Alimento, política y comunidad
El cultivar, cocinar y alimentarse tienen una larga tradición comunitaria. Pero nos han borrado esa memoria histórica y hay que recuperarla. Es parte de lo que plantea el libro «Alimentos y política comunal. Claves para cocinar comunidades agroalimentarias», de Leonardo Rossi y Patricia Lizarraga. Hacen una genealogía de las formas de alimentarse y realizan un llamado a retomar la trama colectiva frente al individualismo reinante.
Qué comemos, cómo, cuánto, de qué manera, por qué. Son preguntas atravesadas por lo político, lo ideológico, lo económico y, claro, por las relaciones de poder presentes en la sociedad. El libro «Alimentos y política comunal. Claves para cocinar comunidades agroalimentarias» se mete de lleno en esa debate, recupera el alimentarse como un acción comunitaria, denuncia al mercado y sus imposiciones, aborda la historia y el presente. Y es un material que invita a conceptualizar, preguntarse y actuar.
Leonardo Rossi (autor junto a Patricia Lizarraga del libro) es investigador argentino, periodista y un referente en la reflexión política de los sistemas agroalimentarios. Una entrevista que plantea categorías de análisis, conceptos teóricos y propuestas para otro modelo agroalimentario.
—¿Por qué este libro?
—Es una obra derivada de trabajos anteriores que venían más del campo científico académico y la idea es que pueda llegar a organizaciones sociales, políticas y movimientos territoriales. Es una herramienta para una serie de talleres para pensar la alimentación en sectores populares, seguir recreando el intercambio, el aprendizaje y la construcción de conocimiento respecto a cómo nos alimentamos, la historia, el presente y el futuro.
—Hacen hincapié en la «política comunal» relacionado a los alimentos. ¿Cómo se puede explicar?
—La política comunal tiene que ver con recuperar toda una tradición de pensamiento construido a partir de experiencias concretas, lo que se ha denominado la «política comunal», manifestaciones diversas que han existido y que existen, y que tiene que ver con el hacerse cargo como sujeto político del territorio habitado y de la comunidad compartida, para justamente poder gozar de lo que ofrece el territorio que se habita. También tiene que ver con los cuidados y los goces que uno puede tener con la comunidad que se comparte. Es un poco lo que ha sido la base política histórica de la sociedad humana, el compartir en comunidad, y que se ha ido erosionando, perdiendo y también intencionalmente destruyendo. Esa forma política básica («comunal») está profundamente ligada a la obtención y la producción de alimentos, que es la energía primaria de la cual dependen los cuerpos humanos.
—¿Es el vínculo de lo colectivo de la sociedad y la alimentación?
—La política comunal es indisociable de la obtención, producción y distribución de alimentos, que es un núcleo primordial de la organización política si se quiere ancestral de las comunidades humanas que durante milenios organizó a las sociedades. Lo que sucede es que se ha perdido tanto lo comunal y estamos tan enajenados en lo individual que hay que volver a poner atención y nombrar específicamente que la política puede ser comunal y que ésta va intrínsecamente ligada a los modos de obtener, producir, distribuir y consumir alimentos.
—¿Qué son los necro-toxo-comestibles?
—Los necro-toxo-comestibles son un neologismo que acuñé como provisorio hace algunos años en un artículo para sintetizar la idea de dejar de hablar de alimentos cuando en realidad se ha perdido el sentido biológico, nutricional y religioso (en el estricto sentido religioso de religar las comunidades que han tenido los alimentos) y se han convertido en vectores de insalubridad, de hambre, de profundas rupturas sociales. Lo de «comestibles» se viene apuntando desde la antropología y la alimentación. Y lo de «necro» (muerte) porque realmente cuando uno mira los análisis de salud colectiva se ven claramente muchas patologías que derivan efectivamente en la muerte y que tiene relación con esos productos y la malnutrición. Lo de «toxo» tiene vinculación con, por ejemplo, el uso masivo de pesticidas.
—Necro-toxo-comestibles como sinónimos de ulltraprocesados y transgénicos.
—Tanto por el uso masivo de pesticidas como por el consumo a gran escala de ultraprocesados no estamos hablando de alimentos sino de productos que intoxican, enferman y que no son una energía saludable para los cuerpos.
—En el libro también utilizan el término «metabolismo social».
—Refiere a una categoría que venimos trabajando desde el Colectivo de Ecología Política hace tiempo. Es una categoría de los análisis críticos de la tradición ecomarxista, apuntalada de algunos trabajos de Marx y que también proviene de estudios de autores vinculados a cuestiones de la química de los suelos y algunos apuntes vinculados a la medicina. Habla de esa unidad orgánica entre los cuerpos humanos y los territorios que habitan. Ese flujo de energías que circula entre los cuerpos y la tierra mediado por el trabajo. Esa es la noción de metabolismo que eso históricamente ha tenido un flujo más bien circular, de acoplamiento si se lo piensa en términos de biología. Y a partir de la capacidad política que tienen las sociedades humanas se abre un montón de posibilidades. Esa relación metabólica entre sociedades y territorios, más allá que ha tenido distintas perturbaciones y formas fallidas, radicalmente se rompe a partir de la restauración de relaciones sociales, económicas y ecológicas capitalistas y es lo que se denomina la fractura, perturbación o ruptura metabólica.
—¿Cómo se puede explicar la contraposición que realizan entre las «formas tradicionales de políticas liberales» y la democracia directa de las tramas comunales?
—Los estudios de Marx observan en la agricultura puntualmente esa ruptura metabólica a partir que se desacopla la producción del consumo de un mismo territorio y la producción empieza a estar justamente desenganchada de los ritmos que requería una población que habitaba determinado lugar. Y empieza a no seguir los ciclos de reposición de nutrientes y a erosionar gravemente los suelos, a requerir más insumos externos para recuperarse. Un poco de todo eso es lo que se analiza a partir de distintos estudios en ese momento, pero que hoy lo vemos exacerbado a niveles extremos y con una escala global (con la agricultura industrial). Y que tiene repercusiones en los cuerpos, en los territorios rurales, urbanos y también a un nivel mucho más profundo de subjetividades políticas.
—¿Sería lo liberal como sinónimo de capitalismo e individualidad y, por otro lado, la democracia directa, lo comunitario vinculado al territorio y los alimentos?
—La diferencia entre las formas liberales de la política y las tramas comunales tiene que ver con esa ruptura, que tiene relación con los modos primigenios de lo político en el transcurrir humano en la tierra. Han existido múltiples formas y conocemos solo algunas, digamos, de organizar las relaciones sociopolíticas, pero básicamente las formas liberales tienen que ver con una expropiación de lo político del sujeto comunitario, de un manejo ajeno al territorio de vida como a los ritmos y flujos de la vida de una comunidad en un territorio determinado. La forma paradigmática de la forma liberal de la política es el Estado Nación moderno, donde el comando político es ajeno a las necesidades y requerimientos de una comunidad. Y si pensamos justamente cómo se conforman y cuál es la historia de los distintos Estados, tanto centrales como periféricos, se basan en distintos mecanismos, en una negación y supresión de comunidades, campesinas, indígenas y distintas formas de re-emergencia comunitaria que han intentado tener autonomía sobre los territorios que habitan.
Básicamente es una manera de largo plazo que tiene profundas implicancias porque también los sujetos van incorporándose a esa enajenación política en donde muchas de las decisiones trascendentales y centrales que tienen que ver con la reproducción de la vida, pensamos en el alimento y el agua, van quedando delegadas e incluso se asume esa delegación, incluso ni siquiera reflexionada. Una delegación sobre las cuestiones más elementales que hacen a la reproducción de la vida. Eso es un poco el contraste entre la forma liberal y la forma comunal, que es el hacerse cargo, el obligarse a tener responsabilidad política sobre la decisión, sobre el cuidado de esos bienes primarios para poder gozar también de esa trama de vida.
—En el libro plantean que «es urgente radicalizar los sentidos de lo político». ¿A qué refieren?
—Se entiende que al estar en una situación límite en términos ecológicos, planetarios, pero también civilizatorio en el sentido de destrucción de lazos elementales del sentido del humano, no se puede seguir intentando arreglar o pensar alternativas frente de estas crisis a partir de meros arreglos tecnológicos o modificaciones cosméticas de la macro política, sino que es necesaria una profunda pedagogía, en el sentido de la reapropiación política del sentido elemental de lo que es la vida, qué es lo importante para producir y reproducir la vida. No es de una mirada romántica folklórica o con alguna intencionalidad de volver a un pasado prístino, sino de buscar cuáles son las nuevas formas de de producir, esos sujetos comunales que no implica una mirada meramente localista y pequeña, que puede serlo también, sino buscar en este tiempo bajo esta situación social, ambiental, en la que estamos. Cuáles son las formas posibles que debieran ser múltiples, acopladas a cada territorio, a cada sociedad, a la historia, a cada comunidad, pero buscar esas formas de modo urgente justamente para que esa reformulación política sea duradera. Porque si es una vez más organizada y ajena a las subjetividades de las comunidades con estas formas liberales de la política desde arriba, desde afuera, probablemente puede haber algunas transformaciones, algunas acciones que pueden ser necesarias, que pueden ser varias, pero que muy probablemente no van a tener el arraigo y durabilidad en los sujetos concretos que deben hacerse cargo de transformar la realidad que estamos habitando.
—El modelo alimentario hegemónico está basado en trasnacionales, gobiernos y todo un sistema acorde para los ultraprocesados y el agronegocio. ¿Cuál es la salida?
—La apuesta es poder tomar de las grandes narrativas que a la vez encarnan experiencias como son la agroecología y la soberanía alimentaria. Cada una tiene para discutir, muchas vertientes y posibilidades. La intención es pensar un más allá, sobre todo en la cuestión política de la soberanía alimentaria. En la agroecología hay varias cuestiones para desarmar, pero por otro lado la agroecología es mucho más concreta en sus vertientes radicales respecto a la autonomía territorial agroproductiva y alimentaria. En ese sentido se intenta ir un poco más allá en el sentido de una definición más específica de lo político anclada en toda esta reflexión vinculada a lo comunal que se planteaba al principio, entendiendo que la soberanía alimentaria también deja abierta a una serie de posibles, apropiaciones, que de hecho se han ido manifestando a lo largo del tiempo vinculada a lógicas que desde la perspectiva esbozada se inscriben en las formas liberales de la política, digo como macropolíticas de Estado, acuerdos internacionales, todo una serie de prácticas más tradicionales del sentido de la política vinculada a a la mirada estatalista. No se trata de negar ni de plantear que nada de eso sirve ni toda la historia que hay detrás de cada una de esas banderas, sino de refinar cuál sería el objetivo último y necesario para una repolitización radical del alimento y que tiene que ver con insertar lo comunal.
Fuente: Saludable Saberlo