La encrucijada del insecticida en América Latina

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“La producción agroecológica requiere más observación, más tiempo de laboreo. Es menos mecanizada. Pero no mata”

“Siempre hay una solución natural”, dijo a Tierramérica la agricultora Alicia Alem, integrante de una cooperativa argentina que produce cereales y forrajes sin plaguicidas ni fertilizantes químicos.

 

“En trigo, por ejemplo, la cooperativa obtiene exactamente el mismo ‘rinde’ (rendimiento) que un productor tradicional con menos costos porque usamos nuestra propia semilla y no tenemos que comprar toda la batería de químicos”, explicó.

 

Alem forma parte de la Cooperativa Agropecuaria Asociación de Productores Familiares de Cañuelas Limitada, conformada por agricultores de entre cuatro y 12 hectáreas que cosechan alfalfa, trigo, maíz, sorgo y moha (Setaria italica), otra gramínea, en la localidad de Cañuelas, 60 kilómetros al noreste de la capital.

 

La cooperativa posee silos, molino, cosechadora y otras maquinarias. Pero el control de plagas es totalmente biológico, utilizando insectos que son depredadores naturales mediante procedimientos que varían según plaga y cultivo. “Si se nos plantea una dificultad, buscamos asesoramiento de instituciones públicas”, afirmó.

 

Se logra un buen rendimiento sin contaminar el ambiente ni afectar la salud humana, aunque el trabajo es mucho más intenso. “La producción agroecológica requiere más observación, más tiempo de laboreo. Es menos mecanizada. Pero no mata”, destacó.

 

La contaminación con agrotóxicos es una de las principales causas de muerte y enfermedad en las zonas agrícolas y encabeza las listas de accidentes laborales en muchos países.

 

Métodos alternativos similares a los de Cañuelas permitirían abandonar químicos como el endosulfán, un insecticida y acaricida organoclorado en uso en una amplia gama de cultivos en la región.

 

Aplicado en cereales, forrajes, flores, hortalizas, oleaginosas, tabaco, caña de azúcar, café y algodón, causa intoxicación aguda y crónica. Afecta el sistema nervioso e inmunológico y altera el equilibrio hormonal.

 

En Argentina, se vendían en 1999 casi dos millones de toneladas de endosulfán, y en 2006 las ventas llegaban a 4,2 millones de toneladas, sobre todo para atender el incremento de soja, que pasó a ocupar más de la mitad del área sembrada, según la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes.

 

La leguminosa es también un producto estrella en Brasil, Uruguay y Paraguay, donde se expande mediante siembra directa y uso intensivo de un conjunto de agrotóxicos.

 

El endosulfán combate a una veintena de insectos que afectan a la soja. Pero, al eliminar a los indeseables, se ataca también a sus predadores naturales, sostienen agricultores orgánicos.

 

Prohibido ya en más de 75 países, el endosulfán es considerado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos como sustancia “altamente tóxica” y desde 2007 la Unión Europea reclama su incorporación en la llamada “docena sucia”.

 

Así se conoce a los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP) cuya gradual eliminación es prioridad del Convenio de Estocolmo, acuerdo internacional adoptado en 2001 y en vigor desde 2004, para regular el tratamiento de estas sustancias.

 

En 2009, las partes del Convenio acordaron incorporar otros nueve COP a los 12 iniciales.

 

Los COP se caracterizan por ser muy tóxicos y difícilmente degradables. Se acumulan en tejidos grasos y cadenas alimentarias y pueden desplazarse a grandes distancias.

 

En la V Conferencia de las Partes del Convenio, celebrada en Ginebra entre el 25 y el 29 de abril, se decidió trabajar para incluir el endosulfán entre las sustancias a ser prohibidas y avanzar en la búsqueda de alternativas.

 

India encabezó la oposición más cerrada a eliminar este insecticida, mientras países como Argentina, Perú y Chile reclamaron asistencia técnica y financiera para efectuar la transición.

 

La cuestión de las alternativas tiene varias aristas, dijo a Tierramérica el ingeniero agrónomo Javier Souza, del Centro de Estudios sobre Tecnologías Apropiadas de Argentina.

 

“Algunos químicos representan soluciones intermedias, un mal menor a corto plazo, pero para el largo plazo tenemos que apuntar al desarrollo de sistemas de producción que no dependan de insecticidas químicos”, remarcó.

 

De hecho, algunos plaguicidas introducidos hace cuatro años para reemplazar a otros listados como COP están ahora cuestionados y se recomienda su eliminación, como la sulfuramida.

 

Souza, coordinador regional de la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas para América Latina (RAP-AL), destacó que en Brasil, Colombia, Paraguay Venezuela y algunos países del Caribe el endosulfán ya fue sustituido.

 

El gobierno de Argentina decidió sumarse al consenso en Ginebra y los fabricantes argentinos de plaguicidas habían anunciado que acatarían lo que se resolviera en la conferencia. “Es que el endosulfán, además de ser muy tóxico, está resultando muy poco eficiente”, advirtió Souza.

 

Los productores tradicionales de algodón de la nororiental provincia de Chaco lo utilizan para combatir el picudo (Anthonomus grandis Boh.), un insecto que puede aniquilar cosechas enteras.

 

Según Souza, los agricultores comentan que el insecto se está volviendo más resistente y requiere dosis cada vez mayores, lo que amplía los riesgos de manipulación del producto.

 

RAP-AL propone preservar la biodiversidad, el hábitat de insectos que son parásitos y plaguicidas naturales, y utilizar abonos orgánicos.

 

“La fertilización natural y la preservación de la biodiversidad producen cultivos más resistentes a las plagas”, aseguró Souza.

 

En cambio, el monocultivo en expansión, a expensas de la diversidad biológica, altera la relación trófica de los insectos y hace más vulnerables las cosechas, advirtió.

 

Para avanzar en estas opciones, se necesita una “decisión política” que comenzó a asomar en Ginebra. “Si el Ministerio de Agricultura apoyara la producción agroecológica como a la tradicional, sería muy distinto”, concluyó.

 

Periodismo Humano, Internet, 5-5-11

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