El campo colombiano siembra paz, recupera alimentos y se planta contra el extractivismo
A diez años del Acuerdo de Paz entre las FARC y el Estado, la reforma agraria mostró el camino del arraigo y la producción para detener la violencia. En la Amazonía, los pueblos indígenas frenan la deforestación con la recuperación de alimentos de la selva. En las afueras de Bogotá, los campesinos producen lácteos agroecológicos y enfrentan el extractivismo de Coca-Cola. Historias y políticas públicas en peligro ante una vuelta de la derecha en Colombia.
Por Mariángeles Guerrero
Desde Colombia
“Cacao con aroma de paz”, dice el cartel. Las letras están dibujadas a mano sobre un papel blanco. En el puesto ferial, Runiel de Jesús Chaparro, sonríe y convida. Enfatiza el mensaje: “Pruebe los chocolates por la paz”. Él integra la asociación “Aromas del Tinigua. Manos que construyen paz” de La Uribe (departamento de Meta, centro de Colombia) y es uno de los firmantes del Acuerdo de Paz, campesino y ex integrante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El proceso de paz iniciado hace una década tiene como uno de sus ejes la reforma agraria, en un país donde el 1 por ciento de las haciendas concentra la propiedad del 80 por ciento de la tierra.
Es viernes por la tarde en Bogotá. La Plaza de Bolívar, centro histórico de la ciudad, es una gran explanada de piedra rodeada por el Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la Catedral Primada de Colombia y el Palacio Llévano, donde funciona la Alcaldía de la ciudad. Al noreste se alza el cerro Monserrate. En el centro se alza la única escultura: la de Simón Bolívar.
La plaza vive mientras hay sol. Al anochecer, solo queda algún que otro transeúnte solitario. Pero de día es zona de puestos donde se expone arte indígena, piezas de recuerdo, camisetas de la Selección de Colombia. Algunos varones llevan sus llamas para vender fotos a los turistas. También hay puestos de helados o de canelazo, una bebida hecha a base de hierbas, maracuyá, canela, panela y –según el gusto-- aguardiente o ron. A su alrededor, los taxis amarillos se aprietan en las calles angostas; al sureste se ven, distantes, las casitas como pequeños rectángulos de colores que resaltan sobre el verde de la vegetación del cerro.
Pero en esta tarde hay más concurrencia que lo habitual. Se lleva a cabo la segunda jornada de la exposición de Mercados Campesinos. Es una iniciativa del gobierno colombiano, articulado con la Alcaldía de Bogotá. La propuesta busca generar circuitos cortos de comercialización de las familias campesinas e indígenas del país. Los puestos se disponen por región: Amazonas, Andina, Caribe. También hay un sector para las y los productores de Bogotá y la zona. En cada zona se luce la diversidad de frutas, el cacao, el café, las arepas, los dulces. Suena la salsa y la cumbia y algunas mujeres hacen una coreografía de polleras y sombreros en el centro de la plaza.
Colombia vive un momento álgido por las próximas elecciones. El 21 de junio, el pueblo votará en segunda vuelta entre dos opciones polarizadas. De un lado, el candidato de izquierda, Iván Cepeda, quien encarna la continuidad del gobierno de Gustavo Petro. Del otro, Abelardo de la Espriella, un exponente de la ultraderecha que lleva adelante el manual de campaña y de propuestas que ya implementó Javier Milei en Argentina.
Foto: Mariángeles Guerrero
Democratización de la tierra para la paz
Chaparro y sus compañeros se dedican al cultivo del cacao y a su transformación en bombones de chocolate rellenos con dulces de frutas. También venden barras para consumo directo en diferentes porcentajes de cacao, al 100, al 80 o al 70 por ciento; con coco, con maní o con otros frutos secos. Producen en una zona donde las FARC tuvieron un importante despliegue desde sus inicios. Y donde también se vivió los efectos de la persecución estatal y paramilitar. Los civiles eran asesinados y luego se los acusaba de integrar las guerrillas. Esas víctimas fueron dadas a conocer a través de la prensa colombiana como “falsos positivos”. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) de Colombia estima en 7.837 la cantidad de víctimas de asesinatos y desapariciones forzadas presentadas ilegítimamente como bajas en combate entre 1990 y 2016.
Desde sus orígenes, las FARC tuvieron una importante base campesina. Según indica el investigador Mario Aguilera Peña, en su libro "Guerrilla y población civil. Trayectorias de las FARC (1949-2016)", para la década del 60, el movimiento campesino de Colombia tenía una historia de organización en ligas y sindicatos agrícolas, en reivindicaciones como pago de su salario en dinero, el mejoramiento de la alimentación y la libertad de cultivos. Pero esas acciones legales fueron consideradas como “subversivas” por el Estado. Señala el autor, los campesinos resolvieron entonces combinarlas con mecanismos como "la invasión de tierras, la negativa a recoger la cosecha cafetera y la creación de la llamada 'guardia roja' para enfrentar la violencia de la Policía".
A principios de esa década se creó el Instituto Colombiano de Reforma Agraria (Incora), que buscó implementar lo que se llamó reforma social agraria. La misma buscó, en principio, la redistribución de tierras en las zonas rurales. Pero, al frustrarse esa reforma, se aceleró la concentración y la expulsión de campesinos y de otras comunidades de sus territorios.
Foto: Nico Freda
En 1965 se crearon las FARC: entre sus reivindicaciones estaba una reforma agraria auténtica. Se desplegaron fundamentalmente en las zonas rurales; a diferencia de otras guerrillas urbanas (como el M-19). Por eso en el último Acuerdo de Paz, firmado en 2016 durante el gobierno de Juan Manuel Santos, la reforma agraria fue un eje central.
En términos de distribución de tierras, según la Agencia Nacional de Tierras, Santos entregó 27.287 hectáreas y Duque, 32.614. Hasta fines de 2025, el gobierno de Gustavo Petro gestionó la entrega de 700.000. El departamento de Meta, una de las regiones más golpeadas por el conflicto armado, registra 4.873 hectáreas entregadas.
En febrero se realizó en Cartagena la Segunda Conferencia Internacional sobre Reforma Agraria. Allí, las organizaciones campesinas marcaron su unidad con los pueblos indígenas y la necesidad de un reforma integral. Es decir: que incluya la democratización de recursos y de herramientas, el acceso a la tierra pero también al agua y a las semillas nativas.
“Con el gobierno de Petro está llegando mucha ayuda al campo, por la reforma agraria. El campesino está muy agradecido, ya que a muchos nos han dado tierra. Otros ya tenían tierra, pero se la legalizaron, entonces pueden pedir un préstamo con bajos intereses”, dice Chaparro.
También comenta que en su zona, había muchos cultivos de usos ilícitos, como la coca. Y que, partir del proceso de paz, en esas tierras se empezó a producir cacao. “Nuestra asociación es biodiversa, hay campesinos, afrodescendientes, indígenas. Unimos fuerzas y construimos esta asociación que nace de la paz”, asegura.
“Nos dimos de cuenta de que ni el gobierno nos podía derrotar ni nosotros podíamos derrotar al gobierno, pero sí estábamos causando dolor a nuestras familias, a las familias de los guerrilleros, a las familias de los soldados de las fuerzas militares y a toda Colombia. Se resolvió hacer el proceso de paz y trabajar con los campesinos desde la palabra”, concluye.
Foto: Mariángeles Guerrero
Tierras con aroma de mujer
Jael Páquiro fue campesina durante toda su vida. “Crecí con las FARC. Para mí ellos eran la familia. Eran todo, porque vengo de una familia de muy bajos recursos”, recupera. Precisamente, una de las acciones de las FARC en los territorios fue el apoyo a las comunidades para acceder a derechos que el Estado no garantizaba. “Me gustaba ayudar a las comunidades. Hacía proyectos con los niños, con las madres, con los jóvenes. Desde la estructura de las FARC, que era la que nos daba los recursos”, cuenta.
En 2004 fue capturada y estuvo presa un año en el penal de Rivera Huila. “No necesariamente necesitaba el campesino ser de las FARC: cualquiera lo podía señalar. Las cárceles estaban llenas de personas inocentes, de campesinos”.
La firma del Acuerdo de Paz fue un parteaguas en su vida. Lo define como “un cambio total”. Relata que por su participación en la guerrilla no pudo criar a sus hijos; a ellos los crió su madre. “El proceso de paz fue como haber nacido de nuevo porque ya puedo unirme con mis hijos, ya puedo compartir con ellos”, asegura. Hoy es parte de "El tercer acuerdo", una marca de café molido producido por firmantes.
La paz no implica solo el desarme de los grupos armados, sino reformas necesarias en Colombia: a nivel agrario, político y electoral. Lorena Peña, directora de Federación Democrática Internacional de Mujeres (Fedim) asegura que “la voluntad política para avanzar es fundamental para la implementación del acuerdo”. Y que, en los últimos años, buena parte de los acuerdos pendientes están estancados en el Congreso por la falta de apoyo de los sectores conservadores y de extrema derecha.
Foto: Nico Freda
Fedim realizó ocho misiones de verificación de la incorporación del enfoque de género en la implementación de los Acuerdos de Paz. Su metodología de trabajo fue el diálogo con las organizaciones de base. Además de las dificultades políticas para el avance de las reformas, el último relevamiento –presentado el pasado 29 de mayo– indica que el gobierno de Petro entregó cuatro veces más tierras a las mujeres firmantes que Santos y cinco veces más que Duque. Pero, aunque hay avances, de 3.379 mujeres que firmaron el acuerdo, solo 389 son titulares de tierras.
En 2018, relata Páquiro, 59 firmantes del departamento de Tolima (centro-oeste de Colombia) recibieron un apoyo de 8.000.000 de pesos colombianos. Unieron esos esfuerzos y compraron un molino para procesar el café. Sin embargo, aún están solicitando tierra. “Allá somos más de 700 firmantes, de los cuales han recibido tierra unas 30 personas. Estamos en ese proceso”, señala.
Agrega que, para que haya una paz verdadera, los colombianos deberían hacer un acto de perdón entre sí. “La paz se construye desde nosotros, desde nuestros corazones y nuestros pensamientos. Pero se necesita seguir con un gobierno que apoye estos procesos del campo, de la reforma agraria”, considera.
El nombre de la marca de café molido “El tercer acuerdo” tiene una explicación histórica y simbólica. Hubo dos acuerdos previos que signaron el camino. El primero, entre las FARC y el Pueblo Indígena Nasa (en 1996), y el de 2016 entre las FARC y el Estado. “El tercero fue el que hicimos nosotros con la comunidad de caficultores e indígenas del Tolima para vivir en comunidad y apostar a una paz verdadera”, celebra Páquiro.
Diversidad para el paladar desde la Amazonía colombiana
Según el Observatorio Amazonía, entre 2000 y 2021, se perdieron cerca de 2,8 millones de hectáreas de bosque amazónico colombiano. De los cinco departamentos que acumulan más del 60 por ciento de la deforestación nacional, cuatro pertenecen a esta región: Meta, Caquetá, Guaviare y Putumayo.
El Ministerio de Ambiente de Colombia, en tanto, refiere que, si bien la deforestación en la Amazonía colombiana cayó un 25 por ciento entre enero y septiembre de 2025, aún persisten las causas del desmonte. Las mismas son los procesos de praderización para el acaparamiento de tierras, la ganadería extensiva no sostenible y la expansión de infraestructura de transporte no planificada. En el departamento de Putumayo, a esos procesos se les suma la expansión de cultivos de uso ilícito y, en menor medida, la tala y minería ilegal.
Ana Sofía Barahona es representante legal de Agroindustrias del Bosque Amazónico SAS. “Somos transformadores de materia prima de productos del bosque en pie”, se presenta. Comenta que producen alimentos o cosméticos y que el resto del país desconoce los productos. El objetivo de participar en eventos como Mercados Campesinos en Bogotá es poner sobre la mesa la importancia de consumir productos obtenidos del bosque nativo: "Sin químicos y sin estrés".
Como consecuencia de la deforestación registrada en la Amazonía colombiana, dice, la materia prima ya no está cerca de los pueblos: “Debemos ingresar a los fondos de la selva para poder recolectar”. Y agrega que actualmente se trabaja en reforestación, en ganadería regenerativa y proyectos como la recuperación de asaí, el ceje, el cacao, moriche.
Foto: Mariángeles Guerrero
Darcy Yamile Durán pertenece al Pueblo Tucano y vive en la localidad amazónica de San José del Guaviare. Comenta la importancia de los saberes indígenas en la recuperación de esos alimentos. “Nuestra práctica ancestral es la recolección de los frutos, la manipulación de los alimentos, mirar el estado de madurez y no recoger todos los frutos del bosque. Eso es muy importante: se recoge al menos un 30 o 50 por ciento. El resto es para la recuperación del bosque y para los animales”, explica.
En su comunidad trabajan en chagras, una palabra indígena que significa “huerto”. Pero la chagra se caracteriza por su diversidad. Al mismo tiempo se cultivan mandioca, ananá, papa. “En las chagras, las mujeres indígenas somos quienes cuidamos, quienes sembramos y cosechamos los frutos. La mujer indígena pues cumple un papel muy importante dentro de de esa cultura y cuidado de nuestra de nuestras raíces”, explica.
“Una de las amenazas más fuertes que hay en Guaviare es la deforestación por la ganadería extensiva y el acaparamiento de tierras”, denuncia. Pero también, cuenta, afectan los negocios ilícitos, como la siembra de coca para producir cocaína. “La coca en sí no es mala. Es una planta de uso medicinal para los pueblos indígenas. Otra cosa es que la utilicen para hacer cosas que no se deben”, argumenta.
La mujer señala que la deforestación dispersa a los animales, acaba con las flores y con los árboles. E indica que “las familias no talan porque quieren, sino porque buscan un sustento. Los que siembran coca no lo siembran porque les gusta, lo siembran por necesidad. Se ha reducido la problemática por el pago del gobierno para cuidar bosques y para los bionegocios, pero aún se ve mucho la deforestación”.
Agroecología y extractivismo del agua en las afueras de Bogotá
Diana Buitrago vive y trabaja en La Calera, municipio de Cundinamarca, a 18 kilómetros de Bogotá. Frente a su puesto de QVacanería, exhibe leche, quesos frescos, queso griego, yogur natural. “Tenemos productos deliciosos, sin químicos ni conservantes, como debería ser el alimento”, asegura. Comercializan lo que producen en la ciudad.
El nombre de los productos es un juego entre la palabra “vaca” y “bacano”, expresión que en Colombia significa que algo es “muy bueno” o “excelente”. El ganado que produce la leche es criado de forma agroecológica. “Tenemos la consigna de la alimentación sana para los animales y para el humano. La idea es que las vaquitas estén muy bien alimentadas para que la leche que producimos nos permita desarrollar un producto sano”, subraya.
Los orígenes de QVacanería se explican porque La Calera es una zona rural donde las rutas de acceso no son favorables. Llueve bastante y no hay vías pavimentadas. Buitrago cuenta que los camiones de las grandes industrias no subían a buscar la leche y hubo un tiempo en que tenían que tirarla. Entonces se asociaron entre varios campesinos y comenzaron a transformar la leche en otros alimentos derivados. Son 20 personas, pero la idea es sumar a más.
Foto: Mariángeles Guerrero
“Latinoamérica es muy rica a nivel de recursos naturales. Lo que hacen es vender tierra que no les pertenece a las grandes multinacionales para que vengan y extraigan el oro, el carbón, el agua”. Es el agua lo que está en disputa en La Calera. La empresa Coca-Cola fue denunciada allí por hacer uso de reservas subterráneas para su marca de agua mineral Manantial.
La productora cuenta que la empresa extrae el agua del manantial, la embotella y la vende a un alto precio (10.000 pesos colombianos, unos tres dólares). Para sostener la producción, Qvacanería debe comprar agua o hacerse de algún nacimiento de agua.
Para la productora, la soberanía alimentaria es un tema de conciencia no solo gubernamental, sino de cada persona. “Tenemos que aprender a mirar la tierra como ‘parte de’ no como ‘dueños de’". Y agrega que "hace falta más conciencia colectiva de que la tierra produce alimentos y que, si uno la cuida y la trabaja con amor, ayuda a la soberanía alimentaria”.
Fuente: agenciatierraviva.com.ar
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