Nepal y Ecuador: la tragedia de los glaciares
Acción Ecológica opina
El 26 de agosto de 2026, en Nepal, en la zona fronteriza con China, una serie de riadas destruyeron todo a su paso. Decenas de comunidades ubicadas a lo largo de 70 km del río Trishuli fueron devastadas. Cerca de 1000 fallecidos y 5000 desaparecidos es el saldo al momento de escribir este editorial. Esta es una frontera muy comercial, un corredor económico y de turismo y ese día había una gran cantidad de peregrinos que iban al monte Kailash, lugar sagrado para el budismo, el hinduismo y el jainismo. Del lado chino también se registraron muertos y cientos de personas desparecidas. Esta zona de Nepal ya había sufrido varias inundaciones y un grave terremoto en 2015 con cerca de 9.000 fallecidos.
El último desastre se desencadenó por el colapso de un glaciar que provocó una reacción en cadena en el Langtang Lirung, el pico más alto de la subcordillera del Himalaya nepalí. El movimiento de masas fue tan grande que causó un temblor de magnitud 5,2 detectado por sismógrafos de todo el mundo.
La hipótesis principal de los geomorfólogos es que la parte derrumbada del glaciar se encontraba a más de 5000 metros de altitud y puede haber caído 1200 metros, provocando una avalancha de hielo que se derritió debido a la velocidad y fricción del impacto. El flujo de escombros se desplazó a una velocidad de 50 metros por segundo (180 km/h), extendiéndose unos 100 km río abajo.
Nepal es responsable únicamente del 0,05 % de las emisiones de CO2 que provocan el cambio climático, pero está soportando de manera desproporcionada sus consecuencias, como lo ocurrido hace pocos días. Uno de los impactos del cambio climático es el deshielo del permafrost, lo que a su vez aumenta la probabilidad de derrumbes de glaciares.
El permafrost es la capa de suelo congelado permanentemente en las zonas aledañas a los glaciares y se dice que es el “pegamento” de la criosfera (las partes de la superficie de la Tierra donde el agua se encuentra en estado sólido) y que ha mantenido unidas las rocas, el hielo y los glaciares durante milenios. Debido al calentamiento global, el permafrost se está debilitando en varias partes del mundo. Los Himalayas son particularmente vulnerables a esta situación; sus montañas ya fragilizadas por los terremotos, ya que es una zona altamente sísmica, sufren el deshielo del permafrost. Se puede decir que los Himalayas están literalmente desmoronándose.
Esta situación nos hace pensar también en la preparación que tienen los países para enfrentar esta situación. Si bien China y Nepal tienen sistemas de alertas tempranas, el sistema resultó incapaz de detectar a tiempo los flujos que bajaban ya que los monitores del nivel de agua situados río arriba en Nepal fueron arrasados por las inundaciones antes de que se pudieran enviar las alertas.
La Cruz Roja estima que hay cerca de 100 000 damnificados en Nepal por el desastres ocurrido. Numerosa infraestructura se ha visto afectada entre la que están puentes, casas y edificios, templos, escuelas, redes de electricidad y 13 proyectos hidroeléctricos funcionales; y se habrían dañado numerosos proyectos en construcción. Entre los desaparecidos hay al menos 900 trabajadores de centrales hidroeléctricas atrapados en los túneles.
Esta región es un punto de proliferación de sistemas de generación hidroeléctrica. La Gran Curva uno de los proyectos chinos más grandes del mundo, con una inversión de 167 mil millones, se está construyendo precisamente en esta zona propensa a los terremotos y con enormes volúmenes de agua involucrada.
Los glaciares de los Himalayas se están convirtiendo en zonas de sacrificio debido al cambio climático y a los megaproyectos de energía. Son lugares identificados como de alto riesgo donde no se debería aprobar ninguna infraestructura de envergadura.
Así como en los Himalayas, en los Andes también debe haber mayores estudios e información científica constante sobre la criosfera, la hidrología y la meteorología, incluyendo la notificación inmediata de avalanchas, deslizamientos de tierra, caídas de hielo y cambios en las lagunas glaciares; los Estados y Universidades deben trabajar por acceder a imágenes satelitales, alertas tempranas e invertir en investigaciones científicas conjuntas entre los países andinos así como ejercicios periódicos de respuesta ante desastres.
Ecuador ciertamente no está preparado para enfrentar esta situación ni tiene programas serios y financiados de adaptación al cambio climático. Una planificación nacional, a mediano y largo plazo, debe incluir no solo el desastre que podría provocarse por un deshielo violento de los glaciares en caso de erupciones volcánicas, por ejemplo en el Cotopaxi, sino también ante la pérdida de glaciares, otro efecto del calentamiento global.
Datos de la ESPOL dicen que Ecuador ya ha perdido el 50% de su cobertura glaciar lo que afectaría no solo a las comunidades aledañas sino también a las cuencas hídricas que abastecen a extensas regiones del país con una reducción drástica de las fuentes de agua dulce, la alteración hídrica de los páramos, o el incremento del riesgo de avalanchas por la inestabilidad de cuerpos de agua glaciar, como ocurrió en Nepal.
Ecuador es responsable de menos del 0,2% de las emisiones globales de CO2 pero somos altamente vulnerables al calentamiento global. Debemos cuidar los ecosistemas frágiles como los páramos y los nevados, al igual que cumplir con el mandato popular de dejar una parte del petróleo del Yasuní en el subsuelo. Es nuestra contribución y responsabilidad con nuestro país y el planeta.
Fuente: Acción Ecológica