Argentina: el grito del tero

Idioma Español
País Argentina

"Lamentablemente, a la sabiduría de la naturaleza que da vida hoy se opone la "ciencia", la oscura cultura transgénica de Monsanto que la manipula, que abusa. Entonces, esa natural armonía se ve interrumpida por disciplinados artilugios, peligrosos atajos evolutivos plagados de incertidumbres e imprecisiones en pro de ganancias que no se comparten, que no se humanizan."

Por Victor Krieger Fabbroni - moc.liamtoh@csidrotciv

 

No sé si sabías que la evolución llevó la vida de esta pequeña ave desde mar a la tierra creyendo peligraba su futuro evolutivo.

 

Este ser, independiente y en transición, descubrió un paisaje verde y renovado; formas y prodigios de vida que afloraban del surco que habría el acero agrícola. Y se hizo amigo de la tierra, de “sus dueños”.

 

Vos, yo, y el Tero del relato verídico que sigue, somos herederos de aquella aventura de la creación.

 

Lamentablemente, a la sabiduría de la naturaleza que da vida hoy se opone la "ciencia", la oscura cultura transgénica de Monsanto que la manipula, que abusa. Entonces, esa natural armonía se ve interrumpida por disciplinados artilugios, peligrosos atajos evolutivos plagados de incertidumbres e imprecisiones en pro de ganancias que no se comparten, que no se humanizan.

 

Es la realidad infligida que vivimos los pueblos de Santiago del Estero condenados por el exterminio sojero, pero aún vivos; y es el alineamiento de cementerios transgénicos donde yacen las víctimas del lucro y ambición extrema.

 

“Ayer vi morir, envenenado, a un descendiente de ese fantástico proceso evolutivo.

 

No puedo dejar de preguntarme por qué las circunstancias hicieron que esos instantes de conmoción y espanto ocurrieran a metros de donde estaba, casi al alcance de mi mano. Por qué fui obligado a ver hasta su mínimo gesto de cortísima agonía, de desesperado intento de huir al cielo, tan solo por opuesto a la tierra.

 

¿Será porque vivo en Bandera?

 

A orillas de la ruta, en un charco tibio y hediondo moraba una familia de cinco Teros. Dos adultos y una pichonada que apenas completaban su ropaje gris azulado. Estaban allí, suspendidos sobre trémulas patitas anaranjadas, en silencio, ocupados en martillar el barro en busca de vida que da vida. Estaban allí cuando cumplí doce años y estaban ayer, acompañando mis sesenta. Iguales, iguales.

 

De pronto un chillido corto, agudo y extraño a su lenguaje repetitivo. Un solo grito y un brinco que continuó su evolución en vuelo vertical, antinatural. Otro grito más corto aún, casi un ¡ay! y su imagen suspendida en el aire con las alas extremadamente extendidas. Un ente invisible le torció la cabeza, hizo que el pico apuntara a la tierra y, como una saeta, impactara el ripio de la banquina con la suma de peso y fuerza. Cayó a menos de un metro de mis pies. Atónito, presencié un nuevo y postrer espasmo de vida que le hiciera remontar por última vez lo etéreo con los ojos cerrados y la cabeza aún ridículamente dolada hacia abajo. Apenas cruzó el paño de la ruta cuando su figura se desintegró en el aire. Lo que cayó ya no era un ave, menos un Tero”.

 

Ahí quedó él, fulminado. Había perdido las formas y sustancia que le dio la naturaleza… la que da vida.

 

A su lado, inútil, como impotente testigo incapaz de corregir, yo.

 

¿Quién mata de esta manera? –pensé.

 

Un poco más allá, tras el alambrado, emergían radiantes millones de platines del tóxico Maíz Transgénico Bt. promocionado por escuetos cartelitos. Apenas a un costado, más y más Soja de la misma calaña y, atrás y al fondo, confirmando mis sospechas y acreditando mi impotencia un Mega Cartel propagandístico de Monsanto que se jacta, orondo, de vulnerar los límites de la Soja, del Maíz, de la naturaleza.

 

Nada dice de la “autorizada” aniquilación que provoca. Tampoco menciona a la defectuosa clase gobernante reciclada en la falta de ética y extrema mediocridad; mercenarios que evolucionan y perfeccionan obediente a nuestra incapacidad de someterlos a la justicia, justicia que evoluciona y perfecciona garantizando impune descontrol bien pago en parlamentos ridículos, abyectos.

 

Y vos, yo, nosotros todos crédulos incorregibles esperando ver qué tienen que decir de lo que ya nada hay por decir en este franco proceso de decadencia de las estructuras democráticas.

 

¡Qué van a decir estos miserables… que no ofenda!

 

Se olvidaron de mis nietos, de su igualdad de derechos y la imposición de jugar a pérdida su propia lotería de vida.

 

La corrupción transgénica mata; a los pobres, rápidamente. Te mata: ¿entendés? Con los ricos es más tolerante y amigable pero, finalmente, los mata.

 

No te hagas ninguna ilusión: Seas rico o pobre el destino del tero descerebrado por neurotóxicos será el tuyo, el nuestro. No cometas el error de creer que está lejos y vos a salvo. No, está más cerca del santiagueño fumigado, que de la Toyota mata utopías.

 

Iguales al Tero, vos, aquél y yo. Solo falta “el grito”.

Temas: Transgénicos

Comentarios

27/02/2014
El Tero, por Silvia Woods
Conmovedor el relato sobre El Tero. Soberbia la actitud que cree manejar todos los resortes de la evolución...