Los nutrientes en los alimentos están disminuyendo
Este modelo prioriza la regeneración del suelo, la riqueza biológica y la restauración de los ecosistemas naturales.
En las últimas décadas, la calidad nutricional de los alimentos que llegan a nuestras mesas ha experimentado un deterioro progresivo e inadvertido. Aunque la producción agrícola global alcanza volúmenes históricos, la densidad de nutrientes esenciales en los cultivos básicos ha descendido de manera sustancial, planteando interrogantes cruciales sobre la efectividad de los modelos de producción actuales para nutrir de forma adecuada a la población mundial. ¿Puede la agricultura regenerativa retribuir esas propiedades?
La evidencia sobre este fenómeno no es reciente, pero sus consecuencias son cada vez más evidentes. A finales de la década de 1990, análisis detallados del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) pusieron al descubierto una tendencia preocupante. En un período de apenas 22 años, el contenido de vitamina C en los limones se redujo casi en un tercio. De igual manera, el calcio en las zanahorias —un mineral fundamental para el desarrollo óseo y de vital importancia para quienes siguen dietas basadas en plantas— sufrió una caída promedio superior a la cuarta parte de sus niveles históricos.
Este empobrecimiento micronutricional se extiende a otros alimentos de consumo masivo a escala global. La presencia de vitamina A en los plátanos se desplomó un 57%, mientras que en cereales de primera necesidad como el trigo, el contenido mineral general registró un descenso acumulado de entre el 20% y el 30% desde los años sesenta. Estas cifras constatan que los cultivos contemporáneos, a pesar de su aspecto óptimo y atractivo, ofrecen un aporte nutricional inferior al que disfrutaban las generaciones anteriores.
¿La solución está en la agricultura regenerativa?
Diversos expertos en agronomía y ciencias ambientales señalan que este declive responde a una combinación de factores estructurales. En primer lugar, la selección genética orientada al alto rendimiento ha priorizado la producción de variedades de cultivo diseñadas para crecer con mayor rapidez, resistir plagas y alcanzar tamaños superiores. Sin embargo, este rápido desarrollo suele generar un «efecto de dilución». Las plantas ganan volumen a un ritmo mayor del que logran absorber y sintetizar los nutrientes del suelo.
A este modelo de intensificación de la industria agrícola se suma el impacto indirecto del cambio climático. El alza constante de los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera está alterando la fisiología vegetal. Bajo mayores concentraciones de carbono, las plantas tienden a acelerar su proceso fotosintético. Acumulando más azúcares y almidones a expensas de la concentración de vitaminas, proteínas y minerales esenciales.
Un grupo de investigadores agrícolas sostiene que la solución a la disminución de nutrientes podría ser más sencilla: la agricultura regenerativa, reseña The Guardian. Esta se centra en la creación de materia orgánica y ecosistemas en el suelo, explica Francesca Brkic, investigadora dedicada a la sostenibilidad y la economía circular. ”La pregunta es: ¿esto aporta, por lo tanto, más nutrientes?”.
A diferencia de los enfoques convencionales, esta disciplina centra su atención en la regeneración de la materia orgánica y en la reconstrucción de los ecosistemas vivos del suelo, cita el artículo. Brkic, en colaboración con la Universidad de Lincoln, exploró el impacto directo de las prácticas regenerativas sobre la densidad de nutrientes.
Agricultura intensiva, volúmenes y pesticidas
Los hallazgos revelaron disparidades notables entre modelos de producción. Por ejemplo, las muestras de col rizada provenientes de granjas con prácticas de agricultura regenerativa registraron concentraciones de hierro hasta 22 veces superiores a las de cultivos convencionales. Mientras que los guisantes secos mostraron ocho veces más selenio, un mineral clave con propiedades antioxidantes. Y las zanahorias alcanzaron niveles de folato, esencial para la formación de glóbulos rojos, hasta 20.000 veces mayores.
Entender el alcance de estas cifras, resulta indispensable analizar las deficiencias del modelo predominante. La agricultura moderna suele tratar el suelo como un simple soporte inerte. El laboreo intensivo mediante el arado y la aplicación masiva de insumos químicos, como fertilizantes sintéticos, herbicidas y pesticidas, alteran profundamente e incluso destruyen las redes micorrícicas subterráneas.
Estos entramados fúngicos, cuya complejidad apenas se comienza a descifrar, son la vía principal a través de la cual las plantas absorben los minerales y compuestos esenciales de la tierra. Tal como señala el Dr. David Montgomery, geólogo estadounidense y coautor del libro ‘What Your Food Ate’ (‘Lo que comió tu comida’), la adopción masiva de la agricultura regenerativa es imprescindible para corregir las consecuencias de una agricultura «degenerativa». Comenta que si bien permitió sostener el auge demográfico de la posguerra, arruinó la salud biológica de los suelos en el proceso.
Según Montgomery, fueron precisamente los microorganismos encargados de la limpieza y el mantenimiento del terreno los que quedaron desplazados por los agroquímicos. Y solo mediante prácticas que tratan el suelo como un ecosistema vivo será posible devolverles su función natural. Un estudio realizado en 2022 por Montgomery y la bióloga Anne Biklé en Estados Unidos ya había observado una clara valoración entre el cuidado del suelo y una mayor densidad nutricional en las cosechas.
Potencialidades de optimizar la biología del suelo
A pesar de las evidencias sobre el potencial nutricional de la agricultura regenerativa, este modelo enfrenta importantes objeciones y escepticismo dentro de la comunidad científica y médica. Sus detractores señalan que, al depender en menor medida de los agroquímicos y la mecanización intensiva, suele requerir un volumen significativamente mayor de mano de obra. Lo que a menudo reduce su rentabilidad económica. Asimismo, el sector sufre una vulnerabilidad creciente al fenómeno del ecoblanqueo o greenwashing.
En el ámbito de la salud pública, diversos profesionales médicos enfatizan la dificultad de recomendar estos productos. Indican que la prioridad urgente sigue siendo lograr que la población consuma suficientes frutas y verduras cotidianas, sin imponer sobrecostos adicionales. Este escenario plantea también riesgos en el comportamiento del consumidor.
Naheed Ali advierte sobre el fenómeno del “desplazamiento dietético”. Un proceso en el que las personas asumen que un alimento posee una mayor densidad nutricional debido a sus sellos de sostenibilidad o regeneración, reduciendo en consecuencia las cantidades consumidas. De acuerdo con Ali, este tipo de percepciones conduce con frecuencia a ingestas insuficientes de macronutrientes y micronutrientes esenciales. A esta preocupación se suman las reservas de científicos del suelo como el profesor Ken Giller, quienes consideran muy poco probable que la agricultura regenerativa pueda escalarse de manera viable. Y alimentar con garantías a los más de 8.300 millones de habitantes del planeta sin sacrificar sus objetivos medioambientales.
Más allá del debate sobre su implementación masiva, los hallazgos recientes subrayan el inmenso potencial de optimizar la biología del suelo. No solo para preservar la biodiversidad, sino para elevar la calidad de la nutrición humana. La cuestión de fondo, como concluye Francesca Brkic, reside en determinar de qué manera la sociedad y las políticas agrícolas actuales podrán integrar estos ajustes en la gestión de la tierra. La idea es cosechar un impacto directo en la salud global.
Fuente: Cambio16