Réquiem por un campesino

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"La realidad es que sobre todo en América Latina, la esclavitud vuelve a tener nombre de multinacional. Algunos países como Chile han parado in extremis la llamada “Ley Monsanto” por la que cualquier empresa puede cobrar derechos intelectuales y en exclusiva de sus semillas. El problema no sería tan grave si la gente pagase por la semilla y si la cosecha es buena, recogiese las semillas resultantes y pudiese cultivarlas de nuevo. Pero la avaricia no tiene fondo cuando hablamos del dinero que genera hambre."

A la manera en que Ramón J. Sender nos contase la dureza y la pureza que el agricultor español vivió en la postguerra española, hoy comienzo con ese título memorable para acordarme no del campesino español solamente, sino de los campesinos que quitan el hambre primigenia del mundo.

Me duelo cada vez que me llegan noticias de la evolución bursátil y fagocitadora de una empresa que, si nadie lo remedia, será la dueña de las bocas del mundo y actuará sin duda como hasta ahora, exclusivamente en beneficio del que más pague por ese derecho natal que es la comida. Hablo sin duda de Monsanto, el todopoderoso lobby que sólo en EEUU invierte más de 30 millones de dólares en comprar posiciones estratégicas para que sus productos sean aceptados por políticos y leyes favorables. Monsanto, una de las multinacionales más odiadas según diversos rankings y que pese a todo, sigue engullendo algo tan básico como la libertad laboral que se presupone a cualquier trabajador del campo.

La realidad es que sobre todo en América Latina, la esclavitud vuelve a tener nombre de multinacional. Algunos países como Chile han parado in extremis la llamada “Ley Monsanto” por la que cualquier empresa puede cobrar derechos intelectuales y en exclusiva de sus semillas. El problema no sería tan grave si la gente pagase por la semilla y si la cosecha es buena, recogiese las semillas resultantes y pudiese cultivarlas de nuevo. Pero la avaricia no tiene fondo cuando hablamos del dinero que genera hambre. Las semillas de Monsanto son estériles. Un tomate de Monsanto, sin entrar a evaluar los posibles daños o no que puede generar un alimento transgénico -La IARC, dependiente de la OMS, tachó su herbicida Glifostato de «potencialmente cancerígeno»-, va a nacer con semillas que no son capaces de reproducirse, así que, después de cargarnos las semillas locales, nos encontramos con campos y agricultores sin semillas naturales a las que acudir, y entregados al precio y el oligopolio de empresas que juegan con el hambre, la salud y la dignidad de algo tan básico como nuestra alimentación.

Las variedades naturales se verán reducidas a las variedades rentables, el juego del mercadeo hará de nuestro mundo un lugar menos plural hasta en los alimentos, y a todo esto, los gobiernos seguirán reuniéndose con los lobbys que generan este terror para garantizarles inmunidad legal.

Esta legalidad del terror, no está tan lejos. Abiertamente ya se debate sobre el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión, conocido por el acrónimo en inglés TTIP -sobre este tema hablaré más hondo en otra intervención- que permitiría que la soberanía legal de cada país se pueda saltar y suplir por otra inventada al gusto de los grandes emporios bursátiles. Así estamos, llorando los futuros negros y estériles de la agricultura. Mientras, en Milán, se habla de esperanza a golpe de patrocinio de Coca-Cola y Mc Donalds. Lo dicho... réquiem triste por el campesino.

Fuente: Diario de León

Temas: Corporaciones, Derechos de propiedad intelectual

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