Restaurar el bosque nativo como política comunitaria ante los incendios
La UTT Patagonia, con la colaboración de la Escuela Agrotécnica de Lago Puelo, lanzaron el primer curso de restaurador forestal del país para salir de las llamas con una propuesta colectiva. Recuperar saberes científicos y comunitarios, formar y potenciar el fenómeno de las brigadas comunitarias para una política de reforestación y prevención.
Cuando los incendios récord del verano en La Comarca aún estaban apagándose, la UTT Patagonia construyó una propuesta para pensar no en las llamas sino en una solución integral, y lanzó la convocatoria al primer curso de “Restaurador Forestal”. “Apagar el fuego que haya que apagar, restaurar lo que haya que restaurar, acá no se rinde nadie”, fue el mensaje con el que se plantaron. Con un convenio con la Escuela Agrotécnica 717 de Lago Pueblo y un centenar de inscriptos, la primera cohorte inició la cursada diseñada por un equipo pedagógico de ingenieros agrónomos y forestales, técnicos en gestión ambiental y licenciados en ciencias biológicas, que se propone formar a la comunidad para que el bosque nativo sea una salida colectiva en tiempos de crisis climática.
“Tenemos un rosario de reclamos a la política pública forestal de los últimos 70 años, pero no queremos quedarnos en eso. Tenemos que salir a la acción y la propuesta del curso es organizar la catarsis y hacer cosas, el objetivo es movernos y proponer por la positiva”, fogonea Juan Pablo Acosta, integrante de la UTT Patagonia e ingeniero agrónomo. “El día del lanzamiento del curso tuvimos 400 inscriptos, nos desbordó el interés”, celebra, al mismo tiempo que remarca el interés por la restauración forestal y la energía colectiva en La Comarca —región que reúne los pueblos cordilleranos del sur de Río Negro y norte de Chubut—.
El número de personas inscriptas —en su mayoría jóvenes y mujeres— anticipa que la formación (que inició el 7 de marzo con los primeros 100 cursantes en la sede del Bolsón de la UTT) tendrá nuevas cohortes y proyectos. Todo en una zona movilizada por el fuego, con la experiencia colectiva de las brigadas comunitarias, que fueron claves para salvar viviendas y bosque tanto en el incendio del Mallín Ahogado (Río Negro) como en las llamas que avanzaron sobre 40 mil hectáreas en Puerto Patriada y Epuyén (Chubut).
“El Estado no está pudiendo cuidarnos. Cuando hay un incendio la comunidad se organiza y combate el fuego a través de las brigadas comunitarias. Nuestro objetivo es que esas brigadas tengan un plan anual de trabajo. El primer paso del combate del fuego está organizado, el paso siguiente es formarse en restauración y prevención. Tenemos que construir un oficio, una salida laboral, que esté a la altura de la catástrofe ambiental que vivimos, que prevenga y que repare”, propone Acosta.
En medio de la tragedia forestal, la UTT Patagonia integró en su organización a la Brigada Andina, una de las tantas organizaciones comunitarias de La Comarca, y en ese diálogo surgió la propuesta como puntapié para que la restauración, la prevención y el ordenamiento sean los ejes estructurales de una acción a futuro.
El primer curso de restaurador forestal
Entre las llamas, el equipo docente comenzó a diseñar el cuadernillo teórico, con enfoque práctico y de extensión, para volcar material académico y recolectar las experiencias comunitarias y públicas de cosecha de semillas, reproducción de nativas y reforestación. “Es algo inédito, en el país no se había dado un curso de restauración forestal. Es la primera vez que se dicta con una base teórica, técnica y práctica. Tratamos de no hacerlo muy académico porque queremos que llegue a toda la comunidad”, destaca Carlos Molina, ingeniero forestal, docente y responsable del Vivero de Especies Nativas en la Escuela Agrotécnica 717 de Lago Puelo.
Convenio mediante, para que la escuela agrotécnica preste sus instalaciones para las clases prácticas, Molina se sumó al equipo de trabajo que coordina Acosta e integran Agustín Mavar (productor local de la UTT), Alelí Puerto (técnica en Gestión Ambiental), Agustina Nieto (ingeniera en Ecología) y Aldana Matellini (licenciada en Ciencias Biológicas). La propuesta consta de cuatro módulos en los que se propone adentrarse en conceptos básicos: ¿qué es un bosque? ¿qué es un disturbio? ¿qué tipo de restauración es la adecuada? ¿cómo “leer” el paisaje? ¿cómo lograr un plantín de calidad?
Las preguntas que se responden en cada módulo de los cuatro encuentros que componen la cursada abren un espacio para pensar, aprender y actuar en la urgencia pero con bases científicas. Acosta y Molina coinciden en que después de los incendios se abre una “eco-ansiedad” entre los habitantes de La Comarca, y también en quienes ven la tragedia ambiental desde las ciudades, y proponen organización.
“Después de cada incendio vemos que viene gente desde Buenos Aires a restaurar los bosques. Esa actitud es bienvenida, pero con la experiencia de las brigadas comunitarias nos debíamos hacer algo de manera eficiente. No es solo plantar por plantar. Es necesario un monitoreo, construir datos”, explica Molina y precisa que, en la actualidad, menos de la mitad de los proyectos de restauración desarrollados en la Patagonia tienen un monitoreo.
El ingeniero forestal habla desde la experiencia como docente de la escuela agrotécnica, donde se desarrolla una experiencia de reforestación —con respaldo de la Secretaría de Bosque de Chubut y el Parque Nacional Lago Puelo—. Esa iniciativa reunió, el año pasado, a 200 estudiantes de cinco localidades de La Comarca para reforestar con 1.400 cipreses el cerro Currumahuida (que se incendió hace 15 años y donde la escuela trabaja en monitoreo y reforestación desde hace cuatro).
El curso busca amplificar esas experiencias con la comunidad y fortalecer la acción de las brigadas comunitarias para pensar cómo y en qué momento abordar el terreno luego de los incendios, conocer las formas de cosechar, acondicionar, reproducir y sembrar las semillas de los árboles nativos. Saber qué nativas pueden rebrotar (radal, maqui, ñire) con una restauración pasiva —dejando que la naturaleza se recupere sin intervención— o si es necesaria una restauración activa, ingresando a regenerar los árboles que el fuego arrasó y que no rebrotan si no existe intervención humana, como el ciprés, el coihue o la lenga.
Despinar la política y la educación forestal
La contracara de la reforestación con nativas es la política aplicada desde fines de la década de 1970 en la Patagonia: la implantación del pino, una especie exótica con gran capacidad de adaptación y reproducción tras los incendios —de 1000 pinos por hectárea en una plantación brotaron 21.000 luego del incendio, cita el cuadernillo un informe de la Universidad del Comahue—. La política forestal invitó a derribar el bosque nativo e implantar con exóticas pino ponderosa (Pinus ponderos), oregón (Pseudotsuga menziesii), radiata (Pinus insignis) y pino murrayana (Pinus contorta). Con la promesa de un futuro económico próspero con el uso industrial de esa madera, en la década de 1990, el Estado promovió la Ley de Inversiones para Bosques Cultivados.
Ese aprovechamiento forestal nunca ocurrió y lo que sucedió fue el avance del pino sobre el bosque nativo, creando tras cada incendio más combustible a futuro. “No es un problema de la especie, sino de cómo se pensó su introducción y cómo se abandonaron los proyectos de aserraderos. Los viveros y las plantaciones quedaron a la buena de dios, sin poda, raleo ni barreras cortafuegos. Hay responsabilidad del Estado porque abandonar las cosas tiene sus consecuencias”, explica Acosta, desde su experiencia profesional de trabajo en el manejo de rodales de pino y ensayos de aprovechamiento con restauración de nativas.
Tras los incendios de este verano, volvió a surgir en La Comarca un llamado desesperado por erradicar el pino, pero con miles de hectáreas abandonadas —desde zonas con pendiente de difícil acceso hasta el costado de las rutas— eso parece más un deseo que un plan posible de llevar adelante por sus altos costos.
“La acción es ahora, cuando el pino es pequeño. Durante el primer año de reproducción se puede realizar el ‘despinamiento’, arrancarlo de raíz con un trabajo manual. A partir de los cuatro años entra en edad reproductiva y, al cortarlo, le pueden quedar yemas basales desde las que puede rebrotar”, agrega Acosta sobre la gravedad del problema de una especie que combustiona y se reproduce más rápido con el fuego, al tiempo que, cuando crece, requiere mucho más agua que las nativas.
El integrante de la UTT Patagonia sintetiza a este monocultivo exótico como “la soja de la Patagonia”, que “seca arroyos, seca vertientes, compite con la flora nativa y modifica el ambiente. En los rodales exóticos de pino no crece nada, no tiene flora ni fauna asociada, no hay diversidad. Acidifica el suelo, lo sombrea rápido. Es una gran máquina”, resume y propone pensar acciones estratégicas y situadas, despejando reservorios de agua o tendidos eléctricos, a la par de la formación e investigación en la regeneración del bosque nativo.
Molina comparte la mirada y como ingeniero forestal trae una crítica asociada al trabajo de las casas de altos estudios —la carrera se da en las universidades de la Patagonia, Santiago del Estero, La Plata y Misiones—, donde hasta hace muy pocos años la salida a bosques nativos no estaba en la currícula y el enfoque estaba puesto en la explotación comercial de exóticas: pinos y eucaliptos. “El pino en la Patagonia es inviable, el rol que tenemos que tomar es volver al bosque nativo. En mi caso, desaprendí todo lo que me habían enseñado, no lo apliqué y me empecé a formar en el conocimiento de bosque nativo”, dice Molina y señala que existe un incipiente camino de investigación tanto en el INTA como en el Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino Patagónico (Ciefap). “La regeneración del bosque lleva muchos años, por eso para llevar adelante una investigación académica que arroje resultados firmes tenés que hablar de 20 o 50 años”, señala.
¿Por qué reforestar el bosque andino patagónico?
Ciprés, Coihue, Lenga, Alerce, Radal, Notro, Fiunque, Arrayán, Pitra, Michay, Maqui, Laura, Palo Piche y Chacay son la diversidad de especies que durante miles de años el bosque andino patagónico ha adaptado al ecosistema local. “Reforestar con bosque nativo es la mejor respuesta que el ambiente ha dado a lo largo de años de selección y adaptación natural”, remarca Acosta y —en tiempos de políticas de ajuste— enumera los servicios ecosistémicos de recuperarlo porque “no tienen precio”.
“Los bosques, junto con los mallines, son los que captan las aguas que van a los ríos y valles para la producción de alimentos. Los bosques son los que evitan la erosión del suelo en los meses de lluvia. Los bosques son los que sostienen las laderas y evitan desprendimientos o aludes. El control de la temperatura, el oxígeno, la fauna y la flora asociada, el atractivo turístico”, explica.
El curso plantea formar a la comunidad en el terreno para la recolección de semillas, para ver experiencias y para poder dar respuestas a un vecino o vecina cuya chacra fue afectada por el fuego. “La reacción es la de ir a los territorios incendiados y plantar, pero los tiempos de la naturaleza son otros —anticipa Molina—. Restaurar no es solo plantar sino volver al estado natural previo al incendio”.
La observación del terreno incendiado, el bosque que quedó bajo las cenizas, las especies que sobrevivieron son piezas clave para saber cómo intervenir. En una restauración pasiva, la tarea es aislar el predio afectado, cercarlo y esperar —sin ganado ni intervención humana— que de tres a cinco años el bosque se regenere, ver cómo reacciona la naturaleza, ver qué árboles rebrotan, si se empieza a colonizar el suelo con especies que empiecen a retener el suelo. “Después de los incendios no queda suelo, queda pura ceniza. Si vamos a plantar a un bosque que se quemó este año es a tirar árboles para que mueran porque no tienen suelo”, señala el docente e ingeniero forestal.
Esto no implica que no puedan tomarse acciones para ayudar a esos tiempos de la naturaleza. Por ejemplo, utilizar árboles quemados o caídos y colocarlos de forma perpendicular a las zonas de pendiente para evitar la erosión y permitir que quede suelo para el brote de los primeros pastizales o herbáceas. La reforestación activa de árboles que no rebrotan luego del fuego será con cipreses —de mayor poder germinativo— y coihues; árboles de menor altura, más cerca de las zonas de interfase. Mientras que las lengas crecen en alta montaña, en lugares de difícil acceso, lo que hace que su pérdida sea mucho más difícil de recuperar.
Todos estos saberes son los que el primer curso de restaurador forestal busca poner al alcance de toda la comunidad tras temporadas críticas de incendios forestales: con la pérdida de unas 200 mil hectáreas desde 2015, entre Bariloche (Río Negro) y Esquel (Chubut). “Los incendios, por la magnitud que están teniendo, no pueden ser contenidos por las estructuras estatales, por eso la comunidad se organiza y toma la iniciativa como es el caso de las brigadas comunitarias. Promover que esas brigadas comunitarias se transformen en brigadas de prevención y restauración con políticas públicas activas puede ser parte de una articulación solidaria, es una gran oportunidad para fortalecerlas”, sostiene Acosta como propuesta antes del próximo incendio.
- Edición por Darío Aranda.
Fuente: Agencia Tierra Viva
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