¿Urrá priorizó dividendos sobre la vida?
La emergencia no ha terminado y, desde ya, miles de familias que lo perdieron todo tienen incertidumbre sobre su futuro inmediato.
A sus 45 años, Mirley Solar nunca imaginó volver a sufrir la tragedia de 1988, cuando el río Sinú inundó su finca y la obligó a ella y a su familia a dejarlo todo por varios días.
Esta campesina cordobesa vive en una pequeña finca de cuatro hectáreas en la vereda Las Balsas, en Tierralta (Córdoba); terruño al que se accede por una buena carretera, luego de un trayecto de veinte minutos en carro desde el casco urbano. Allí labora la tierra con su familia, integrada por sus dos hijos, de doce y 19 años, y sus padres.
En su parcela cultivan yuca, maíz, plátano, cacao, maracuyá y arroz. “Acá tenemos de todo, acá es como una especie de tutifruti”, dice con orgullo y agrega: “Hay árboles frutales; teníamos zapote, coco, gallinas, pero todo se lo llevó el río”.
Recuerda que el pasado 2 de febrero estaba en la cocina de su finca. Eran más o menos las tres de la tarde, cuando el sonido que siempre la ha acompañado, el del caudal que pasa a solo veinte metros de su casa, aumentaba de manera apresurada.
La familia, lo primero
Desde tres días atrás las precipitaciones no cesaban: “Nosotros medimos la lluvia con un pluviómetro y había llovido 145 milímetros el domingo; el sábado 140, y el lunes también llovió y se fue incrementando. El río se fue creciendo con las quebradas que le caen”, recuerda y comenta que esa lluvia fue por el frente frío, porque la mayor que habían registrado era de 45 mm, en diciembre.
Al ver que la creciente aumentaba con rapidez, su desconcierto y el de sus familiares también lo hacía. Su vivienda está en una especie de isla, rodeada por un brazo del cauce, lo que rápidamente los dejó incomunicados por tierra. Fueron instantes para que el agua llegara al patio.
“Imagínese a uno en ese momento, el desespero, a llorar; mi mamá y mi papá solo tienen 78 años, están enfermos y la verdad uno no trata de asegurar nada porque en ese momento, con la desesperación, se quiere salir lo más pronto posible. Uno piensa: ´Se me ahogan’; y pues uno que se crió a la orilla del río sabe nadar, pero con adultos mayores y un niño de doce años da miedo”, comenta la campesina damnificada.
Sin cultivos ni animales
La angustia aumentaba al ver cómo la violencia de las aguas cubría sus parcelas, se llevaba a su pequeña ternera y a sus cincuenta gallinas, que revoloteaban buscando tierra, aunque se ahogaban en el intento. En una chalupa logró salvar a su vaca. A sus perros Tobi, Alquitrán, Lucas y Manchas los llevó consigo en la canoa.
Media hora después, el agua se había tomado la finca, lo había copado todo, daba más arriba de las rodillas. En canoas y lanchas los vecinos los auxiliaron y los llevaron a unas casas en un lugar alto, adonde fueron llegando otros lugareños que también lo habían perdido todo.
Durante horas, al lugar siguieron llegando campesinos. Algunos no querían abandonar lo que por décadas habían sido sus hogares: “Se aferraban a quedarse para, ajá, asegurar sus cosas”, expresa Mirley Solar.
Contactaron a organismos de socorro e instituciones estatales por ayuda para las 109 familias que permanecen en ese lugar. En el departamento son cerca de cincuenta mil hogares afectados por las inundaciones.
En el lugar, se distraen orando y hablando, sin embargo, tienen momentos en que se derrumban: “Uno trata de ser fuerte por los papás o los hijos para que no vean que uno flaquea, pero cuando no ven, pues a llorar…”.
Los culpables
Sobre los responsables de las inundaciones se tejen varias hipótesis. Para el presidente Gustavo Petro es la crisis climática que trajo un frente frío ártico, y que las represas estaban super llenas, mientras decían que había escasez de gas. “Había abundancia de agua y ahora la botan gratuitamente de manera exageradamente dañina”.
Por su parte, el portal de noticias Corrupción Al Día asegura que es responsabilidad de la corrupción que se robó los dineros para la construcción de obras de drenaje. Además, indican lo que sucedió con la hidroeléctrica de Urrá, que a la una de la tarde del 2 de febrero apagó las turbinas para evitar que llegara más agua al río.
“Las clapetas (rebosadero) descargan 1239 metros cúbicos por segundo. 2:00 p.m.: Turbinas aún apagadas. Las clapetas botan 1290 metros cúbicos por segundo. 3:00 p.m.: Sin justificación alguna, vuelven a encender las turbinas. 7:00 p.m.: El descontrol es total”. 651 metros cúbicos por segundo se acumulaban sin control en el embalse.
El mismo portal cita a Juan José López, representante del presidente en el Consejo Directivo de la Corporación Valle del Sinú, quien respondió a Urrá:
“Desde diciembre ustedes tenían el embalse con cotas cercanas al desbordamiento (130,5 msnm) con el propósito de maximizar sus ganancias generando energía. Ahora que se presenta este evento climático extremo y atípico, pero previsible por los datos existentes, simplemente perdieron el control del embalse por su avaricia, perjudicando a miles de familias en la cuenca del río”.
El futuro
Desde que se construía Urrá ya afectaba a las comunidades, sobre todo a los dirigentes campesinos e indígenas que se oponían. Así lo confesó el líder paramilitar Salvatore Mancuso: “Nosotros servimos como punta de lanza para quitarle del medio al Estado a aquellos que se oponían a la construcción del proyecto estatal de la generación de energía”.
Fue así que hubo el desplazamiento de 492 familias de ese territorio, en 1998, y la ejecución extrajudicial de líderes indígenas como Kimy Pernía, en 2001.
Con base en aspectos como los anteriores, muchos lugareños como Mirley Solar culpan de su tragedia a la represa de Urrá. Aseguran que desde que llegó, el río se comporta peor:
“Antes, cuando no existía, mi papá decía: ‘Hoy vamos a comer pescado’, y tiraba la atarraya y ahí sacaba. Para el verano decía que iba a cultivar arroz, y se sabía que esa cosecha se salvaba. Ahora no se sabe cuándo es invierno ni cuándo es verano porque el día que ellos deciden soltar agua, la sueltan. Yo hubiera preferido que esa represa no existiera”.
Por ahora, miles de familias esperan que el río baje y la situación se normalice para retornar a sus moradas. Sin embargo, tienen incertidumbre sobre su futuro inmediato, sobre cómo sobrevivirán mientras les dan soluciones definitivas que pasan por la reubicación para regresar a los surcos.
Fuente: Prensa Rural