Biodiversidad, sustento y culturas #128
Una revista se arma de fragmentos que hay que embonar para brindar algo significativo. Nunca es sólo una colección de textos tomados al azar y puestos a jugar con los demás. Nuestro papel desde hace más de treinta años es buscar el sentido oculto o evidente del acontecer de los pueblos, de las comunidades, en su lucha permanente contra todo lo que les oprime, les deshabilita, les arrincona o les fuerza a salir a otras regiones, otros países o a las ciudades, por darle una voltereta a la vida que llevaban.
EDITORIAL | LA GUERRA CONTINÚA
Hemos buscado reunir cuatro discusiones con aristas entre sí que son comunes. Está la guerra “mundial”, como capelo abarcador, y aunque Latinoamérica parece no tener todo el fragor, el furor ni la destrucción que se publicita en otras partes, la cantidad de asesinatos y desapariciones configuran una violencia y una brutalidad globales, permanentes. 1. Siendo esta guerra algo continuo, mediático, y no obstante lejana, parece no existir, y a la vez es la zozobra permanente que los noticieros nos imponen pese a que cualquier nota pueda ser noticia falsa. 2. El autoritarismo y la confusión digital están tendidos a enganchar a las juventudes, con su negacionismo climático afín a las pantallas de cada teléfono móvil del planeta. 3. ¿Será la Naturaleza una víctima silenciosa de las guerras? ¿O será que ya grita clamando sus exigencias y se manifiesta y sólo los pueblos conscientes pueden escucharla e interpretarla? 4. Es la invasión agroindustrial como guerra a la subsistencia, y es por supuesto la desfiguración genética que con sus grilletes busca impedir que las semillas se transformen de un modo natural.
Todo eso junto es la guerra y la violencia que entraña. Su intolerancia y su doble moral, de pronto han puesto al mundo en jaque.
Entonces ahí están puestos los ganchitos. Cómo están incidiendo los medios digitales, las pantallas, en la zozobra que no es fruto de esa guerra lejana sino que la guerra es efecto, en parte, de todo ese estupor, desasosiego, ansiedad, desinformación y confusión que promueven las pantallas encarnadas en dispositivos totalmente personales, individuales, íntimamente ligados a nuestra existencia.
Las juventudes son las que con más evidencia sufren sus efectos, y la extrema derecha se va aprovechando de esta desinformación y se apresura a disciplinar a chicas y chicos en el desconcierto, valga la paradoja, como bien apunta Leonardo Melgarejo.
Hacer los recuentos del advenimiento renovado de la derecha, y peor si es extrema, nos hace pensar en los filos de nuestras sociedades urbanas y rurales, ilustradas, con escolarización o sin ella. Por eso es crucial que la gente se reúna de nuevo en Porto Alegre cuestionando el autoritarismo y el militarismo y al mismo tiempo retome la agenda de los pueblos y la naturaleza.
Si algo caracteriza este siglo XXI es que la confusión no reconoce fronteras de clase, ni etnografía ni color de piel. La derecha quiere a todo mundo igualado en la ignorancia, la ceguera y el miedo. Estas condiciones no son meramente condiciones culturales, porque tienen un peso político, una carga de explotación, despojo y brutalidad que va del rincón más cerrado de una fábrica, del taller casero de alguien que trabaja maquilando algún componente en una cadena de suministro, o en una parcela en la pendiente de una loma, hasta los rascacielos que estallan con los misiles. Hasta los hospitales y escuelas que se desploman dejando a infancias inertes, asesinadas.
La guerra es permanente y busca que los ricos más ricos se apoderen de todo. Hoy es más claro que nunca que el cercamiento medieval de los ámbitos comunes de las comunidades recrudeció la búsqueda de poder y control, la apropiación de todo lo concebible. Y la Naturaleza lo sufre aunque no haya gente, que siempre hay, y pese a que hoy hay un refinamiento en la contabilidad de las bajas provocadas por la guerra, “la naturaleza no tiene lugar en la contabilidad de la guerra, no tiene registro, no construye una agenda de contención y definitivamente, no de reparación”, como dice Esperanza Martínez en uno de los textos del número.
El acaparamiento de tierras y la invasión agroindustrial son un brutal “refinamiento” de las condiciones de despojo, devastación, deshabilitación y expulsión, que emulan o sirven de modelo a la brutalidad ejercida por ejércitos, grupos de paramilitares o sicarios contra la gente inerme. Se incendian los bosques, se privatizan los manantiales, las represas y los torrentes, se destruyen las casas o se prohíben los modos de habitar los territorios, las técnicas antiguas, los saberes ancestrales, la relación con los signos de la lluvia, el viento o las nubes, la humedad del suelo y la temperatura. A cien años del asesinato de Emiliano Zapata recordamos la consigna de ¡Tierra y Libertad!, que la tierra es de quien la trabaja y que junto con los montes y aguas debe ser cuidada y cultivada por los pueblos. Es urgente detener el acaparamiento de tierras y los nuevos latifundios agroempresariales.
Reconsiderar todo lo que ocurre con esta invasión agroindustrial, nos hace entender también la lógica de la guerra que, como dice Esperanza Martínez de nuevo, “no se limita a los escenarios de guerra declarada. Se reproduce, con otras intensidades temporales, con las economías extractivas en general, como son la minería legal e ilegal y la explotación petrolera. En estos territorios sacrificados, la violencia no desaparece: se normaliza”.
En ese escenario cotidiano que prefigura la brutalidad de la guerra “mundializada” y mediática, la desfiguración de las semillas lleva ya treinta años contantes en Argentina y seguro un poco más en otros países acompañada del envenenamiento constante de todo: agua, monte, animales, plantas, hongos, personas. Y esa también es una guerra contra la subsistencia. Una guerra contra los pueblos, contra su sustentabilidad y su horizonte de futuro. Palestina hoy significa un recrudecimiento que nos grita (para que nos neguemos con nuestra humanidad plena al crimen planetario que simboliza lo que se busca hacer a todos los pueblos de la tierra). Quieren desaparecer nuestras relaciones más elementales, y que sirvamos de mano de obra esclavizada en diferentes escenarios del infierno o exiliarnos, arrancarnos de nuestros entornos de subsistencia. Las descripciones de la Divina Comedia de Dante, sobre el infierno, o la misma Biblia, no rebasan este cuadro de violencia, confusión, pánico, desesperanza, desfiguramiento del mundo, devastación de los ciclos del agua, tierra arrasada, imaginaciones carcomidas por la Inteligencia Artificial que no es otra cosa que habernos congelado en nuestro estante desde donde nos quieren parte del sistema, como un chip más y fuera de los territorios que ambicionan.
Pero los pueblos siguen ahí. Y su entereza y su presencia no son fáciles de erradicar porque la comunidad mueve resortes de confianza, de emotividad, de cuidado y cariño.
Seguirán siendo pertinentes las propuestas de vida integral y armónica con la naturaleza de la mayoría de los pueblos originarios en la inmensidad compleja que nos configura. La unidad de los pueblos es necesaria porque todo está interconectado. Los pueblos se saludan y se autogobiernan a través de sus florestas, ríos, semillas, desiertos, nubes, océanos y lagunas. Los territorios deben estar en manos de los pueblos.
Los pueblos hacen propuestas, son antifascistas, van por la agroecología y la vida comunitaria, trabajan, festejan, sostienen la cultura y las semillas ancestrales, hacen propuestas de paz y reforma agraria integral. La diferencia es evidente. La lucha es por la vida y los pueblos del mundo nos invitan a ello.
Contenidos
*En los próximos días, se subirán los artículos de manera independiente.
- Cómo entender estos tiempos de autoritarismo y negacionismo climático, por Leonardo Melgarejo.
- Derechos de la Naturaleza en tiempos de guerra, por Esperanza Martínez de Acción Ecológica.
- La invasión territorial y los nuevos latifundios agroindustriales, por Alejandro Ruiz de Ceiba.
- A 30 años de la primera soja transgénica: un experimento masivo a cielo abierto, por Darío Aranda.
- La invasión española, esclavitud taína y agricultura, por Nelson Álvarez.
*En los próximos días, se subirán los artículos de manera independiente.