Fin del T-MEC, punto de inflexión para la emancipación
"Trump afirma que el T-MEC ha sido uno de los peores acuerdos para Estados Unidos, acusa a México de haber aprovechado de él y asegura que su país ya no lo necesita".
Conviene recordar que, hace apenas unos años, Donald Trump firmó la continuidad del Tratado de Libre Comercio de América del Norte bajo el nombre de T-MEC y lo calificó como el mejor acuerdo comercial jamás alcanzado. Después de todo había sido él quien lo comprometió. Hoy, fiel a la volatilidad que ha caracterizado su actuación política, sostiene exactamente lo contrario: afirma que el T-MEC ha sido uno de los peores acuerdos para Estados Unidos, acusa a México de haber aprovechado de él y asegura que su país ya no lo necesita. Por ello propone limitar su vigencia a 10 años y someterlo a revisión anual.
Resulta inaceptable que el futuro de México dependa de los constantes cambios de opinión de un presidente al que todavía le restan dos años y medio de gobierno. Su inclinación a la contradicción, la incertidumbre, el uso arbitrario de los aranceles y la creación permanente de escenarios de confrontación difícilmente pueden traducirse en beneficios para México. Por el contrario, esta coyuntura obliga a una profunda reflexión sobre un proceso de integración iniciado en la etapa más intensa del neoliberalismo, tanto en México como en Estados Unidos, y cuyas consecuencias negativas han recaído especialmente sobre los trabajadores mexicanos. No debe olvidarse que nunca se aceptarán acuerdos migratorios paralelos que hubieran permitido regular los enormes desplazamientos de población que el tratado rompió.
Cuando el TLCAN entró en vigor en 1994, se afirmó que la llegada masiva de inversiones transformaría a México en un país del primer mundo. Se aseguró que se exportarían “tomates y no personas”. Ocurrió exactamente lo contrario. El Tratado dio origen a una de las formas más severas de migración forzada que ha experimentado el país, favoreciendo principalmente los intereses de Estados Unidos y consolidándose una relación de subordinación y dependencia económica. Millones de campesinos abandonan sus tierras para trabajar en los campos agrícolas del vecino país porque no pudieron competir con los productos altamente subsidiados provenientes del norte. La ironía es devastadora. México sigue importando en enormes cantidades muchos de los mismos productos que se cultivan del otro lado de la frontera, por los campesinos mexicanos expulsados de sus comunidades por ese mismo modelo económico. Se alejó la posibilidad de alcanzar la autosuficiencia alimentaria y, al mismo tiempo, millones de trabajadores quedaron condenados a vivir bajo la incertidumbre permanente de la condición migratoria indocumentada.
El país ha experimentado una profunda transformación demográfica. Hoy millones de mexicanos indocumentados residen en Estados Unidos en condiciones de enorme vulnerabilidad jurídica, porque se les mantiene en un limbo jurídico, y de esta forma se les niega el acceso pleno a derechos laborales, civiles y sociales que les corresponden después de décadas de trabajo. Han sostenido sectores fundamentales de la economía estadunidense: la agricultura, las granjas, las empacadoras de carne, la industria avícola y las plantas procesadoras de alimentos, entre muchas otras actividades. Y ahora se enfrenta a una persecución inhumana y cruel por parte del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) que aplica políticas de corte netamente fascistoide.
La integración económica derivada del TLCAN y posteriormente del TMEC se consolidó a México como un país maquilador. Una parte sustancial de las exportaciones han consistido en bienes ensamblados de empresas multinacionales que aprovechan los menores costos laborales, los incentivos fiscales y las regulaciones ambientales prácticamente nulas. Automóviles, camiones, pantallas de televisión, así como berries y el aguacate abastecen prioritariamente el mercado estadunidense, con lo cual se reduce el espacio destinado a la producción de alimentos para el consumo nacional y se debilita aún más la posibilidad de la autosuficiencia alimentaria. Tampoco pueden ignorarse lo ruinosas que han sido las concesiones mineras, nacionales, particularmente otorgadas a empresas extranjeras, muchas de ellas canadienses. Con ello México ha perdido recursos estratégicos a cambio de ínfimos beneficios fiscales y de pérdida de tierras comunales donde se realiza la extracción. Numerosas comunidades han denunciado el despojo de sus tierras, el deterioro ambiental y lo que han recibido es violencia y muerte defendiendo sus territorios.
Poner fin a esta integración profundamente asimétrica y subordinada y dejar atrás el T-MEC puede representar el punto de inflexión que favorezca la puesta en marcha de un verdadero proyecto nacional soberano, que permita diversificar las relaciones comerciales con el resto del mundo, que se fortalezcan las empresas nacionales bajo nuevas reglas de desarrollo, se impulse la producción interna y se invierta decidida y debidamente en ciencia, tecnología e innovación. Un proyecto nacional debe ofrecer condiciones de vida digna para toda la población, sobre todo incorporar plenamente a los sectores históricamente excluidos y así garantizar a todos el acceso universal a la educación, a la salud, ya una transición ecológica justa. Para alcanzar este cambio estructural las universidades deben ser los centros del pensamiento crítico que impidan el regreso de las políticas nefastas que marcaron algunos de los episodios más oscuros de la historia mexicana reciente.
Donald Trump pretende someter a México y condicionar sus decisiones de gobierno. Sin embargo, esta presión puede convertirse en la oportunidad para que México haga efectiva su soberanía y contribuya a frenar la creciente fascistización que se está instalando en distintas regiones de América Latina. Y ojalá que esta vez, en efecto, haya llegado su Waterloo.
Fuente: Bilaterals
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