Capirona: la comunidad kichwa de Ecuador que tiene dos ríos y aún así muere de sed
"Capirona es un pueblo de 300 personas, unas 59 familias asentadas en la unión de dos ríos: el Puní y el Shalkana, dentro de la parroquia rural Puerto Napo del cantón Tena, en Napo, una de las seis provincias amazónicas de Ecuador. El 75 % de sus territorios son bosque primario, conservado por las familias kichwas que habitan dispersas en la zona. Sin embargo, Capirona muere de sed."
El hombre tiene los pómulos pintados con achiote. Lleva un cintillo delgado sobre la cabeza cana y una camisa tradicional verde con filos amarillos y azules en cuello y mangas. Con la mano derecha sostiene una lanza de chonta de dos metros y medio. Mira fijamente a la periodista. Abre sus ojos negros cuando dice que hay varios casos de compañeros y niños con hongos en sus cuerpos, “incluso dos personas ya murieron por dolor de estómago y en el hospital dijeron: ‘Tal vez es el agua’”.
El video se transmitió el 28 de septiembre de 2024 en un noticiero de alcance nacional. Quien habló fue Galo Villamil, uno de los líderes de la comunidad de Capirona, un enclave de resistencia indígena kichwa en la Amazonía ecuatoriana. En 2023, Joana Ashanga, de 22 años, y su sobrino Ville Ashanga, de 2 años, fueron víctimas de lo que el pueblo considera la consecuencia fatal de la contaminación de sus ríos. “Pese a las denuncias, los informes oficiales del Ministerio de Salud no mencionaron relación entre la contaminación y los decesos, lo que generó desconfianza e indignación”, dirá Linda Tapuy, presidenta de Capirona, en un auditorio universitario de Quito, dos años después de las muertes. De acuerdo al acta de defunción de las víctimas la muerte se dio por “causas desconocidas”.
Para los indígenas, aparecer en ese reportaje televisivo fue un triunfo y lo comparten con orgullo por WhatsApp. Sin embargo, la situación no ha cambiado.
“De la ciudad solo necesitábamos fósforos y sal”, le dice Galo Villamil a Mongabay Latam a inicios de 2026. Lo dice en medio de la cancha vacía de Capirona con sus brazos sobre una mesa vieja de madera. La gorra gris le da un aspecto menos ceremonioso que en el video. Detrás, una decena de pobladores lo acompañan sentados en las gradas de cemento en las que las familias se reúnen para los campeonatos locales de fútbol, ecuavoley y las asambleas generales.
A mediados de enero de 2026, líderes de la comunidad de Capirona recibieron al equipo de Mongabay Latam. Galo Villamil es el actual gestor de proyectos. Foto: Gabriela Verdezoto
Capirona es un pueblo de 300 personas, unas 59 familias asentadas en la unión de dos ríos: el Puní y el Shalkana, dentro de la parroquia rural Puerto Napo del cantón Tena, en Napo, una de las seis provincias amazónicas de Ecuador. El 75 % de sus territorios son bosque primario, conservado por las familias kichwas que habitan dispersas en la zona. Sin embargo, Capirona muere de sed.
Entre 2017 y 2024 las actividades mineras en las orillas del río Puní, cuatro kilómetros arriba de Capirona, crecieron en un 2700 %, de acuerdo con un informe de Monitoring of Andes Amazon Program (MAAP). Pasaron de cuatro hectáreas de tierras removidas y descargas de agua con metales pesados a 112 hectáreas, equivalentes a 157 canchas de fútbol. El 99 % de la extracción minera se hizo en zonas fuera del catastro minero oficial, es decir, se trata de minería ilegal, según MAAP.
Mapa que muestra el aumento de la presencia minera en los bosques primarios. Mapa: Amazon Conservation/MAAP; EcoCiencia, Planet
Capirona no ha sacado un solo gramo de oro. Es más, este pueblo hace 40 años luchó para evitar la presencia de empresas petroleras, creando uno de los primeros programas de turismo comunitario de toda América Latina, como forma alternativa de economía.
Capirona es, de base, una comunidad antiextractiva. Y sin embargo, en 2021 sus pobladores notaron los primeros cambios del río Puní, que pasó de cristalino a “chocolatoso”. Los habitantes comenzaron a tener enrojecimiento de brazos y piernas, ronchas en la piel, dolores estomacales. En los ríos se bañaban, lavaban la ropa y los niños jugaban. Recogían el agua en ollas para cocinar. La hervían para beber y contrarrestar el calor del bosque tropical, ecosistema que se extiende por las 2000 hectáreas del pueblo.
Pensaron que el marrón que reemplazó el verde claro del río fue por una subida del río. Pero el color no se iba, las aguas se volvían más turbias, corrían más pesadas. El río Shalkana, en cambio, al ser una vertiente más pequeña, ya había dejado de ser útil por los desechos de las zonas agrícolas y ganaderas de la parte alta de la cuenca.
Con las dos muertes, Capirona también dejó de usar el río Puní.
Sin sacar un gramo de oro
“A veces nos olvidamos de que el territorio está atravesado por ríos, formando sistemas hiperconectados. Los ríos son como las venas de un cuerpo”, dice Jorge Celi, docente e investigador del área de recursos hídricos y acuáticos de la universidad regional amazónica Ikiam.
Con la paciencia de un profesor explica que una cuenca hidrográfica es, prácticamente, como el sistema nervioso de los animales. El río Puní es un afluente del río Arajuno que luego desemboca en el Napo. “En Capirona, el problema es grave porque no es sólo contaminación del agua, sino también destrucción del hábitat físico”, deja en claro el investigador. Y comparte la foto de un mapa de calor de la cuenca del río Puní: Colonia San Jacinto, Luz de América, Cotona, Quinsacocha, San José de Shalcana son los poblados alrededor de Capirona que están en rojo, lo que significa que tienen alta incidencia minera. Para Celi, más del 50 % de la cuenca está comprometida con la minería ilegal.
Un río no es solo el cauce, es un ecosistema mucho más complejo que, además de la corriente de agua, incluye la zona debajo del río conocida como zona hiporreica, en la que se mezclan las aguas superficiales y subterráneas del fondo; y la zona ribereña, orillas que se han demorado cientos de años en formarse.
“Es allí donde se acumulan los sedimentos más pesados que se remueven cuando buscan el oro, destruyendo los bosques y la vegetación de las riberas. Esas zonas destruidas quedan, además, expuestas a las precipitaciones. La lluvia erosiona el suelo y esos sedimentos se van al río que termina completamente colmatado, lleno de sedimentos finos, arenas y gravas”, dice Celi.
Desde 2021, cuando llegó la primera descarga de mineras ilegales en la parte alta del río Puní, el agua no volvió a correr transparente y mantiene el color marrón. Foto: Gabriela Verdezoto Landívar
El 20 de marzo de 2024, en la comunidad de Puni-Kotona (cuatro kilómetros río arriba de Capirona), el Ministerio de Ambiente hizo un operativo de control junto a la Policía Nacional. Allí constataron que en la margen izquierda del río Puní se realizaba explotación minera a cielo abierto con una retroexcavadora sin placas. El material extraído por la máquina era procesado por una clasificadora que, con chorros de agua a presión, por gravedad, separaba el material grueso del fino.
Según el informe técnico, descargaban el agua sedimentada directamente al río “sin ningún tipo de tratamiento”. Hallaron canecas presuntamente de diésel “ubicadas por doquier sin consideraciones técnicas”. No había señalética ni equipo contingente para posibles derrames de combustible.
Zona deforestada en las orillas del río Puní por actividades de minería ilegal. Foto: cortesía Napo Ama La Vida
En la parte baja de las clasificadoras suele haber una especie de bodega. En este operativo, los uniformados rompieron el candado y encontraron, tapada por lonas, lo que “se verificó visualmente y presumiblemente como mercurio [metal pesado de uso prohibido en el Ecuador]”.
En este control tomaron una pequeña muestra del material aurífero procesado y la enviaron a la universidad de Ikiam para un análisis.
Dos meses después se conocieron los resultados. La muestra marcó 861 mg/kg de mercurio, superando en 8600 veces el límite permitido para suelos agrícolas, que es de 0.1 mg/kg, de acuerdo con la Norma de Calidad Ambiental para suelos del Ecuador. También hubo alta concentración de cromo y zinc.
“Lo importante aquí es que esta concentración alta de mercurio nos muestra su uso directo en procesos de amalgamación para la extracción de oro. En los ecosistemas acuáticos puede transformarse en metilmercurio, una forma altamente tóxica que se bioacumula en peces y puede afectar a las comunidades indígenas que dependen del río para su alimentación”, indica Marcela Cabrera, responsable del Laboratorio Nacional de Referencia del Agua de Ikiam.
“Nosotros no estamos involucrados en la minería. Nuestros vecinos nos envenenaron el río. Nosotros no tenemos nada que ver en esa ‘fiesta’”, dice decepcionado Galo Villamil, quien recuerda y repite la fecha del 16 de septiembre del 2023 porque ese día, asegura, la asamblea de la comunidad decidió resistir con un “no a la minería”.
En la cancha de Capirona sigue retumbando el eco de la gente. “Actualmente me dedico a la agricultura: cacao, maíz, yuca, plátano y maní. Nos damos cuenta de la contaminación cuando la yuca sale con manchas; estas manchas son por el químico del mercurio”, dice un hombre de unos 30 años.
De fondo, se escuchan los gritos de los niños y niñas que salen al recreo. La escuela está frente a la cancha. No se imaginan que los adultos están llorando por sus ríos muertos.
Alrededor de las 10 de la mañana, los niños de la escuela de Capirona salen al recreo. Antes se refrescaban en el río, ahora sólo pueden jugar en las canchas. Foto: Gabriela Verdezoto Landívar
Linda Tapuy, presidente de la comunidad, también está sentada detrás de la vieja mesa de madera. Dice que “las mamitas” del pueblo recogen el agua del río en baldes y dejan que se asiente para poder utilizarla.
“Hemos hecho gestiones con el municipio y a los dos años nos vinieron a dejar tanques de agua, pero solo alcanza para 40 familias. Amistades y fundaciones nos han apoyado con otros tanquecitos, pero no es suficiente”, insiste Tapuy.
En cada familia viven entre ocho y doce personas. Los dos tanques que gestionó la comunidad reúnen 2200 litros de agua. Eso, dicen, alcanza para tres o cuatro días. “Lo demás es sequía”.
“Hace ratito pasó el tanquero de agua; es algo increíble”, continúa Tapuy. “Yo de niña escuchaba que con el tiempo habría guerras por el agua y no entendía por qué si aquí teníamos suficiente. Ahora, en la selva, donde tenemos abundancia, estamos en estas condiciones lamentables”.
Para llegar a Capirona hay que partir de la ciudad de Tena y recorrer en camioneta, durante 45 minutos, una vía en pésimo estado. Momentos antes de llegar a la comunidad, delante de la camioneta en la que iba el equipo de Mongabay Latam, llegaba un tanquero azul y blanco con agua enviada por el municipio.
Capirona también vivía de la agricultura para autoconsumo. El sobrante de sus chacras lo vendían en la ciudad. Desde que se contaminaron sus ríos, conseguir dinero para comprar comida, materiales para la recolección de agua de lluvia, doctores, medicinas y una lista de cosas que no necesitaban hace poco menos de cinco años, les obliga a trabajar sus tierras ya no con calma sino con prisa.
Lo peor, dicen, es que el precio de sus productos bajó. Los 30 dólares que recibían por unos quintales de yuca, se convirtieron en 15. Se ganaron una “mala fama”, ya que se pasó la voz de que sus suelos también se contaminaron y que sus frutos no sirven.
“Muchas veces ni se vende y toca regresar con el producto. Es un golpe duro para la economía de la comunidad”, dice otra de las personas que sigue sentada en las gradas de la cancha deportiva. Antes comían pescado de río, ahora viene una vez por semana un comerciante que trae pescado del mar. No se acostumbran a lo salado pero no tienen otra opción.
Las anacondas han desaparecido del río Puní
Linda Tapuy dice que, para Capirona —pueblo con un 90 % de población kichwa— el río siempre ha sido su madre. Que en los ríos vivían las anacondas y ellas eran parte de su vida: acumulaban peces en las orillas cuando se enroscaban y los visitaba en los sueños. “La Yacuwarmi o el Yacuruna [madre o padre del agua] venía por las noches. Ahora ya no porque el río está contaminado”.
Para la nacionalidad kichwa amazónica, la anaconda llega a los sueños en forma de mujer para los hombres y en forma de hombre para las mujeres.
Las mujeres de Capirona son las que llevan la bandera de la resistencia antiminera. Linda Tapuy (abajo), presidente de Capirona hasta marzo de 2026. Foto: Gabriela Verdezoto Landívar
Alba Aguinaga es antropóloga y realiza su tesis doctoral en la Universidad Amazónica Ikiam sobre cómo la minería afecta el tejido social de una comunidad. Ha trabajado dos años con la población de Capirona. Habla con pasión sobre su trabajo de grado y sobre lo que ha aprendido de este pueblo. Dice que, desde la antropología, se sabe que el pensamiento indígena en la Amazonía cree en el poder sagrado de convertirse en animales. A eso se le llama animismo: una representación simbólica construida, desde su identidad indígena, en que un animal es una forma de expresión humana, y viceversa.
“Ellos hacen animismo con todo: ellos son río, el río es ellos. Esto les sucede con la chacra, con las plantitas, con el alimento, con los animales. La anaconda es un elemento mítico de constitución del pueblo napense kichwa”, comenta Aguinaga.
Alba Aguinaga (centro) ha seguido de cerca la resistencia de Capirona. Participó en una reunión, a inicios de enero de 2026, para acompañar un experimento que hará la comunidad para filtrar y tratar el agua del río Puní. Foto: cortesía Fundación Yachana
La anaconda ya no viene y eso es símbolo de destrucción. “Estamos siendo abandonados. No por el Estado, que nunca nos ha escuchado, sino por la anaconda”, asegura Galo Villamil.
Fernando Ríos, del departamento de comunicación del municipio de Tena, dijo a Mongabay Latam que la alcaldía no tiene competencia en tema de concesiones de ríos sino el Ministerio de Ambiente: “Cuando supimos de la afectación entregamos tanques PVC y abastecemos con agua”. De acuerdo con el Gobierno local, un tanquero con 1100 litros de agua llega a Capirona martes, jueves y sábado.
Mongabay Latam consultó al Ministerio de Ambiente si existe un plan de remediación del río Puní u otras soluciones a la problemática de Capirona. Hasta el cierre de esta edición seguían en espera de compartirnos información emitida por sus técnicos. La Prefectura de la provincia de Napo no respondió a las solicitudes de este medio.
La resistencia indígena que busca soluciones
A pesar del dolor, la rabia y el duelo de separarse espiritualmente de su tierra, Capirona no ha dejado de buscar soluciones. Golpearon las puertas de la Universidad Ikiam para que les ayudaran con estudios; las del municipio para denunciar la violación de los derechos de la naturaleza, y que la burocracia intenta resolver con dos tanqueros de agua a la semana; y las de fundaciones para la instalación de captadores de agua de lluvia. En medio de esa búsqueda, desde hace un par de meses están trabajando en su propia estación de tratamiento de aguas con la organización Yachana, una fundación que apoya la investigación y la educación ambiental en la Amazonía ecuatoriana.
Capirona no tiene fuentes limpias de agua ocho kilómetros a la redonda. Por eso, este sistema experimental llegaría a filtrar hasta 300 litros diarios de agua del río Puní si llega a funcionar.
Capirona busca desde hace cinco años volver a tener agua. A inicios de 2026 hicieron una alianza con Fundación Yachana para intentar tratar el agua que les llega con alta concentración de metales pesados. Foto: cortesía Fundación Yachana
El sistema consiste en una prefiltración con grava, una biofiltración con arena, otro proceso de absorción con biocarbono, para luego pasar a un tanque de depósito del agua tratada que se distribuiría entre la comunidad.
Tanto los técnicos como los líderes kichwas reconocen que no están seguros de que funcione. Sin embargo, a través de mingas han construido los barriles con las capas de filtración.
“Lo que nos da fuerza es que somos un grupo unido”, repiten los diferentes habitantes de Capirona.
“Capirona no necesita ser apoyado con tanques de agua y ‘san se acabó’, sino que que la sociedad se sintonice con su lucha, que no es por dos tanqueros de agua a la semana. Luchan por una identidad política que está mostrando el ejercicio de resistir”, dice Alba Aguinaga.
Galo Villamil lo confirma con otro video, enviado días después por WhatsApp al equipo periodístico de Mongabay Latam, en el que habla con rabia a la gente del pueblo sentada nuevamente en la cancha, en una de las asambleas trimestrales. “¿Harán algún día una sopa de oro, una sopa de dólares?”, pregunta mientras agita las manos y alza la voz. “¿Qué tenemos que defender? ¡La vida! ¿Qué es la vida? El agua, el agua, el agua, el agua”. El video termina con los aplausos de la multitud.
Los académicos consultados para este reportaje coinciden en que el caso de Capirona es el que, en poco o mucho tiempo, puede vivir cualquier otro pueblo o ciudad que, sin haber minado un gramo de oro, plata, cobre, minerales críticos o tierras raras, y sin tener relación ni conocer sobre actividades extractivas, de repente se encuentra con que no tiene una gota de agua apta para el consumo humano. Porque todas las ciudades (no solo las amazónicas) dependen del agua de los ríos. Cualquier comunidad podría ser la siguiente.
Mujeres y niñas de Capirona se juntan para recolectar piedras y hacer los filtros de agua, un experimento de la comunidad en alianza con una fundación internacional. Foto: cortesía Fundación Yachana
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Fuente: Desinformémonos