El Miércoles de Chilate: la celebración de una bebida ancestral
La historia de la celebración del Chilate no es nueva y no surge con la llegada de la invasión europea; esta se remonta a tiempos anteriores de los españoles y del catolicismo en la región, aunque después sufre una transformación por las circunstancias anteriormente mencionadas.
“Esta celebración es una forma de devolver a la Madre Naturaleza parte de lo que ella brinda a las personas durante el año”, señala el ajq’ij Guillermo Chen.
Jorge Fernández
Rabinal se incrusta en una de las llanuras del valle de Urrán, rodeado por varios ríos que bajan desde la verde sierra de Chuacús para bañar las planicies. Al ser un territorio semiárido, donde el calor y la sequía son parte del territorio durante muchos meses del año, los pobladores del lugar han tenido que lidiar desde hace siglos con el caprichoso clima, de quien depende su subsistencia, su alimento y su cultura. Como lo menciona la antropóloga brasileña Cristina Teresa Carballo, la geografía moldea mucha de la concepción espiritual de los pueblos y es ahí donde el Miércoles de Chilate aparece como una rogativa y como un agradecimiento a las fuerzas que fertilizan la tierra.
Desde la noche del martes y madrugada del miércoles, los preparativos para la fiesta se inician en las distintas cofradías que participan en la festividad. Los fogones arden, el maíz hecho atol hierve y el fuerte olor a cacao flota en el aire, donde también flota la música de la marimba, el tun, el tambor y la chirimía que los distintos músicos tocan mientras todos esperan el alba. Las jícaras se ordenan en redes de pita y las ollas de barro son desahumadas frente a los altares de distintos santos rodeados de velas. Así inicia una de las tantas fiestas sagradas del pueblo maya Achí de Rabinal.
Dos jícaras de Chilate con el pan dulce que acompaña a la bebida. Foto por Jorge Fernández.
Origen prehispánico y mitológico de la tradición
La historia de la celebración del Chilate no es nueva y no surge con la llegada de la invasión europea; esta se remonta a tiempos anteriores de los españoles y del catolicismo en la región, aunque después sufre una transformación por las circunstancias anteriormente mencionadas. La palabra Chilate suele asociarse al término náhuatl chiliatl, utilizado para referirse a bebidas preparadas a base de maíz en distintas culturas precolombinas. Sin embargo, en Rabinal la bebida adquirió características propias vinculadas a la tradición culinaria y ceremonial del pueblo maya Achí.
La celebración actual refleja el encuentro o el choque de dos universos culturales, espirituales y simbólicos muy distintos, que en muchas ocasiones no pudieron llegar a comprenderse del todo entre ellos. Por un lado tenemos, el Corpus Christi introducido durante la colonia, que también celebra mediante un alimento (la ostia), la presencia del cuerpo y sangre de Cristo en un contexto tangible y, por otro, las antiguas concepciones mayas relacionadas con los ciclos agrícolas, pluviales y calendáricos. Este sincretismo puede observarse en la participación de la Cofradía del Divino Ajaw o Divino Rostro junto con las cuatro cofradías de los barrios históricos de Rabinal: San Pedro Apóstol, Santo Domingo, San Sebastián y San Pedro Mártir.
La antropóloga María Teresa Mosquera, en su ensayo titulado “La historia de Ixkik y la celebración del miércoles de Chilate en Rabinal”, plantea que la mezcla ritual del chilate y el cacao puede interpretarse como una representación simbólica de la historia de Ixkik, esta doncella mítica a quien conocemos en el Popol Wuj, hija de señor del Xibalbá Cuchumaquic, de quién escucha el relato de dos hombres decapitados y al hacerlo su curiosidad es tan grande que emprende el viaje hacia el árbol del morros donde la cabeza pende de las ramas, al llegar, la cabeza de Jun Jun Junajpú le escupe en la mano y así se embaraza de los héroes gemelos que más adelante vengarán a su linaje. El maíz, elemento fundamental de la cosmovisión maya, vuelve a ocupar aquí un lugar central como símbolo de origen, regeneración y continuidad cultural.
Entonces el atol de maíz blanco que compone el chilate simboliza la fuerza que fertiliza, la vida nueva y el regreso a la vida de las siembras cada año y el cacao simbolizaría a la doncella Ixkik, que a su vez representa a la tierra fecundada por Jun Junajpú, el espíritu del maíz.
Con la llegada del catolicismo a la región, muchos de los rituales y festividades propios de la cultura Achí y de su cosmovisión, fueron transformados con nuevas dinámicas, nuevos santos que llegaron a ocupar el lugar de antiguos espíritus, con nuevas formas de ritualidad, pero guardando en lo profundo de su gente, las fuertes raíces ancestrales y eso se observa en las fechas de las ceremonias, en el simbolismo que rodea a la espiritualidad, en la atención a los puntos cardinales y en la forma en la que las nuevas figuras católicas son adoradas, guardando rezagos de los cultos prehispánicos.
Mujeres llegando con más ollas de chilate a la capilla de Santo Domingo. Foto por Jorge Fernández.
Cómo se vive la tradición hoy en día
La celebración del Miércoles de Chilate comienza mucho antes de que salga el sol, desde la noche del martes, continuando en la madrugada de ese miércoles. Mientras una gran parte del pueblo de Rabinal duerme, en las casas de las cofradías y en las cuatro capillas principales que rodean la iglesia colonial de Rabinal ya se realizan velaciones, rezos y ceremonias que marcan el inicio de una jornada considerada sagrada por la comunidad maya Achí del municipio.
La noche del martes constituye uno de los momentos más importantes de la celebración del ritual de la fertilidad. En las cocinas de los cuatro barrios históricos, San Pedro Apóstol, Santo Domingo, San Sebastián y San Pedro Mártir, las mujeres que forman parte de las cofradías comienzan la preparación del chilate, que se forma a base de maíz quebrantado, así como de la pasta de cacao que se tritura en las piedras de moler y que posteriormente será mezclado con la bebida ceremonial. Paralelamente, en las capillas posas que rodean la plaza principal, simbolizando los cuatro puntos cardinales, se desarrollan vigilias y ceremonias dirigidas por autoridades espirituales y cofrades, en donde las imágenes de los distintos santos rectores son ataviados con ropas dignas de la festividad y sus altares son cubiertos con adornos, velas y muchas flores.
Según explica el ajq’ij Guillermo Chen, la preparación del chilate además de ser una tarea culinaria, también es un acto ritual que debe desarrollarse dentro de un ambiente ceremonial.
“Se hacen las oraciones para que dentro de esa velación no pase nada en lo que uno vaya a preparar… llegada la medianoche las mujeres se levantan y comienzan a preparar el chilate para que esté listo a partir de las cinco y media de la mañana”, señala.
Mujeres vendiendo Chilate en la capilla de San Sebastián. Foto por Jorge Fernández.
La importancia de la madrugada está estrechamente relacionada con la cosmovisión maya Achí, pues para muchas comunidades, el día no inicia al amanecer sino desde la medianoche, cuando comienza el ascenso del sol desde el inframundo, cuando logra vencer una vez más a las fuerzas del Xibalbá, por ello la espera de la aurora tiene un profundo significado espiritual para las cofradías y sus participantes. Guillermo Chen explica que el amanecer representa “un triunfo para la humanidad” y simboliza el nacimiento de un nuevo día, motivo por el cual muchas ceremonias se realizan precisamente durante esas horas.
Con las primeras luces de la mañana, con el sol saliendo detrás de la sierra del Chuacús, la celebración deja los espacios domésticos de las cofradías y se traslada a las calles y avenidas que conforman el casco urbano de Rabinal. Desde cada una de las cofradías parte un cortejo procesional encabezado por los principales y cofrades, acompañados por la música tradicional de tambor y chirimía; detrás caminan las mujeres cargando sobre sus cabezas, con la ayuda de un yagual, las ollas de barro que contienen el chilate y el chocolate preparados y velados durante la noche.
Uno de los grupos más llamativos que recorre las calles bailando con máscaras de ancianos deformes y bastones que representan serpientes, símbolos asociados a la lluvia y la fertilidad y retorcidos son los Patzka’, también conocidos como Güegüechos o Aj Ch’uy. Estos personajes son los encargados de transportar las redes llenas de jícaras de morro pintadas de amarillo y rojo que más tarde serán utilizadas para servir la bebida ceremonial.
Durante la jornada también se presentan diversas expresiones artísticas y dancísticas que forman parte del patrimonio cultural de Rabinal, entre ellas destacan el Rabinal Achí, la danza del Venado, la danza de la Sierpe, el baile del Torito, los Animalitos y otras representaciones tradicionales que convierten el centro histórico del municipio en un espacio de encuentro comunitario. Este año 2026 también distintas instituciones educativas participaron en un desfile conmemorando la celebración.
Cofrades yendo hacia la capilla de San Pedro Apóstol. Foto por Jorge Fernández.
El recorrido de las procesiones, danzas y del chilate culmina en las cuatro capillas posas ubicadas alrededor del parque central, allí se descargan las ollas, las jícaras y los canastos de pan dulce con que se acompaña el atol, mientras se realizan ceremonias y bendiciones en honor a cada patrón. Es en este momento cuando las mujeres adquieren un protagonismo fundamental dentro de la celebración, ellas mezclan el chilate blanco con el cacao dentro de las jícaras de morro y comienzan a repartir la bebida que únicamente se puede obtener en alguna de las cuatro capillas y las cuales tienen un costo simbólico que va desde quince quetzales, hasta veinticinco.
Las primeras jícaras son entregadas con respeto y de forma casi ceremonial, como muchos de los pasos que componen a esta celebración, a los principales de las cofradías y a las imágenes sagradas presentes en las capillas. Después, el chilate se comparte con toda la población, tanto local del municipio, como de los municipios vecinos o con los turistas nacionales e internacionales que visitan el pueblo en esa fecha. Decenas de personas se acercan para recibir la bebida, en una muchedumbre que se junta para poder probar de la bebida ancestral, convirtiendo el acto de beber chilate en una experiencia colectiva que reafirma los vínculos comunitarios y territoriales que traspasan a la cultura Achí para ser compartida con las distintas poblaciones.
El reparto del chilate representa un acto de reciprocidad y agradecimiento al dios cristiano, a los santos y también a la madre tierra. La bebida elaborada con maíz y cacao recuerda la relación histórica entre la comunidad, la tierra y los ciclos agrícolas, en palabras de Guillermo Chen: “esta celebración es una forma de devolver a la Madre Naturaleza parte de lo que ella brinda a las personas durante el año”.
Danzantes bailando a las afueras de la capilla de Santo Domingo. Foto por Jorge Fernández.
Los retos de la tradición en el siglo XXI
Aunque el Miércoles de Chilate continúa convocando a cientos de personas cada año, tanto para su participación como dentro de su organización, sus autoridades enfrentan desafíos relacionados con los cambios sociales contemporáneos como las transformaciones en los hábitos de consumo y las nuevas dinámicas culturales que compiten con las formas tradicionales de participación comunitaria. A ello se suma el esfuerzo económico que implica mantener vivas las cofradías, financiar la preparación de grandes cantidades de bebida, organizar procesiones y garantizar la transmisión de conocimientos a las nuevas generaciones.
La continuidad de la tradición depende en gran medida del trabajo voluntario de cofrades, cocineras, músicos y danzantes que año tras año mantienen vigente una práctica heredada por siglos; cabe resaltar que en los últimos años las cofradías han recibido cierto apoyo por parte de las autoridades municipales, no solo para el Miércoles de Chilate, sino para otras festividades dentro del municipio, esto ha ayudado un poco a las cargas que estas grandes celebraciones representan en el pueblo.
Además de su dimensión espiritual, simbólica y cultural, el Miércoles de Chilate genera cierto movimiento económico en Rabinal, pues durante la celebración aumenta la afluencia de visitantes interesados en conocer las danzas tradicionales, las procesiones y la gastronomía local. Restaurantes, comedores, ventas ambulantes, artesanos y pequeños comercios encuentran en estas fechas una oportunidad para incrementar sus ingresos.
La festividad también impulsa una ruta gastronómica vinculada al maíz, al cacao y a las bebidas tradicionales de la región, aunque la venta del chilate es exclusivamente ceremonial ese día, fortaleciendo el reconocimiento del patrimonio culinario rabinalense.
Asimismo, prácticas como la elaboración de jícaras de morro, utensilios ceremoniales, textiles y elementos utilizados en las cofradías contribuyen a la preservación de conocimientos artesanales que forman parte del patrimonio cultural del municipio.
Asistentes al Miércoles de Chilate disfrutando de las actividades en la iglesia de Rabinal. Foto por Jorge Fernández.
Mientras el implacable sol de junio, que en Rabinal es dos veces implacable, cae sobre los tejados y los huertos de naranjas y las últimas jícaras de chilate se vacían y se van con sus nuevos dueños, la celebración comienza a despedirse: las danzas regresan a sus casas, las cofradías guardan nuevamente sus imágenes y los músicos silencian por un momento el tambor y la chirimía para descansar hasta el siguiente año, teniendo en cuenta que se hizo todo para que la tierra fuera fecundada y las lluvias cayeran en abundancia, satisfechos y agradecidos con el maíz y con la naturaleza.
Fuente: prensacomunitaria.org
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