Cómo se vive un pogromo perpetrado por colonos israelíes
“Por primera vez en mi vida, me sentí completamente indefenso. Vi mi coche ardiendo, pero lo único que me importaba era llegar a casa y asegurar la supervivencia de mi familia”
Sabía que estaban ahí antes incluso de verlos. Era poco después de medianoche del 18 de julio, y unos 40 colonos israelíes enmascarados del notoriamente violento asentamiento ilegal de Havat Ma’on estaban invadiendo mi pueblo, At-Tuwani, en las colinas del sur de Hebrón, armados con palos, piedras y gasolina.
Oí gritos, seguidos del inconfundible sonido de las piedras rompiendo cristales. Entonces sentí el calor del fuego que habían prendido.
"Las autoridades israelíes anunciaron más tarde que el incendio del que nos culpaban se había iniciado de forma accidental por un cigarrillo mal apagado"
Los colonos se abalanzaron primero sobre la mezquita de Al-Taqwa. Rompieron sus ventanas, echaron gasolina al suelo y prendieron fuego a la entrada. Pintaron con spray estrellas de David por las paredes y eslóganes en hebreo, entre ellos “Venganza”. ¿Venganza por qué exactamente? Nos culparon de haber provocado un incendio forestal que había arrasado el asentamiento de Havat Gilad ese mismo día. Las autoridades israelíes anunciaron más tarde que probablemente se había iniciado de forma accidental por un cigarrillo mal apagado.
Pero este falso pretexto no era más que una excusa para que los colonos desataran su ira contra los palestinos. Sabían que no sufrirían ningún castigo por sus crímenes y que, si intentábamos defendernos, el ejército israelí acudiría en su defensa, deteniéndonos o incluso disparándonos sin dudarlo un instante.
Tras atacar la mezquita, se dividieron en varios grupos y fueron de casa en casa. Lanzaron más piedras, rompieron más ventanas y arrojaron gasolina al interior de las viviendas antes de prenderles fuego.
Yo estaba en casa de mi tío cuando comenzó el ataque, mientras que el resto de mi familia –mis padres, mis tres hermanas y mi hermano pequeño– dormía en nuestro hogar, situada cerca de allí. Oí gritar a mis hermanas al despertarse con el hedor del humo y las paredes en llamas, al darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Corrí hacia la casa con un nudo en el estómago.
Por primera vez en mi vida, me sentí completamente indefenso. Yo estaba solo y ellos eran más de cuarenta, respaldados por las fuerzas de ocupación. Me lanzaban piedras mientras corría; no tenía ni idea de si algunos de ellos llevaban armas. Apenas tenía aliento suficiente para gritarles, aunque solo fuera para sentir que no era un mero espectador de la destrucción de mi propia casa.
Mientras tanto, solo podía pensar en la familia Dawabsheh, de la localidad de Duma, cuya casa fue incendiada por colonos israelíes en 2015, lo que provocó la muerte de tres de sus miembros, entre ellos Ali, de 18 meses. Me aterrorizaba la idea de poder estar a punto de perder a mi propia familia de la misma manera.
Cuando llegué a mi casa, lo primero que vi fue mi coche envuelto en llamas. Pero en ese momento no me importó: lo único que me importaba era si mi familia estaba a salvo.
Encontré a mi madre y a mis hermanas llorando y temblando. Por la gracia de Dios, todos estábamos sanos y salvos, pero los cristales de nuestras ventanas destrozadas cubrían todo el suelo. El terror, el pánico y el miedo que todos sentimos aquella noche nos acompañarán para siempre, intensificados por la certeza de que podría volver a ocurrir al día siguiente.
Cerca de allí, uno de mis vecinos, un chico de 16 años, dormía debajo de una ventana cuando los colonos echaron gasolina en el interior, parte de la cual salpicó su ropa.
Si las llamas le hubieran alcanzado, hoy no estaría vivo. En cambio, quedará marcado para siempre por el recuerdo del olor rancio del humo, el sabor del miedo y la sensación de pavor existencial.
Aunque este adolescente tuvo “suerte”, aquella noche se produjo otra tragedia en su familia. Su madre, que estaba embarazada, fue golpeada por una piedra que los colonos lanzaron a través de su ventana. La Media Luna Roja Palestina llegó unos 20 minutos después de que terminara el ataque y trasladó rápidamente a la mujer –Roqaya Rabie, de 35 años– al hospital, pero no se pudo salvar a su bebé nonato, al que se le negó incluso la oportunidad de conocer una vida aquí ajena a esta violencia.
Los colonos también atacaron nuestra fábrica de productos lácteos y le prendieron fuego. Para la mayoría de las mujeres de nuestro pueblo, es su única fuente de ingresos. Ya nos han privado de casi todas las formas de ganarnos la vida: la gasolinera local, las empresas de construcción y las fábricas de confección que antes operaban aquí han cerrado en los últimos años. La fábrica de productos lácteos es todo lo que nos queda, y los colonos intentaron destruirla también.
Todo el pogromo duró solo unos 10 minutos. Pero 10 minutos en los que crees que estás a punto de perder a tu familia se hacen eternos. Al marcharse, los colonos incendiaron una última casa, como si no hubieran causado ya suficiente destrucción.
Para entonces, ya habíamos empezado a apagar los incendios. Intentamos salvar la mezquita, nuestras casas y la fábrica. Mi coche ya no tenía arreglo; el fuego lo había reducido a cenizas casi al instante.
Como de costumbre, el ejército y la policía israelíes no llegaron hasta después de que los colonos se hubieran marchado. En lugar de perseguir a los agresores o asaltar su asentamiento para detenerlos, se enfrentaron a nosotros. Nos hicieron retroceder y nos gritaron, mientras permitían que los terroristas colonos se alejaran del lugar con total impunidad. Una vez más, los palestinos quedaron indefensos ante la violencia coordinada llevada a cabo por los colonos con la protección del Estado.
Mientras estás sentado en tu casa, supongo que nunca tienes que preocuparte por una invasión violenta. No esperas que tu coche se vea envuelto de repente en llamas. Probablemente nunca piensas en reforzar tus ventanas o en recubrir tus paredes con pintura que facilite la eliminación de los grafitis tras un ataque.
Pero aquí, en Masafer Yatta, estas son preocupaciones cotidianas. No importa que uno de los nuestros ganara un Óscar por No Other Land, ni que, gracias a esta película, el mundo conozca ahora el nombre de nuestra pequeña aldea.
En lugar de recibir protección, nos dejaron solos para recoger los pedazos de otro ataque más que puso en peligro nuestras vidas. Una vez que las paredes quedaron limpias y se barrió el hollín, empezamos a hacer balance de lo que se podía salvar y de lo que se había perdido para siempre a causa de la violencia del régimen de colonos israelí.
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Mohammad Hesham Huraini es un periodista independiente y activista de derechos humanos de At-Tuwani, Masafer Yatta.
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Este artículo se publicó originalmente en +972 Magazine.
Fuente: CTXT