México: Atenco: las violencias y nosotros

Idioma Español
País México

En Atenco, la violencia no la empezaron sus pobladores sino la fuerza pública que los atacó militarmente. Como de costumbre, el poder reventó los límites entre el derecho de protesta de los ciudadanos (para este caso la defensa de los comerciantes de flores de Texcoco y la solidaridad de los atenquenses) y decidió encarcelar a los primeros y atacar a los segundos

Al poder no le gusta ver su propia violencia y procura que "la sociedad" sea ciega a ella. Qué mejor velo que la violencia de los otros, de la plebe, del peladaje. "Ellos", los otros (nosotros), son los bárbaros, los brutales. "Lo nuestro" -dicen los poderes- "se llama mantenimiento del orden y la paz. Te parto la madre por el bien de todos, los todos que yo digo, donde no estás incluido tú. A menos que te portes bien, o sea, que acates".
Ellos, arriba, tienen todos los medios de cohesión, control e información a su favor. Es algo que acá abajo nunca hay que olvidar. Ni desdeñar. Quien subestima al enemigo verdadero, pierde. La resistencia ha de ser impecable, es decir, disciplinada en sus propios términos. No hacer lo que el otro haría; o sea, no mentir y no cegarse en la violencia. Además ellos son impunes, o casi. Nosotros no.

Las imágenes del policía caído, inocente, siendo golpeado y pateado por lo que el helicóptero de la televisora retrata como "la chusma", han sido argumentos imbatibles del enemigo. Los puede repetir ad nauseam, para que nadie se quede sin verlos.
Además, como diría ese sabio marxista, Groucho Marx, "nunca patees a un hombre caído, podría levantarse".

Fuenteovejuna es explicable, y está llena de razones. De buenas razones. Pero es un error. Para la policía mexicana no existen los derechos humanos. Golpear es su deber; violar mujeres, su privilegio. Eso es odioso, pero no justifica que nosotros les arrebatemos ese "deber".

En Atenco, la violencia no la empezaron sus pobladores sino la fuerza pública que los atacó militarmente. Como de costumbre, el poder reventó los límites entre el derecho de protesta de los ciudadanos (para este caso la defensa de los comerciantes de flores de Texcoco y la solidaridad de los atenquenses) y decidió encarcelar a los primeros y atacar a los segundos.

Resulta curioso que los medios (que se supone deberían ser inquisitivos) y los analistas-intelectuales (que se supone deberían ser reflexivos y comprehensivos) hayan abrazado con tanto fervor la tesis "los violentos son los otros". Los reporteros y articulistas nos dicen: estoy con la policía, yo soy la policía.

Con eso de que ya estamos en una sociedad democrática, nos dicen, debemos aprender que los policías son los buenos. No como antes. (Eso incluye necesariamente difamar a los de abajo, para luego poder con toda comodidad convertirlos en malos sin pudores en la conciencia). Los tiras son instrumentos de gobiernos elegidos legítimamente. Y de izquierda, o sea, perredistas. Los sospechosos somos nosotros. Chido.

El candado se cierra con la selectividad que posee el poder. El poder de la edición. "Sociedad, no te espantes. Mi violencia no necesitas conocerla. Hago el trabajo por ti, por tu tranquilidad, a fin de cuentas esos pelados taparon el paso de los coches (gran pecado) y cuando fuimos a quitarlos, patearon en los testículos a uno de nuestros ángeles caídos".

También nos dicen a nosotros el público: "Metimos orden en la casa de aquel (en sus calles, sus campos, sus caminos) para cuidar tu casa. ¿Órdenes de cateo? Al que la pida me lo sueno. Gracias a tu voto legítimo y a tu alcalde democrático, el allanamiento, la invasión y la saña no son lo que son. Y como sea, la venganza es entendible. ¿Qué, no viste la tele?" La Biblia, decía el general Sharon, justifica la ley del Talión. Ojo por ojo, testículo por testículo.

Los mexicanos acabamos de vivir en Atenco una probada sangrienta y amarga de lo que la alianza tripartita (PRI-PAN-PRD) está dispuesta a hacer para acallar las resistencias. Si se los permitimos como ciudadanos libres que somos, nos criminalizarán hasta el último rincón. Ellos hacen y administran las leyes. Aconsejan el miedo, la resignación, el mirar a otro lado, menear la cabeza, ah qué caray. Quieren hacernos sentir que no tenemos nada que hacer. Mejor ahí muere: quédate mis tierras, bébete mi agua, dame un huequito en tu reino de fantasía, déjame consumir tus baratijas, y ser onda RBD.

La organización, la claridad, el sentido de justicia, la solidaridad: esas son nuestras armas contra el fascismo vergonzante que acecha en las desvencijadas estructuras del Estado y las empresas que lo sostienen. Su "viva la muerte" es estúpido, criminal y suicida. Nuestro amor a la vida no lo es.

(Publicado originalmente en la revista Palabras de La Otra Campaña, número 3, mayo de 2006)

Fuente: La Jornada, Suplemento Ojarasca 106 - mayo 2006

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