El gobierno argentino y la amistad de Trump que puede no ser eterna
En el oficialismo argentino se han visto en apuros para la justificación de que el liderazgo de la ultraderecha venezolana haya sido dejado de lado sin remilgos por el presidente norteamericano.
Ha sido pública y elocuente la alegría exultante de las fuerzas de la derecha argentina ante la intervención armada estadounidense que derivó en el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y de su esposa.
Al presidente Javier Milei y a su equipo de gobierno, junto a sus aliados de PRO, no les preocupó en lo más mínimo la evidente violación de las normas internacionales. No les mueve un pelo que lo que en todo caso podría ser un procedimiento de extradición derivara en una captura ilegal por un destacamento de las fuerzas armadas estadounidenses.
Menos aún los conmovió el grado de violencia empleado. El que, como se supo en las últimas horas, no fue equivalente a una intervención “quirúrgica” y más bien incruenta sino que acarreó decenas de muertos y casi un centenar de heridos. Sobre todo entre los encargados de la custodia del mandatario venezolano. Con decenas de combatientes cubanos incluidos.
¿Qué pasó con María Corina?
Sí hubo un inconveniente inesperado para su visión de la realidad política venezolana, que ellos suponían compartida con el presidente Donald Trump. Nos referimos al rápido descarte que este hizo de las capacidades y posibilidades de María Corina Machado para la asunción del mando en el país caribeño.
Trump le achacó falta de apoyo y respeto a su persona por parte del pueblo venezolano. Reforzó luego esa posición el secretario de Estado Marco Rubio, quien manifestó respecto a Machado que su estructura y la de la gran mayoría de la oposición no están en el país. Una obviedad conocida por todos, puesta al servicio de la argumentación de su desplazamiento.
Para asombro de sus seguidores de esta parte del continente, el hombre de Washington se decantó hasta ahora por una mezcla de aristas contradictorias. Lo que abarca el anuncio de “trabajo en común” con Delcy Rodríguez, vicepresidenta en ejercicio de la jefatura de Estado, si ella y el elenco de gobierno se someten por completo a sus directivas.
El multimillonario no se privó de las amenazas hacia Rodríguez por su discurso inicial antiimperialista. Y no se retractó de sus manifestaciones iniciales de que el imperio del norte tomará el control directo de la situación, para el inmediato y mejor impulso a los intereses propios en la zona. Queda por ver cuánto de ambos temperamentos será aplicado, si es que el gobierno yanqui está en aptitud de decidir al respecto, algo que está por verse.
Los reaccionarios criollos se vieron ante la paradoja de una mala calificación hacia un personaje reverenciado por ellos. Sobre todo por el propio Milei que llegó a realizar su peculiar viaje a Noruega para asistir a la entrega del premio Nobel de la Paz a Machado.
Como se recordará, no consiguió verla y su viaje quedó sin contenido. Eso no modificó su devoción por la dirigente que desde hace mucho propicia el derrocamiento del gobierno de Maduro por una intervención armada estadounidense. La temprana defenestración de la líder de la extrema derecha venezolana lo pone en un aprieto.
Se le asignó al traspié la suficiente entidad como para que salgan a relativizarlo varios funcionarios del gobierno.
Hizo lo suyo el canciller Pablo Quirno en una entrevista: “No creo que Trump esté desconociendo el valor de lo que ha realizado hasta el momento María Corina. Ha sido un comentario específico sobre la transición”. Hubo dirigentes oficialistas que de modo menos público hablaron de una “transición incierta” aunque al mismo tiempo dejaron a salvo su total adhesión a las decisiones del ocupante de la Casa Blanca.
El embajador ante EE.UU, Alec Oxenford salió a remarcar el “apoyo inequívoco del presidente Javier Milei a la operación llevada adelante por los Estados Unidos que culminó con la captura del dictador y narcoterrorista Nicolás Maduro”. Añadió que el respaldo “se inscribe en una visión profunda y consistente, basada en la defensa de la democracia, la libertad y los valores humanos fundamentales”.
El reparo hacia estos últimos dichos del diplomático argentino salta a la vista. Ni Trump ni sus subordinados hablaron de la democracia como el fundamento de la operación. Sí de temas tan concretos y materiales como la toma del control del petróleo del país invadido.
El canciller norteamericano asignó por su parte primera prioridad a la “seguridad, protección, bienestar y prosperidad de los Estados Unidos”. También mencionó a la democracia, si bien relegada a un lugar menor.
La tradición intervencionista estadounidense ha sido desde siempre la de sembrar la guerra y la destrucción en nombre de la libertad y la democracia. En su gobierno actual, esa justificación ha perdido relieve. Se opta por la promoción desembozada de los intereses del gigante capitalista por sobre cualquier otra consideración.
La jefa del bloque “libertario” en el Senado, Patricia Bullrich dijo también lo suyo. Fue más explícita en el elogio a Machado y a quien el antichavismo promueve como el presidente electo en la votación de 2024, Edmundo González Urrutia. Se mostró incluso proclive a la profecía acerca del rumbo futuro del proceso.
Sus declaraciones tuvieron lugar en la manifestación de la colonia venezolana en las inmediaciones del Obelisco. Entre sus palabras estuvo la afirmación siguiente: “…estoy convencida de que esos líderes tendrán el mayor de los protagonismos, junto a ustedes que volverán a su Venezuela querida cuando las condiciones se den”.
Bien, se trata de que Bullrich posee información que contradice a la que ha hecho pública la cúpula estadounidense o, más probable, sus palabras sólo responden a una expresión de deseos sin mayor asidero fáctico.
La reflexión que no tendrán ganas de hacer
Más allá de los posicionamientos públicos y privados todavía en curso, la situación de la oposición venezolana puede atraer una justificada inquietud para el gobierno argentino y sus correligionarios abiertos o solapados. Se trata de la comprobación de que ni los más rendidos seguidores del hombre que ocupa el Salón Oval pueden tener certeza de la continuidad de su respaldo. Y eso sobre todo en los momentos críticos.
Ha quedado claro que Trump no tiene amigos seguros, sino intereses permanentes. Esto alberga un corolario que el actual oficialismo debería extraer. Si el presidente Milei dejara de ser por cualquier razón funcional al nuevo rumbo que impone el gran inversor inmobiliario podría encontrarse con que éste, en pocas palabras, le restara su respaldo.
Por ejemplo, exponiendo la inconveniencia de que el “libertario” vuelva a ser candidato presidencial. Algún pastor electrónico u otra figura que hoy no avisoramos podría ocupar el lugar de favorito. Nada es para siempre. Menos cuando se trata de un pragmático brutal en trance de afianzamiento de su poder sobre el “hemisferio occidental”. Si llegara el caso el intento de una glosa favorable de sus palabras no servirá para evitarlo.
Con todo, ninguna prevención al respecto indicaría que Argentina vuelva al ejercicio de algo con un mínimo parecido a una política exterior propia. La completa subordinación a las indicaciones que vienen del norte no es algo que admita un plan B en el pensamiento y las acciones del liderazgo de La Libertad Avanza.
Fuente: Huella del Sur