Bolivia: ser castañera: de la esclavitud a la miseria, por Silvia Salinas
De los bosques del norte amazónico sale la castaña que convierte a Bolivia en el mayor productor del mundo, sin embargo, la fuerza laboral de la castaña vive en medio de la pobreza y en una economía de subsistencia
Extracto del artículo de la periodista Silvia Salinas para la Revista Iniciativa Amazónica
Las pepas silvestres representan el 75 por ciento del movimiento económico del norte amazónico boliviano, que comprende el departamento de Pando, la provincia Vaca Diez en el Beni, y la provincia Iturralde en La Paz.
Esa riqueza escondida en sus bosques puede llevar a imaginar prosperidad de su pueblo y de su gente, pero no. Detrás de esa apariencia económica, miles de familias sobreviven con miserables sueldos que les pagan por recolectar y quebrar la castaña, que luego degustarán los paladares en Europa y Estados Unidos y por las que pagan elevadas sumas en dólares.
El ciclo de la castaña conlleva la perversidad de la bonanza y la maldición. Comienza con unas 8.000 familias de indígenas y campesinos que son llevados al monte en noviembre y su estadía se prolonga hasta el mes de marzo.
Durante los cuatro meses de recolección de la castaña trabaja toda la familia, pero la empresa que se beneficia de la castaña sólo registra al jefe de la familia, desconociendo cualquier beneficio al resto. El trabajo de la mujer y los niños no es reconocido.
?Mi vida es trabajo, todito el día es trabajo?
El ciclo perverso continúa en abril pero en otro escenario. Esta vez en las beneficiadoras, como son llamadas las empresas castañeras, y como protagonistas están las mujeres obreras, quebradoras de castaña.
?Me voy a la empresa con mi hijo a las tres y media de la mañana, termino siete u ocho de la noche y vuelvo a mi casa a atender a mis otros hijos. Mi vida es trabajo, todito el día es trabajo?, cuenta una quebradora en Riberalta.
La jornada para estas mujeres empieza a las 3 de la mañana, deben quebrar 50 kilos de castaña diarias, es decir partir y pelar una a una las semillas; esta es la parte más larga del proceso. Su trabajo es manual, solamente ayudado por un martillo mecánico. Luego del quebrado, la trabajadora debe seleccionar la castaña según su calidad, recortar los frutos rotos o infectados con hongos y, finalmente, acudir a un funcionario de la empresa para que pese y calcule la producción del día. Todo este proceso dura doce horas y media, de las cuales se utiliza una hora de descanso para el desayuno y el almuerzo. Las quebradoras trabajan de lunes a viernes, lo que hace un total de 57 horas y treinta minutos de trabajo en la semana.
Una franca violación a la Ley General del Trabajo, que ordena que la jornada efectiva de trabajo no debe exceder las ocho horas diarias ni las cuarenta semanales en el caso de las mujeres. El excedente horario no es contabilizado como horas extras por los empresarios ni tampoco el ingreso antes de las 7 de la mañana es considerado trabajo nocturno, por lo que no tienen remuneración extra.
Al trabajar de abril a noviembre, la indemnización de las quebradoras de castaña es por temporada; no acumulan antigüedad y tampoco tienen vacaciones pagadas. Su aguinaldo es pagado por duodécimas sobre días calendario, pero si faltan un día del mes pierden el beneficio. Y más grave aún, no todas las empresas están aseguradas y por consiguiente no cuentan con el seguro social por enfermedad, maternidad, riesgos profesionales invalidez vejez y muerte. Tampoco tienen asignaciones familiares, matrimonial, natalidad, lactancia y sepelio. Las mujeres embarazadas están condenadas al desempleo pues no son recibidas en las empresas por el beneficio social que debe pagar el empresario. El total de horas trabajadas durante los ocho meses de beneficiado, alcanza para cubrir doscientas cincuenta y uno jornadas de trabajo, que corresponden a un año normal de trabajo.
El salario que perciben las mujeres por un mes de trabajo es, en promedio, 71 dólares, lo que de ninguna manera compensa el esfuerzo desplegado. Pero trabajar once y media horas diarias en una labor repetitiva y agotadora, no solo viola la Ley Laboral sino que, principalmente, afecta la salud de las trabajadoras, deteriora la reproducción de la familia, invade las dinámicas familiares, relega en las hijas mayores el cuidado de la casa y de los hermanos menores y, el descanso de la trabajadora para reiniciar la nueva jornada, es insuficiente.
Muchas quebradoras empezaron a serlo desde muy niñas, ayudando a sus madres, es el caso de la dirigente fabril Nancy Piluy, "soy quebradora de castaña desde que estaba dentro de mi madre" cuenta y cuando cumplió 13 años pudo ser ayudante de planta. Ese es el destino de muchas mujeres.
La precariedad en la que se desarrollan las relaciones laborales de las mujeres y hombres en la producción de la castaña, aún mantiene rastros de la lógica tradicional del viejo sistema de economía feudal en las barracas. En muchos casos todavía percibiendo el pago en especies, desconociendo las normas básicas de contratación laboral.
AGENOT, Ecuador, 22-1-04