Las consecuencias del genocidio: la generación perdida en Gaza
Con cerca del 97 % de los centros educativos de La Franja destruidos, incluidas las universidades, 650.000 estudiantes enfrentan dificultades severas para proseguir con su educación.
En la mañana del 22 de junio de 2026, Raghad Ashour, una estudiante de 17 años, salió de su tienda de campaña rumbo a una cafetería del barrio de Rimal, en el centro de la ciudad de Gaza. Allí solía encontrar una conexión a internet que le permitía presentar los exámenes de primero bachillerato, que este año se realizan a distancia mediante una plataforma electrónica accesible desde teléfonos móviles u ordenadores.
Pero nunca logró llegar hasta la cafetería. Un ataque aéreo israelí alcanzó un vehículo en la zona y Raghad murió mientras se dirigía a realizar su examen, convirtiéndose en una más de los miles de estudiantes asesinadas desde octubre de 2023.
Visiblemente devastada, su madre declaró a medios locales que Raghad era “la flor de la casa” y su única hija. “Dormíamos sobre la misma almohada todas las noches”, relató.
La madre explicó que su hija era una estudiante aplicada que se aferró a su sueño de completar sus estudios pese a el genocidio, el desplazamiento forzoso y las durísimas condiciones humanitarias. Aspiraba a estudiar Administración de Empresas con la esperanza de convertirse algún día en directora de una institución o en una líder empresarial.
También recordó al padre de Raghad, fallecido cuando ella aún era una niña. Durante meses, ambas, junto con los cuatro hermanos de Raghad, se desplazaron de un refugio a otro intentando escapar de los bombardeos. Concluyó su testimonio con una frase que resume la impotencia de miles de madres y padres en Gaza: “Llegó el momento en que ya no pude protegerla”.
Rizq Marwan, uno de los testigos presenciales del ataque, explica a CTXT que se dirigía a su trabajo cuando escuchó una fuerte explosión provocada por un ataque contra un vehículo en una zona densamente poblada.
“Todo se llenó de gritos y confusión. Poco después supimos que el bombardeo había causado un muerto. Apenas unos instantes antes, la vida transcurría con absoluta normalidad en la calle; de repente, todo cambió”, relata.
Marwan añade que la misma zona, considerada una de las más concurridas y dinámicas de la ciudad de Gaza, fue atacada en tres ocasiones.
Este episodio se produce en un contexto marcado por las continuas violaciones diarias del acuerdo de alto el fuego, que, según las estadísticas locales, ya superan las 3.200.
La educación bajo las bombas
El asesinato de Raghad no es un caso aislado. Según el Ministerio de Educación palestino, desde el inicio del genocidio han muerto más de 21.000 estudiantes y alrededor de 1.100 trabajadores del sector educativo.
Entre las víctimas se encuentran el rector de la Universidad Islámica de Gaza, Sufian Tayeh, destacado físico y académico palestino, reconocido como uno de los principales investigadores del mundo en física y matemáticas aplicadas; así como el profesor y académico de literatura inglesa Refaat Alareer, quien, en una entrevista concedida poco antes de morir en un bombardeo contra su vivienda, afirmó: “Soy un académico. Lo más duro que tengo en mi casa es un bolígrafo. Pero si los soldados irrumpen en mi hogar, les arrojaré el bolígrafo, aunque sea lo último que haga”.
A pesar del devastador impacto de la guerra sobre estudiantes y personal docente, miles de alumnos de la Franja de Gaza lograron presentarse a los exámenes de bachillerato entre el 20 y el 29 de junio, en circunstancias absolutamente excepcionales. Durante todo el curso académico permanecieron privados de la enseñanza presencial y de la posibilidad de asistir a sus escuelas, como hacían antes de octubre de 2023.
Según datos de la Agencia de Naciones Unidas, más del 97 % de las escuelas de la Franja han sufrido daños como consecuencia de los bombardeos y los pocos centros que todavía permanecen en pie se han convertido, en su mayoría, en refugios para personas desplazadas.
Las dificultades, sin embargo, van mucho más allá de la destrucción de las escuelas. Cada día, los estudiantes deben encontrar un lugar con acceso a internet o una fuente de electricidad para cargar sus teléfonos móviles antes de poder conectarse a los exámenes. A ello se suman los frecuentes fallos técnicos, que en ocasiones impiden completar las pruebas.
El Ministerio de Educación palestino asegura que intenta reducir la interrupción del aprendizaje mediante talleres dirigidos a los estudiantes para enseñarles a utilizar la plataforma electrónica con la que se realizan los exámenes, en un esfuerzo por mantener vivo el proceso educativo pese a las condiciones extremas que atraviesa la Franja.
Aulas convertidas en refugios y refugios convertidos en aulas
En Gaza ya no basta con que suene el timbre para que profesores y alumnos entren en clase. Antes, muchas veces, los profesores tienen que hacer esfuerzos para recuperar las aulas tras la realidad impuesta por la guerra.
Alaa Mahmoud, profesora en las escuelas y puntos educativos de la UNRWA en Gaza, explica a CTXT que los docentes se ven obligados cada día a dialogar con las familias desplazadas que viven dentro de las aulas, pidiéndoles que las desalojen durante unas horas para que los niños puedan recibir clases.
Pero no siempre es posible. Algunas familias se niegan a abandonar el espacio porque no tienen ningún otro lugar al que ir. En esos casos, los profesores improvisan una solución: dividen el aula con una cortina. A un lado se desarrolla la clase; al otro permanece instalada una familia desplazada.
“Cuando les pedimos que salgan, nos responden: ‘Encuéntrennos otro lugar y nos iremos. Nuestras casas han sido destruidas y no tenemos adónde ir’”, cuenta Mahmoud.
El Ministerio de Educación palestino y la UNRWA han habilitado puntos educativos en tiendas de campaña y en aquellas escuelas que, pese a los graves daños sufridos, todavía pueden utilizarse, con el objetivo de preservar un mínimo de continuidad educativa.
Según la UNRWA, 501 de sus 564 escuelas y edificios escolares han sido bombardeadas, destruidas o han sufrido daños de consideración, una situación que ha sometido a una presión extrema a un sistema educativo cuyo deterioro ya era profundo como consecuencia de la destrucción generalizada de las infraestructuras.
Mahmoud asegura que las dificultades no terminan con la falta de edificios o de material escolar. Lo más doloroso para ella es encontrarse con sus alumnos en las calles de Gaza después de las clases, trepando sobre los escombros o rebuscando entre los restos de viviendas destruidas para recoger trozos de madera o cartón que transportan con sus pequeñas manos hasta sus refugios, con el fin de ayudar a sus familias a encender fuego y cocinar.
Según las evaluaciones por satélite del programa UNOSAT de Naciones Unidas, el 92 % del parque residencial de Gaza ha resultado destruido o dañado, ya sea de forma parcial o total, lo que significa que la inmensa mayoría de las zonas residenciales han dejado de ser habitables. Esta devastación ha provocado una crisis de desplazamiento prolongada que afecta a más de 1,8 millones de personas necesitadas de un refugio temporal y urgente.
“Cuando los veo, pienso que deberían llevar mochilas escolares y jugar en los parques, no rebuscar entre los escombros algo que permita a sus familias cocinar, exponiendo además sus propias vidas al peligro”, lamenta.
La profesora subraya que las secuelas de la guerra también son visibles dentro de las aulas. Muchos niños presentan graves dificultades de concentración y aprendizaje como consecuencia de los traumas repetidos, la pérdida de uno de sus padres o de otros familiares, además de la desnutrición, que afecta directamente a su capacidad para aprender.
Mahmoud explica que la mayoría de los alumnos se sientan en el suelo porque no hay pupitres, mientras algunos utilizan sus cuadernos como abanicos para aliviar el calor dentro de las tiendas de campaña o de las aulas improvisadas, en un contexto marcado por los continuos cortes de electricidad y la ausencia de sistemas de ventilación.
Las dificultades no terminan cuando acaba la jornada escolar. Según la profesora, muchos niños regresan con familias que se encuentran completamente absorbidas por la búsqueda de agua, alimentos y otros recursos indispensables para sobrevivir, lo que convierte el estudio o el repaso de las lecciones en una tarea casi imposible.
“Las familias están ocupadas intentando garantizar lo más básico para vivir, y muchas no disponen ni del tiempo ni de la capacidad para sentarse a ayudar a sus hijos con los estudios”, explica.
A pesar de todo, los docentes siguen esforzándose por preservar un mínimo de vida escolar. Mahmoud señala que durante las vacaciones de verano tienen previsto organizar actividades recreativas para los niños, combinadas con clases de lectura, escritura y cálculo, con el objetivo de aliviar las secuelas psicológicas de la guerra, facilitar su regreso progresivo al aprendizaje y estimular nuevamente su desarrollo cognitivo.
Una generación marcada por el genocidio
Según explica a CTXT Margarita Isabel Asensio, profesora e investigadora del Departamento de Educación de la Universidad de Almería, las consecuencias de lo que viven hoy los niños de Gaza no desaparecerán cuando termine el genocidio. A su juicio, lo que está ocurriendo constituye “una destrucción sistemática y planificada del sistema educativo y cultural palestino”, un proceso que, afirma, se prolonga desde 1948 y que busca borrar la identidad, la cultura y la capacidad intelectual de las futuras generaciones.
La investigadora señala que la destrucción o los graves daños sufridos en las escuelas, junto con la devastación de la mayoría de las universidades y centros culturales, el asesinato de centenares de docentes y la privación del derecho a la educación de más de 650.000 estudiantes durante la guerra, hacen que alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4 de la Agenda 2030 –garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad– resulte hoy prácticamente inalcanzable.
Asimismo, advierte de que la prolongada interrupción de la educación, unida a la exposición continuada a experiencias traumáticas, requiere una intervención especializada y sostenida en el tiempo. De lo contrario, alerta, existe el riesgo de que emerja una generación profundamente marcada por el daño psicológico, con consecuencias que se prolongarán durante décadas y afectarán al conjunto de la sociedad palestina.
En su opinión, el reto del futuro no consistirá únicamente en reconstruir edificios y escuelas, sino también en afrontar la enorme brecha educativa provocada por el genocidio y proporcionar un intenso apoyo psicológico y social tanto a los estudiantes como al profesorado que han sufrido traumas.
Entre la universidad y la tienda de campaña: una educación aplazada y una vida en suspenso
Hussam Mohamed, de 27 años, había completado aproximadamente la mitad de sus estudios de Contabilidad en la Universidad Abierta de Al-Quds cuando empezó el exterminio en octubre de 2023. Además de estudiar, trabajaba como taxista y destinaba sus ingresos a construir el apartamento donde pensaba vivir tras casarse. Su plan era sencillo: terminar la carrera, finalizar la construcción de la vivienda y comenzar una nueva etapa de su vida.
La guerra hizo añicos esos proyectos. La destrucción de calles y carreteras, junto con la escasez de combustible y lubricantes necesarios para hacer funcionar los vehículos, le hizo perder su única fuente de ingresos. Poco después, su vivienda también fue bombardeada. Hoy vive en una tienda de campaña que se levanta sobre los escombros de la que fue su casa.
En conversación con CTXT, explica que ahora se encuentra sin trabajo y también sin posibilidad de continuar sus estudios. La pérdida de ingresos le impide pagar las tasas universitarias. Presentó una solicitud para cambiar de la carrera de Contabilidad a Administración de Empresas, pero el trámite permanece paralizado hasta que pueda abonar las cuotas pendientes.
Cuenta que varios de sus amigos se sorprendieron por su decisión de cambiar de especialidad, aunque él trató de explicarles las razones que lo llevaron a tomar esa decisión.
“Asistí a algunas clases cuando la universidad reanudó la enseñanza en línea, pero no entendía las explicaciones como cuando podía acudir al aula. Antes podía acercarme al profesor al terminar la clase y pedirle que volviera a explicar algún concepto o que lo simplificara si no lo había comprendido. Hoy esa posibilidad ya no existe”, cuenta.
Añade que la educación a distancia no se adapta a su forma de aprender. Cree que estudiar Administración de Empresas de manera virtual podría resultarle más sencillo que Contabilidad, aunque insiste en que el problema no radica únicamente en la carrera elegida, sino en las condiciones en las que viven los estudiantes de Gaza.
Asegura que muchos universitarios afrontan las mismas dificultades y recuerda una escena que presenció durante una visita a la universidad: “Vi a un estudiante llorando frente a la administración. Había perdido la conexión a internet mientras realizaba un examen desde uno de los espacios de trabajo habilitados fuera de su casa y la universidad lo dio por suspendido. Me fui sin saber qué ocurrió después con él, pero me quedó una enorme tristeza. Así es nuestra vida en Gaza.”
Un futuro académico amenazado
Incluso antes del genocidio, la Franja de Gaza ya sufría unas tasas de desempleo extremadamente elevadas como consecuencia del bloqueo. Entre los jóvenes, el grupo demográfico más numeroso de la población, el paro superaba el 80 %. Hoy, sin embargo, la prioridad para la mayoría de los habitantes ya no es estudiar ni encontrar trabajo, sino simplemente sobrevivir. La destrucción provocada por la guerra ha agravado aún más el desempleo juvenil, dejando a toda una generación al margen tanto de la actividad educativa como de la productiva.
Las estimaciones de Naciones Unidas indican que la juventud gazatí se enfrenta a desafíos sin precedentes derivados de la devastación generalizada, la inseguridad, el retraso en la reconstrucción y la persistente crisis habitacional. A ello se suma la paralización del proceso de reconstrucción, que constituía uno de los pilares del plan impulsado por Donald Trump para el alto el fuego en Gaza. Todo ello alimenta la frustración y la desesperanza, lo que a su vez lleva a muchos jóvenes a pensar en emigrar en busca de una vida mejor si alguna vez se abren los pasos fronterizos, ya que describen la situación actual como una muerte lenta
Antes del estallido de la guerra, Gaza registraba una tasa de analfabetismo muy baja. Según la Oficina Central Palestina de Estadística, el analfabetismo entre la población de 15 años o más no superaba el 1,8%. Hoy el desafío ya no consiste únicamente en el descenso del número de alumnos matriculados en escuelas y universidades, sino en preservar el derecho mismo de toda una generación a recibir educación, después de que las escuelas se hayan convertido en refugios, las aulas en escombros y los exámenes en un recorrido lleno de riesgos.
En un informe reciente, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) lanzó una seria advertencia sobre el futuro de la educación en Gaza e instó a actuar con urgencia para salvar el sistema educativo. La organización alertó del riesgo de que surja una “ generación perdida” si la situación continúa deteriorándose, y pidió a la comunidad internacional que intervenga para poner fin a esta crisis y garantizar nuevamente el derecho fundamental de los niños y jóvenes a la educación.
Entre esa advertencia y la realidad cotidiana, la población de Gaza contempla el futuro con incertidumbre. Muchos expresan un mismo deseo: si el mundo no ha logrado detener el genocidio durante estos años, esperan al menos que no abandone ahora el sueño de sus hijos ni su derecho a aprender, con la esperanza de que el conocimiento pueda algún día reparar parte de la destrucción que la ocupación y la guerra han dejado tras de sí.
Majd Salem es periodista palestino independiente y estudiante de posgrado.
Fuente: CTXT