El modelo agrícola dominante está agotado, entrevista con Javier Tello

Un especialista español encargado por las Naciones Unidas de supervisar la obtención de alternativas al uso de bromuro de metilo en agricultura adelanta los resultados alcanzados hasta ahora, y analiza el modelo agrícola latinoamericano desde su perspectiva y experiencia europeas. En su opinión, más allá de los adjetivos que se puedan agregar, sólo existe agricultura bien hecha y agricultura mal hecha

Servicio de Información de la Regional Latinoamericana de la UITA (SIREL), 7-8-00

- ¿Qué razón lo ha traído al Uruguay?

La supervisión de los ensayos de sustitución del bromuro de metilo. Este proyecto se inserta en el mandato del Protocolo de Montreal que firmaron 162 países, entre ellos Uruguay. Por este acuerdo deben eliminarse gases que están rompiendo la capa de ozono de la estratosfera, cuya mayor incidencia, además, se registra aquí, en el Cono Sur. Entre estos gases están los clorofluorcarbonados, más conocidos como CFCs , muchos de los cuales se usan en refrigeración, y uno de estos es el bromuro de metilo que se utiliza para desinfectar los suelos agrícolas. En el mundo se producen unos 75 millones de toneladas anuales de este gas, principalmente en Estados Unidos, Israel, ahora un poco en China y un poco en Francia. En realidad, el bromuro de metilo es un subproducto de la industria química que encontró utilización masiva en la agricultura. Por aquel Protocolo de Montreal se creó un Comité Técnico para evaluar las alternativas a este gas para poder ofrecerles a los productores un sustituto igualmente eficaz, no contaminante y, si fuese posible, más barato. Se crearon proyectos demostrativos en distintos países, entre ellos Uruguay, para ensayar alternativas al bromuro de metilo. Esta investigación de campo es pagada por las Naciones Unidas. Ya se han encontrado varios sustitutos. Hay que probarlas in situ, y si sirven y el país lo pide, se procede a la eliminación del bromuro de metilo. Existe un plazo perentorio que expira en 2015; a partir de entonces este gas no podrá ser usado en agricultura en ninguna parte del mundo. Los países que aprueben la eliminación antes de esa fecha, y en caso de que la alternativa seleccionada sea más cara que el bromuro de metilo, pueden recibir una subvención de las Naciones Unidas que cubre la diferencia. Sin embargo, quienes no lo hagan antes de 2015, no podrán aspirar a recibir esa ayuda.

- ¿Cuáles son esas alternativas?

- Cuando el Comité para Alternativas al Bromuro de Metilo del Protocolo de Montreal había dicho y proclamado que no existía una alternativa universal a ese gas, hemos encontrado, sorpresivamente, que sí existen otros métodos extraordinariamente buenos, más baratos e igualmente universales, sobre todo la biofumigación, esto es la utilización de materia orgánica poco descompuesta para desinfectar el suelo y además mejorarlo y mantener su fertilidad. El procedimiento es simple: se coloca la materia orgánica sin descomponer o parcialmente descompuesta, se entierra, se sella bien con un abundante riego y se deja actuar. La propia descomposición de la materia orgánica genera sustancias como aldehídos, alcoholes, ácidos grasos, entre otras (algunas de las cuales se venden sintetizadas como fumigantes), y ellas actúan no sólo eliminando los daños de las enfermedades durante el cultivo, sino que además se incrementa la producción de una manera importante. Quiere decir que esta alternativa orgánica produce los mismos beneficios sin ninguno de los inconvenientes del bromuro de metilo, y es sustancialmente más barata.

- ¿A partir de qué conceptos se buscan esas alternativas?

- Una de las razones por las cuales acepté formar parte de este proyecto, fue porque me pareció interesante buscar alternativas a este gas con materias existentes en cada país para eliminar cualquier importación cuya consecuencia obvia sería el encarecimiento de su uso. Pues la biofumigación es una respuesta a ese desafío, y que está funcionando correctamente en los cuatro países en los cuales se están desarrollando ensayos, esto es China, México, Guatemala y Uruguay.

- ¿Esta técnica es verdaderamente universal?

- Pueden presentarse problemas en países como España –donde se están desarrollando proyectos similares a éste, pero pagados por el propio país–, porque tenemos escasez de materia orgánica, pero en Uruguay, por ejemplo, donde las toneladas de cáscara de arroz o residuos de vid son enormes y representan un problema para el Ministerio de Medio Ambiente, se pueden utilizar perfectamente retornándolas como biofumigantes al lugar de donde proceden que es el suelo.

- ¿Qué otras alternativas al bromuro de metilo se han ensayado?

- Como hay que dejarles a los productores libertad de elección, existen alternativas químicas menos contaminantes que el bromuro de metilo, que siempre tienden a combinarse con alternativas físicas como por ejemplo la solarización, utilizando el plástico, con dosis muy reducidas de fumigantes químicos que se utilizan a dosis mucho mayores cuando no hay plástico. Por lo tanto, existen alternativas de los dos tipos para que los productores puedan elegir. Creo que los resultados que se están obteniendo en Uruguay son similares a los alcanzados en los otros países donde se efectúan ensayos.

- ¿Dónde se están efectuando esos ensayos en Uruguay?

- En dos lugares del Norte, Salto y Bella Unión, y otras dos en Montevideo y San José. Los resultados son extraordinarios, pero lo más sorprendente, por lo menos para mí, es que cuando los agricultores que están albergando los ensayos les han comentado a sus vecinos cómo funciona la materia orgánica, estos han comenzado a adoptar el sistema sin más trámite. Personalmente espero que Uruguay resuelva eliminar el bromuro de metilo antes de 2015, porque de esta forma podrá acogerse al beneficio del dinero por sustitución del gas.

- ¿La utilización del biofumigante elimina la aplicación de otros agrotóxicos además del bromuro de metilo?

- Veamos qué ha estado pasando en la horticultura de punta, como se le llama a la de invernadero: hemos intentado transformar la agricultura en una fábrica donde todo parece estar medido, y resulta que eso es inviable porque estamos agotando los enclaves de fertilidad. Los cultivos “sin suelo”, o en suelos artificiales como la turba u otras, es en realidad una huida hacia delante. He escuchado a algunos agricultores latinoamericanos clamar por el uso de esa técnica como si fuese “lo más moderno en agricultura”, cuando en realidad es un recurso desesperado de los holandeses que, efectivamente, carecen de suelos naturales. Pero aplicar la agricultura “sin suelo” e incluso la hidropónica en países como los vuestros es un desperdicio, una locura.

- ¿Cómo surgió la agricultura sin suelo?

- En 1986, antes de que empezase todo esto del bromuro de metilo, los holandeses ya lo habían prohibido en todo su territorio. ¿Por qué? Porque siendo que los acuíferos en Holanda son muy superficiales –no en vano a Holanda también se le denomina Países Bajos– la utilización del gas para agricultura había provocado la contaminación de las fuentes de agua de las ciudades. A ello se agrega que para no pocos cultivos, las condiciones climáticas y geográficas de Holanda son muy difíciles, y por eso deben construir invernáculos de vidrio, usar apoyo de luz artificial, etcétera, para poder reproducir en parte las condiciones vegetativas de plantas mediterráneas. Para paliar estos déficit idearon la agricultura en sustratos cuyo costo en inversión es entre 30 y 40 por ciento superior al cultivo en suelo. Empezaron con la “lana de roca”, que no es ni más ni menos que fibra de vidrio fundida, y también se usa la vermiculita o las turbas. A partir de ahí, a alguien se le ocurrió vender el método como “agricultura moderna”. Esto está llegando tan lejos que como los elementos necesarios para el crecimiento –nitrógeno, fósforo, potasio, etc–, deben ser añadidos en el riego como una solución nutritiva, y el drenaje terminaba en el suelo, los residuos llegaron nuevamente a las aguas cargándolas de nitratos, lo que las vuelve no potables. Así que ahora se está aplicando el “cultivo en recirculante”, es decir que los residuos se recogen, se recompone la solución nutritiva y se reutiliza en el cultivo. Pero para eso está la Unión Europea subvencionándoles tal cosa. Entonces, cuando se habla de cultivos sin suelo como si fuese “la modernidad de la agricultura”, tengo mucho miedo, porque esta técnica la justifico en lugares donde realmente no se puede utilizar el suelo, como en algunos puntos de España donde se han salinizado las tierras, pero tanto aquí como en México o Guatemala, donde los suelos son sumamente fértiles, esa técnica no es recomendable, ni siquiera como sustitutiva del bromuro de metilo.

- ¿Cómo explica que ciertos conocimientos que forman parte de lo que se podría llamar sabiduría ancestral de los campesinos –habitualmente subestimada por los universitarios–, ahora empiecen a ser integrados al ámbito académico?

- Quiero hablar desde mi experiencia personal en España, pues no conozco lo suficiente la realidad uruguaya en este aspecto; voy a usar mi biografía, que creo es bastante representativa de la de muchos ingenieros agrónomos españoles que cumplimos un papel en el desarrollo del país. Cuando yo estudiaba en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Madrid el uso de la materia orgánica prácticamente no se enseñaba. ¿Por qué? En ese momento, 1970, el consumo promedio de los españoles era de 2 mil calorías diarias y había que “desarrollar el país”, lo que en aquel entonces se entendía como darle más comida a la gente, elevar el nivel de vida. Los agrónomos cumplimos esa tarea, porque en 18 años pasamos a un promedio de 3.200 calorías por habitante, alcanzando una cifra similar a la de los países llamados desarrollados. Entonces no importaba nada que no fuese “producir”. No importaba el ambiente ni la calidad de los productos, sólo la cantidad, y eso nos enseñaron en la universidad. Cuando Liebig puso en evidencia que los abonos de síntesis provenientes de subproductos de la industria química eran unos fertilizantes extraordinarios, justo en el momento en que se agotaba el guano proveniente del norte chileno y del Perú, se produjo una revolución conceptual sobre la cual se construyó la enseñanza de la “nueva agronomía”, abandonándose toda otra fuente de conocimientos, sobre todo la tradicional, que siempre había sido la salvación de los agricultores. Ellos no tenían más abono que sus propios residuos agrícolas para hacer fértiles sus explotaciones. La culminación de ese proceso llegó con el Premio Nobel que se le concedió a Norman Borlaug inventor de la llamada Revolución Verde. En realidad el hallazgo de Borlaug fue la obtención de variedades de trigo enanas muy resistentes, pero que necesitaban dosis muy altas de fertilizantes nitrogenados como amonio, urea, etc, pues de lo contrario no producían. Desde cierto punto de vista este sistema era conveniente, por ejemplo México multiplicó por seis su producción de cereales, pero se arruinaron miles de hectáreas por la aparición de enfermedades e insectos contra los cuales las variedades anteriores tenían resistencias naturales. Esto no se supo sino mucho después, y cuando la Revolución Verde había ganado el mundo entero. Yo mismo participé en ese proceso de producción. Otros de los límites de este sistema fueron la llegada de los pesticidas y el uso masivo de variedades “mejoradas genéticamente” para resistir a los patógenos. En 1940 se descubrieron las propiedades insecticidas del DDT, y a partir de allí se empezó a usar masivamente en la agricultura. Esto tuvo consecuencias muy graves como la aparición de plagas que antes no existían, que todos los patógenos terminaran desarrollando resistencia a los químicos, y la perdurabilidad en los productos vegetales de residuos de sustancias químicas de uso agrícola que son nocivas para la salud. El caso más paradigmático fue el propio DDT, del cual se descubrió su persistencia 30 años después de que se utilizaba, pues es capaz de pasar del forraje a la vaca, de la vaca a la cría y así sucesivamente hasta entrar en la cadena alimentaria humana que, a su vez, puede trasmitir parte de esos residuos a su descendencia. Yo fui educado en esa escuela, creada para aumentar la producción, en la cual la agricultura estaba aislada del entorno; ¿que se estropeaba el ambiente?, ¿que se morían los pájaros?, ¿que desaparecían insectos útiles?, eso no nos importaba: roturábamos, agregábamos abono y volvíamos a plantar. Pero tantos y tantos fracasos han terminado por provocar la reflexión de algunos agrónomos sobre adónde íbamos, y desde luego creo que ya hemos llegado a los límites en ese estilo de producción.

- ¿Ese modelo es el que aún se aplica aquí en América Latina?

- Sí.

- ¿Y en España?

- No. En este momento los consumidores europeos no desean recibir productos elaborados de maneras muy artificiales. Actualmente se está cambiando ese sistema agrícola por lo que llamamos “producción integrada” que vendría a ser el paso previo a lo que comúnmente se designa como “agricultura biológica o ecológica”. En mi opinión, más allá de los nombres que se les quiera dar, la verdad es que hay una agricultura bien hecha y otra mal hecha. En Almería, ese paso previo consiste en reducir considera­blemente la utilización de abonos de síntesis, de productos fitosanitarios en general, y ofrecer, con unos controles muy férreos por parte de los compradores, productos que hayan sido conseguidos con la menor cantidad de agroquímicos posible. El reclamo es tan fuerte que hace un año y medio se publicó el decálogo de compra adoptado por los hipermercados europeos. Dos de esos “mandamientos” eran no adquirir productos obtenidos mediante el uso de bromuro de metilo y tampoco con niveles de nitratos superiores a los recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Se ha comprobado que el exceso de nitratos en los vegetales provoca en los adultos cáncer de colon, y en los niños que los consumen en los frasquitos de comidas preparadas, da lugar a lo que se llama “la muerte azul de los lactantes” o “muerte súbita”. El exceso de nitrato se puede detectar a simple vista en ciertos vegetales como la lechuga, por ejemplo, pues cuanto más intenso sea el verde de su hoja, más nitratos puede contener. Y aquí volvemos a la sabiduría ancestral, pues en España es una práctica tradicional que, en determinado punto del crecimiento las hojas de la lechuga se recogen y se atan, su interior blanquea y prácticamente no contiene nitratos. La pregunta es: ¿quién les enseñó a los agricultores a atar las lechugas y que así cultivadas son más saludables? Así se está moviendo la agricultura en España. Creo que quienes enseñamos agronomía debemos rescatar estos conocimientos de los campesinos y trasmitirlos a nuestros alumnos, pues de lo contrario estamos faltando a la decencia, a la ética que debe mantener un profesor con libertad de cátedra.

¿Un vergel en el desierto?

- ¿Qué representa la industria hortícola para Almería?

- En 1969 se hizo el primer invernadero experimental en Almería, una tierra desértica, con mucha escasez de agua. En esa época, en la estadística de ingresos per cápita de las 52 provincias españolas, Almería estaba en lugar 51. Era una tierra de emigrantes a Alemania y a otras regiones de España más industrializadas. En 30 años se colocó en el sexto lugar en renta per cápita. La primera vez que llegué hasta allí, en 1976, la gente vivía en casas muy sencillas y humildes y tenía serias dificultades para cerrar sus cuentas. Hoy en día las casas son casi como palacios, normalmente se tienen dos coches en casa y los chicos están estudiando en la universidad. Allí la tierra está muy distribuida, porque el tamaño promedio de una explotación por agricultor es de una hectárea, y eso les da para vivir de esa forma. En total se explotan 30 mil hectáreas, además de varias industrias auxiliares de empacado, de transporte y otras, lo que significa que el sistema beneficia a otros tantos agricultores, casi todos agrupados en cooperativas de producción y comercialización, más sus familias y los funcionarios de las industrias paralelas.

- ¿Qué es lo que determina el nivel de nitratos en una planta?

- Dos factores: primero por el nitrógeno agregado, ya sea de origen sintético u orgánico, pues la materia orgánica también contiene nitrógeno, y por los contenidos de nitratos en los perfiles del suelo; en segundo lugar por la cantidad de luz que pueda absorber la planta, esto es que cuanto más largo sea el día, menor será la acumulación de nitratos en las plantas. Esta exigencia está siendo tan intensa que cada cooperativa de comercialización está instalando su propio laboratorio de contraste de calidad de los productos que salen de la cooperativa.

- ¿Cómo ejercen los consumidores esos controles y exigencias?

- Por medio de las asociaciones de consumidores que han impuesto el uso de “etiquetas de garantía”. Las características anunciadas en las etiquetas son periódi­camente verificadas por inspecciones. Otro sistema que ya se está usando, sobre todo por la cadenas de supermercados de Gran Bretaña, es la contratación con los proveedores de la compra de toda la producción, siempre y cuando el agricultor se ciña a instrucciones precisas registradas probablemente por el comprador, cuyo cumplimiento es verificado mediante inspecciones efectuadas directamente en los cultivos. Estas cadenas, lógicamente, actúan presionadas por los consumidores, pues la garantía de calidad es un elemento central de la competitividad en el comercio.

¿La internacional del saber?
“Creo que el desarrollo de estos experimentos internacionales permite el intercambio de información entre países muy distantes sobre sus respectivas técnicas agrícolas, y en algunos casos acelera la difusión de novedades que, de otra manera, tardarían quizás años en hacerse conocer. Pienso, por ejemplo, en los problemas que se presentan en Uruguay con la polilla del tomate y otras plagas, y simplemente trasladando algunas de las técnicas que se aplican en Almería, como es el uso de mallas que recubren las plantas para evitar el tratamiento, pues genera un ahorro de 240 dólares cada mil metros cuadrados de invernadero sólo por disminución en la aplicación de químicos.”

- ¿Qué ventaja representó el cambio de modelo para la salud de los trabajadores?

- No hay cifras oficiales publicadas, quizás haya cierto miedo por parte de los hospitales a publicarlas para no levantar una alarma social, pero es evidente que los pesticidas y los agroquímicos han causado daños en la salud. Podría decirse que en determinada época, había más casos de cáncer de colon que los que correspondería a la dieta alimentaria de aquella gente que es normalmente muy rica en verduras. Con tanta fibra presente, parecería que la incidencia de ese cáncer debería haber sido más baja. La tendencia es a incrementar las precauciones en el manejo de los productos que aún se utilizan, y las propias empresas químicas retiran del mercado los más agresivos antes de que sean prohibidos, porque ahora hemos sabido que después de 12 o 15 años de aplicación, algunos trabajadores se han expuesto a dosis subletales a través de la piel por manipulación sin protección o por inhalación, lo que les ha provocado desórdenes neurológicos parecidos al Alzheimer y otras enfermedades de ese tipo.

- ¿Esta región tiene ventajas comparativas para producir sin químicos?

- Estoy convencido de que en un lugar como el Uruguay, donde los tratamientos con fitosanitarios, por ejemplo, se pueden llevar prácticamente a cero y donde es posible reducir considerablemente la utilización de los abonos de síntesis, sería aceptablemente fácil buscar relaciones comerciales –que las debe buscar el Estado con los comerciantes de otros estados– regidas por contratos de este tipo y así poder colocar su producción. En mi opinión, y según lo que he visto en este país, no es necesario darle tratamientos a los cultivos, y con las condiciones de fertilidad de estos suelos, la mayor parte de los abonos que se usan debería desaparecer.

Por ejemplo, he descubierto que Uruguay es el único lugar del mundo donde se producen frutillas sin bromuro de metilo. Yo lo vi con mis propios ojos, y les pregunté a los agricultores por qué no realzaban en los envases esa característica de su producción, puesto que se trata de un importantísimo valor agregado, y porque además esa frutilla tiene un extraordinario sabor que en Europa se ha olvidado.

Estoy convencido de que estos países, utilizando sistemas integrados de cultivo podrían ofrecer productos con las mismas cualidades visuales y mejores cualidades gustativas que los que se obtienen hoy con el modelo químico. No quiero inmiscuirme en la realidad nacional, pero creo que todos los técnicos locales deberían tener esto claro y conducir por ese camino todas sus recomendaciones a los agricultores. La producción que se obtiene aquí con sistemas integrados es análoga a la que se logra en España. En los establecimientos que he visitado he visto en un par de años pasar de una producción de 30 o 40 mil kilos de tomate por hectárea a una de 180 mil kilos por hectárea, y además de calidad.

- ¿Cuál es su opinión sobre los transgénicos?

- En Europa la sociedad tiene tendencia a no querer consumir transgénicos, y eso se expresa en que las asociaciones de consumidores, así como otros sectores de la sociedad civil, exigen el etiquetado de los alimentos que contienen transgénicos o que son elaborados con sus derivados. Para que el consumidor pueda elegir libremente, dicen ellos, debe estar informado. Por otra parte, en cada país europeo se han formado comités de bioética y uno comunitario de la Unión Europea, sin cuya autorización no pueden ingresar al territorio más transgénicos. Estos comités exigen que los transgénicos sean correctamente evaluados antes de ser lanzados al mercado, pero la evaluación es compleja. En cualquier caso, hay que admitir que quien tiene menos condiciones para evaluarlos es el que los produce. Estos comités tienen especialistas independientes en mejora vegetal, en sociología humana, en salud, en ecología, en genética. Son organismos plurales y completos con muchos puntos de vista, y todos están de acuerdo en esa evaluación previa. Y es que se sabe muy poca cosa. A mí la gente me pregunta, por ejemplo, si las plantas transgénicas aumentan el colesterol, y sólo puedo contestar que no lo sabemos. Desde luego, hay que agradecerles a los movimientos ciudadanos, sobre todo a los “verdes” como se les llama allá a los ecologistas, por haber logrado frenar una situación que en un principio muchos de nosotros la veíamos impuesta de hecho. Ellos lograron frenarlos. En España, por ejemplo, obtuvieron 750 mil firmas que presentaron al Parlamento pidiendo que se evaluaran los transgénicos

- La mayor parte de los gobiernos latinoamericanos se sumaron a la posición de Estados Unidos, quien acusa a Europa de negarle la entrada a sus productos transgénicos por puro proteccionismo, y para perjudicar a su industria biogenética que, según ellos, está mucho más adelantada que la europea. ¿Qué piensa usted al respecto?

- No niego que los políticos europeos tengan esa intención proteccionista que se denuncia, pero aparte de eso lo que es absolutamente cierto es que las sociedades han reaccionado. En este momento en Europa todo el mundo está ahíto, todo el mundo come y las grandes mayorías disfrutan de un bienestar importante. Creo que gracias a eso, estos temas que podían parecer secundarios ahora son tomados como fundamentales por todos los sectores sociales. Quizás sea un efecto de que cuando ya hay suficiente, se empieza a exigir que lo bastante, además, sea bueno. Pero, vamos, si hasta mi madre, que es ya una señora mayor, sencilla, que procede del campo, cuando la acompaño al mercado y vamos a comprar alguna cosa me dice: “Hijo, que no será esta una de esas cosas transgénicas”. Esto está generalizado. En resumen, creo que no debe pararse el avance científico, pero sí debe evaluarse, y esa evaluación debe incluir a todos los sectores sociales. Por el hecho de que se trate de “un tema científico” no se debe excluir a sectores que, finalmente, son quienes van a pagar y consumir esos vegetales. Además, quiero desmentir fuertemente que los europeos estemos más atrasados en biotecnología que los estadounidenses. Eso no es cierto y una afirmación de ese tipo debería probarse.

De todas formas, entiendo la posición de Estados Unidos que tiene unas multinacionales tan fuertes. Analicemos sólo el sector semillero, tan importante como el petrolero. ¿Por qué? España, por ejemplo, abandonó el cuidado de sus empresas productoras de semillas y en este momento Almería depende cien por ciento de transnacionales para obtener sus semillas. Imaginemos que esas transnacionales cortan durante un año la provisión de semillas, pues Almería produce cero. Y Europa se queda sin su vergel hortícola. Entonces, es un sector estratégico. Es comprensible, por tanto, que las potentes transnacionales estadounidenses quieran tener esos sectores estratégicos en sus manos porque es por lo que siempre han luchado. No nos vamos a engañar: vienen a Centroamérica, recogen maíces autóctonos, los mejoran un poco y después nos los venden carísimos, pero quienes tienen la propiedad de esos híbridos son ellos. Entiendo la lucha de Estados Unidos, pero no la comparto para nada.

Autor: Carlos Amorín

[1] Javier Tello es español, agrónomo por la Escuela de ingenieros agrónomos de Madrid, consultor de las Naciones Unidas para el proyecto de sustitución del bromuro de metilo en China, México, Guatemala e interinamente en Uruguay, catedrático de la Universidad de Almería donde enseña protección de cultivos, protección vegetal, fitopatología “y todo lo que tenga que ver con enfermedades de plantas”.

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