Coletazos de la aprobación del trigo HB4: En la Argentina, “a pedido de los clientes”, un molino comenzó a ofrecer harina “libre de transgénicos”

Idioma español
País Argentina

En el programa dominical de Mitre y el Campo entrevistaban este domingo a los directivos de la empresa Molinos Cabodi, que fue fundado en la localidad de Rojas en 1853 por el francés Don Sebastián Roques, y por eso a lo largo de este año está festejando extensos 170 años de vida. Algo de experiencia tiene: es el molino más antiguo del país y sigue en manos de su familia fundadora.

En la entrevista se repasaba esa historia sin reparar que unos minutos antes, en una publicidad emitida durante el mismo programa, Molinos Cabodi ofrecía a sus clientes “harina 100% libre de transgénicos”, en una clara referencia a que el trigo utilizado por ese establecimiento -que representa cerca del 3% de la molienda nacional- no pertenecía a la variedad HB4 de Bioceres, que fue modificado genéticamente para tener mayor tolerancia a la sequía y es el primer trigo transgénico aprobado, no solo en la Argentina sino en todo el mundo.

En sus redes sociales, Cabodi realiza esa misma aclaración: “Nuestras harinas están producidas con trigos 100% libres de transgénicos. Como desde hace 170 años, reafirmando nuestro compromiso con la sociedad”. En Bichos de Campo, donde sí reparamos en ese detalle, consultamos a la empresa pero sin suerte. Prefirieron no hacer aclaraciones aunque dijeron que esa estrategia de diferenciación respondía a satisfacer el pedido de muchos  de sus clientes.

Como sea, el molino más antiguo del país está adoptando una posición de avanzada -para la Argentina- en materia de segregar sus materias primas (en este caso el trigo) en función de su condición de OGM (organismo genéticamente modificado). Y lo hace por decisión propia, sin que haya ninguna normativa que lo obligue a hacerlo. “A pedido de los clientes”.

Es esta toda una novedad, especialmente desde la industria alimenticia argentina, donde no hay otros casos (salvo de productos agroecológicos u orgánicos) de alimentos que aseguren a sus clientes ser libre de OGM.

La Argentina fue, en 1996, el segundo país del planeta en cultivar este tipo de cultivos, detrás de Estados Unidos, al autorizar la siembra de la soja RR de la ex Monsanto. Pero a diferencia de otros países, donde se estableció el “etiquetado obligatorio” de los transgénicos, aquí nunca se consideró necesario que el consumidor conozca de esa condición cuando esos granos fueran utilizados dentro de la cadena alimentaria. Ni las botellas de aceite mezcla hechas a partir de soja OGM ni la polenta elaborada con maíz Bt llevan esa aclaración. Y en el nuevo etiquetado frontal de los alimentos ni siquiera se menciona el tópico. La decisión oficial aquí siempre ha sido considerar los granos modificados como “equivalentes” a los convencionales.

En el caso del trigo HB4 del Bioceres, un trigo que ofrecería mayor tolerante a la sequía porque la investigadora del Conicet, Raquel Chan, le introdujo un gen de girasol, este debate reapareció por una sencilla razón: hasta ahora no había ningún país en el mundo que hubiera aprobado este tipo de tecnologías en el cereal, ya que el mismo se utiliza para consumo humano directo (son mayor proceso industrial que la molienda) y se temía una reacción negativa de los consumidores.

En rigor, cuando el gobierno de Alberto y Cristina comenzó a coquetear con la aprobación de este OGM autóctono (lo hizo en octubre de 2020, pero condicionado a una aprobación también en Brasil), la primera reacción tanto de los exportadores del cereal como de los molinos nucleados en la Federación Argentina de la Industria Molinera (FAIM) fue totalmente negativa, reclamando al gobierno garantías de que no iban a verse perjudicados los mercados.

El ex ministro Julián Domínguez hizo caso omiso a esas advertencias y otorgó la liberación final del trigo HB4 en mayo de 2022. Para ese momento, los exportadores exigían a sus proveedores solo trigo convencional y ya habían montado un sistema de análisis en puertos y acopios, para asegurarse una provisión del cereal “OGM Free”., pues argumentaban que corrían riesgo los mercados internacionales de la Argentina. Todavía siguen haciendo ese tipo de análisis.

¿Y qué sucedió con la molinería interna, que absorbe 6 millones de toneladas de trigo? Para ese entonces, en acuerdos privados con unos 250 productores de todo el país, Bioceres llevaba producidas unas 200 mil toneladas de su trigo transgénico que, según declararon las propias autoridades de la empresa, fueron orientadas hacia el mercado doméstico a través de algunos molinos seleccionados, que aceptaron ese cereal convencidos de que el consumidor local finalmente no pondría reparos.

El negocio del trigo HB4 está siendo próspero. Recientemente Bioceres informó a sus accionistas en Nueva York que en el año fiscal 2023 (concluido a fin de junio) sus ingresos fueron 419,8 millones de dólares, con un aumento interanual del 25%. De esa suma, el trigo HB4 había aportado casi 16 millones de dólares, con un salto del 28% respecto del año anterior y aún en un año con una severa sequía. Además decía que, sin restricciones, “el número de multiplicadores/distribuidores incorporados se multiplicó por 8, lo que posiciona la red comercial para cumplir con la orientación establecida para el año fiscal 2024”. Para la nueva campaña, Bioceres lanzó varias variedades de su trigo transgénico para que los productores puedan decidir libremente si lo siembran o no.

En febrero de este año, Bioceres informó que el trigo HB4 -sin ningún tipo de limitación legal para su producción y comercialización dentro del país- se estaba utilizando en 25 molinos que lo mezclaban sin ningún tipo de problemas con los convencionales, para la elaboración de diferentes tipos de harinas y alimentos. No eran pocos los que lo aceptaban, ya que en la Argentina existen en total unas 150 plantas industriales.

Hasta ahora, según fuentes de la propia industria molinera, la mayor parte de las empresas estaba exigiendo a sus productores proveedores de trigo, al momento de cerrar los contratos de compra/venta, un compromiso firmado de que el trigo que recibirían sería libre de HB4, tal como sucede con la exportación. Pero la fuente admitió que luego de la aprobación de esa variedad modificada para la producción de alimentos de consumo humano, “todos dejaron de prestarle atención, a tal punto que ni siquiera advierten que todavía se hacen los contratos con esa cláusula”.

“No supe que ningún colega alguna vez haya hecho el test para determinar la posible existencia de granos HB4 dentro de sus compras. Siempre se habló de tener controlado la situación con sólo el pedido y no con controles efectivos”, admitió el molinero consultado.

Al comenzar a promocionar sus harinas como “100% libres de transgénicos”, y aunque no está obligado a hacerlo ni existe el modo de certificarlo, el añoso Molino Cabodi acaba de salirse de esa lógica. Eso ya es una noticia en si misma. Una golondrina no hace verano. Habrá que ver qué sucede con otros establecimientos industriales y también con los consumidores locales, que hasta ahora -y por 25 años- habían sido casi convidados de piedra en este tipo de discusiones.

Fuente: Bichos de campo

Temas: Semillas, Transgénicos

Comentarios