De pampas inundadas a campos sedientos: la agricultura extensiva transforma a Guarayos

Idioma Español
País Bolivia

Desde el aire, Ascensión de Guarayos ya no es lo que era. Jackmina Mustafá Carvajal lo comprobó el año pasado cuando sobrevoló el municipio que habita desde hace 17 años. Lo que vio le entristeció: extensiones interminables de cordones listos para ser quemados, pedacitos de bosque dispersos aquí y allá, como islas verdes a punto de desaparecer en un mar de tierra desnuda. Todo preparado para la agricultura mecanizada.

"Una pena, una pena, mi corazón se hizo así", recuerda con un gesto de dolor la directora de Desarrollo Productivo y Medio Ambiente del Gobierno Municipal. Ese paisaje fragmentado es la radiografía de una transformación profunda: Guarayos dejó atrás su vocación forestal para convertirse en un territorio agrícola dominado por monocultivos industriales.

Ascensión de Guarayos se encuentra a 302 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, en el corazón de la provincia del mismo nombre en el departamento cruceño. Es un territorio de transición: al norte y al oeste lo abraza el departamento del Beni, con sus extensas llanuras; al sur lo separa del resto de Santa Cruz el municipio de El Puente; y al este limita con Urubichá

Cuando uno recorre las vías para llegar hasta este lugar puede observar un cambio notorio en paisaje. Las extensas propiedades tienen paisajes similares donde se contempla maquinaria agropecuaria, extensas plantaciones de soya, sorgo, o maíz, haciendas ganaderas. También destacan asentamientos con viviendas improvisadas con maderas y calaminas, donde es fácil encontrar uno que otro habitante.

Cuando Mustafá llegó a Ascensión en 2007, el municipio y su paisaje era otra cosa. "Su potencial era la parte forestal, con ganaderos y algunos productores agrícolas", explica. Pero en menos de dos décadas, el mapa cambió radicalmente. Primero llegó el arroz de manera extensiva, aprovechando las pampas inundadizas que antes permanecían bajo agua casi todo el año. Luego, conforme esas tierras se fueron secando y los suelos perdiendo su calidad, aparecieron la soya, el maíz, el sorgo, el sésamo y hasta el girasol. Cultivos que nadie imaginaba ver en esta zona, inclusive el maíz que un 90%, ahora, es transgénico.

En una línea de crecimiento, la población del municipio se multiplicó por tres entre 1992 y 2024, de 11.137 a 34.079, según datos del último censo de 2024. Este crecimiento poblacional también trajo consigo una metamorfosis acelerada en el paisaje del lugar. Un cambio fomentado principalmente por maquinaria pesada, deforestación masiva y el arribo de productores que traían consigo técnicas de cultivo mecanizado aprendidas en otras regiones. "Cuando ya ingresa al municipio el sistema extensivo de cultivo, cambia la metodología de cómo venían haciéndose de manera antigua (…). Y esto es lo que provoca el movimiento de tierra, apertura de caminos, desvío de aguas", señala Mustafá.

Las cifras del crecimiento son contundentes. Raúl Taborga, director de Obras Públicas del municipio, confirma que la red vial ha crecido exponencialmente para atender la expansión productiva. Lo que antes era territorio sin datos precisos hoy suma aproximadamente 400 kilómetros de caminos. El municipio ha invertido más de 500.000 bolivianos en mantenimiento vial y ha colocado casi 100 alcantarillas en diferentes comunidades. Todo pensado para facilitar el transporte de la producción agrícola.

"Ha crecido muchísimo en el área de agricultura y ganadería, todo el sector productivo", reconoce Taborga. Pero ese crecimiento tiene un costo que recién ahora comienza a manifestarse en toda su magnitud.

Para José Eyzaguirre, investigador de la Fundación TIERRA, la proliferación de las denominadas ‘comunidades’ no necesariamente responde a procesos de territorialización social ni a la conformación de entramados colectivos campesinos, sino que se inscribe en lógicas predominantemente productivas. Se trata de ocupaciones de la tierra orientadas al aprovechamiento económico, caracterizadas por la ausencia de cohesión social, de prácticas de reproducción comunitaria y de un núcleo identitario compartido.

“Estos asentamientos constituyen, en realidad, expresiones de dinámicas extractivas y funcionales, en las que el territorio se concibe como recurso y no como espacio de construcción comunitaria”. A la larga, tales configuraciones terminan por convertirse en demandantes de recursos públicos —principalmente para el mantenimiento de caminos— sin traducirse en un aporte económico sustantivo para el municipio.

Los cultivos que marcaron el cambio

El arroz fue el primer cultivo en colonizar las pampas. Hasta hace una década, Guarayos era un potencial productor de este cereal. Las tierras inundadizas parecían perfectas para un cultivo sediento de agua. Pero la paradoja golpeó pronto: mientras más se cultivaba, menos agua había.

"Estas mismas pampas ya ahora estamos con problemas de sequía", explica Mustafá con resignación. "Entonces un cultivo que es bastante requerido por el agua, que es el arroz, ya no es eficiente en estas áreas". La producción arrocera migró hacia el Beni, buscando las condiciones que Guarayos ya no podía ofrecer. En su lugar quedaron los cultivos de soya, maíz y sorgo, que ahora dominan el paisaje de lo que antes eran pampas permanentemente húmedas.

La transformación del terreno explica este círculo vicioso. “Esto provoca una compactación progresiva del suelo en esas áreas debido al tráfico constante de las máquinas, que pasan repetidamente y lo endurecen", explica Mustafá. Esa compactación tiene efectos devastadores: cuando llueve intensamente, el agua ya no se infiltra en el suelo, sino que corre sobre la superficie, provocando inundaciones súbitas en las zonas bajas. Y cuando no llueve, la sequía se vuelve más severa porque no hay bosques que retengan la humedad ni raíces que canalicen el agua hacia las capas subterráneas.

El clima mismo se ha vuelto impredecible. Hasta hace pocos años, las temporadas estaban claramente marcadas: octubre traía las primeras lluvias, noviembre, diciembre y enero eran meses de precipitaciones constantes. "De un tiempo a esta parte, hemos tenido años donde no ha llovido ni en octubre, no ha llovido ni en noviembre, y hasta recién el 15 de diciembre ha llovido", cuenta Mustafá. En 2022 y 2023, el fenómeno alcanzó niveles críticos.

Lo que sucede en Guarayos no es un fenómeno aislado. Fundación TIERRA documentó en 2023, en su investigación "Cambio climático en Santa Cruz: nexos entre clima, agricultura y deforestación", que mientras el planeta se ha calentado 0,6°C en 40 años, Santa Cruz subió 1,1°C —un 83% más que el promedio global—, pasando de 24,7°C a 25,8°C de temperatura media anual. En cuanto a la precipitación se redujo en un 27% respecto de la década de los 80. El departamento se calienta casi el doble de rápido que el resto del mundo, las sequías son cada vez más frecuentes, y Guarayos es un ejemplo vivo de esa aceleración.

En Guarayos, la crisis del agua llegó a su punto más dramático en octubre de 2022, cuando la laguna que abastece de agua potable a Ascensión se secó completamente. Durante aproximadamente un mes, el municipio tuvo que trasladar agua desde un río en cisternas —once en total— para abastecer a la población apenas unas horas al día. "Un hecho histórico para nosotros que nos debe llevar a la reflexión", la define Mustafá. "Los cambios climáticos y los fenómenos que se están dando nos encuentra poco preparados para poder atender este tipo de problemas".

Los bosques que caen no solo eran madera. Eran fábricas de agua. Franz Robert Schock Peredo, exalcalde y actual presidente del Concejo Municipal, reconoce que, si bien la agricultura trae beneficios de seguridad alimentaria, porque se tiene una mayor producción, cuando se mira el costo comienzan los cuestionamientos.

La cuestión no es meramente retórica. La vocación original de Ascensión de Guarayos fue casi exclusivamente forestal —prácticamente al 100%, según Mustafá—, y durante años se desarrolló bajo planes de manejo forestal sostenible, particularmente en la Tierra Comunitaria de Origen (TCO) del pueblo indígena guarayo. Dichos planes establecían ciclos de aprovechamiento de entre 20 y 25 años, en los cuales se extraía madera de manera ordenada en un área determinada, que posteriormente se dejaba en proceso de recuperación mientras se intervenía otra zona. Una vez concluido el ciclo completo, se debería reiniciar nuevamente el proceso".

Sin embargo, cuando llegó el momento de retornar a las primeras áreas intervenidas, en lugar de continuar con el ciclo previsto y volver al sector inicialmente aprovechado, dichas zonas fueron reconvertidas: se pasó de un uso forestal a uno agrícola, señala Mustafá. Las áreas que antes formaban parte de los planes de manejo forestal sostenible fueron parceladas, divididas y comercializadas, transformándose en terrenos agrícolas y modificando de manera irreversible la aptitud del suelo.

La directora insiste en un punto que repite en cada reunión con las comunidades: "Les hago un ejemplo: si tienen 200 hectáreas de cultivo, tienen su semilla, tienen sus químicos, tienen su maquinaria, y les toca sembrar. Si no llega agua, ¿qué hacen de ello?". Es una ecuación simple pero devastadora: sin agua, toda la tecnología y la inversión del mundo no sirven de nada.

Y el agua subterránea, ese recurso al que ahora recurren perforando pozos, tampoco es infinita. "La gente cava y todavía saca agua subterránea con los pozos, pero esto tampoco hay un estudio ni nada que indique, ah, tienen agua para siempre subterránea", advierte Mustafá. "En algún momento también esta agua va a acabar".

Los químicos que vienen con la producción masiva

La transformación del paisaje trajo consigo otro cambio menos visible pero igual de profundo: el aumento exponencial en el uso de agroquímicos. La técnica de una casa comercial de insumos agrícolas en Ascensión lo confirma sin rodeos.

"Hace dos décadas la demanda era mínima porque apenas existía mecanización y el desmonte era reducido. Hoy, en cambio, el consumo es excesivo y generalizado”. Este incremento no solo refleja la expansión de la frontera agrícola, sino también la dependencia creciente de prácticas intensivas que degradan el suelo, contaminan el agua y ponen en riesgo la salud de las comunidades locales. El paisaje, antes sustentado en dinámicas forestales sostenibles, se ha convertido en un escenario de presencia de agroquímicos constante, con consecuencias irreversibles para el equilibrio ecológico y social.

Donde antes operaban tres o cuatro distribuidoras de insumos agropecuarios para atender a seis zonas del municipio, ahora la competencia se multiplicó conforme llegaron más productores y creció el desmonte. Los agroquímicos son los más demandados, principalmente los herbicidas —se usan todo el año, incluso después de la cosecha—, seguidos por insecticidas y fertilizantes. La campaña de verano es cuando explota el consumo: todos los químicos se aplican en combinación para sostener los extensos cultivos mecanizados.

Pero la técnica comercializadora advierte sobre un problema del que nadie quiere hablar: las consecuencias para la salud. "Si no te cuidas vos como persona, tu producción va a estar bien, vas a cosechar bien. Pero el costo más alto que te va a salir es tu salud", explica. Ve a diario cómo los agricultores manipulan los productos sin guantes, los aplican sin barbijo, inhalan directamente los químicos. "Eso tiene consecuencias: irritaciones de piel, dolor de cabeza, irritaciones de ojos. Y a largo plazo puedes tener hasta cáncer. Pero hoy en día nadie dice que es por los agroquímicos".

Lo que más le preocupa es la ausencia de control. Los envases vacíos quedan tirados en el campo, no hay programas de reciclaje ni capacitaciones frecuentes sobre manejo seguro, no existe regulación de la fumigación aérea —que cada vez es más frecuente por los drones—, control y monitoreo de vientos para minimizar el efecto de la dispersión, distancia de centros poblados. "De nada sirve que tengamos autoridades acá si no trabajan, no controlan, no vienen y dicen cómo lo están manejando, qué agroquímicos están entrando", critica. La técnica insiste en que se necesitan capacitaciones sobre bioseguridad, rotación de cultivos, cortinas rompevientos y manejo de suelos, con visitas frecuentes a las comunidades para verificar que se apliquen. Porque sin esos cuidados, el suelo se empobrece rápidamente y ya no quiere producir. "Aquí la gente no hace rotaciones de cultivos. A consecuencia de eso, el suelo ya es pobre, ya no tiene todos los nutrientes".

Conflictos por la tierra

La expansión agrícola avanza sin frenos efectivos. Aunque el municipio ha logrado cuatro sentencias judiciales contra responsables de daños ambientales —un logro inusual entre los municipios bolivianos—, el ritmo de la deforestación supera con creces la capacidad de control.

Schock Peredo reconoce que muchos de los nuevos asentamientos agrícolas tienen su origen en invasiones y avasallamientos. "La ley en nuestro país ha permitido que, a través de una ilegalidad, a futuro se consolide una legalidad", critica. "Avasallo, destruyo, deforesto y después pido que me legalicen". El mecanismo es perverso: la función económica social —el criterio que usa el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) para verificar que la tierra está siendo productivamente utilizada— premia la deforestación. "Conservar, en este país conservar no es función económica social", sentencia el presidente del Concejo.

Taborga, desde Obras Públicas, describe cómo funcionan esos nuevos asentamientos —en algunos casos no autorizados—, primero desmontan, luego abren paso con maquinaria pesada —skidders u orugas— y finalmente nivelan con motoniveladoras. El costo de abrir un kilómetro de camino ronda los 400 dólares, dependiendo de si es zona de llanura o serranía. Los productores se organizan en asociaciones o comunidades para contratar equipos y habilitar sus propias vías de acceso.

El municipio no siempre tiene conocimiento previo sobre la habilitación de nuevas vías ni sobre la legalidad de las comunidades emergentes. Estas suelen hacerse visibles ante la administración únicamente cuando solicitan el mantenimiento de sus caminos. En ese momento, el municipio verifica si están legalmente constituidas antes de destinar recursos a dichas obras, aunque en la práctica persisten zonas grises.

"Si no cuentan con una resolución de asentamiento o no están legalmente constituidas, no es posible realizar esos trabajos", explica Taborga. Sin embargo, aclara: "En algunos casos hemos intervenido por razones de emergencia; había 'comunidades' completamente inaccesibles y fue necesario ingresar con maquinaria para permitir su salida".

Este fenómeno representa un nuevo desafío frente a la dinámica de aparición espontánea de comunidades, que desborda los mecanismos tradicionales de planificación municipal.

Ante este panorama, el municipio intenta equilibrar desarrollo productivo con conservación ambiental. La respuesta es la creación de una reserva hídrica de 320.000 hectáreas, un proyecto que Schock Peredo presentó al gobierno central el año pasado. "Hemos visto nosotros en la obligación de desarrollar este proyecto porque vamos a tener hambre de agua muy pronto", explica.

La iniciativa busca proteger lo que queda, porque revertir lo perdido ya es casi imposible. "Lo ideal sería que esto se revierta, esta situación. Pero yo creo que ya está hecho, es muy difícil que el bosque se regenere en corto tiempo y lo que hay que hacer es poner frenos", reconoce el presidente del Consejo.

Paralelamente, el municipio está promoviendo cultivos alternativos más rentables y menos destructivos. La piña guaraya es el ejemplo estrella. "Con cinco hectáreas de piña un productor puede tener alrededor de 200.000 frutos", calcula Schock Peredo. "Si en el peor de los casos los vende a intermediarios a cinco bolivianos, está obteniendo un millón de bolivianos. Creo que no hay producto agrícola que sea tan rentable como la piña".

También impulsan técnicas de agricultura regenerativa, intentando demostrar que es posible producir sin arrasar. Mustafá insiste en su mensaje a las comunidades: "Les pido que por favor tengan en consideración de siempre dejar en sus comunidades áreas y zonas con bosque". Pero es una batalla cuesta arriba contra la lógica económica inmediata y contra una legislación que premia la depredación.

"Aunque en la zona se observa un dinamismo económico que podría interpretarse como ‘desarrollo económico local’, este crecimiento se sostiene sobre un costo ambiental y social oculto de enorme magnitud. En Ascensión de Guarayos, la deforestación acumulada superó las 172.500 hectáreas entre 2005 y 2023. En 2024 Ascensión de Guarayos fue afectada por los incendios en alrededor de 464.800 ha, que representa el 51.43% del territorio municipal, de los cuales 363.351 ha correspondieron a bosque (40%) y 101.521 ha a áreas de no bosque (11.2%), impulsadas principalmente por desmontes destinados a la ganadería y la soya (83% del total).

El proceso de degradación está convirtiendo al municipio cada vez más árido, resultado de políticas permisivas y de la ausencia de una regulación efectiva sobre el uso del territorio y los recursos naturales. En lugar de consolidar un modelo productivo sostenible —como se proyectaba con los planes de manejo forestal—, se está hipotecando el futuro colectivo: se privilegia la rentabilidad de corto plazo a costa de la pérdida de biodiversidad, la erosión del suelo agravada por la compactación mecánica y el deterioro de las condiciones de vida, se ve intensificado por inundaciones que comprometen los servicios ambientales.

Esta región sigue produciendo, sigue creciendo, pero ahora lo hace mirando el cielo con más incertidumbre que antes, preguntándose si esta vez sí va a llover. Así, la aparente dinámica económica se revela como una paradoja: un auge de corto plazo acompañado de un deterioro irreversible a largo plazo.

Fuente: Fundación TIERRA

Temas: Extractivismo, Monocultivos forestales y agroalimentarios, Tierra, territorio y bienes comunes

Notas relacionadas:

De pampas inundadas a campos sedientos: la agricultura extensiva transforma a Guarayos

De pampas inundadas a campos sedientos: la agricultura extensiva transforma a Guarayos

Organizaciones ambientales en alerta: El Gobierno busca modificar la Ley de Glaciares en febrero

Organizaciones ambientales en alerta: El Gobierno busca modificar la Ley de Glaciares en febrero

La sociedad civil lleva a Amazon a juicio: primer contencioso contra los centros de datos en España

La sociedad civil lleva a Amazon a juicio: primer contencioso contra los centros de datos en España

El fuego del saqueo: denuncia urgente por los incendios en Biobío y la Patagonia

El fuego del saqueo: denuncia urgente por los incendios en Biobío y la Patagonia

Comentarios