Galápagos: de santuario natural a base militar estratégica
Galápagos como enclave militar no es una medida de seguridad: es una renuncia moral a la inteligencia ecológica y a la posibilidad de aprender, desde uno de los lugares más singulares del planeta, cómo convivir sin destruir aquello que nos sostiene
La comparación entre la evolución biológica del continente y de las Galápagos revela una diferencia radical en escalas de tiempo, ritmos y procesos. Los ecosistemas continentales que hoy conocemos —selvas, páramos, bosques secos, sabanas— son el resultado de decenas de millones de años de coevolución continua, marcada por grandes eventos geológicos (levantamiento de cordilleras, glaciaciones, cambios climáticos globales) y por intercambios biológicos constantes entre regiones. A las especies continentales les caracteriza la alta conectividad, competencia, migración y cooperación, lo que favoreció su amplia diversidad; pero con procesos evolutivos más lentos y por la presencia humana, fue adaptándose, diversificándose y desarrollando en este proceso sus conocimientos, ciencias, técnicas y formas de autogobernarse.
Galápagos, en cambio, es un experimento evolutivo acelerado en términos geológicos. Las islas emergieron hace apenas 3 a 5 millones de años, un parpadeo en la historia de la Tierra, y aun así generaron ecosistemas complejos y especies únicas en un tiempo extraordinariamente corto. Un factor determinante fue su aislamiento. Las Galápagos fueron consideradas islas deshabitadas hasta el siglo XIX. A diferencia del continente, las islas no formaron parte de redes indígenas con poblamiento estable; seguramente por su aislamiento extremo.
Sin embargo, posiblemente fueron parte de rutas de intercambio de los pueblos indígenas, particularmente entre Mesoamérica y los pueblos del litoral ecuatoriano; y como sujetos de derechos, a las Galápagos llegaron desde sus orígenes, animales, plantas y microorganismos, que han sido desde entonces habitantes permanentes de las Galápagos.
Por tal motivo, la idea de islas deshabitadas es una visión inexacta y colonial, que se limita a la llegada de piratas, prisioneros o científicos.
Mientras el continente acumuló complejidad en su biodiversidad por la presencia histórica de pueblos y por migraciones de plantas y animales, Galápagos se construye por creatividad evolutiva, mostrando en pocos millones de años lo que al continente le tomó decenas de millones. Esta diferencia convierte a las Galápagos no solo en un archivo del pasado, sino en una ventana viva para comprender cómo la vida responde, se adapta y se reinventa.
Ecuador tiene la suerte de albergar territorios biodiversos, que es parte de nuestro carácter, de nuestra identidad; poseedora de “dones de la naturaleza, como mares, lagos, ríos, montañas, bosques y reservas naturales, en particular su flora y su fauna, que dan a los países su carácter y su biodiversidad”. [1]
La población de las Galápagos es de 28.583 habitantes, según el Censo Nacional de Ecuador de 2022. Estas personas y familias habitan Galápagos desde hace pocas generaciones, atraídas por la agricultura y el turismo, que mantienen sensibilidad por su espacio de vida, y respetan la convivencia con las especies que habitan las islas. Han construido una vida cultural alrededor de la naturaleza, que se expresa en el arte, la artesanía, la producción intelectual; y en general, en los modos de vida que definen la cultura.
Las islas Galápagos pueden estar orgullosas de sus contundentes logros, de mantenerse como una zona de cuidado especial, a pesar de las presiones directas del turismo y de la extracción de recursos terrestres y marinos; de resistir a la presencia de bases militares. Están desterradas de las islas la pobreza extrema y la indigencia del continente; y las condiciones de seguridad son las más alentadoras del país. Las especies silvestres están protegidas no sólo en el papel, por las entidades estatales o la estación científica; es parte del papel social y cotidiano de la gente.
Galápagos tiene además una dimensión cultural y de respeto de alcance nacional. Bien podría ser llamado “santuario” del país. En el sistema internacional de derechos humanos se reconoce el vínculo especial y la relación de las comunidades con su territorio de vida. A esto se le llama relación biocultural, y de aquí se desprenden los derechos bioculturales.
Los derechos bioculturales incluyen el reconocimiento de los sitios que tienen el carácter de algo único e importante para la cultura: ser un santuario. En las Galápagos la gente sabe la importancia de mantener y cuidar los espacios naturales, han moldeado sus sistemas de vida en torno a esto. El derecho internacional protege “seguir un estilo de vida asociado al uso de bienes culturales y de recursos como la tierra, el agua, la biodiversidad (…)” [2] .
En el derecho internacional, hay criterios especiales de protección de los sitios naturales sagrados. Constituyen una de las formas más antiguas de conservación, basada en la cultura”, definidos como «áreas terrestres o acuáticas que poseen un significado espiritual especial para los pueblos y comunidades [3] y que a menudo albergan una rica biodiversidad que contribuye a la conectividad, resiliencia y adaptabilidad de paisajes y ecosistemas valiosos.
A pesar de estas características únicas, hay una nueva base y operaciones militares en agenda. Galápagos como enclave militar no es una medida de seguridad: es una renuncia moral a la inteligencia ecológica y a la posibilidad de aprender, desde uno de los lugares más singulares del planeta, cómo convivir sin destruir aquello que nos sostiene.
No solo es por la contradicción material entre la lógica bélica y un ecosistema donde la lógica es la armonía. Supone reducir un territorio excepcional de vida a objeto estratégico de dominación y control geopolítico, con impactos fatales sobre las especies: por el carácter de infraestructura, el ruido de las operaciones, la contaminación y los desechos.
Galápagos interpela a cada persona del país y del mundo, porque la experiencia que deja no es la del dominio, sino la del asombro: maravillarse ante la diversidad, reconocer la complementariedad entre especies que coexisten sin jerarquías y sentir una cercanía profunda con la vida en todas sus formas. Cuidar Galápagos es una tarea ciudadana global: una defensa ética de la vida que se sostiene, no desde el poder, sino desde la capacidad humana de proteger aquello que se ama.
Notas
[1] Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturas),Observación General 21 (E/C.12/GC/21) Párr. 237
[2] Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturas),Observación General 21. Párr. 16, lit.a
[3] ACHPR/Res.372(LX) 2017. Resolution on the Protection of Sacred Natural Sites and Territories –
Fuente: Acción Ecológica