Cómo la inteligencia artificial consolida las dictaduras africanas
Los datos del IDS muestran que las cámaras están ubicadas donde se reúnen opositores y no donde hay una alta tasa de delincuencia.
“En monedas, en estampillas, en portadas de libros, en banderas, en carteles y en envoltorios de cajetillas de cigarrillos… En todas partes. Siempre estaban los ojos que te observaban y aquella voz que te envolvía. Dormido o despierto, mientras trabajas o comes, en casa o en la calles, en el baño o en la cama… no había escapatoria. Lo único que te pertenecía eran los pocos centímetros cúbicos dentro de tu cráneo”. George Orwell, 1984.
Orwell no pudo haber imaginado que, al final, hasta esos pocos centímetros cúbicos dentro del cráneo estarían en disputa en un continente ya plagado de corrupción y tiranía. Esto es especialmente relevante en un continente donde la corrupción, la impunidad y el apetito del poder ejecutivo son anteriores a la inteligencia artificial (IA), y donde su implementación deja rezagado el desarrollo de marcos jurídicos de respeto de derechos.
África se abalanza sobre herramientas inteligentes de opresión
Antes, la tiranía en África necesitaba cárceles, informantes, policía secreta y represión visible. Hoy, en gran parte, aparece como un software que se financia con crédito, se enmascara con modernización y se vende como mejora de la seguridad pública.
En una investigación del Instituto de Estudios para el desarrollo y la Red Africana de Derechos Digitales de marzo de 2026, se estableció que once Gobiernos africanos en conjunto habían gastado más de 2000 millones de dólares en sistemas de vigilancia con IA y que, de ese monto, 470 millones se habían gastado solo en Nigeria. El equipo comprende circuito cerrado de televisión de alta definición, lectores de matrículas, reconocimiento facial, niveles de identificación biométrica y una sala de control donde converge la transmisión. Gran parte de estos componentes, los suministran y los financian compañías y bancos chinos, mientras que otra parte del equipo procede sobre todo de empresas israelíes.
Estadísticas sobre vigilancia con IA, del Instituto de Estudios para el Desarrollo. Usado con autorización.
La típica excusa que suelen dar los Gobiernos africanos al adquirir este equipamiento es que sirve para combatir la delincuencia, a pesar de que los números de la delincuencia no bajan. Luego de examinar instalaciones en varias ciudades, los investigadores del IDS hallaron poca evidencia de que las cámaras reduzcan la delincuencia y, en realidad, demostraron que están instaladas en barrios donde los partidos opositores se reúnen, donde ha habido protestas, y la prensa se ha convertido en un problema para los regímenes gobernantes.
Para las dictaduras africanas, la infraestructura de datos no es algo nuevo y no arranca de cero; hace mucho tiempo que el Estado está ávido de información en la mayoría de estos países. Durante décadas se han recopilado documentos de comunicaciones, censos de contribuyentes, cuentas bancarias y registros administrativos que se utilizaron casi sin restricción legal, aunque en teoría existan protecciones. Lo nuevo ahora es el motor, ya que la IA transforma archivos inactivos en consultables para que en segundos aparezca un nombre, una red, un patrón de viaje o una historia de transacciones.
Como lo ha señalado Yuval Noah Harari, ni la KGB (policía secreta de la Unión Soviética), tenía el personal suficiente para leer a diario millones de informes de millones de ciudadanos. El polvo de los archivos era una forma de libertad. La IA sacude ese polvo.
La vigilancia con IA que se activará en ciudades africanas es mucho más barata (gracias a los modelos chinos de IA de código abierto y a las herramientas inteligentes israelíes) porque no tiene que reprimir a nadie. Las tecnologías de vigilancia masiva —cámaras, software telefónico y proveedores locales de internet— no tienen que arrestar a nadie; basta con que los ciudadanos sepan que están allí. Saber que te están vigilando evita la mayoría de los actos antes de que comiencen.
La lista de objetivos
Cada movimiento de cambio en el continente ha comenzado de la misma forma: un grupo de personas decide que es menos riesgoso que las vean en público que quedarse calladas. Se juntan. Publican. Las imágenes viajan. A veces cae un Gobierno. A veces sigue en el poder. En ambos casos, el cálculo depende de un solo momento en el que los extraños dejan de ser invisibles para los otros y para el mundo como un movimiento.
La modernización cambia el cálculo de raíz.
La vigilancia con IA no es un enrejado neutral que se pone sobre una ciudad. Está configurada en torno a una lista de objetivos y esa lista es política. El sistema de IDS muestra que las cámaras no están agrupadas en lugares donde la delincuencia es alta, sino en lugares donde los partidos opositores se concentran.
El efecto es preventivo, suprime el desacuerdo antes de que ocurra. Que reconozcan tu rostro en una parada de autobuses no implica que te vayan a arrestar por organizarte, solo deja en claro que organizarse ya no es anónimo y que tu identificación tiene un costo. Por ejemplo, la Policía ya casi no necesita disolver una manifestación organizada para un domingo y que se había detectado un sábado gracias a metadatos, publicaciones en redes sociales, análisis de redes y reconocimiento facial. Los organizadores saben que los han visto y lo que eso conlleva: arrestos, acusaciones presentadas en los tribunales y hasta la inhabilitación para ocupar cargos gubernamentales. A menudo, la manifestación ni siquiera se realiza.
La lógica entra en un círculo vicioso: el algoritmo señala a alguien como posible organizador, y esa marca se considera como evidencia de que el hecho se habría realizado; entonces, la persona no puede ser inocente porque la alerta es en sí misma la prueba. En un país con tribunales débiles y servicios de seguridad politizados, esto se convierte en una maquinaria que considera la intención como culpabilidad.
Las huellas en medios digitales agrandan la lista de objetivos. Gracias a los rastros que dejan los usuarios en línea y a las comunicaciones controladas por el Estado, este puede armar un perfil de cada ciudadano y luego cuestionarlo ante señales de deslealtad. No es por que hayan hecho algo, sino por sus gustos, por llamar o enviar mensajes a alguien, por estar cerca de un evento electoral con sus celulares o por difundir una etiqueta contra el Gobierno. El hallazgo más discreto e incómodo del informe del Atlantic Council se refiere a la combinación de bases de datos administrativas con algo más amplio: un índice de lealtad, elaborado a partir de registros que se introdujeron por separado y por un motivo diferente.
La consecuencia es que la reforma se frustra. La Colaboración en Políticas Internacionales de Tecnologías de la información y la comunicación para África Oriental y Meridional (CIPESA) documenta un efecto inhibidor en catorce países: la reducción cuantificable de la libertad de expresión y de reunión, y de la presencia de los medios independientes en lugares donde se construyó una arquitectura de vigilancia sin garantías fundamentadas en derechos. El ciudadano ahora evalúa y se queda en casa, en lugar de marchar, publicar, unirse a un comité o hacer una denuncia.
De norte a sur en África, se va instalando un nuevo ambiente cotidiano. Quienes han comprendido que la base de datos tiene memoria y que el algoritmo no distingue entre expresar una opinión y sostenerla, se deshicieron del germen del cambio no en una celda, sino en un dormitorio.
Esto es lo que la modernización protege con mayor eficacia. No es la capacidad del Estado para reprimir, sino para lograr que esa represión ya no sea necesaria. Foucault lo llamó el panóptico, diseño en el que un recluso desconoce si la torre de control está ocupada y aprende a vigilarse a sí mismo.
Quienes se resisten
Aunque la vigilancia con IA se está volviendo una herramienta poderosa para los regímenes totalitarios, hay pequeñas iniciativas de resistencia sin financiamiento suficiente y una carrera contra un ciclo de compra que ya ha entregado cámaras y conectado bases de datos. Varios periodistas y organizaciones están registrando abusos, litigando casos de prueba y presionando a favor de gobernanza de IA basada en los derechos. Los tecnólogos cívicos están empleando las mismas herramientas contra el Estado, incluidos la verificación de contenido generativo, el seguimiento de discursos de odio, la supervisión de elecciones y la oferta de herramientas tecnológicas seguras y de código abierto para periodistas y activistas.
No obstante, la simetría es falsa. La infraestructura, el cálculo, los datos de entrenamiento, los contratos con los vendedores y el talento técnico están todos alineados con el Estado y sus proveedores extranjeros. No están junto al ciudadano africano que lucha a diario por el pan de cada día. Una aplicación tecnólogo-cívica podría controlar un poco la corrupción, pero no puede igualar a la sala de control.
Los pocos centímetros cúbicos
La dictadura de Orwell necesitaba un ministro, una guerra y un informante detrás de cada puerta. Parece que la nueva versión africana solo necesita un acuerdo por un préstamo para comprar la infraestructura de la IA y una población convencida de que todo esto es por su bien.
El historiador Yuval Noah Harari ha advertido que la combinación de sensores biométricos con reconocimiento facial y de voz “posibilita que, por primera vez en la historia, un gobierno dictatorial siga a todos los ciudadanos, todo el tiempo”, y podría dar lugar a regímenes autoritarios “mucho mucho peores que cualquiera que hayamos visto en el siglo XX”. Esta advertencia suele dirigirse a Pekín, aunque Pekín y Tel Aviv empiezan a exportar las herramientas a África.
En el continente, el miedo no es a que la IA convierta a todos los Estados africanos en dictaduras, sino a que la IA baje el costo de la capacidad totalitaria y extienda sus límites a un ritmo nunca visto, justo cuando las ansias de los regímenes se acrecientan y las garantías legales e institucionales diseñadas para contenerlos se debilitan o desaparecen.
Sin duda, la IA puede influir en el desarrollo y el bienestar en África, en los servicios públicos, en la innovación y, también, en la libertad de expresión. Pero sin la infraestructura democrática subyacente y una prensa libre, se convierte en una pesadilla.
Khalid Bencherif es un premiado periodista independiente de Marruecos que vive en Berlín y se especializa en informar sobre asuntos políticos y ambientales del norte de África. En 2022, recibió el Premio Michael Elliot a la Excelencia en Narrativa Africana, que entrega el Centro Internacional de Periodistas. Este artículo se hizo con apoyo del Centro para Periodistas del Premio Michael Elliott, que celebra su décimo aniversario.
Traducido al Español por Débora Reynoso
Fuente: Global Voices