muy pocos rubros agroproductivos.

Pero si, por un lado, en medio de una importante puja de intereses por parte de las corporaciones, el campo se enfrenta a una creciente concentración económica y una fuerte exclusión de trabajadores que deriva en éxodo rural, por el otro, la llamada “eficiencia productiva” se sustenta en el relevante “subsidio natural” que ofrece la pampa argentina –su extraordinaria fertilidad– y en la sobreexplotación de ese recurso, que de la mano de un proceso que puede asimilarse al de la extracción minera, puede agotarse dentro de pocos años. El proceso económico actual se basa en una importante ventaja comparativa que hasta ahora ha sido su sostén pero que bajo la intensificación de la agricultura se torna cada día más insustentable: el ambiente (3).

Los impactos ambientales de la sobreexplotación de recursos agrícolas por la presión agroexportadora son y serán pagados por las actuales y futuras generaciones, e incluyen problemas
“de erosión, pérdidas de fertilidad y estructura del suelo, salinización, exportación de nutrientes, alcalinización, encostramiento, aparición de horizontes endurecidos, impactos sobre la biodiversidad, elevación de los niveles de consumo de agroquímicos, afectación del acuífero y problemas de inundaciones” (4).

Sólo con la soja, la Argentina tendrá una producción agraria estimada en alrededor de 34 millones de toneladas. Pero lo que casi nunca se ha tenido en cuenta, ni en la contabilidad de los establecimientos ni en la nacional, es que junto con estos granos se extraen los principales nutrientes del rico suelo pampeano –algunos irrecuperables– y se degrada la estructura edáfica que los genera.

Anualmente, Argentina exporta millones de toneladas de nutrientes naturales que no se recuperan de manera sustentable. Sólo para sus principales cultivos, el país exporta anualmente junto con sus granos –¡a costo cero!– alrededor de 3.500.000 toneladas de nutrientes. La soja, el motor de la agricultura argentina exportadora, representa casi el 50 % de esta cifra (5).

“Argentina ha aparecido durante mucho tiempo entre los países latinoamericanos que menos fertilizaban por hectárea al recurrir a la fertilidad natural –pero no eterna– de la pampa” (6), pero eso va camino de terminarse.

Ya es notable el efecto que la “extracción minera” de nutrientes tiene y tendrá en el futuro inmediato de nuestros suelos. Si bien la nueva genética y la aplicación de fertilizantes ha ocultado la degradación del nivel de nutrientes, en el caso del fósforo –que es un elemento poco móvil– la situación es dramática. Para mantener los niveles actuales, se deberían comprar y aplicar fertilizantes industriales –especialmente fosforados y nitrogenados– que sostengan la productividad y compensen aunque sea en parte la pérdida sufrida.

Por otro lado, es bien sabido que el sistema mixto de agricultura y ganadería, sumado a las rotaciones de cultivos agrícolas diversificados y a la implantación de pasturas y pastizales naturales, permite a los suelos pampeanos descansar y recuperar nutrientes de manera natural, otorgándoles sostenibilidad. Esto fue y sigue siendo el capital de la pampa.

En cambio, si se insiste en recurrir a uno o muy pocos cultivos, a pesar de sus buenos precios coyunturales y de los beneficios que puedan producir para un sector determinado, la agricultura de reposición a través de la aplicación de fertilizantes será necesaria, pero no suficiente para proteger el ambiente. En los próximos años este proceso podría exacerbarse. La falta de políticas estratégicas que incentiven el desarrollo de la producción agropecuaria –no sólo su crecimiento– y la sobreexplotación a la que pueden exponerse las riquezas productivas naturales del país, ponen en serio peligro ese patrimonio. Es por lo tanto necesario utilizar nuevos instrumentos, como hacen las economías más desarrolladas; aplicar herramientas de la economía ecológica (7) y las tecnologías sostenibles disponibles para producir, proteger, regular y distribuir los beneficios de los recursos naturales, que son responsabilidad de toda la sociedad y no de un sector específico.

Es urgente reconocer el valor de los nutrientes de los suelos argentinos e impedir su extracción gratuita –¿unas retenciones ambientales quizás?– mediante la aplicación de instrumentos de regulación y de control sustentable que los protejan y el reconocimiento y desembolso porcentual de la renta específica correspondiente que generan.

1 Mario Rapoport et al., Historia económica, política y social de la Argentina, Macchi Grupo Editor, Buenos Aires, 2001.
2 Jorge Schvarzer, “Los desafíos de la política industrial”, en Eliseo Giai y Juan Carlos Amigo (comp.), En vez del Modelo: Ideas para una estrategia de desarrollo nacional, IMFC-IADE, Buenos Aires, 2001.
3 Walter Pengue, “Transgénicos, Agricultura y Ambiente”, en Gerencia Ambiental, Nº 90, Buenos Aires, diciembre de 2002.
4 Antonio Prego et al., El deterioro del ambiente en Argentina (suelo, agua, vegetación, fauna), FECIC. PROSA, 3º Edición, Buenos Aires, 1996.
5 Walter Pengue, “Lo que el Norte le debe al Sur. Comercio desigual y ‘deuda ecológica’”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2002.
6 Joan Martinez Alier y Arcadi Oliveras, ¿Quién debe a quién? Deuda ecológica y deuda externa, Editorial Icaria, Barcelona, 2003.
7 Durante el mes de abril se ha formado en Quito (Ecuador) la Red Iberoamericana de Economía Ecológica (www.cidma2002.org). Para quienes estén interesados en adherir y para realizar consultas comunicarse con Walter Pengue (wapengue@gepama.com.ar) o con FLACSO Ecuador (flacso@flacso.org.ec).

Walter Alberto Pengue: Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente (GEPAMA), FADU, UBA. Doctorado ISEC, Universidad de Córdoba, España.

Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2003
http://www.eldiplo.org/

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