Joan Martínez: “Cuando la economía crece, se destruye la biodiversidad”

Una de las voces más autorizadas sobre economía y fundador de la Sociedad Internacional de Economía Ambiental advierte que el medioambiente pasa desapercibido a la hora de hablar de un megaproyecto y explica cómo el crecimiento económico se puede convertir en un genocidio en cámara lenta. En su paso por Bogotá, el experto habló con UN Periódico.

Joan Martínez, reconocido economista catalán que vive en Barcelona y nunca ha pensado en comprar carro, afirma que las grandes compañías contabilizan el pasivo ambiental en su presupuesto solo cuando hay protestas ciudadanas y juicios legales.

El catedrático de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien además es miembro fundador de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica y de la Asociación Europea de Economía Ambiental, asegura que nadie tiene en cuenta dentro del producto interno bruto lo que un país pierde por agotamiento de recursos o los daños producidos por la contaminación.

Este fuerte impulsor del ecologismo político estuvo en la Universidad Nacional y en otros sectores de Bogotá. Visitó, por ejemplo, el río Tunjuelo
—donde se extraen grava y arena—, al cual catalogó como “paisaje lunar”. También pasó por el cerro El Mochuelo, donde apreció “cómo se inunda Bogotá con canteras que perjudican la agricultura”.

Con estos puntos de referencia en la capital y otros como los páramos de Santurbán y del Almorzadero, en Santander, habló con UN Periódico sobre la biodiversidad en Colombia y en el planeta, que en su opinión, está asfixiada por el crecimiento económico.

Advirtió que todas las ciudades avanzan en algún momento, pero están destruyendo la agricultura y, en el caso colombiano, los páramos.

UN Periódico: ¿en qué consiste su idea de que los países desarrollados no deberían crecer más, por el bien del medioambiente?

Joan Martínez: en los países ricos no debería crecer más la economía porque eso significa usar más energía y más materiales. Dicha energía procede del carbón, el petróleo y el gas en un 80 %, fuentes que, al ser quemadas, producen dióxido de carbono, que aumenta el efecto invernadero. Sabemos que cuando una economía crece, se destruye la biodiversidad, porque se requiere más papel, proveniente de plantaciones de árboles, se usan más agrocombustibles, la gente come más carne –como ocurre en China– y por tanto utiliza más tierra para alimentarse. El crecimiento económico implica cambio climático y pérdida de biodiversidad.

¿Hay alguna conciencia en los países ricos sobre el daño que le hacen al medioambiente?

Hay una conciencia minoritaria. Muchos países desarrollados se han endeudado mucho por la crisis económica y aseguran que la economía debe crecer para poder pagar la deuda. Tal vez no podrán pagarla toda, sino la mitad. Ha pasado, muchas veces en la historia, que no se cancelan todas las deudas porque el crecimiento implica daños ecológicos, que de por sí son una cuenta pendiente. De los 7.000 millones de habitantes del planeta, más de 1.000 millones son desesperadamente pobres. El crecimiento económico ayuda, pero si se dispone de una buena administración y una mejor distribución, este no resulta tan prioritario.

¿Y cómo está América Latina en ese contexto?

En los últimos 10 años, América Latina se ha dedicado a exportar productos primarios a precios que han subido un poco por la demanda de China, pero esta no es una política sostenible a largo plazo, porque implica costos ambientales muy grandes. Si se le pregunta a la Drummond, que explota carbón en el norte de Colombia, de cuánto es su pasivo ambiental, dirá que es de cero porque en su contabilidad no aparece.

¿Cómo se define pasivo ambiental?

El activo es lo que la empresa tiene, y el pasivo, lo que debe. Lo apuntan cuidadosamente y dicen: “Debemos tanto a los proveedores y tanto al Estado por impuestos”, pero nunca apuntan las deudas ecológicas que contraen. Estas solo aparecen cuando la gente protesta o cuando hay un juicio como el que se le hizo a Chevron Texaco en Ecuador, donde un juez dictaminó que la empresa debe aproximadamente 1.000 millones de dólares por los daños que causó al ambiente entre 1970 y 1990, a raíz de la extracción de petróleo.

¿Cómo ve el caso de Colombia?

No es la gran minería del Cerrejón o la del Cesar lo más preocupante. El caso del páramo del Almorzadero es muy delicado así como el de Greystar en Santurbán. Todas las ciudades avanzan en algún momento, pero están destruyendo la agricultura y, en este caso, los páramos. En el río Tunjuelo, en Bogotá, vi unos 25 camiones y excavadoras. Esto lo están haciendo la Holcim de Suiza, Cemex de México y una empresa del Arzobispado de Bogotá. Entiendo que hace falta material de construcción, pero lo están sacando de la propia ciudad, por lo cual la gente de Ciudad Bolívar, que es pobre, se está uniendo para protestar.

¿Cómo es la relación entre pobreza y medioambiente?

Tengo una teoría que se llama “el ecologismo de los pobres”. Cuando hay conflictos ecológicos, como el de extracción de recursos o de contaminación, se observa que, muchas veces, la gente pobre está del lado de la conservación; esto se evidenció en Santurbán. Otro ejemplo es Tumaco, donde se destruye el manglar para instalar empresas camaroneras. En estos casos no son ni la Shell ni la Chevron, es la burguesía local que ve resistencia en la gente pobre que usa el manglar de manera sostenible.

¿De qué sirve que ahora se hable tanto de cambio climático?

Se hablaba muy poco hace 20 años y hoy se nota que es un tema importante, pero no hay lo que se llama una modernización ecológica, que quiere decir que la economía crece y el ambiente mejora. Los países ricos exportan sus costos ambientales. Estados Unidos o España importan petróleo de sitios como Nigeria, donde hay un enorme costo ambiental y social en el delta del río Níger; allí también hay juicios contra la Shell. Muchas veces el Estado es el culpable porque pone normas, pero no las hace cumplir.

Usted dice que el PIB no debería crecer, pero ¿cómo compensarlo y qué otros sectores de la economía podrían crecer?

El PIB, que es algo muy importante en la política, no resta las cosas que debería restar, como el agotamiento de recursos, los daños producidos por la contaminación o la pérdida de biodiversidad. Los países ricos deberían crecer poco en energía y materiales y llegar a un estado estacionario, como lo dijo hace muchos años el economista ecológico Herman Daly.

No obstante, dentro de ese estado hay sectores de la economía que sí deberían crecer, por ejemplo la agricultura orgánica, que enfría la tierra porque no gasta tanta energía, la arquitectura bioclimática, el urbanismo más favorable, los viajes en transporte público, bicicleta o a pie, y no en automóvil privado.

Fuente: UN Periódico

Temas: Agronegocio, Ciencia y conocimiento crítico

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