A 50 años de la última dictadura y su reivindicación del genocidio mapuche

Idioma Español
País Argentina

Marzo marca el comienzo del otoño en el hemisferio sur, aunque el calendario de los 12 meses y las cuatro estaciones es otra marca hegemónica que imprimió el colonialismo en el planeta. Para la cultura mapuche, el período tiene dos momentos: chomüñen rimü. Durante el primero, las hojas de los árboles amarillean hasta que caen. En el segundo, el mapu o territorio se repliega sobre sí mismo en coincidencia con los grandes fríos y la lejanía del Sol. Finaliza cuando se produce el solsticio de invierno y por fin, el día comienza su avance sobre la noche.

COLUMNA | HISTORIA DEL FUTURO

En la parte del antiguo Wallmapu (territorio mapuche) que ocupa la Argentina también es el mes de la Memoria, la Verdad y la Justicia, porque el 24 de marzo de 1976 las fuerzas armadas perpetraron el golpe que inauguró el Terrorismo de Estado. Con respaldo empresarial, eclesiástico y la aquiescencia de buena parte de la población, los uniformados pusieron en práctica un plan que significó la desaparición forzada de 30.000 mil personas, la transformación regresiva de la economía, endeudamiento externo y el arrinconamiento de la clase trabajadora. Se cumplen 50 años de la llegada al poder de la última dictadura militar y que un gobierno surgido de las urnas la reivindique dice mucho sobre los ciclos de alternancia gubernamentales y la vacuidad de la democracia representativa.

En un plano no solo simbólico, los golpistas también se encargaron de honrar la Campaña al Desierto cuando se cumplió su centenario (1979), es decir, la serie de ataques militares que significaron genocidio para el pueblo mapuche, la usurpación de su territorio y la pérdida de su libertad. Tres años después de instalarse en la Casa Rosada, la Junta Militar impulsó la realización de un congreso en General Roca (provincia de Río Negro) con la organización de la Academia Nacional de la Historia. Se llevó a cabo en noviembre y contó con palabras inaugurales de Albano Harguindeguy, ministro del Interior de la dictadura. El general de División llamó al episodio genocida “una de las epopeyas más trascendentes de nuestra historia”.

Albano Harguindey, golpista

Al producirse su muerte en 2012, Harguindeguy estaba procesado por delitos de lesa humanidad, de manera que el homenaje que quiso prodigar a sus predecesores fue del todo coherente. No era un improvisado: “en nuestra historia, lo que se ha dado en llamar la Conquista del Desierto ofrece, como pocos, la característica de un proceso que, iniciándose con la llegada al Río de la Plata de los colonizadores españoles, marca su impronta en los años 70 del siglo XVIII, cuando el virrey Ceballos reconoce la existencia de una frontera interior, determinada por la oposición del salvaje al avance de la civilización, y finaliza en 1913, cuando el teniente coronel Rostagno encabeza la última expedición al Chaco”.

Reorganización Nacional

En 1976, la irrupción de los militares recibió la pomposa denominación de Proceso de Reorganización Nacional porque sus ejecutores se consideraban herederos de aquel otro que, en la inteligencia de Rafael Videla, Eduardo Massera y Ramón Agosti, habían coronado con éxito Julio Roca y los suyos. Sin quererlo, Harguindeguy admitió en su apología que España nunca pudo ir más allá del río Salado y aceptó la existencia de una frontera que separaba sus posesiones del territorio de pueblos ajenos a su soberanía. Hasta el concepto de “nación” aparece en los tratados que, desde mediados del siglo XVIII, celebró Buenos Aires con varios loncos mapuches y tehuelches. La farsa de la “frontera interior” fue una creación intelectual muy endeble que maduró mucho tiempo después del virrey Ceballos.

A pesar de su reconocimiento implícito, Harguindeguy afirmó en aquella inauguración que “la Conquista del Desierto fue la respuesta de la Nación a un desafío geopolítico, económico y social. La campaña de 1879 logró desalojar al indio extranjero que incursionaba en nuestras pampas, dominar política y económicamente el territorio, multiplicar las empresas y los rendimientos del trabajo, asegurar la frontera sur, poblar el interior”. Adviértase en la caracterización el discurso de la extranjería mapuche, aunque párrafos antes había descripto la llegada de los españoles a espacios que ya estaban ocupados por invencibles “salvajes” que asumían la incivilizada costumbre de defender su libertad.

En 2026, el actual presidente, Javier Milei, desprecia a los pueblos originarios en su conjunto y no solo con gestos: derogó la ley que suspendía los desalojos en los casos que involucran a comunidades indígenas y convirtió al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) en una agencia que opera contra los derechos territoriales. Además, volvió a llamar Día de la Raza al 12 de octubre, rebautizó con el nombre de Domingo Sarmiento -un inveterado racista- al ex Centro Cultural Kirchner y festeja en redes sociales el natalicio de Julio Roca, el mentor intelectual y perpetrador del genocidio mapuche.

Es la misma línea de pensamiento que orientaba a la Junta de comandantes. “La sola recuperación de tantas leguas de territorio no refleja demasiado sin tener en cuenta que, pocos años después la población creció de 1.800.000 habitantes a 7.880.000, los ferrocarriles de 732 Km a 33.478 o los pueblos pampeanos de 28 a 328. En 50 años, la República se desarrolló hasta ser uno de los primeros países del mundo, por la gracia de Dios y la visión y acción de sus hombres”, festejó Harguindeguy. Son los mismos números que hoy acostumbra a celebrar Milei.

La del fraude y el contubernio

Aquella república era la conservadora, la que se cimentó desde 1880 en adelante sobre la usurpación del territorio mapuche hasta entonces libre. La que se consolidó a través del fraude y el contubernio, esquema que se restauró a partir del golpe de 1930 con el derrocamiento del presidente Yrigoyen. La de la inmigración europea y la entrega de miles de hectáreas a empresas como la Compañía de Tierras del Sud Argentino, hoy propiedad de la corporación Benetton y por entonces de capitales ingleses, al igual que los ferrocarriles de crecimiento vertiginoso. Llamativa la gracia de aquel dios que invocaban los militares: consintió asesinatos de gente cautiva, mutilaciones de hombres y mujeres, torturas indescriptibles, la muerte por inanición o frío de centenares de bebés, entre otras consecuencias que generó la “visión y acción de sus hombres”.

También acompañó el inicio de aquel congreso el contraalmirante Julio Alberto Acuña, gobernador militar de Río Negro que hacia 2008, participaba de las movilizaciones que convocaba la ultraderechista Cecilia Pando, enseñaba en la Escuela de Guerra y figuraba como asesor del Centro de Estudios Estratégicos de las Fuerzas Armadas. En la primavera del Alto Valle de 1979 se ufanó de que Río Negro atesorara “dentro de sus límites el sitio histórico donde el general Julio Argentino Roca culminó su gesta”. En realidad, no es tan así. El tucumano retornó a Buenos Aires después de que su columna alcanzara la confluencia entre los ríos Neuquén y Limay, pero las últimas operaciones de la Campaña al Desierto se desarrollaron en la actual jurisdicción de la provincia de Chubut, con el combate de Apeleg (23 de febrero de 1883) y la masacre de arroyo Genoa (primavera de 1884). Al concretarse el último, hacía cuatro años que Roca calentaba el Sillón de Rivadavia. Acuña quiso adjudicarse dudoso honor sin reparar en el rigor histórico.

El gobernador rionegrino de entonces aprovechó para reclamar inversiones en la Patagonia. “La evocación de tal proeza me alienta a definir la misión que incumbe a nuestras generaciones, si deseamos ser dignos herederos de los vencedores del desierto. Ella es la de incorporar al patrimonio nacional las zonas patagónicas despobladas e insuficientemente explotadas, a fin de consolidar la soberanía e integración territorial”. Por las dudas, aclaraba el marino: “cuando hablamos de desarrollo o inversiones, automáticamente pensamos –por una deformación mental acumulada durante casi 40 años- en un Estado con milagrosa capacidad para obtener bienes sin afectar los ingresos de alguien”. Las líneas anteriores no fueron obra de alguna primera figura de La Libertad Avanza (LLA), sino de un funcionario de la dictadura militar que procuró ser digno heredero de los conquistadores del desierto.

Además del pañuelo de las Madres, lxs mapuche repitan cultrunes cada 24 de marzo

¿El progreso de quién?

El marino quiso rendir “homenaje a Roca y a quienes lo acompañaron en su campaña, a los gobernadores y a la generación que en 1879 alentó y posibilitó desde todos los confines del país la acción del Ejército de línea, a los precursores del despertar patagónico y a sus hijos, los actuales pobladores, que mantienen la llama que alumbra la ruta por la que, inexorablemente, continuará transitando el progreso”. El contraalmirante no hizo explicitaciones, pero está claro al progreso de qué sectores se refería.

Participaron de aquel congreso conspicuos partícipes del pensamiento colonialista. Allí expusieron anti mapuches como Rodolfo Casamiquela, Raúl Entraigas, Pablo Fermín Oreja (Río Negro); Juan Mario Raone (Neuquén) y Clemente Dumrauf (Chubut), todos edificadores de la hipótesis de la extranjería. En 2026 y a pesar del retroceso que se experimenta en toda la línea, no son pocos los argentinos y argentinas que entienden a “una de las epopeyas más trascendentes de nuestra historia” como lo que realmente fue: un genocidio. Al permanecer impune inclusive hasta hoy, 50 años atrás engendró otro que se consumó contra el conjunto del pueblo argentino. Fue obra de los “dignos herederos” que emularon a Roca y sus crímenes, pero todo ciclo de oscuridad finaliza cuando el día comienza a avanzar sobre la noche.

Fuente: Desinformémonos

Temas: Criminalización de la protesta social / Derechos humanos

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