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Autor Hendro Sangkoyo Idioma Español Pais Asia Publicado 4 febrero 2016 16:43

Temporada de incendios en Indonesia. Realidades que ocultan los “discursos verdes” de París

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"Se trata de una práctica de “roza y quema” empresarial. Mientras que los pueblos del Archipiélago que dependen de los bosques han sido los más afectados por los incendios, éstos reducen drásticamente la capacidad de recuperación de los sistemas ecológicos de las islas y de las generaciones futuras. La ausencia de medidas correctivas adecuadas se contradice con la promesa del país de contribuir a la mitigación y la adaptación del cambio climático."

Por Hendro Sangkoyo / School of Democratic Economics, Indonesia | 25 enero 2016 | Biodiversidad 87 / 2016-1

La escala del desastre. La locura del incendio de bosques y tierras ha vuelto a ocurrir de manera descontrolada en Indonesia. Hasta el 16 de noviembre, la Base de Datos Mundial de Emisiones por Incendios registró 122 mil 568 focos de quema en todo el Archipiélago. Desde enero de 2015, el incremento en el número de focos de incendios es el más elevado, en comparación con 2003 y 2014. En cuanto a la dimensión, se afirma que el fuego quemó unos 21 mil kilómetros cuadrados de bosques y tierras de turba en tan sólo unos meses, entre junio y octubre de 2015.

Durante ese periodo, los vastos incendios en las provincias provocaron problemas de salud crónicos en más de 43 millones de indonesios. Durante el mismo periodo, los incendios cobraron al menos 31 vidas. Diecinueve de ellos, en su gran mayoría niños en edad escolar, vivían en las provincias de Riau, Sumatra del Sur, Jambi, Kalimantán Oeste, Centro y Sur. Otros quedaron atrapados entre las llamas en la isla de Java. No está del todo claro si en los próximos años el Gobierno pagará los gastos médicos de los millones de personas cuya salud quedó afectada de diferentes maneras a raíz de la excesiva exposición al humo. El fracaso del gobierno en la prevención y manejo de los incendios ha sido incluso calificado de “crimen de lesa humanidad”. Mucho más podría decirse sobre el sufrimiento en los territorios.

El Ministerio de Medio Ambiente y Bosques publicó una lista de más de 286 empresas de plantaciones que son responsables de una forma u otra de la propagación del fuego en sus zonas de concesión. El número de empresas en la lista del Gobierno es sustancialmente menor al número de empresas involucradas que han sido identificadas de forma independiente, que supera en mucho las 300. Los incendios también se produjeron en zonas de concesión madereras. De las 299 empresas madereras registradas en 2010, 276 permanecen activas. A juzgar por esa subestimación del número de empresas y la evidente falta de voluntad del Gobierno en revelar cuáles fueron las empresas involucradas en los incendios de este año, numerosos grupos y personas críticas en Indonesia expresaron serias dudas de que el Gobierno vaya a tomar alguna medida contra esas empresas de plantaciones.

¿Por qué la sensación de sorpresa? ¿Acaso tal incendio masivo no tiene precedentes o resulta inesperado? En realidad no. Los incendios de 2015 presentan un patrón anual similar bien registrado de incendios que se vienen sucediendo, como mínimo, desde 2003. Por lo tanto, ¿dónde están exactamente sucediendo los incendios espectaculares este año? Los datos sobre los focos de quema a partir de imágenes satelitales y observaciones en el terreno encajan sorprendentemente con la distribución espacial de las concesiones madereras y de plantaciones, no sólo en Sumatra y Kalimantan —los conocidos cinturones de plantaciones— sino también en muchas partes de Sulawesi, Maluku y Papua.

En 2003, el Gobierno de Indonesia estableció la cifra total de “tierras aptas” solamente para palma aceitera en 32 millones de hectáreas. Eso es casi cuatro veces la superficie ocupada por las plantaciones de palma aceitera en 2014, que es de aproximadamente 8 millones 250 mil hectáreas. El problema que acarrea esta industria supone más que los incendios forestales y la contaminación del aire que se han apoderado de Singapur, Malasia, Brunei y la mayoría de las regiones de Indonesia. Comparada con los costos derivados de los daños evidentes a la salud humana y a la tierra, la ganancia monetaria que obtiene el gobierno de la exportación y los impuestos es insignificante. La palma aceitera ciertamente no es el único factor que perpetúa la crisis. Además del subsidio del Gobierno al madereo en gran escala, Indonesia ha experimentado el rápido aumento de otras plantaciones a gran escala. La expansión de las plantaciones forestales para la obtención de celulosa y de biocombustibles en las últimas dos décadas es un ejemplo de ello. Ambas plantaciones están clasificadas oficialmente en Indonesia como hutan tanaman industri (“bosque de plantas industriales”) —una traducción perfecta del oxímoron que utiliza la FAO para su definición de bosques. Entre 1995 y 2014, el Gobierno de Indonesia asignó 8 millones 700 mil de hectáreas de bosques para plantaciones forestales destinadas a la obtención de celulosa. El año pasado el Gobierno se propuso como objetivo un salto en la producción de madera para llegar a los 100 millones de metros cúbicos, ampliando la zona de plantación en 15 millones de hectáreas.

La brutalidad del “desarrollo en acción” tiene también su dimensión Norte-Sur. Por eso, es útil revisar la correlación existente entre la deforestación y la deuda. Entre 1970 y 1989, antes de la crisis de la deuda, la estimación de la pérdida de bosques en Indonesia fue de entre 12 y 24 millones de hectáreas. Durante este periodo de dos décadas, la velocidad de la deforestación aumentó un 83%, registrando la tercera mayor aceleración de la deforestación después de la de Brasil y Vietnam. Desde 1989 hasta 2011, la deuda externa de Indonesia se triplicó, pasando de 15 mil 700 millones a 45 mil 700 millones de dólares. Entre 1990 y 2010, la cobertura forestal se contrajo aún más con otros 27 millones 800 mil hectáreas, lo cual es mayor a la pérdida de las dos décadas anteriores. Como medida de reparación de la deforestación industrial para la expansión de cultivos de exportación, apareció la nueva solución para mantener “las joyas” del bosque, con fondos de donaciones y préstamos para REDD+ e iniciativas similares, que podría ir de la mano con la deforestación industrial sin que una interfiera con la otra. En este sentido, tanto la deforestación industrial como la “protección del carbono forestal” se vinculan con “la financiación del desarrollo”: diferentes esquemas para diferentes regímenes fiscales.

En un análisis más detallado de las dinámicas de la deforestación hasta finales de 1990, el “Grupo de Trabajo de Indonesia sobre las causas subyacentes de la deforestación y la degradación de los bosques” sugirió causas estrechamente interconectadas, tales como el paradigma de desarrollo adoptado por el gobierno de Indonesia -—que está influenciado por los préstamos de ajuste estructural, los préstamos bilaterales y multilaterales; las presiones comerciales internacionales y regionales; y la receta de crecimiento económico con el agotamiento de los recursos naturales.

Desde principios de la década de 2000, como consecuencia de la crisis económica asiática, aparecieron nuevos factores que se sumaron al problema. Estos incluyen la reorganización espacial del Estado, junto con un régimen de ordenamiento del territorio que facilita aún más la adquisición de grandes extensiones de tierras de bosque para proyectos de mega infraestructura, tal como los “Corredores de Desarrollo Económico” de Indonesia y el proyecto “Estado Integrado de Alimentos y Energía de Merauke” (MIFEE, por su sigla en inglés); la privatización del sector energético, que ayudó a crear el problema de la “subvención” de los combustibles fósiles y un aumento del consumo de energía y materias primas; una mayor expansión del uso de los bosques para minería, plantaciones para obtención de biocombustibles, fundición o grandes proyectos de generación de energía “renovable”, entre otros. Estas grandes inversiones a su vez abren mercados incipientes a los proyectos de compensación de carbono, programas de compensación por la pérdida de biodiversidad y pago por servicios ecosistémicos. Los incendios de 2015, después de todo, son un desastre largamente anunciado y no deberían caer de sorpresa.

Los incendios de Indonesia y el clima. Los incendios de 2015 ocurren en la víspera de las negociaciones de la ONU sobre el clima. En el contexto de la evolución de las políticas sobre el clima, los agentes clave del capital industrial y financiero mundial han logrado desviar la atención de los esfuerzos por mitigar el cambio climático, es decir, de poner freno a la obsesión mundial por los combustibles fósiles, a ponerle un precio al carbono almacenado en los bosques para usarlo en ficticios mecanismos de compensación. En consecuencia, los desastrosos incendios de Indonesia pueden otorgarle a los comerciantes y promotores de carbono —incluidos los administradores estatales de países con bosques— un retorcido argumento para obtener más apoyo para utilizar los mecanismos de compensación de carbono, tales como REDD, en el uso de la tierra, los cambios en el uso del suelo y las plantaciones, subestimando a la vez los impactos de la quema mundial de combustibles fósiles.

De acuerdo con el análisis de la Base de Datos Mundial de Emisiones por Incendios, los incendios de Indonesia de este año se traducen en más emisiones que las derivadas de la combustión de combustibles fósiles de Japón en 2013, casi el doble de las de Alemania y más del triple de las de Indonesia para el mismo año. A lo largo de los meses de septiembre y octubre de 2015, las emisiones diarias de Indonesia como consecuencia de los incendios, superaron las emisiones procedentes de la economía estadounidense.

Los incendios, sin embargo, implican mucho más que las emisiones. Quemaron tierras, territorios y liberaron humos muy peligrosos. Lo que los medios no muestran es la conexión entre la expansión de las plantaciones industriales y el daño permanente del espacio vital de vida y del régimen alimentario de los pueblos indígenas, el rápido salto en el consumo de combustibles fósiles del país para la importación de biomasa, la devastación de sistemas ribereños vitales por el uso masivo del agua tanto de superficie como subterránea para la minería y la industria de bienes raíces, así como conflictos y desalojos forzosos. La expansión de las plantaciones ha sido siempre una de las causas de la deforestación, no la solución. Si las plantaciones consiguen promocionarse como un ejemplo de “economía baja en carbono”, entonces sabemos lo mala que puede ser esa economía. La temporada de incendios de Indonesia demuestra que esos problemas pasados por alto no se resolverán incorporando las mediciones de la huella de carbono a la contabilidad del Producto Bruto Interno (PBI), o recibiendo apoyo financiero internacional para proyectos voluntarios de compensación.

En el actual régimen internacional del clima, un régimen de facto, en el cual, a falta de un acuerdo vinculante para todos los países miembros de la ONU, cada país produce sus “contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional” —o contribución nacional tentativa— (INDC, por sus siglas en inglés), el destino de los sistemas ecológicos más precarios, en especial los bosques, quedan en gran medida supeditados al imperativo de mantener la liquidez de los circuitos de capital a través de una representación economicista del planeta.

El documento INDC indonesio —considerado inadecuado por Climate Action Tracker, una evaluación independiente de los compromisos y las acciones implementadas por los países para abordar el clima de crisis— menciona una moratoria a la tala de bosques primarios y la conversión de tierras de turba desde 2010 a 2016. El documento no menciona que a pesar de que esa moratoria fue prorrogada por tercera vez desde 2011, las mayores empresas de plantaciones han ido acumulando con los años cientos de miles de hectáreas de tierras de turba. El drenaje sistemático de las vastas tierras de turba —que facilitó y aceleró los incendios de tierras— quedó fuera de la moratoria. Del mismo modo, los mecanismos y programas de compensación de carbono y financiarización del bosque, tales como REDD, son notoriamente irrelevantes ante grados tan alarmantes de concentración de la tierra y sus emisiones derivadas. El hecho es que las concesiones de plantaciones industriales para la extracción de madera tan sólo en la provincia de Sumatra del Sur, abarcan el 80 por ciento de todas las tierras de turba de la provincia.

Las zonas de concesión registraron 13 mil 348 focos de quema para el 27 de octubre de este año, todos en el lugar donde la capa de turba alcanza la profundidad de 3 metros o más. De hecho, el 46 por ciento de los incendios desde el 1 de agosto al 26 de octubre —que se traduce en 51 mil eventos de quema— tuvieron lugar en tierras de turba. En otras palabras, tanto la conservación como la devastación de las tierras de turba proceden del mismo marco jurídico y político.

Algunas lecciones de los incendios de 2015. ¿Qué podemos aprender de la temporada de incendios de 2015 en Indonesia? En primer lugar, los incendios de Indonesia revelaron que el problema no comenzó con la primera llamarada. Seguramente los incendios volverán a suceder en cualquier momento en el futuro —muy probablemente con los mismos o peores resultados—, porque es un método mucho más barato de preparar la tierra para la siembra de cultivos. Se trata de una práctica de “roza y quema” empresarial. En segundo lugar, esa misma receta para el desastre ha tenido lugar desde hace más de 40 años, a costa de la capacidad de auto-regeneración de los sistemas ecológicos terrestres y marinos de las islas y de la seguridad de los ciudadanos indonesios. Mientras que los pueblos del Archipiélago que dependen de los bosques han sido los más afectados por los incendios, éstos reducen drásticamente la capacidad de recuperación de los sistemas ecológicos de las islas y de las generaciones futuras. La ausencia de medidas correctivas adecuadas se contradice con la promesa del país de contribuir a la mitigación y la adaptación del cambio climático. A la luz de lo que el Estado indonesio ha hecho —y no ha hecho— desde los primeros años de las negociaciones climáticas de la ONU, la mención de “objetivos” de reducción de emisiones en el documento INDC de Indonesia apenas oculta la actitud de “muéstranos el dinero” de los administradores estatales a la hora de hacer frente a su responsabilidad de mitigación y anticipar un mayor flujo de fondos internacionales para una larga trayectoria de compromisos catastróficos.

La versión completa con referencias, puede consultarse en la página del WRM, www.wrm.org o en http://www.biodiversidadla.org/...

Fuente: Revista Biodiversidad, sustento y culturas N° 87


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