Hambre para muchos, ganancias accionarias para pocos

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En el último par de décadas, el sector financiero adquirió una enorme importancia en el mundo económico. Hoy, los inversores demandan fuertes ganancias en todos los sectores, incluso en alimentos y en agricultura.

En consecuencia, se han “financiarizado” las empresas de manufactura y de servicios. Pero la lógica financiera predominante da poco valor a la producción real, a la productividad o al trabajo, lo cual resulta extremadamente perjudicial para la mayor parte de la población, y deja secuelas serias en los miles de millones de personas dedicadas a la producción de alimentos.

La “financiarización” de la economía global es real y significativa. Subió mucho el peso específico de las finanzas, tanto en lo que respecta a la participación en el PBI como en su creciente influencia en las utilidades de conjunto. Los bancos han dejado de financiar las inversiones corporativas para meterse de lleno en los ingresos de los asalariados, por medio de créditos hipotecarios, tarjetas de crédito y otras formas de financiación del consumo. La expansión del sector financiero vino de la mano del lento crecimiento de la producción y el empleo, del estancamiento o de la reducción de la participación de los salarios en el ingreso nacional, y de una mayor inequidad. Las crisis son más frecuentes y graves.

En 2006, el Presidente del Deutsche Bank, Josef Ackermann, declaró que los inversores deberían aspirar a un 20% de retorno. En 2007, durante la última asamblea de accionistas previa a la crisis, el tema clave de su alocución fue literalmente “el 25% no alcanza”. De hecho, se argumentó que los grandes fondos privados de inversión tenían tasas anuales de retorno del orden del 30%, y superiores. No obstante, hay sólo dos formas de generar ganancias de este tipo regularmente: por un fuerte leverage o apalancamiento (es decir, deuda); o impulsando el índice de explotación. En realidad, acumular deuda fue una forma de generar beneficios. Entre el tercer trimestre de 2004 y el cuarto trimestre de 2008, las empresas que figuran en el índice bursátil más importante de Estados Unidos (el S&P 500) pagaron 900.000 millones de dólares a sus accionistas en dividendos e invirtieron 1,7 billones de dólares en la recompra de acciones propias. Esto significa que pagaron 2,6 billones de dólares a los accionistas sobre ganancias en el orden de los 2,4 billones de dólares, y deja de lado la enorme cantidad de deuda por compra apalancada, generada durante el auge crediticio cuando se observó cómo los fondos privados de inversión gastaban 1 billón de dólares en la compra de empresas, entre el verano de 2006 y el invierno de 2007, con el único propósito de adquirir la parte de los accionistas existentes, endeudar aún más a las empresas para financiar el pago de dividendos a los accionistas, y luego ponerlas en venta. Los altos niveles de deuda no son simplemente una manera de aumentar las ganancias: amplían la volatilidad, y transfieren el riesgo de los inversores a los trabajadores. En consecuencia, el cambio rápido de propiedad, la permanente reestructuración y las metas de tasas de retorno afectan a los trabajadores de todos los sectores, ya que se basan en un lógica financiera que da poco o ningún valor a la producción real, a la productividad o al empleo.

Actualmente, los mercados de valores recompensan directamente a las empresas que eliminan capacidad productiva y destruyen empleos. Los despidos y cierres alimentan un mercado financiero que prospera a medida que la inversión en producción deja de generar riqueza, que para el sector de alimentos declinó en forma constante como porcentaje de los recursos corporativos. Por ejemplo, en Kraft -empresa que ocupa el segundo lugar entre las alimentarias más importantes del mundo- las inversiones en bienes de capital de 2008 representaron escasamente el 3% del ingreso operativo, prácticamente la mitad de lo que era habitual hace 20 años. Hasta las inversiones en Investigación y Desarrollo (I+D) comenzaron a bajar con relación al flujo de caja. Aumenta la subcontratación de servicios de I+D a universidades o, como en el caso de Nestlé, a fondos especulativos de alto riesgo que estén en condiciones de armarse. En la Unión Europea, las industrias de alimentos son las principales empleadoras del sector manufacturero, y agregan más valor a las materiales primas que cualquier otra industria. Durante los años de expansión (2000-2005), se eliminaron más del 15% de los puestos de trabajo en esta industria -por encima de lo que ocurrió con los textiles y por debajo sólo de la agricultura- La pérdida no obedeció a las importaciones, sino a la presión para pagar más a los accionistas.

Las mayores ganancias y ventas no se originaron en un cambio tecnológico con aumento de productividad que, en los últimos años, poco influyó en el proceso de producción en sí porque las empresas se concentraron en pagar de inmediato a los accionistas y no en invertir en capacidad productiva. Fusiones, adquisiciones y reducciones de “personal” ordenadas por el sistema financiero determinaron que se cerraran las instalaciones medianas, que la producción se centralizara en unas pocas unidades que debían cubrir grandes distancias para la distribución de sus productos, y que se profundizara y ampliara de esta manera la ya importante huella de carbono. Hoy, esas empresas contratan cada vez menos trabajadores para elaborar sus productos de marca. La subcontratación y la precarización son elementos clave para aumentar la explotación cuando se buscan superganancias. La tarea organizadora de los sindicatos va más allá de lograr reconocimiento global, de organizar y ganar derechos de negociación frente a los empleadores transnacionales, para eso, hay que lograr reunir a los que están bajo dependencia directa de la compañía y a la creciente cantidad de trabajadores precarios que están dentro de los sistemas transnacionales.

Unilever: ¿crecimiento para quién?

En el año 2000, Unilever, tercera empresa en envergadura dentro de las principales alimentarias del mundo, lanzó su estrategia de Camino de Crecimiento, destinada a canalizar 16.000 millones de euros a los accionistas en el período 2000-2004, y 30.000 millones de euros en el período 2005-2010. En el 2000, al lanzar la estrategia, la empresa empleaba 300.000 trabajadores. Hoy tiene una fuerza de trabajo de 148.000. En los primeros tres años de implementación, las ganancias netas aumentaron un 166%. En julio de 2007 se anunció un nuevo recorte de puestos de trabajo, simultáneamente con el aumento del 16% en las ganancias del segundo trimestre. En 2008, cuando se fijó un recorte adicional de 20.000 empleos en Europa, Unilever alegó que este “sacudón” generaría 1.500 millones de euros de ahorro en costos, que provocarían aún más valor para los accionistas.

El “camino de crecimiento” no sólo fue testigo de que aumentaban las ganancias y los premios a los ejecutivos, y de que aumentaba el “valor accionario” a expensas de los puestos de trabajo: también aumentaba la subcontratación y la precarización. En la presentación de Unilever a sus inversores en el 2003, una de las pantallas estaba encabezada así: “Mejorar la eficiencia de los activos mediante la liberación de fondos”, según este postulado, aumentar la subcontratación de la producción, de un promedio del 15% a “más de un 25%” entra en la categoría de “logro”. Sin embargo, y tal como quedó demostrado en octubre de 2009, tras la resolución de un largo y difícil conflicto sobre los derechos de los trabajadores precarios de una fábrica de té de Unilever en Khanewal, Pakistán, si los trabajadores toman la decisión y se organizan pueden ganarle al sistema.

El camino de crecimiento que transfiere anualmente miles de millones a los inversores implica una drástica reducción de empleos permanentes y el aumento de lugares de trabajo no sindicalizados y de empleos transitorios. La dinámica de Unilever actúa en todas las compañías que se enfrentan a la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación (UITA) y a los sindicatos del mundo, y reduce los logros alcanzados al cabo de varios años de lucha. El destino de los trabajadores agrícolas, que en conjunto representan cerca de mil millones de mujeres y hombres con hambre o malnutrición crónica, depende cada vez más del intercambio de productos básicos efectuado a miles de kilómetros de los campos en los que trabajan. Esta es la realidad de la financiarización.

De lo posible, lo correcto y lo justo

En el contexto de la crisis actual, la prioridad de los sindicatos es defender los puestos y las condiciones de trabajo. No obstante, accionar únicamente sobre el lugar de trabajo no constituye una defensa contra los estragos de una debacle financiera global, como tampoco podría serlo contra las acciones diarias del sistema. Se necesitan leyes y acción política, pero ¿qué tipo de leyes? Tienen que resurgir los créditos pero ¿para qué? ¿Para que los empleadores puedan volver a obtener ganancias del 20% y recomprar sus acciones, acelerar, recortar y subcontratar puestos de trabajo mientras reducen las inversiones? Hay que dar crédito para el crecimiento, pero ¿para qué tipo de crecimiento? ¿Para que crezca Unilever en Pakistán sobre la base de trabajadores contratados por agencia de empleos en el 98% de sus plantas de empaque de té, en una nación en que se consume té? ¿Para un crecimiento que deja a los trabajadores agrícolas sin agua para beber o para el aseo en algunos de los países más ricos del planeta?

Si para contestar a Ackermann del Deutsche Bank, sabemos que un retorno del 25% en las inversiones no es ni ambiental ni socialmente sostenible, ¿cuánto es suficiente? Por ejemplo, si se aíslan los mercados de derivados, los capitales de inversión o los fondos de cobertura, se logra separarlos de los entornos más amplios en los que están inmersos. Los inversores institucionales, que dominan el flujo de capital mundial, forman un gran y único pool de inversiones, donde importa el retorno global y no la naturaleza de la inversión. Cuando hablamos de devolver el flujo de inversión, del mundo financiero a la economía real, puede no quedar claro hasta qué punto se financiarizan completamente las distintas unidades corporativas de la economía. ¿Cuán real es que una empresa como Porsche el año pasado haya ganado siete veces más en contratos derivados que en la venta de automóviles? El Financial Times hace poco se preguntó, retóricamente, “¿Porsche es fabricante de automóviles o un fondo de cobertura?” La respuesta es que Porsche es ambas cosas, y lo mismo se aplica, por ejemplo, a Cargill, el principal comercializador de cereales del mundo y procesador de productos primarios, así como a otros líderes industriales. Nuestra respuesta reguladora de la crisis actual y de nuestra agenda política depende de las preguntas que nos hagamos. Se trata de un proyecto social, no de un acto de legislación. En definitiva, la cuestión fundamental que enfrentamos es cómo organizar tanta inusitada riqueza global para empezar a alimentar a los más necesitados y a proveer de agua potable a los millones de personas que no tienen acceso a ella, y también cómo recuperar la fertilidad de la tierra, interrumpir y revertir el cambio climático, y trabajar correctamente en pos de los derechos que reclamamos.

* Adaptación de la nota “¿Qué significa “financiarización” para los trabajadores de la alimentación?” de Peter Rossman -Director de Comunicaciones de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación (IUTA)-, publicada en Seedling, revista trimestral de la organización internacional Grain, enero 2010. www.grain.org

Traducción
Graciela Zuccarelli, ra.bog.itni@accuz
Departamento de Protocolo

Fuente: INTI

Temas: Sistema alimentario mundial

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