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Biodiversidad en América Latina y El Caribe

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Autor Virginia Trifogli Idioma Español Pais África, Argentina Publicado 5 julio 2016 11:13

“La batalla principal es lograr el acceso justo a una alimentación adecuada”

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Marcos Filardi tiene una obsesión: el hambre. Ese motor lo llevó a ser abogado, a vivir en África y, ahora, a crear el mapa de la soberanía alimentaria en Argentina. Recorre el país para conocer grupos y personas que producen alimentos de manera agroecológica, colectiva y en armonía con la naturaleza.

Marcos Filardi en África

Por Virginia Trifogli

Marcos Filardi viene recorriendo el país con la tarea de crear un mapa de la soberanía alimentaria. Su objetivo es conocer, lo más a fondo posible, la realidad de la experiencia alimentaria para crear una herramienta que ayude a potenciar la red de diferentes participantes que se involucran con el tema.

El punto de partida se marca hace muchos años atrás cuando la imagen de la hambruna en África se le grabó en la mente. Así, decidió ser abogado, con la idea de hacer “un aporte para la justicia social”. Finalmente, dejó su casa en Capital Federal y viajó al continente que encendió su motor, a conocer de cerca esa realidad que lo interpelaba, y volvió al país, decidido a hacer lo mismo.

¿Cómo fue la experiencia en África?

Fue un despabilar la consciencia, una cachetada de realidad. Lo que a mí más me dolió fue que el hambre, mientras estamos hoy reunidos, es un fenómeno que sucede, que simplemente acontece, que no genera titulares, que es crónico en muchos lugares del mundo y que no genera ningún tipo de indignación ni de respuesta. No estoy hablando de la hambruna que esa sí figura en las portadas, sino de ese hambre silencioso, cotidiano.
Yo he estado en las unidades de nutrición terapéutica donde uno va un día y encuentra diez chicos, va al otro, encuentra ocho o nueve porque uno o dos no pasaron la noche ¿Y por qué? Por no tener acceso a la nutrición adecuada que los mantiene con vida o no sucumbir ante enfermedades que de estar adecuadamente nutridos no sucumbirían.

¿Y por qué pasa esto?

Por la desigualdad reinante. La base de todo es la desigualdad social. No es un problema de falta de alimento. Hay alimento de sobra para todas las personas, simplemente que algunas tienen acceso y otras no. Y el medio para acceder a esa alimentación es el dinero y si una persona no lo tiene, queda afuera y, directamente, muere.
La batalla principal es por lograr el acceso justo a una alimentación adecuada. Y digo adecuada porque no es cualquier alimentación: es adecuada cuantitativamente, culturalmente. O sea, bueno para comer y no solamente bueno para vender.

¿Qué significa que sea “bueno culturalmente”?

Es que se corresponda culturalmente a las tradiciones que pertenecemos como comensales. Que no se utilice el arma como herramienta de imposición de otros modelos alimentarios y que se arrasen culturas alimentarias que han nacido a lo largo de los años como respuesta a las condiciones ecológicas, de tiempo y espacio. Porque también la alimentación es cultura, la alimentación es un hecho social, que es producto de relaciones sociales, que produce relaciones sociales y que también nos da un sentir de identidad y de pertenencia. Un componente esencial del derecho a la alimentación es la adecuación cultural, que se corresponda a las tradiciones culturales a las que pertenecemos como comensales.

En Argentina tenemos un sistema alimentario dominante que es el de los agronegocios

¿Qué proyectos o experiencias has visto que se acercan a este objetivo?

La sensación que me está quedando al hacer este viaje es que en el país estoy encontrando cada vez más experiencias de soberanía alimentaria. Que son experiencias de producción local agroecológicas en armonía con la naturaleza de los alimentos, la práctica de los pescadores artesanales que, a pesar de todo, siguen librando la batalla por obtener pescado de manera adecuada para todos, de los crianceros, los pastores tradicionales que del mismo modo, a duras penas y con muchas dificultades siguen manteniendo esa forma de vida.

Al mismo tiempo, formas alternativas de distribuir los alimentos. Sobre todo lo que son las ferias del productor al consumidor, donde se está tratando de eliminar a la cadena de intermediarios que normalmente se lleva una gran parte de la tajada y lograr esa vinculación directa nuevamente, cara a cara, entre el productor y el comensal. No solamente por una cuestión económica, sino también por el sentido de ese encuentro, que permite al comensal entrar cara a cara en diálogo con el productor y vincularse de esa manera con el sistema productivo.

También hay experiencias alternativas de consumo, como el financiamiento por adelantado de siembra. Es claro que en Argentina, y en el mundo, tenemos un sistema alimentario dominante que es el de los agronegocios, el de la privatización de las semillas, el del supermercadismo que está sostenido por la industria química, por las grandes cerealeras, por la industria del petróleo, por la farmacéutica, por la logística, por el plástico. Frente a eso, gratamente, lo que estoy viendo es que cada vez más jóvenes están intentando, actuando, un sistema alimentario distinto. Y lo interesante es que lo están haciendo de abajo hacia arriba, como el fuego que alienta de abajo. Esto no es desde el Estado, salvo algunas excepcionalísimas cosas. Jóvenes que deciden volver al campo, que deciden experimentar producciones sanas en armonía con la naturaleza, jóvenes que buscan la manera de revincularse con el productor. Y la esperanza de que colectivamente podemos trabajar por un sistema alimentario distinto.

¿Por qué hacer este cambio, que implica un gran compromiso de transformación en la vida cotidiana?

El primer motivo que debería llevarnos al cambio es cuidar nuestra propia salud y la de nuestra familia. Reapropiarnos de eso que nos estamos llevando a la boca y empezar a preguntarnos cómo se produce, dónde, de qué manera se distribuye hasta que llega a mi mesa. Empezar a indagar, porque, en definitiva, eso que nos llevamos a la boca va a parar a cada una de nuestras células y, de ahí, va a decir qué tipo de vida vamos a tener.

Después también saber que cada vez que vamos a comer estamos haciendo un voto monetario por un determinado sistema alimentario. Uno decide si ese dinero va a pagar un alimento ultra procesado, producido por un puñado de empresas muy concentradas, o si va a la producción de un alimento fresco, producido en armonía con la naturaleza, de manera agroecológica, en consecuencia, saludable, y que fue producido por un pequeño productor. Al hacer esa elección también dispara una señal hacia el mercado y hacia el tipo de sistema alimentario por el que se opta. Este es un poder que tenemos que ejercer.

Eso por un lado, y por otro lado el rol que tenemos como ciudadanos para tomar consciencia sobre lo que comemos y para pelear por otras políticas públicas, por otro sistema alimentario. Si no convencemos a los políticos que establezcan políticas públicas acordes a lo que pensamos, tenemos que organizarnos colectivamente, como se está haciendo. Si no hay respuesta la gente sale directamente a hacer las cosas, y eso es lo más alentador que estoy viendo, porque ese cambio va a ser genuino y va a ser verdadero.

La alimentación es cultura, es un hecho social. Nos da identidad y pertenencia

¿Por qué decidiste salir a recorrer el país?

Yo venía abordando el tema pero me pesaba “girar en descubierto”, estar hablando sin tener un pantallazo de cómo son las diferentes realidades del país. O sea que por un lado es sacarme una deuda propia. La devolución que uno encuentra cara a cara no es la misma que uno puede obtener desde internet.

Y, además, si realmente queremos construir este sistema alternativo, densificar estas redes cada vez más, empecemos a cuidar los vínculos entre nosotros. Volver a ese contacto personal, porque detrás de todas estas luchas que se cruzan con las luchas por los derechos humanos, las luchas socioambientales, hay una búsqueda de un buen vivir.

¿Cuál va a ser el final de este viaje que estás haciendo?

Lo más importante es el mapa de la soberanía alimentaria en Argentina, como producto final de este viaje. Y no el mapa como tal, sino como una herramienta más para la construcción de la red. Yo creo que el aporte que puedo hacer de esta experiencia, en la que estoy aprendiendo, es contribuir en la visibilización de toda esa gente que está haciendo cosas distintas. Y, después, en la red, cobra vida propia: que unos se empiecen a conectar con otros, que se empiecen a multiplicar experiencias para que esta red se vaya densificando colectivamente.

En definitiva lo que estamos tratando es que esta chispa entre dos nadas que es la existencia a la que fuimos arrojados sea lo más digna y linda de ser vivida.

“Un mundo libre de hambre”

¿Cómo te definirías vos?

Una persona que lucha a diario por ser consecuente porque su pensamientos sus acciones estén alineadas por parecerme cada día a lo que soñé de mí mismo.

¿Y qué soñaste de vos mismo?

Soñé abandonar a mi muerte un mundo libre de hambre.

¿No es demasiado grande ese sueño?

Sí, peroooo. Sí.

¿Y cómo lo crees posible de realizar?

Colectivamente, generando consciencia, trabajando y enlazándonos en red, hilvanando, ideas, proyectos. Uniendo las energías de la gente que a lo largo y ancho de la Argentina y del mundo está tratando de hacer algo distinto

¿Qué pasa con tu familia, con tus amigos, con las personas que te conocían antes de que Marcos fuera un abogado, de que Marcos se vaya a África?

Cuesta, en todos los ámbitos, pero lo que estoy notando es que cada día más hay un oído más atento porque realmente este sistema alimentario no está dando respuestas. Sabemos que tenemos un 30% de sobrepeso, que tenemos un 17% de obesidad, que cada día son mayores las enfermedades crónicas no transmisibles, como el cáncer o las cardiovasculares. Sabemos que están vinculadas con la alimentación, no podemos hacernos los desentendidos. Entonces, en este marco, y en el afán de tener una vida saludable, hay inquietud por estos temas.

Fuente: http://www.8300.com.ar/

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